Capítulo 13 #2
—Ni siquiera sé si quiero saberlo —refunfuñó Deirdre, poniendo una mueca con el labio inferior. En el fondo sí quería escuchar lo que Michelle sabía de Stuart.
—No te hagas la orgullosa ahora, ¿vale? ¿Quieres saberlo o no?
Deirdre se mordió el labio inferior, claramente indecisa. Finalmente asintió.
—Stuart es igual que Wallace: duros por fuera, blandos por dentro —explicó Michelle.
—Pues yo creo que no se parecen en nada —replicó Deirdre.
Michelle rio.
—Si tú supieras… Tendrías que haber visto a Wallace al principio. Los dos hemos aprendido mucho desde entonces, créeme. Pero volviendo a Stuart, escúchame, ¿quieres?
Deirdre suspiró y mordisqueó su cruasán desganada.
—Está bien —murmuró con la boca llena.
—Stuart esconde sus sentimientos detrás de una fachada de tío frío. Sí, tiene fama de mujeriego y de tener un carácter… digamos, desenfrenado. Pero todo eso es pura autoprotección.
—¿Autoprotección? ¿Me vas a decir que tuvo una infancia difícil? Porque conozco a su familia y son encantadoras.
—No va por ahí.
—¿Entonces de qué tiene que protegerse?
—Madre mía, qué impaciente eres. Escúchame y presta atención: Stuart estuvo prometido hace años, pero lo dejaron plantado en el altar. O, para ser más precisa, estaba de pie en la iglesia y la novia ni siquiera apareció. Creo que entonces tenía poco más de veinte años.
—¡No! —exclamó Deirdre con un chillido. Se tapó la boca con una mano y murmuró—: Me estás mintiendo, ¿no?
Michelle negó con la cabeza, con una expresión completamente seria.
—No. Esa mujer, su primer gran amor, le rompió el corazón. Lógicamente, algo así deja cicatrices profundas. Desde entonces no ha dejado que nadie se le acerque. A su corazón, claro.
—Eso sigue sin explicar por qué se comporta como un gilipollas conmigo.
Michelle frunció el ceño, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
—¿De verdad que no? Piensa un poquito.
La cabeza de Deirdre daba vueltas.
—¡Ayúdame, Michelle!
—Venga, vale… Stuart está actuando así porque se preocupa por ti. ¡La carta lo dice todo!
Deirdre frunció las cejas, confundida.
—¿Eh? No dice eso.
—Hay que leer entre líneas —insistió Michelle.
Deirdre escaneó el mensaje por enésima vez, suspirando frustrada.
—No pone nada de eso.
—A ver, dice que lamenta haberse expresado torpemente y dice que no quería herirte. Para mí, está claro.
—Creo que alucinas. Para mí, es solo una forma ¿educada? de decir que ha tenido suficiente con acostarse una vez conmigo.
Michelle suspiró, exasperada.
—Yo no lo veo así. Si fuera eso, no habría escrito nada. Stuart siempre deja claro desde el principio que no está interesado en sentimientos ni en relaciones. No se disculpa, no escribe notas. Pero contigo es diferente, lo ha sido desde el principio.
—¿Qué intentas decirme? —preguntó Deirdre, aunque su corazón empezó a latir traicioneramente rápido tras las insinuaciones de Michelle.
—No solo le gustas. Siente algo por ti que le asusta, pero no tanto como para huir del todo.
—Pues ya se ha escapado.
—Sí, claro, porque tú lo echaste. ¿Qué se supone que tenía que hacer?
Deirdre frunció los labios, incómoda. Se levantó y comenzó a caminar arriba y abajo, algo que no era fácil en la diminuta cocina.
—Deberías hablar con él —sugirió Michelle.
—No lo sé —murmuró Deirdre. La sola idea provocó pánico en su interior, junto con un torbellino en su estómago.
—¿Sabes? Resulta que los gorriones me han chivado que ha estado trabajando a destajo en su casa el poco tiempo libre que tiene desde que llegaste aquí.
—¿En su piso?
—No. Stuart tiene una casa, pero aún no vive allí. Si sigues el sendero junto al lago Ness, llegarás a ella.
—¿Dónde exactamente? —preguntó Deirdre, recordando que había oído golpes en uno de sus paseos, pero no había prestado atención. Sabía que había un par de parcelas más allá de la propiedad de Matt. ¿Podría ser una de ellas?
—Si pasas de largo la casa de Maisie y Matt y sigues avanzando, la encontrarás, no tiene pérdida —le explicó Michelle.
—¿Pero no vive allí?
—No, aún la está arreglando. Como te dije antes, aquí o reformas mucho o esperas a que alguien se divorcie para conseguir una casa.
—¿La compró con su… ex?
—No, que yo sepa. Eran muy jóvenes. Creo que la adquirió después.
Deirdre sintió alivio, aunque no podía explicar exactamente por qué.
—Vamos, ve y habla con él —instó Michelle.
Una mezcla de mareo y cosquilleo de esperanza se extendió por el estómago de Deirdre.
—¿Y qué se supone que debo decirle?
—Quizá que ya no estás enfadada con él.
—Pero es que se pasó tres pueblos.
—Solo lo dijo porque está celoso. ¿Aún no te has dado cuenta?
—¿Celoso? ¿De Lewis? ¡Pero si no estoy interesada en él!
—Stuart no lo sabe —respondió Michelle con una sonrisa traviesa—. Lewis tiene ese aire de tío irresistible, ¿verdad?
—Sí, sí, pero no me atrae nada.
—Stuart no lo sabe —repitió Michelle, arqueando una ceja.
Aunque los celos de Stuart le resultaban molestos y completamente innecesarios, Deirdre no pudo evitar sentirse un poco halagada. En su lugar, quizá también habría sacado conclusiones equivocadas.
Quizá Michelle tenía razón. Tal vez debería hablar con Stuart, pero, ¿con qué fin?
* * *
Stuart estaba en su casa revisando los planos de la obra después de haber retirado los últimos azulejos de las paredes del baño por mañana.
Estaba llegando al punto en el que necesitaba decidir el diseño interior de su futura casa para poder encargar los materiales a Colin.
Quizá sería mejor esperar a que volviera Ava.
Él no tenía el talento para ese tipo de cosas, aunque hasta hacía bien poco creía que se las apañaría solo.
Bueno, otra cosa en la que se había equivocado, como en tantos otros aspectos de su vida recientemente.
Inevitablemente, su mente volvió a la noche anterior. Se preguntó cómo había podido ser tan estúpido como para mencionar a Lewis.
«Se me escapó», pensó, pasando la mano, frustrado, por su rostro antes de abrir una botella de agua y beber unos sorbos. Por más vueltas que le daba, no encontraba la forma de arreglarlo.
Resignado, salió al sol del mediodía y respiró hondo varias veces.
Los pájaros gorjeaban en las ramas de los altos robles que bordeaban la propiedad, mezclados con algunas hayas cuyo frondoso follaje proyectaba sombras sobre el terreno.
Años de abandono habían convertido el césped en un espacio salvaje.
Un conejo huyó de un salto cuando Stuart avanzó.
Era un día caluroso para lo habitual en Escocia, debían estar por encima de los veinte grados.
Al sol hacía aún más calor, así que se quitó la camisa y se la colgó del hombro.
«Tal vez debería buscar un lugar donde echarme una siesta», pensó.
Después de la metedura de pata de la noche anterior, no había podido conciliar el sueño.
Entonces oyó pasos. Rápidos, decididos.
Por un instante, pensó en Deirdre, pero descartó la idea de inmediato.
Primero, porque ella no sabía dónde estaba su casa.
Y segundo, porque estaba claro que no le buscaría para hablar.
La había cagado, pero quizá era lo mejor.
Habría sido peor si ella hubiera esperado algo más que sexo.
El peligro había existido, y tal vez debería agradecer a su propia estupidez haber eliminado ese riesgo.
Sin embargo, cuando una mujer con un vaporoso vestido amarillo dobló la esquina, Stuart se quedó paralizado.
Era Deirdre.
La luz del sol hacía brillar su cabello, y el contraste con el color del vestido le quedaba perfecto. Las sandalias apenas asomaban bajo la tela. Parecía una diosa.
Se quedó paralizado, sin poder decir ni hacer nada. Por un momento, pensó que estaba soñando, pero cuando ella se detuvo frente a él y su perfume llenó el aire, supo que era real.
—¿Cómo me has encontrado? —consiguió decir, y al instante quiso abofetearse. ¿Por qué siempre decía estupideces cuando la tenía delante?
Deirdre levantó una ceja, con una expresión entre divertida y exasperada.
—Las noticias vuelan en este pueblecito, no hay secretos. Deberías saberlo mejor que nadie.
Él se encogió de hombros, pero no pudo evitar notar cómo la mirada de ella se deslizaba por su torso desnudo.
Stuart se alegró de no dejarla completamente indiferente.
Pero la pregunta más urgente era ¿por qué estaba allí?
Desde luego no parecía una coincidencia. Su corazón empezó a latir con fuerza.
—Tienes razón —respondió en voz baja, mirándola directamente a los ojos.
La tensión entre ellos era palpable, la atracción era irresistible. Él no podía pensar con claridad cerca de ella, y parecía que a ella le pasaba lo mismo.
—Bonita casa —comentó Deirdre, moviendo la cabeza hacia la construcción.
—¿Te la enseño? —ofreció Stuart, dando un paso a un lado.
Ambos sabían que estaban evitando el verdadero tema de la visita de Deirdre. Aun así, sorprendentemente, ella aceptó.
—Sí, me encantaría. Siempre y cuando no necesite ponerme casco.
La sonrisa de Deirdre, que mostraba la sexy hendidura entre sus dientes, provocó un cosquilleo inesperado en el estómago de Stuart. Se sintió aliviado al verla relajada y radiante, y habría dado cualquier cosa por estrecharla entre sus brazos y besarla. Aunque, por supuesto, no lo hizo.
—Ven conmigo, te la enseñaré. Y no te preocupes, no hace falta casco, es segura.
Dos tablones tambaleantes conducían a la entrada de la casa, así que le ofreció la mano. Ella la tomó sin dudar y notó esa piel cálida e increíblemente suave sobre la suya. Stuart reprimió un suspiro y apretó los dientes. La soltó tan pronto como pasaron el umbral.
La luz del sol se filtraba por las ventanas, haciendo que las motas de polvo bailaran bajo los rayos dorados.
Las paredes estaban desnudas, sin enlucir, porque había quitado todo el revestimiento y quedaban a la vista los ladrillos.
La casa estaba completamente vacía, pero Stuart ya podía ver su potencial.
Había tenido una visión cuando la compró, y estaba decidido a convertirla en realidad.
Aún le faltaba definir los pequeños detalles del diseño interior, pero lo arreglaría.
Quería que esa casa fuera más que un refugio, sería su hogar.
Cuando miró a Deirdre, la expresión de su rostro le hizo contener el aliento, observaba la obra con aprecio y curiosidad, estaba radiante, aunque no sonreía.
Su mirada recorría cada rincón como si entendiera lo que él sentía en ese desastre.
¿Era posible que viera algo más allá de la suciedad y los escombros?
¿Y que le gustara? Por extraño que pareciera, en ese momento Stuart deseó algo inesperado…
encontrar a alguien con quien vivir allí y dejar de estar solo. Se sobresaltó.
«¡No, no quería eso!»
Esa casa era para él y solo para él. No necesitaba a nadie, y menos a una mujer de ciudad como Deirdre que solo estaba en Kiltarff temporalmente, aprovechando unas vacaciones para trabajar en el castillo y llenar aún más sus bolsillos.
Sin duda, Deirdre desaparecería y volvería a su mundo de lujo y glamur en Londres.
Era bueno recordarlo. No podía perderse en fantasías románticas.
Casi lo olvidaba, pero la realidad seguía ahí, ni Deirdre era una segunda Sandra ni planeaba casarse con ella.
Sin embargo, el hecho de perder constantemente el control cuando ella estaba cerca demostraba que, tal vez, no había cambiado tanto como creía y que, a pesar de sus intentos por enterrar al romántico empedernido que una vez fue, ciertas cosas eran imposibles de hacer desaparecer.
—¿Ocurre algo? —preguntó Deirdre, con voz clara mientras lo miraba con el ceño fruncido.
Stuart recobró la compostura y esbozó su sonrisa más entrenada, la máscara que había perfeccionado durante años.
—No, todo está bien, pero ten cuidado por donde pisas. Aún así, estaré pendiente de ti.
Ella le dirigió una mirada que no supo interpretar antes de tomar de nuevo su mano.
Esta vez, la sensación de su piel lo ayudó a recuperar un poco el control sobre sus pensamientos.
Si bien seguía sintiéndose físicamente atraído por ella, al menos ya no fantaseaba con futuros imposibles y no se le ocurriría preguntarle qué tipo de cortinas le gustaban para el dormitorio.
Menos mal, porque esa vulnerabilidad, esa maldita esperanza de algo que nunca tendría lo asustaba.
Stuart se había jurado a sí mismo que nunca volvería a estar en una situación que pusiera en riesgo su corazón.
Deirdre no se quedaría en el lago Ness, y no podía permitirse que se llevara su corazón cuando hiciera las maletas.