Capítulo 21
—¿ C ómo que habéis roto? —repitió Michelle por segunda vez, incapaz de comprender lo que acababa de oír.
Era sábado por la mañana, y Wallace ya se había ido a trabajar. Deirdre estaba sentada en el sofá con Michelle. Estaba hundida. Apenas había dormido y, para colmo, sola.
—No se puede romper si no se está juntos —murmuró Deirdre, jugueteando con el dobladillo de su vestido.
—No lo entiendo. Todo iba bien, ¿no? ¿Qué ha pasado?
—No lo sé. Llegó a casa de buen humor, incluso trajo champán porque tenía buenas noticias. Yo también tenía algo que celebrar, así que cociné, encendí una vela... el ambiente era muy romántico. Supongo que se asustó. Ya me dijo desde el principio qué podía esperar de él.
Michelle negó con la cabeza y frunció el ceño.
—Eso son tonterías. Stuart está enamorado de ti.
—Estaba, querrás decir —corrigió Deirdre, con una amargura que no pudo disimular.
—Debe haber algo más.
—¿Sabes? Quería contárselo anoche, los problemas del trabajo y todo lo demás.
Tenía miedo de que pensara que esa era la única razón por la que permanecía en Kiltarff.
Y, al principio, lo era. Pero han cambiado muchas cosas desde entonces.
Me gustaba este sitio. Tú estás aquí, he hecho nuevos amigos.
.. incluso me gustan esos aguaceros de mierda que caen sin avisar.
Una lágrima rodó por el rabillo de su ojo. Deirdre moqueó y se secó la cara con furia.
—¡Maldita sea! No quería llorar.
Michelle chasqueó la lengua y acarició su espalda con suavidad.
—¿Qué más le dijiste?
—Ese es el problema, que no había dicho nada. Iba a empezar cuando ya se había terminado todo. Creo que me equivoqué con él. Solo quería sexo. Tendré que vivir con ello. Me las arreglaré, como siempre. Tengo que estar en Londres el lunes, así que mejor me voy hoy. Nadie me necesita aquí.
—No corras tanto. ¿Desde cuándo eres de las que tira tan pronto la toalla?
—Ya me conoces. Si alguien no me quiere, no corro detrás de él. Yo valgo más que eso.
—Pero ya sabes que Stuart también tiene su historia.
—Sí, y tal vez es que no estábamos destinados a estar juntos. Le dije que el lunes tenía una reunión con mi jefe en Londres, pero lo que realmente quería explicarle era que me imaginaba dejando el trabajo. No me dio tiempo a contarle tanto.
Michelle alzó una ceja.
—Un momento, ¿no le dijiste que te habían echado del trabajo?
—No. Al principio me dio vergüenza contarle lo que había pasado y ahora, que todo se había resuelto, tampoco le veía el sentido.
—Entonces, Deirdre, ¡no me extraña! Stuart pensó que le ibas a dejar.
—Seguro, pero, fíjate, se adelantó él.
—En los cuentos de hadas nos dicen que los príncipes conquistan a las mujeres, pero en la vida real no es así. Tenemos que guiarles nosotras paso a paso.
Deirdre frunció los labios.
—No te sigo.
—Deberías ir a verle y explicarle la verdad.
—¿Estás loca? ¿Quieres que le diga que me he enamorado de él? ¿Que empezaría de nuevo en Kiltarff si él estuviera de acuerdo?
—Sí, ¿por qué no? ¡Sería un buen comienzo! Dios, con todas las veces que os habéis acostado, ¿nunca habéis hablado?
Deirdre se sonrojó.
—Bueno…
—Escúchame, tenéis que comunicaros.
—No puedo hacerlo.
—¿Quieres tirarlo todo por la borda?
—¿Y qué pasa con él? Nunca dijo que sintiera algo por mí.
Michelle suspiró con exasperación.
—Cariño, Stuart es un hombre, ¿recuerdas? Preferiría que le apretaran las pelotas con unos alicates antes que hablar de sentimientos.
—Entonces quizás no sea el adecuado para mí. Tal vez me lo he imaginado todo.
—No seas tonta. No te lo has imaginado. Habla con él. Si no lo intentas, te arrepentirás para siempre.
Deirdre dudó un momento antes de responder:
—Creo que debería hacerlo.
Michelle le dedicó una mirada firme.
—Si no funciona, no importa quién tenga la culpa. Pero te puedo asegurar que, si no lo intentas, no te lo perdonarás. El amor siempre es arriesgado, Deirdre.
Deirdre suspiró, con los ojos nublados por la confusión y el miedo.
—No puedo poner mi corazón en sus manos sin saber si lo dejará caer.
—Stuart no es esa clase de hombre. En el fondo lo sabes.
Deirdre reflexionó sobre las palabras de Michelle. Su amiga tenía razón. Stuart era de fiar, un hombre honesto y… también un poco desastre. Igual que ella. Por eso habían hecho tan buena pareja. Al menos, eso había pensado.
—¿Y? —insistió Michelle al ver que no contestaba.
Deirdre suspiró y se levantó del sofá.
—Está bien. Iré a verle y le explicaré lo que me pasa y por qué no se lo había contado todo.
Michelle también se puso de pie y la abrazó con fuerza.
—Esa es mi chica. Buena suerte.
Deirdre sonrió con ironía.
—Voy a necesitarla.
Poco después, Deirdre cruzó el pueblo para llegar al taller.
Sentía cómo el corazón le latía con fuerza en la garganta.
No sabía exactamente qué iba a decirle, pero había comprendido una cosa, si no lo hacía, se arrepentiría.
Se detuvo en el patio. Parecía desierto.
No había nadie. Se oía a un perro ladrar cerca y los pájaros piaban, pero por lo demás, todo estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo para un sábado por la mañana.
Se acercó a la puerta, estaba cerrada.
«Mierda».
Quizá estuviera en la gasolinera. Decidió probar suerte allí.
Al llegar, Shona la recibió con una sonrisa cálida. Pero cuando preguntó por Stuart, tuvo que contener las lágrimas al oír la respuesta.
—¿Por casualidad no sabrás dónde está Stuart? —inquirió, esforzándose por sonar tranquila.
—¿No te dijo nada?
—No… —Deirdre sintió que el calor subía a sus mejillas.
—Se ha ido a Aberdeen. No volverá hasta mañana o… no sé. Decía que quería ver unos coches.
Deirdre tragó saliva y se obligó a mantener la compostura. Incluso consiguió forzar una sonrisa. No estaba en Kiltarff. Stuart se había marchado sin despedirse, sin hablar con ella.
—Vale, genial, gracias, Shona. Tengo que irme. Adiós.
Al salir, casi chocó con Betty, la madre de Stuart.
—Oh, hola, Deirdre. Buenos días.
—Hola, Betty.
—¿Estás bien? Pareces un poco pálida.
Deirdre no pudo soportar la mirada preocupada de Betty. Sus ojos se llenaron de lágrimas que luchó por contener.
—Yo, mmm… lo siento…
—Espera —dijo Betty, poniendo una mano en su hombro—. Sé que Stuart puede ser difícil a veces, pero se preocupa por ti.
—¿Ah, sí? —Deirdre quiso gritar «Entonces, ¿por qué se ha ido?», pero calló.
—No quiero justificar su comportamiento, sea lo que sea que haya hecho. Pero estoy convencida, al mil por cien, de que eres perfecta para él. Hace años que no lo veía tan feliz como en las últimas semanas. Le estás haciendo bien, Deirdre.
—Gracias —murmuró, incapaz de decir más. Luego añadió—: Me temo que tengo que irme.
La mirada de Betty era comprensiva, casi triste, como si presintiera que todo había terminado entre Deirdre y su hijo.
Cuando Deirdre se marchó —sin contarles nada sobre Londres—, decidió dar un paseo alrededor del lago Ness.
Pasó por delante de la casa de Stuart y miró con nostalgia los muros exteriores y el jardín.
Podría haberse imaginado construyendo una vida con él allí.
Un futuro.
«¿Por qué quieres rendirte?», gritó la vocecita en su cabeza.
Deirdre dudó. No quería hacerse daño.
Tenía miedo.
«El miedo es para cobardes», pensó, y entró en la casa.
Sabía que la puerta no estaba cerrada, ¿qué más se podía robar allí, aparte de escombros?
En la futura cocina encontró un bloc de notas en el que estaban apuntadas las listas de la compra de materiales para las próximas semanas.
Pasó las páginas hasta encontrar una hoja en blanco.
Se sentó en el suelo y empezó a escribir.
Si él no quería hablar con ella, tal vez así leería lo que tenía que decirle.
Cada palabra que trazaba en el papel le parecía un peso que se quitaba de encima. Era difícil, pero no imposible. Lo que Stuart decidiera hacer después con esas palabras ya no dependía de ella.
Cuando terminó, dejó la libreta abierta por su escrito y se aseguró de que quedara en un lugar visible.
Miró alrededor una última vez, dejando que sus ojos recorrieran la estancia. En algún momento, había imaginado ese lugar como el corazón de una vida compartida.
—Es tu turno, Stuart —murmuró antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.
* * *
Stuart estaba tumbado en la camilla de Michelle. Había dudado en acudir a la cita. No quería ser interrogado. Lo que le faltaba. Los últimos días habían sido duros. Más que duros. No podía comer ni dormir. Nunca se había sentido así, ni siquiera en el pasado.
«A la mierda el amor», se repetía.
—Puede que duela un momento —anunció Michelle, y él casi se echó a reír.
Su cuerpo —su alma— sufría desde que Deirdre ya no formaba parte de su vida, pero no lo pensaba compartir con nadie.
Stuart no hizo ningún ruido mientras ella trabajaba en un punto de su ingle que le hizo ver estrellas. Cuando terminó, notó gotas de sudor en su frente.
—Eres un tío duro —dijo Michelle, sacudiendo la cabeza.
—¿Ah, sí?
—Tus amigos siempre se quejan.
Sonrió cómplice, pero solo se encogió de hombros. No estaba de humor para bromas ni, mucho menos, para charlas.
—Son unos blandengues.
—¿Puedo preguntarte algo?
Levantó una ceja, queriendo decir que no, pero sabía que no valdría para nada.
—¿Qué pasa?
—¿No significó nada para ti la carta de Deirdre?
—¿Carta? ¿De qué estás hablando? No te sigo.
—Conmigo no hace falta que disimules.
—Caray, ¿por qué no hablas claro? No sé de qué carta me hablas.
—¿Entonces no la has leído?
—¡Michelle! —interrumpió, impaciente. Sus nervios estaban al límite.
—Sí, vale, de acuerdo. ¿No has pasado por tu casa, la que estás reformando?
Exhaló de forma audible.
—¡Cielos, no! ¿Por qué crees que estoy aquí, tumbado en tu camilla?
Michelle se golpeó la frente con la palma de la mano.
—Mierda.
—¿Puedo irme ya? —refunfuñó Stuart.
—No, espera y escúchame con atención —respondió ella con severidad, en un tono que no admitía discusión.
Él no pudo evitar poner los ojos en blanco.
—¿Qué pasa?