Capítulo 15
U nos días después, Stuart estaba en su cocina con Deirdre preparando tortitas para cenar.
No era una cena tradicional, pero ella era muy golosa y le encantaban.
Stuart llevaba los calzoncillos bajos sobre las caderas, sabía que a ella le gustaba y disfrutaba de sus miradas de aprobación.
En los últimos días, o más bien noches, se habían estado viendo bastante.
El sexo con Deirdre era fantástico. No solo eso, le gustaba su presencia, su cercanía, le gustaba dormirse a su lado y despertarse.
El fin de semana estaba a la vuelta de la esquina, y el plan era que todos los amigos se reunieran en el Lantern el sábado. Ava y Colin habían vuelto de viaje y tenían mucho que contar.
—¿Vamos por separado? —quiso saber Stuart mientras daba la vuelta a tres tortitas en la sartén.
Se notaba ansioso por oír su respuesta, no quería presionarla ni sugerir nada él mismo, no fuera a ser que volviera a meter la pata.
Si por él fuera, podían aparecer juntos, después de todo, su aventura no era ningún secreto.
Desde la fiesta del fuego, el pueblo de Kiltarff al completo supo lo que pasaba entre ellos, y le pareció bien.
La verdad es que no le molestaba en absoluto, al contrario, y eso era extraño, aunque cuidaba de guardarse las dudas.
—No lo sé —respondió Deirdre mientras se acurrucaba a su espalda—. No me gustan los secretos, y además creo que sería un poco tarde para eso. Parece que todo el mundo ya lo sabe —añadió con una sonrisa que reflejaba los mismos pensamientos que él.
Stuart se sintió aliviado porque, por un momento, había temido que ella insistiera en ir sin él.
Deirdre pasó las manos por su vientre, provocando un hormigueo en sus entrañas. Era una locura lo sensible que era a sus caricias. Habían tenido relaciones sexuales con frecuencia en los últimos días, y noches, así que esas reacciones no podían deberse a ningún tipo de abstinencia...
—No me refería a eso —intervino él, intentando concentrarse en las palabras y no en las caricias que le profería.
—Tampoco quiero ponernos una etiqueta —dijo Deirdre, y él se puso rígido.
—¿Qué quieres decir? No te sigo —se volvió hacia ella, con la espátula aún en la mano.
—Tú no quieres una relación, y yo tampoco. Eso es lo que quiero decir. Nos divertimos juntos mientras nos guste, ¿no? —Se encogió de hombros, despreocupada, como si estuvieran hablando de su próxima salida de compras y no de cómo estaban llevando su aventura.
«Nos divertimos juntos mientras nos guste», repitió Stuart en su cabeza. «O hasta que te marches de vuelta a Londres», pensó. Esperaba que no viera esos pensamientos en sus ojos, porque no le gustaba lo que provocaban en él. Por si acaso, se volvió hacia la sartén.
—Estoy de acuerdo. Disfrutemos entonces. ¿Quieres probar las primeras tortitas? —intentó desviar la atención del tema, porque, de lo contrario, se pondría de mal humor, y no quería.
Le interesaba que Deirdre no se ilusionara, que no soñara con un futuro con él, pero no podía explicar por qué apretaba los dientes y deseaba salir corriendo. Sacó un plato de la alacena y puso en él las deliciosas tortitas. Luego les echó un poco de sirope por encima.
—Aquí tienes, horneadas con amor —anunció, colocando el plato sobre la pequeña y tambaleante mesa de la cocina y añadiendo los cubiertos.
Deirdre le rodeó la cintura con los brazos y le dio un beso. Había tanta calidez en sus ojos que a Stuart se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Y qué recompensa tenías en mente por tus esfuerzos? —se burló ella.
Afortunadamente, no tenía problemas para comunicarse a ese terreno. Sonrió.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo, dándole una palmada en el trasero—. ¡Pero come primero, no vayas a perder ninguna de tus excitantes curvas con toda esta... actividad!
Deirdre se rio y se sentó, cruzando sus largas piernas.
—¿Qué te pasa? ¿No tienes hambre?
—Tú primero —explicó Stuart mientras añadía tres raciones más a la sartén.
Deirdre le dirigió una mirada extraña, como si no pudiera creer lo que acababa de decir. Pero luego la expresión desapareció, y devoró las tortitas con un suspiro de placer.
—Cuéntame, ¿de dónde viene tu pasión por los coches clásicos? —quiso saber poco después.
—No sé, ¿de dónde viene tu interés por los bolsos? —bromeó él.
—Ja, ja, muy gracioso. ¿Siempre te han gustado?
—Sí, en cierto modo. ¿Por qué lo preguntas?
—Perdona, solo era curiosidad.
Stuart lamentó su brusca respuesta.
—Lo siento, no pasa nada, está bien que preguntes, no es ningún secreto.
No podía explicarle que Sandra siempre había desaprobado su afición por los coches. Que le había exigido más: un trabajo mejor, un sueldo más alto, un futuro diferente. Y por fin lo encontró, pero no con él. Stuart apartó los recuerdos del capítulo más oscuro de su vida.
—Creo que estás muy sexy con el mono de mecánico —confesó Deirdre, sacándolo de sus sombríos pensamientos y devolviéndolo al presente.
—¿Qué? —preguntó sorprendido. ¿Lo encontraba atractivo en ropa de trabajo? Esa información le alegró más de lo debido—. Creía que te gustaban los hombres con trajes elegantes —intentó disimular su alegría.
—¿Crees que estaría aquí entonces? —replicó ella con una ceja arqueada e inclinando la cabeza de un modo peculiar que intensificó el extraño cosquilleo en la boca del estómago de Stuart.
Él habría contestado que aquí apenas había alternativas, pero después de la reciente experiencia al preguntar por Lewis, prefirió contenerse.
—Probablemente no —fue todo lo que respondió.
Si a Deirdre le irritó su respuesta, no lo demostró. Seguía sonriendo.
—¿Y quieres dedicarte a ello profesionalmente? A los coches clásicos…
Asombrado, levantó la cabeza y la miró directamente.
—No lo sé. ¿Por qué quieres saberlo?
—No sé, creo que podrías hacerlo, que sería genial.
Hacía unos días, tras un largo y agotador día de trabajo en el taller, le había comentado a Deirdre que ya no disfrutaba tanto como antes con las reparaciones normales. ¿Por eso estaba interesada?
Stuart decidió ser sincero.
—En realidad, he pensado que podría comprar coches clásicos, restaurarlos y volver a venderlos.
—¡Vaya, si se te iluminan y todo los ojos! Eso sí te gustaría, ¿verdad?
Stuart asintió y cruzó los brazos delante del pecho mientras se apoyaba en la encimera de la cocina.
—Sería un sueño, sí. En realidad, llevo deseándolo desde hace tiempo.
—¿Y qué te detiene?
La pregunta quedó suspendida en el aire, no tenía una respuesta preparada. Entonces pensó en su abuela. En su madre. En el legado de su padre y de su abuelo.
—No lo sé. Tengo tantas cosas que hacer, ¿y cómo sé que podría vivir de ello?
También tengo que pensar en la gasolinera y en la abuela, ella no podrá encargarse siempre.
Por suerte está bien de salud y en forma, pero llegará el día en que eso cambie.
Por eso llevo meses diciéndole que deberíamos comprar un surtidor automático.
Eso le quitaría trabajo, pero no hay forma, se niega.
—Podría intentar hablar con ella —se ofreció Deirdre.
—De hecho, hace tiempo que quería pedírtelo.
—¿Y por qué no lo hiciste?
«Eso, ¿por qué no lo había hecho?».
—No quiero que tengas la impresión de que, de alguna manera, me estoy aprovechando de ti.
Deirdre dejó el tenedor.
—¿Qué? No me creo que sea por eso.
Stuart se sintió cohibido. No quería que siguiera indagando, así que volvió su atención a su tarea de cocinar y a la sartén.
—¿Quieres un poco más?
—No, gracias, estoy llena y a punto de reventar, esas cosas eran enormes. Come algo, anda, hombretón.
Deirdre se levantó, puso su plato en el fregadero y luego empujó a Stuart hacia una silla. Le sirvió las tortitas a su manera especial: con una sonrisa, un beso y un tenedor con el que le dio de comer.
Resultó ser una cena muy larga…
* * *
Colin y Ava tenían mucho de qué hablar; su viaje había sido, aparentemente, la aventura romántica perfecta.
Stuart había superado su nerviosismo inicial tras la primera cerveza y unas cuantas conversaciones.
No había sido tan extraño volver a ver a todo el mundo en el pub como había temido en un principio.
Sus compañeros apenas hicieron comentarios, cosa que agradeció.
Por otro lado, probablemente sus amigos habían tenido tiempo de sobra para analizar su relación con Deirdre, desde la fiesta del fuego, para ser exactos.
Stuart no tenía ningún interés en escuchar sus opiniones al respecto, y eran lo suficientemente inteligentes como para guardárselas para ellos mismos.
Incluso estaba sorprendido de que ni siquiera su madre o su abuela le hubieran hecho aún ningún comentario fuera de lugar.
Y eso era extraño. Tremendamente extraño.
Normalmente, las dos opinaban de todo y de todos.
Intentó no pensar en ello y simplemente alegrarse de que no le hicieran preguntas comprometidas.
Estaba en la barra, con una cerveza en la mano y disfrutaba de la velada.
La música sonaba suave por los altavoces y el ambiente del bar era relajado.
Se sentía a gusto. No, eso era quedarse corto.
Se sentía mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo.
Y no se debía solo a su satisfactoria vida sexual.
Aunque era consciente ello, no quería darle vueltas ni analizar sus sentimientos.