Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 14
70%

Capítulo 14

A Deirdre le gustó todo lo que Stuart le mostró de la casa.

No, que le gustara era quedarse corta, le encantó.

Aunque aún era un esqueleto de vigas y columnas que requería imaginación, podía visualizar el potencial de aquella encantadora casita antigua.

No era diseñadora de interiores, pero era capaz de ver que las posibilidades eran emocionantes.

Stuart la condujo por una estrecha escalera que llevaba a tres habitaciones pequeñas y un cuarto de baño.

Las paredes estaban desnudas, y las ventanas, del suelo al techo, dejaban entrar bastante luz.

El suelo carecía de revestimiento, y las viejas baldosas de color verde menta del baño yacían en el suelo, desportilladas y cubiertas de polvo.

—¿No querrás quedártelas? —bromeó Stuart, señalando el montón de escombro.

Deirdre había percibido el cambio; no sabía exactamente qué había dicho o hecho, pero sintió cómo levantaba un muro para ocultar sus verdaderos pensamientos.

Stuart volvió a ser el bromista coqueto que no parecía tomarse nada en serio.

Unos momentos antes había vislumbrado esa otra faceta de él, la vulnerable y esperanzada, y le habría gustado acurrucarse junto a él, decirle cuánto le gustaba.

Afortunadamente, no lo hizo, porque habría quedado como una completa idiota.

Aun así, las palabras de Michelle sobre el pasado de Stuart seguían rondándole. ¿No sería comprensible que alguien se volviera cauteloso después de una experiencia como la suya?

«¿Y por qué me importa tanto?».

Deirdre no quería responderse a esa pregunta. Su vida ya estaba construida sobre demasiados pilares tambaleantes. No podía permitirse pensar, ni siquiera soñar, en un futuro con Stuart. Lo mejor era vivir el presente. Todo lo demás eran tonterías.

—El verde menta no es mi color —comentó Stuart sosteniendo un catálogo que había recogido del suelo—. Pensaba más bien en algo como esto.

Abrió una página con la imagen de un baño.

Las paredes estaban revestidas con baldosas rectangulares de color crema, y el centro lo ocupaba una bañera exenta.

La idea de Stuart instalando esa bañera justo allí la hizo sonrojarse.

Al levantar la mirada, vio el mismo deseo reflejado en los ojos de él.

Su corazón se aceleró, y rápidamente bajó los párpados para concentrarse en la imagen del catálogo.

—Tiene mucha mejor pinta, desde luego —dijo, aunque su voz se quebró ligeramente. Se aclaró la garganta mientras Stuart dejaba el catálogo en el suelo y salía del baño. Deirdre se abanicó brevemente con una mano antes de seguirle.

—Aquí están el dormitorio principal y dos habitaciones más para las que aún no tengo planes. Quizá una de ellas la convierta en un despacho…

Deirdre cometió el error de mirarle de nuevo.

¿Estaría pensando en una habitación para niños?

El pensamiento fue breve, pero Stuart debió leerlo en su rostro, porque su expresión se endureció.

Y lo peor de todo fue que, por un momento, deseó ser la madre de esos dulces y hermosos bebés que había imaginado.

Era un deseo absurdo, incluso para ella, que ni siquiera se había planteado si quería tener hijos.

Stuart se aclaró la garganta, rompiendo la tensión.

—Vamos abajo. No hay más que ver aquí arriba. Te enseñaré el salón.

Pasó junto a ella y la adelantó para empezar a bajar las escaleras.

Deirdre no pudo evitar observar los músculos de su espalda.

Stuart era más que un hermoso cuerpo, y eso la atraía aún más y la hacía más vulnerable.

Se obligó a desterrar cualquier pensamiento romántico, no habría futuro con él, con o sin atracción.

Cuando llegaron al salón ya había recuperado algo de compostura.

—Oh —exclamó al verlo.

Era un espacio diáfano, lleno de luz.

—Instalé una viga de acero aquí y, después de tirar la pared, quedó muy luminoso y espacioso.

—De verdad, es genial. ¿Y usarás tablas de esas largas para el suelo, en un color natural? ¿En roble?

Él levantó una ceja.

—Algo así. Y sé que probablemente no te guste, pero creo que una cocina rústica quedaría bien. Con grandes grifos de latón y una enorme isla para cocinar.

Deirdre tragó saliva. Sonaba perfecto, tan perfecto que se le formó un nudo en el estómago.

—Sí, una cocina rústica encaja aquí, por supuesto. Al fin y al cabo estamos en el campo, ¿no? —rio insegura, arrepintiéndose al instante.

Stuart le dirigió una mirada que no supo interpretar.

—Me gustaría ofrecerte algo, pero me temo que solo tengo agua embotellada —dijo, señalando un envase de seis que descansaba donde pensaba instalar la cocina.

—No pasa nada. No he venido por eso —respondió ella, sacudiendo la cabeza.

Stuart la miró con una intensidad que la atravesó como un rayo.

—Entonces, ¿por qué? —preguntó él brusco, con la voz llena de tensión contenida.

Deirdre tragó saliva para tratar de deshacerse del nudo que se le acababa de formar en la garganta.

Se humedeció los labios con la lengua, intentando reunir valor para hablar.

En su cabeza había sido fácil planear cómo explicarle que ya no estaba enfadada, pero ahora, frente a él, parecía más complicado.

—He leído tu mensaje —dijo finalmente.

«Genial», pensó.

Había sonado tan torpe como si hubiera dicho «llevo una sandía». Desde luego dudaba que Stuart conociera esa cita de Dirty Dancing , pero eso no hacía que se sintiera menos ridícula.

Stuart hizo un gesto casi imperceptible, como si algo le doliera. Aquello la sorprendió. Intentó hablar casual y calmada, no que sonara como un comentario hiriente, pero parecía que él interpretaba su declaración con más peso del que ella imaginó.

En ese momento, Deirdre se dio cuenta de lo que pasaba, aquella disculpa era genuina.

Stuart lo sentía de verdad. Ese reconocimiento la llenó de una inesperada alegría.

Una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro casi sin que ella lo notara, mientras una oleada de mariposas parecía invadir su estómago.

Se sintió desconcertada y un poco horrorizada por la intensidad de la emoción, pero no podía evitarlo.

—¿Y? —preguntó Stuart, dando un paso hacia ella.

Deirdre fue aún más consciente de su torso desnudo, y su cercanía hizo que las mariposas revolotearan con más fuerza.

Sus hormonas estaban fuera de control. Pero, al mismo tiempo, había algo reconfortante en esa sensación.

Estar cerca de Stuart la hacía sentirse más viva que con cualquier otra persona.

Aunque la intensidad debería haberla asustado, lo cierto era que quería más. Mucho más.

—No debería haberme ofendido tanto —admitió, mirándole directamente a los ojos—. Siento haberte echado.

La sorpresa se reflejó en el rostro de Stuart, cuyas cejas se levantaron ligeramente.

—¿Lo sientes?

Deirdre asintió. Solo les separaban unos centímetros y podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.

Probablemente fue su testosterona lo que le robó la última pizca de cordura, un olor que a ella le encantaba y que provocaba que hiciera tiempo que no le quedara ni rastro de razón.

Sin poder evitarlo, colocó las manos sobre la parte superior del cuerpo de Stuart y dejó que las yemas de los dedos se deslizaran por él.

Sintió cómo sus músculos se tensaban bajo su roce y él emitía un profundo suspiro.

El calor se acumuló en su abdomen, se estremeció de excitación.

Puede que tuvieran dificultades para comunicarse con palabras, pero físicamente no existían malentendidos entre ellos.

Realmente no era algo que le disgustara, a Deirdre le encantaba cómo se sentía en su presencia. Hermosa. Deseable. Perfecta.

—Esto es peligroso— murmuró Stuart mientras le pasaba las manos por el pelo.

—¿Peligroso?

—Si no quieres que te arranque la ropa aquí y ahora, tienes que parar. —Su voz sonaba ronca. Y llena de anhelo.

Le gustaba cómo se estremecía bajo su contacto. Tenía los labios abiertos y las pupilas dilatadas. Deirdre sintió los latidos de su corazón bajo las yemas de sus dedos.

—Es tentador… —respondió ella y le mordió tiernamente uno de los pezones.

—Ahhh… —gimió y la levantó en el aire por la cintura con un solo movimiento.

Caminó unos pasos con ella y la dejó de pie, apoyada contra una pared, como si hubiera intuido que le flaquearían las rodillas. Stuart apretó su cuerpo contra el de ella y la besó exigente. Sin dudas, sin vacilaciones. Su lengua invadió su boca y dejó bien claro cuáles eran sus intenciones.

Deirdre nunca se había sentido tan deseada como en aquel momento.

Notaba sus manos en todas partes. Cuando notó que le subía el vestido y se ponía de rodillas frente a ella, cerró los ojos y se rindió al deseo.

Stuart casi le arrancó las bragas, le levantó una pierna, se la puso sobre el hombro, sujetó sus nalgas y le cubrió los muslos de excitantes besos.

La acarició y se abrió camino hasta su lugar más íntimo dejando una estela de ternura ardiente y abrasadora.

No había dudas. Solo había un objetivo, una posibilidad, a la que Deirdre respondió con un gemido.

Su excitación crecía furiosamente, ella enterraba las manos en su pelo mientras él la hacía perder el control.

La dulce tortura era casi insoportable, deseaba tanto este orgasmo y sin embargo no quería que terminara todavía.

Pero Stuart no le dejó elección, la lamió, chupó y acarició hasta que su mundo se disolvió en destellos blancos.

Gritó palabras incoherentes, se retorció y tembló hasta que en un momento dado se desplomó sin fuerzas.

Stuart la cogió, se sentó de espaldas a la pared y la abrazó con fuerza, tanta que no podía moverse.

Se sentía en la gloria, segura y protegida.