Capítulo 12 #4
Deirdre abrió el paquete y empujó suavemente a Stuart contra las almohadas.
Enseguida le agarró la polla y la frotó varias veces por su piel aterciopelada.
Stuart apretó los dientes y soltó una maldición.
Verla así era demasiado excitante, no podía soportarlo.
Cerró los ojos y se centró saborear las sensaciones.
Stuart sintió cómo desenrollaba el preservativo.
La idea de que estuviera a punto de sentarse sobre él fue suficiente para llevarlo de nuevo al borde.
No podía permitírselo; tenía que durar más, mucho más.
Stuart se incorporó y besó a Deirdre con pasión, mientras recorría con las manos su piel caliente la retenía ligeramente para tumbarla boca arriba. Se colocó entre sus muslos y se deslizó dentro de su calor húmedo con un movimiento suave.
«Maldita sea».
Estaba tan estrecha y tan preparada para él.
Deirdre suspiró lujuriosa y movió la pelvis bajo él.
Stuart apretó la mandíbula y cerró los ojos.
Era tan increíblemente erótico y excitante que apenas podía contenerse.
Cuando empezó a aumentar el ritmo, creyó volverse loco.
Oleadas de placer recorrían su cuerpo mientras los gemidos subidos de tono de Deirdre seguían subiendo la temperatura.
Ella, igual de excitada, se retorcía debajo de él y sus empujes exigentes le pedían ir cada vez más deprisa, algo incompatible con los intentos de Stuart por retrasar su clímax.
Estaba duro. Extremadamente duro. Pero más allá del placer y la lujuria había algo hermoso, una experiencia nueva que no sabía cómo clasificar.
Cuando se acostaba con una mujer, nunca tenía problemas para controlarse, no le costaba dejar atendidas las necesidades de ella antes de correrse él.
Pero esta vez era diferente. Era más. Mucho más. Demasiado para él.
Stuart gritó mientras era catapultado fuera de este mundo por su orgasmo, no pudo contenerse más tiempo.
Su cuerpo se estremeció, perdió el control y sus terminaciones nerviosas se encendieron como fuegos artificiales.
Sus caderas continuaron empujando mientras seguía dejándose llevar por el placer y la liberación.
En ese momento, Deirdre gritó y le rodeó con sus muslos.
Stuart se desplomó sobre ella, respirando agitadamente, incapaz de hablar o moverse. Se sentía avergonzado por no haber conseguido durar más tiempo. Afortunadamente, ella también se había corrido.
«¿Verdad? Mierda».
La incertidumbre le invadió como una ducha fría. Había estado tan preocupado por sí mismo, por el infinito placer que lo invadía —que le había cogido completamente por sorpresa— y por no dejarse ir, que no podría afirmarlo con seguridad.
Lentamente, se retiró de ella y se tumbó a su lado. Deirdre sonrió débilmente, con los ojos entrecerrados. Buscó señales en su rostro, parecía satisfecha, pero ¿lo estaría?
«¡Joder!»
¿Por qué le había apartado antes? Hubiera conseguido que que corriera y así no tendría dudas. ¿Debería preguntar?
Stuart no sabía qué podía hacer sin parecer idiota. Había pensado que acostarse con ella lo cambiaría todo, que después ya no la desearía. Pero precisamente el sexo lo había cambiado todo, por supuesto, solo que ahora estaba más obsesionado con Deirdre que nunca...
—Perdona — murmuró Stuart confundido y fue al baño a limpiarse y deshacerse del condón.
Cuando volvió, ella seguía tumbada, desnuda, y le sonreía.
Normalmente, cuando veía una película en la que el hombre hacía la famosa pregunta «¿Qué tal lo he hecho?
» siempre se reía, y ahora tenía las mismas cinco palabras en la punta de la lengua.
No sabía cómo preguntar si había tenido un orgasmo sin hacer el ridículo.
Deseaba que ella hubiera experimentado tanto placer como él, pero en ese momento lo dudaba.
¿Cómo pudo perder el control de esa manera?
Algo así no le había ocurrido en la vida. Nunca.
Además, le encantaría y estaba dispuesto a repetir, pero la idea de que ella no hubiera disfrutado tanto como él le detuvo.
«Mierda. ¿Por qué tenía que se tan complicado?».
No se reconocía.
Stuart se tumbó junto a Deirdre y la estrechó entre sus brazos. Estaba un poco tenso, ¿se habría percatado ella?
—¿Todo bien? —se decidió a preguntar por fin.
—Sí, claro, ¿y tú?
Joder. Vaya mierda de comunicación. No entendía qué le pasaba con esta mujer.
—¿O estás pensando en Lewis? —salió de su boca sin poder controlarlo.
«Mierda. ¿De dónde había salido eso?»
Deirdre se incorporó de golpe. Su rostro se había puesto blanco como el papel, y su boca se había abierto en una mezcla de incredulidad y enfado.
—¿Quién o qué coño crees que soy? —siseó en un hilo de voz cargado de furia contenida.
Antes de que él pudiera responder, levantó una mano para detenerlo y seguir ella.
—Si esto fuera una película, te daría una bofetada y te echaría a patadas, pero esto es mi vida, y yo no soy violenta. Lo que sí voy a hacer es pedirte que te vayas. No necesito que nadie me insulte, y menos tú.
Deirdre salió de la cama, se envolvió en el edredón y desapareció, tras un sonoro portazo, en el cuarto de baño.
—Me cago en… —protestó Stuart, llevándose una mano al pelo en un gesto de frustración.
Había metido la pata hasta el fondo, y ahora no sabía qué hacer.
El sonido del agua de la ducha llenó el silencio. Stuart se acercó a la puerta del baño y apoyó la frente en la madera.
—Deirdre, lo siento.
—¡Fuera de aquí! ¿Es que estás sordo? ¡Piérdete, Stuart! Ya has conseguido lo que querías.
El tono hiriente de sus palabras lo atravesó como un cuchillo. Cerró los ojos con fuerza, intentando encontrar algo, cualquier cosa, que pudiera arreglar la situación. Pero ninguna idea llegó.
«Soy gilipollas».
No había otra palabra para describirse. Respiró profundamente, debía respetar los deseos de Deirdre. Por el momento, lo mejor sería marcharse.
—Lo siento —repitió, con un volumen lo suficientemente alto para que ella lo oyera a través de la puerta.
Sabía que no le perdonaría fácilmente. Tanta estupidez merecía ser castigada.