Capítulo 14 #2
Cuando Deirdre por fin, después de lo que le pareció una eternidad, recuperó el aliento, volvió la cara hacia él y lo miró.
Él sonrió de vuelta, pero no era esa sonrisa ensayada de hacía un rato, sino una que irradiaba felicidad, como si no fuera ella quien acabara de experimentar uno de los orgasmos más increíbles de toda su vida, sino él.
—¿Y tú? —quiso saber ella, pasándole las manos por el pecho.
La besó suavemente.
—Más tarde —declaró con voz ronca. La evidencia de su excitación presionaba el muslo de Deirdre, pero no parecía querer continuar lo que acababa de empezar—–. ¿Tienes algún plan? Necesito una ducha, apesto... —susurró.
Ella le miró, traviesa, y se sentó a horcajadas sobre él. No estaba cómoda, el suelo rugoso se le clavaba en las rodillas, pero él no se había quejado antes.
—Dios, no me pones nada fácil contenerme— refunfuñó con una sonrisa de dolor en sus sensuales labios.
—¿Y si me gustara el sudor masculino fruto del trabajo duro...? —susurró ella y le cubrió la clavícula de besos.
Stuart gimió.
—Estoy tan loco por ti que me asusta.
Deirdre escuchó sus palabras, las asimiló, pero no las comentó. En lugar de eso, se frotó lascivamente contra él. Él la sujetó por la cintura y la miró con los ojos desbordados de lujuria.
—Te deseo, Deirdre, pero no aquí. La próxima vez que te haga el amor, quiero estar dentro de ti. Completamente. No llevo preservativos, y si no paras ahora, me olvidaré de todo y de los anticonceptivos. Yo... oh, Dios... Me estás volviendo loco.
Deirdre apretó los labios contra la boca de él para darle un beso breve pero intenso.
Luego se separó y se levantó. Tenía razón, por supuesto.
Por mucho que lo deseara dentro de ella, no podía prescindir de los anticonceptivos.
Estaban en una casa en obras, esa que él estaba preparando para su futuro.
Pero ella no era parte de ello y lo había olvidado por un momento.
No entendía porqué había deseado por unos instantes que fuera ella para quien estuviera construyendo un hogar.
Tragó saliva y sonrió. Solo era sexo. Tendría que recordárselo una y otra vez.
Y desde luego le resultaría más fácil si no lo hicieran en su futura casa.
¿Desde cuándo se dejaba llevar así por sus hormonas?
Solía reírse cuando las parejas decían que no podían quitarse las manos de encima.
Ahora sentía lo mismo. Si bien a Deirdre siempre le había gustado el sexo, esto iba mucho más allá de sus experiencias anteriores.
«Disfrútalo mientras puedas», susurró una vocecita en su cabeza. Otra quiso expresar dudas, pero la acalló antes de que la incertidumbre pudiera siquiera sembrarse.
—¿Cuándo terminas? —quiso saber— Dime una hora y vendré a verte.
Stuart se levantó y se pasó las manos por el pelo. Estaba bastante sucio y el bulto de sus pantalones aún no había desaparecido. Su sonrisa le llegó al corazón, lo que inquietó a Deirdre.
—Tú también estás bastante llena de polvo, cariño, ¿qué tal si nos duchamos juntos?
«Cariño».
No quería darle importancia, pero no podía ignorar el extraño salto que había dado su corazón ante ese «cariño».
—No voy a rechazar la oferta —respondió ella, esperando sonar ligera y juguetona.
—Nos vamos entonces ¡Por hoy he terminado!— conlcuyó Stuart con una sonrisa sugerente.
Por el camino, charlaron como viejos amigos, lo cual era aún más extraño que el hecho de que estuvieran a punto de acostarse. Era la primera vez que hablaban sin bromas, sin segundas intenciones, relajados. Se sentía bien, mejor que bien, y al mismo tiempo, estaba nerviosa y expectante.
Stuart se había puesto la camiseta para volver al pueblo, lo cual era una pena, aunque pronto se la arrancaría de nuevo. No podía esperar.
Solo es un poco de diversión, se dijo a sí misma. Sin sentimientos. No podía ser tan difícil, ¿verdad?
* * *
El piso de Stuart era pequeño, y el mobiliario viejo, pero, en cierto modo acogedor, porque su estilo personal era reconocible a primera vista.
El típico hogar masculino, con múltiples catálogos y revistas sobre todo tipo de coches, clásicos, modernos…
Por suerte, no había carteles de pilotos de carreras en las paredes.
Los muebles eran una colorida mezcla de piezas individuales que encajaban perfectamente a su manera.
Deirdre se sorprendió cuando vio dos plantas verdes en sendas macetas a las que parecía gustarles los cuidados de Stuart.
Nunca habría pensado que se preocupara por la botánica; al parecer, aún le quedaban muchas cosas por descubrir de él.
Este pensamiento le asustó, porque su plan de mantener al margen los sentimientos se suponía que seguía en pie, por supuesto, pero al parecer había empezado a flaquear un poco y tenía que evitarlo.
Sintió su cercanía antes de que hablara. Su aliento caliente le rozó la nuca y ella se estremeció involuntariamente.
—¿Puedo ofrecerte algo? —le susurró al oído sin tocarla.
Se dio la vuelta y sonrió para a continuación poner las manos en su nuca.
—Tú —fue lo único que respondió.
El movimiento de la nuez de Stuart como respuesta bastó para que las mariposas de su estómago volvieran a revolotear.
No necesitó que se lo pidiera dos veces, entrelazó sus dedos con los de ella y la condujo al cuarto de baño.
Allí abrió el grifo de la ducha y volvió a correr la cortina de plástico.
Ahí también se notaba claramente la antigüedad de la vivienda, pero a Deirdre no le importó.
Vio cómo Stuart se quitaba la camiseta de un tirón y la metía en el cesto de la ropa sucia; no podía apartar los ojos de él.
Él la miró, y supo exactamente lo que estaba pensando, porque la sonrisa que apareció en sus labios lo decía todo.
—¿Puedo? —preguntó, señalando el vestido.
Le encantaba lo educado que era, con ese punto de timidez. Deirdre asintió.
Con delicadeza y cierta ternura, imposible de imaginar a primera vista, la ayudó a quitarse el vestido.
—Me encanta tu ropa interior —murmuró y le acarició los pechos, envueltos en un sexy sujetador de encaje.
Afortunadamente, no se detuvo mucho en él, sino que desabrochó el cierre y lo dejó caer al suelo. Luego le tocó el turno a las bragas. Deirdre no estaba cohibida, se sentía hermosa y deseada, Stuart la devoraba con la mirada.
—Me temo que a ti también te sobra ropa —anunció, y le desabrochó el botón superior de los pantalones.
Era imposible no ver el bulto, y ella se sintió orgullosa del efecto que causaba en él.
Cuando por fin estuvieron los dos desnudos, él la ayudó a meterse en la ducha como si no pudiera hacerlo por sí misma, le gustaba lo cariñoso que podía llegar a ser y le encantaba dejarse mimar por aquel tipo tan guapo.
La enjabonó con fruición, sin dejar ni un centímetro de su piel.
Ella siguió su ejemplo. Se besaron mil veces, explorando cada rincón del otro hasta que necesitaron más.
Ambos respiraban agitadamente cuando Stuart cerró el grifo y llevó a Deirdre a su dormitorio.
No les importó estar mojados. Él cogió un preservativo de la mesilla y se lo puso.
Deirdre lo observó, Stuart tampoco le quitaba los ojos de encima.
Cuando por fin se inclinó sobre ella, enseguida abrió los muslos para recibirlo en su interior.
Gimió al sentir su tamaño, su longitud y el poder que emanaba de él.
Deirdre rodeó las caderas de Stuart con las piernas y le instó a acelerar el ritmo.
Quería más, mucho más. Su respiración era entrecortada y se le marcaba una vena en el cuello.
Los músculos de Stuart estaban tensos y Deirdre se acercaba rápidamente a otro orgasmo.
La excitación y la lujuria hacían que todo lo demás pareciera secundario.
Lo único que importaba eran ellos dos y la pasión que los unía.
Deirdre gemía su nombre y suplicaba entre jadeos.
El gruñido profundo y gutural de Stuart indicaba que él tampoco podía contenerse más.
Abrió los párpados y se encontró con su mirada.
Y entonces llegó. Tembló bajo él y sintió que él también se ponía rígido.
No se perdieron de vista ni un segundo. Ella gritó y él dijo su nombre cuando las olas de sus orgasmos se abatieron sobre ellos.
Tardaron un rato en recuperar el aliento. Stuart se levantó para deshacerse del preservativo y traer toallas. Empezó a secar a Deirdre, aunque apenas fuera necesario, aparte de su pelo. Aun así, se tomó su tiempo, parecía disfrutarlo. De pronto se sorprendió al ver que ya estaba duro de nuevo.
—Eres insaciable, ¿eh? —murmuró y sonrió bajo los párpados entreabiertos. Para su sorpresa, también notó un placentero tirón en el abdomen.
«¿Por qué no aprovechar la oportunidad?», se dijo a sí misma, y lo empujó suavemente para tumbarle.
—Ahora me toca a mí —anunció mientras empezaba a hacerle todo lo que siempre había soñado hacerle...