Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 16
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Capítulo 16

—¿ D e qué iba eso? —preguntó Michelle a Deirdre. Seguían de pie frente a los aseos del Lantern, donde llevaban un rato charlando. Stuart se había ido del pub hacía unos minutos—. ¿Os habéis peleado? —insistió.

—No, para nada —Deirdre se encogió de hombros.

—¿Entonces por qué se va a casa sin ti?

Deirdre tampoco lo sabía, pero le resultaba extraño. Aunque, por otro lado, recordó, ¿no habían acordado el día anterior que no iban a etiquetar lo que tenían? ¿Y no había sido ella la que había insistido? Deirdre esbozó una sonrisa y le restó importancia.

—Que sepas que no necesito niñera. Además, me vendría bien irme a la cama una noche sin él. Es un hombre bastante insoportable.

Quiso que sonara a broma, pero Michelle se dio cuenta de que era un comentario forzado. Su mirada preocupada lo decía todo.

—Podrías ir tras él.

Deirdre contestó la sugerencia con un movimiento de cabeza.

—Me temo que no. En primer lugar, no sé qué bicho le ha picado y, en segundo lugar, no creo que tenga que ver conmigo. La última vez que hablé con él, todo iba bien. Muy bien, de hecho, ya sabes a lo que me refiero —movió las cejas sugestivamente.

Michelle se encogió de hombros.

—Bueno, lo que tú digas. Seguro que no tiene nada que ver con Lewis. Teníais las cabezas muy juntas.

—No, ese asunto está resuelto. Se supone que puedo hablar con Lewis.

—Deirdre le había contado por fin a Michelle lo de su desastre laboral y ella había entendido su silencio, aún se sentía avergonzada por encontrarse en semejante situación, aunque no fuera culpa suya—.

Esa es la razón por la que quería hablar contigo.

Lewis me dijo antes que tenía noticias, pero que su compañero tuvo que esconderse de repente, así que tendremos que ser pacientes. Esperemos que solo por unos días.

—Madre mía, qué sospechoso parece todo —dijo Michelle—. ¿De qué noticias hablas?

—El hacker , del que ni siquiera me ha dicho el nombre, supuestamente encontró algo, pero tuvieron que interrumpir la conversación porque alguien irrumpió en su escondite. La verdad es que suena como una película.

Deirdre se había esforzado por no preocuparse demasiado sobre quién podría estar detrás de las acusaciones.

En cualquier caso, preocuparse no cambiaría nada.

Sin embargo, los pensamientos no dejaban de dar vueltas en su cabeza como un carrusel sin control.

¿Quién tendría interés en perjudicar al cliente?

¿Era este escándalo solo la punta del iceberg?

¿Y por qué la habían arrastrado a ella? La idea de que el hacker pudiera tener información que la exonerara era su única esperanza, pero no quería hacerse demasiadas ilusiones.

—Espero que no te metas en problemas —dijo Michelle con suavidad.

—Desde luego que no. No tengo ninguna conexión con ese tipo —respondió Deirdre con firmeza—. Además, Lewis me aseguró que es normal que su compañero tenga que desaparecer de vez en cuando. No quiero saber los detalles, pero, sinceramente, tengo la esperanza de que esto termine resolviéndose pronto.

—¿Y ya sabes lo que quieres hacer después?

Deirdre se tensó. Era una pregunta que había evitado hacerse, y por el momento no estaba lista para afrontarla. De todos modos, aún tenía muchas cosas por resolver antes de siquiera pensar en su futuro profesional.

—Una cosa cada vez, Michelle. Primero, necesito limpiar mi nombre. Esa es ahora mismo mi prioridad.

—Claro, lo entiendo —dijo Michelle, asintiendo lentamente—. Pero hasta entonces, podrías trabajar aquí. A veces sueño con que abras una pequeña oficina en el lago Ness. Podrías montar tu propia agencia, es probable Ellie y Kenneth te contraten.

Deirdre no respondió de inmediato. En los últimos días, había imaginado escenarios similares, pero siempre los desterraba como fantasías lejanas. No podía permitirse soñar despierta en un momento tan complicado. Sin embargo, la idea había plantado una semilla en su cabeza.

—¿Y cómo podría hacerlo? —preguntó finalmente, con una mezcla de incredulidad y curiosidad.

Michelle se encogió de hombros, sonriendo despreocupada.

—Donde hay voluntad, hay un camino.

—¡Amén! —replicó Deirdre, poniendo los ojos en blanco para disimular su leve emoción ante la idea—. Venga, vamos a por otra copa.

Mientras alzaba su copa, no pudo evitar que su mente volviera a Stuart. Se preguntó qué estaría haciendo y si estaría pensando en ella. La idea era tan frustrante como tentadora. Sin embargo, decidió que prefería evitarle. Si Stuart realmente hubiera querido que se fuera con él, se lo habría dicho.

Por ahora, el único camino claro era centrarse en su presente y dar el siguiente paso para limpiar su nombre. Al fin y al cabo, cualquier otro asunto podía esperar.

* * *

Deirdre se despertó pronto. Los rayos de sol inundaban la habitación a través de las cortinas. La cama estaba tan vacía como el buzón de su teléfono.

Con un suspiro, se levantó, se preparó un café y se sentó en el porche bajo el sol de la mañana.

Los dedos le picaban de las ganas que tenía de escribir a Stuart, pero lo dejó pasar.

No pensaba ir detrás de él como una loca enamorada.

Quizás ya se habría cansado de ella, lo cual era posible.

Aunque no le gustara esa opción, para nada.

Una especie de desesperanza se anidó en su estómago. Terminó de beber el café y se preparó para empezar el día. Primero iría a la gasolinera. Para comprar, se dijo a sí misma, aunque en el fondo tenía la esperanza de encontrarse a Stuart allí. Algo estúpido e infantil. Se había enamorado.

«Mierda».

Deirdre se quedó paralizada. Su corazón se había saltado un latido y comenzó a trabajar al doble de su velocidad. Había pasado. Se había enamorado de Stuart, pese a haber sido la única cosa que se había prometido impedir. Genial, lo estaba llevando muy bien.

Se pasó las manos por el pelo y siguió su camino. A lo mejor desaparecían los sentimientos por arte de magia como la carroza de Cenicienta al llegar la medianoche. Sí, claro. Casi se echa a reir. Pero era algo demasiado triste como para hacerlo.

Era típico de ella enamorarse del chico con el que no podía tener futuro.

Tenía que asimilar sus sentimientos. No se lo diría a nadie, ni siquiera a Michelle, no fuera a darle por actuar como casamentera.

Stuart había sido claro desde el principio, él no se enamoraría de ella porque no quería una mujer en su vida, no quería ninguna relación, y podía entender sus razones.

Le habían roto el corazón suficientes veces, aunque no solo eso, por experiencia sabía que para que una relación funcionara debían tenerse un mínimo de cosas en común y ella, desde luego, no cumplía los requisitos para una vida en el lago Ness.

No había tenido problema con ese detalle antes, pero ahora casi la avergonzaba.

«¿Se puede saber por qué estoy tan sensible hoy?», pensó mientras continuó caminando.

Para cuando llegó a la gasolinera, aún no había sacado ninguna conclusión. Intentó recomponerse, entró y saludó a Shona, la cual estaba sentada tras el mostrador como siempre, con un crucigrama.

—Buenos días, cielo. ¿Me ayudas? Con diez letras, unión de dos personas —Shona la miró esperando su respuesta

—Matrimonio —contestó Deirdre sin entusiasmo —. Buenos días —añadió intentando sonar más animada.

Shona levantó su bolígrafo como si hubera tenido una epifanía.

—¡Eso es! Me alegra de que hayas pensado en esa palabra.

Deirdre frunció el ceño. ¿Era alguna indirecta sobre Stuart?

—Eh... no voy a casarme, solo venía a hacer algo de compra.

—Sí, por supuesto. Una boda necesitaría de ciertos preparativos y antes hay que superar una serie de experiencias. En mi época era diferente, antes de poder vivir con tu pareja debías firmar un documento en el que jurabas amor eterno delante de un cura. Ahora es más sencillo, ¿verdad?

Deirdre no entendía dónde quería llegar la mujer. Y, para ser sincera, tampoco quería hablar con ella sobre Stuart. Por fortuna, podía dar la vuelta a la conversación; tenía que ser lista para que Shona no se cerrara en banda.

—Es cierto, hoy en día las cosas pueden ser más fáciles y la tecnología tiene mucho que ver en ello.

Yo no podría prescindir de ciertos servicios.

Y si yo fuera tú, instalaría un surtidor automático para poder irme a casa antes.

¿No te parece buena idea? No tendrías que esperar a que volvieran a echar esa serie que tanto te gusta, podrías verla tan pronto como estuviera disponible.

Deirdre consideró una pequeña victoria que no dijera directamente que no. Estaba deseando escuchar su réplica

—Para mí es difícil cambiar mis rutinas. Pero desde que estás aquí, hay un pensamiento que ha ido tomando forma en mi cabeza.

—¿Y de qué se trata?

—¿No está claro? —continuó Shona —. Si te casas con Stuart, no tendrá tiempo de ocuparse de todo. Tendría una familia y no podría quedarse aquí conmigo por las noches y los fines de semana.

A Deirdre se le abrió tanto la boca que creyó que se le saldría la mandíbula de su sitio.

Estuvo a punto de decirle que nunca se casaría con Stuart, pero las palabras no consiguieron formarse, quizás porque se negaba a adminitir que Shona estuviera equivocada.

Respiró de alivio cuando vio entrar a un cliente para pagar el repostaje. Aprovechó la oportunidad para irse.

—Bueno, te veo más tarde, Shona.

—¡Pero si no has comprado nada! —dijo la abuela.

Deirdre salió de la tienda sin mirar atrás, y se encontró de frente con el nieto de Shora. Stuart llevaba pantalones de trabajo y una camiseta limpia.

—Hola —saludó, y el brillo de sus ojos hizo que las mariposas del estómago de Deirdre se alzaran —. Buenos días.

La sujetó y la apoyó contra una pared. Allí, retiró un mechón de pelo de su cara, a lo que su cuerpo respondió estremeciéndose. Su mirada se fijó en sus labios y el deseo de Deirdre se encendió en sus venas.

—Te eché de menos anoche —dijo por fin, mientras fijaba su profunda mirada en sus ojos.

Si Deirdre hubiera sido un cubo de hielo, seguro que se habría derretido en un segundo.

—Yo también —admitió.

Entonces fue cuando él la besó dejándole claro lo que había significado pasar la noche sin ella.

Le hubiera gustado decir algo como ¿por qué no me llamaste?

, pero teniendo en cuenta cómo la estaba besando, el pensamiento se esfumó, había olvidado cualquier duda. Le sostuvo y disfrutó de su cercanía.

No pasaron el resto del día en la cama. Si bien es donde se dirigieron en primer lugar, después Deirdre acompañó a Stuart a la casa que estaba reformando.

En esta ocasión, ambos pusieron en práctica otro tipo de trabajos manuales.

Juntos empezaron a pintar las paredes de la parte de arriba de un color que les gustó a ambos.

Unos días antes, habían estado hablando sobre las opciones de decoración de la casa y, sorprendentemente, sus ideas habían coincidido.

Deirdre no quería pensar que Stuart le había pedido consejo. Ni siquiera ahora, mientras él miraba el trabajo conjunto con satisfacción.

—Si tu carrera en tu empresa de Londres no funciona, siempre puedes venirte a la de Ava, tienes talento —dijo con una sonrisa en los labios.

Deirdre quiso contestar algo ingenioso, pero no pudo.

Le hubiera gustado confesarle que solo hacía falta una palabra suya para que dejara su apartamento y su vida de Londres.

Algo tremendamente estúpido, y peligroso.

Pero él solo estaba tan relajado con ella porque sabía que no se quedaría, porque no tenía que preocuparse por que le pusiera unas cadenas o le fuera a exigir algún tipo de compromiso, incluso siendo eso lo que más deseaba ella en ese momento.

No las cadenas, pero sí una promesa, una confirmación de que lo que sentían el uno por el otro era algo más que lujuria.

Deirdre miraba a Stuart, que estaba enrollando la manta protectora mientras silbaba suavemente una melodía.

—¿Pasa algo? —preguntó levantando la vista de su tarea.

—Nada —respondió Deirdre evasiva.

Stuart no se movió durante un momento, la estaba observando. No había nada más que decir por su parte, no quería parecer una estúpida enamorada, así que se calló y concentró toda su atención en limpiar las brochas. ¿Desde cuándo se había vuelto todo tan complicado?