Capítulo 13
A unque Deirdre apenas había dormido, se despertó muy temprano aquel domingo, por lo que tuvo tiempo de pasar por la gasolinera de Shona para comprar cruasanes recién hechos antes de salir a dar un paseo por el lago Ness.
Pero en vez de ir hacia el lago, sus pasos la llevaron a la puerta de Michelle.
Cuando llamó, su amiga no tardó en abrir.
—Hola, Deirdre, buenos días. Pasa —saludó Michelle, con una cálida sonrisa. Llevaba una camiseta demasiado grande y un pantalón de pijama a rayas. Tenía el pelo recogido en un moño algo desordenado.
—Espero no interrumpir nada —dijo Deirdre mientras abrazaba a su amiga.
—No, en absoluto. Me alegro de verte. Además, me preguntaba por qué habías desaparecido ayer tan de repente y espero respuestas. —Michelle arqueó sus cejas con expresión inquisitiva, y Deirdre levantó la bolsa de cruasanes a modo de ofrenda.
—¿Has desayunado ya?
—No, la verdad es que no.
El sonido de la ducha en el baño le confirmó que Wallace seguía en casa. Deirdre no pudo evitar que sus pensamientos volvieran a la noche anterior y al incómodo desenlace. Había acudido a Michelle porque necesitaba analizar el incidente y, sobre todo, el confuso mensaje de Stuart. No lo entendía.
—¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo? —preguntó Michelle, sacándola de sus pensamientos.
Michelle la empujó suavemente hacia la pequeña cocina, donde el aroma a café recién hecho llenaba el aire. La máquina de filtro burbujeaba, y a Deirdre le pareció entrañable que Wallace y Michelle siguieran utilizando un modelo tan anticuado.
—¿Estás segura de que no quieres que te cambie la casa? Aquí apenas tenéis espacio —dijo Deirdre mientras Michelle sacaba platos y los colocaba sobre la mesa de la cocina.
—No seas tonta, ¿qué más espacio necesitamos? —respondió Michelle—. Con una cama y una mesa nos basta.
Deirdre rio mientras colocaba los cruasanes a una panera.
—Había olvidado que estás enamorada.
Michelle le guiñó un ojo.
—En serio, no tienes que preocuparte por el piso. Vamos a ver dos casas la semana que viene. Sobrepasan un poco nuestro presupuesto, pero da igual. Quizá podamos arreglárnoslas.
—Entonces, ¿estás lista para el siguiente paso?
—¿Y cuánto tiempo se supone que se debe esperar? Ambos estamos seguros de querer hacerlo y no tenemos por qué retrasarlo.
Michelle sonrió y Deirdre se alegró sinceramente por ella, su amiga merecía un lugar al que llamar hogar y un hombre maravilloso a su lado. Después de todo lo que había pasado, por fin tenía un futuro prometedor.
Sin embargo, esa felicidad despertó en Deirdre un inesperado anhelo de estabilidad.
Hacía apenas unas semanas habría considerado imposible cansarse de viajar, lo cual, a la vez la irritaba, sobre todo porque había llegado a Kiltarff con otros planes.
Lo que debía haber sido un refugio temporal se empezaba a convertir en algo como un hogar.
—Cruzo los dedos para que una de las casas sea la adecuada —dijo finalmente, rompiendo la pausa antes de que Michelle notara algo extraño.
Prefería cortar el devenir de sus pensamientos, no quería que su amiga la malinterpretara. Después de todo, Deirdre no planeaba quedarse en Escocia. Tan pronto como resolviera el desastre de su trabajo se marcharía.
Michelle sirvió café, puso mantequilla, mermelada y nata sobre la mesa, y se sentó frente a Deirdre.
—Aquí, cuando compras una casa de campo, casi siempre tienes que reformarla, salvo que se trate de la propiedad de alguna pareja cuya relación se haya ido al garete.
El karma, supongo. Yo prefiero la primera opción, así podríamos diseñar todo a nuestro gusto.
Aunque claro, es caro y lleva tiempo, pero no tenemos prisa.
Aún nos las arreglamos bien con poco espacio, pero cambiará cuando tengamos hijos.
Que tampoco es que vaya a ser ya mismo, si bien ninguno de los dos queremos esperar eternamente.
—Michelle rio antes de morder un cruasán.
Deirdre estaba a punto de responder cuando Wallace entró en la cocina. Llevaba pantalones cortos y un polo con el logotipo de Loch Ness Cruises, la empresa que dirigía junto a su padre. Enseguida saludó a Deirdre con un beso en la mejilla.
—Hola, Deirdre, me alegro de verte.
Luego se giró hacia Michelle. El beso que le dio a ella fue mucho más intenso, y se prolongó lo suficiente como para que Deirdre apartara la vista, incómoda. Cuando por fin se separaron, Michelle se apartó el pelo de la cara con gesto avergonzado y las mejillas sonrojadas.
—Hasta luego, cielo —murmuró antes de aclararse la garganta.
Wallace sonrió ampliamente.
—Divertios. Le deseo suerte a Stuart.
Los ojos de Deirdre se abrieron de par en par.
«Oh, vaya» .
Al parecer, todo el pueblo ya sabía que la noche anterior se había marchado del festival del fuego con Stuart.
En realidad, no debería sorprenderse. Probablemente también habían visto cómo se besaban o cómo la había cargado en brazos y llevado consigo.
Negarlo no tenía sentido, y tampoco estaba dispuesta a hacerlo.
Más bien al contrario, quería contárselo todo a Michelle. Para eso había venido.
Deirdre sonrió de forma misteriosa y levantó una mano en un gesto despreocupado. Luego cogió un cruasán y lo untó con mantequilla. Cuando Wallace salió de la casa, Michelle se inclinó hacia Deirdre con curiosidad.
—¡Y ahora dispara! ¿Por qué tienes cara de llevar días llorando?
—Ni siquiera sé por dónde empezar —suspiró Deirdre, dejando el cruasán en el plato—. No entiendo a los hombres.
—¿Hombres, en plural? —preguntó Michelle, arqueando una ceja.
—Perdona, tienes razón. No entiendo a Stuart —admitió Deirdre, frunciendo los labios.
—Mmm… Según lo que me han contado, anoche parecía estar todo bastante claro. Y, a diferencia de la última vez, no hubo ninguna emergencia de por medio, ¿verdad?
Deirdre enterró el rostro entre las manos.
—No, no la hubo.
Volvió a levantar la vista y miró a Michelle con el ceño fruncido.
—¿Entonces qué pasó? —insistió su amiga—. Deberías estar radiante y sonriente, creí que Stuart sería bueno en la cama… ¿o no os acostasteis?
Deirdre pensó en la noche anterior, en el placer que había sentido en sus brazos.
—Tuve el mejor orgasmo de mi vida.
—¿Entonces por qué parece que te doliera algo? ¿Fue demasiado… no sé, demasiado duro? ¿Te hizo daño?
Deirdre negó con la cabeza, no tenía nada que ver con el sexo, el problema fue cómo se comportó después.
—No, no fue eso. Eso es lo extraño. El tiempo que estuvimos juntos fue perfecto, al menos para mí. Tuvimos sexo de ese que pone tu mundo del revés, y luego, cuando se acaba, Stuart vuelve a ser el mismo gilipollas de siempre.
—¿En qué sentido? —preguntó Michelle, ladeando la cabeza.
—Cuando terminamos, no me abrazó, ni volvimos a follar, ni nada. Es verdad que no pretendía que nos jurásemos amor eterno, al menos no era mi intención. Solo quería divertirme, pasar una noche con él, ya sabes…
Michelle asintió, esperando que su amiga continuara, sabiendo que había algo más.
—¿Pero?
—Sí, claro, aquí viene el gran «pero» —continuó Deirdre, tomando un sorbo de café—. Stuart se fue al baño para deshacerse del condón, y cuando volvió a la cama conmigo, va y me pregunta, de repente, que si estaba pensando en Lewis.
Michelle abrió los ojos, sorprendida.
—¡¿Perdona?!
—Eso mismo… Imagina cómo me quedé yo. Debe de ser que cree que soy una especie de… no sé, perra caliente que se acuesta con cualquiera. Perdona que hable así, ¡pero estoy tan cabreada! ¿De dónde se ha sacado eso? Insinuar que estaba pensando en otro justo después de follar con él.
Deirdre apretó los puños, su corazón martilleaba de rabia mientras hablaba y sentía un nudo en la garganta y en la boca del estómago. Michelle puso una mano sobre la de Deirdre y la apretó con cariño.
—Deirdre, lo único que puedo decirte, por propia experiencia, es que a veces los hombres son idiotas. Idiotas de verdad.
—Lo sé. Pero nunca había conocido a alguien tan… tan contradictorio. ¿Por qué tenía que cagarla así? Cuando por fin me acuesto con él, va y suelta eso.
Deirdre cerró los ojos con frustración, mientras Michelle sacudía la cabeza con resignación.
—Suele pasar que, a veces, los hombres no saben cómo manejar lo que sienten. Quizá Stuart esté… no sé, confundido, o incluso celoso. Aunque no es excusa para ser tan imbécil.
Deirdre asintió, tratando de calmarse.
«Tal vez Michelle tenga razón», pensó, aunque seguía sin entender cómo alguien podía ser tan estúpido justo después de algo tan perfecto.
—¿Qué pasó después? ¿Hablasteis de ello? —preguntó Michelle.
Deirdre bufó, exasperada.
—¡¿Hablar de ello?! ¿Y qué sentido tenía? Lo eché de la casa, corrí al baño y fingí que me duchaba. Cuando salí, después de haber convertido la habitación en un baño turco, ya se había ido. Pero me dejó una nota. Toma, léela tú misma.
Deirdre sacó un papel arrugado y ligeramente húmedo de tanto manosearlo. Se sabía las líneas de memoria, y ya había leído y estudiado la carta cientos de veces sin haber sido capaz de llegar a ninguna conclusión. Por eso fue a ver a su amiga.
Michelle tomó el papel y leyó en voz baja:
Deirdre, siento si he dicho o hecho algo que te haya ofendido. A veces soy demasiado torpe y no se me dan bien las palabras. No quería herirte. Por favor, perdóname. Stuart.
Michelle leía con atención, mientras Deirdre observaba sus expresiones. Primero frunció el ceño, y luego una leve sonrisa se dibujó en sus labios, lo que desconcertó a Deirdre. Cuando Michelle levantó la mirada, sus ojos brillaban.
—Es muy dulce.
—¿Dulce? —repitió Deirdre con incredulidad, señalando el papel—. ¿No me has estado escuchando? Explícame dónde está la dulzura.
Michelle dejó el mensaje a un lado.
—Creo que Stuart se siente inseguro.
—Me cuesta creerlo.
—Vale, cielo, voy a contarte algo sobre él que no sabes. Después seguro que lo ves con otros ojos y entenderás estos problemas de comunicación.