Capítulo 12 #3
Stuart no pudo hablar, solo se sintió aliviado de que Lewis se hubiera marchado.
Deirdre, sin embargo, no parecía tan tranquila.
Si las miradas matasen, Stuart habría caído al suelo fulminado.
No podía culparla. Ni siquiera él podía explicar por qué se estaba comportando como un troglodita impulsivo.
Y aun así, no podía negarlo por más tiempo.
Tenía que enfrentarse a los hechos, no podía luchar contra su deseo.
Lo necesitaba y no había vuelta atrás. Tenía que pasar una noche con Deirdre.
Eso era lo que más deseaba. La deseaba a ella, y necesitaba saber si ella sentía lo mismo.
Después de eso, tal vez podría seguir con su vida.
Stuart se detuvo a un metro de ella.
«Maldita sea» , pensó al observarla con detenimiento.
Ese vestido… ese maldito vestido debería estar prohibido. Había llegado el momento de la verdad.
—Te deseo, Deirdre. Te he deseado desde el primer segundo y te sigo deseando ahora. Tal vez incluso más. He intentado luchar contra esto, pero la atracción que siento es más fuerte que mi voluntad. —Ya lo había dicho.
La vio abrir los labios, sorprendida, e incluso notó cómo la vena de su cuello palpitaba salvajemente. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Deirdre dio un pequeño paso hacia él, acercándose lo justo para que Stuart sintiera el calor que emanaba de su cuerpo.
—¿Me deseas?
Ella lo miró directamente a los ojos, y él vio el mismo deseo que lo llevaba consumiendo tanto tiempo.
—No puedo pensar en otra cosa. Dominas mis sueños y estás en mi cabeza cuando estoy despierto. No tengo ni idea de lo que me pasa, pero creo que ya es hora de que sea sincero contigo.
—¿Entonces no me odias?
«Oh, Dios. ¿Cómo podía haber pensado eso?».
Aunque, reflexionando sobre su comportamiento, no era una idea tan descabellada.
—La única persona a la que odio es a mí mismo, porque soy incapaz de resistir al deseo que siento. Y también odio un poco a Lewis...
La última frase provocó una suave sonrisa en Deirdre.
«¡Cielos!», cuando ella le miraba así, Stuart sentía como si alguien hubiera encendido una luz en su interior. Ella brillaba y conseguía apagar cualquier pensamiento negativo que persistiera en su mente.
—Entonces, ¿a qué esperas? —susurró ella, sin moverse.
—¿Entonces tú también me deseas? —murmuró él, acercándose lentamente. Su corazón latía con fuerza, retumbando en la garganta, la boca se le había secado.
—¡Idiota! Por supuesto que sí. Anda, ven aquí.
Deirdre lo sujetó por la camisa para tirar de él y estrellar su boca contra la suya, en un beso lleno de exigencia y pasión.
Stuart reaccionó instintivamente, estrechándola entre sus brazos mientras le devolvía el beso con igual intensidad.
Su cuerpo dejaba claro cuánto la deseaba; su cerebro, entretanto, había dejado de funcionar.
La lujuria y el deseo bullían en sus venas.
No había olvidado lo bueno que era besarla, pero este superaba con creces el primero.
Solo cuando escuchó el sonido de la puerta de un coche cerrándose de golpe se dio cuenta de que ese no era el lugar adecuado para lo que tenía en mente. Se separó de ella lo justo, la levantó en brazos y empezó a caminar.
—Eh, ¿qué haces? —chilló Deirdre, sorprendida, mientras rodeaba su nuca con las manos y se reía.
—Tenemos que dejar este festival. No quiero que nos convirtamos en el cotilleo estrella del pueblo.
—Tiene sentido, pero quizá la gente hable aún más de nosotros porque me has sacado en brazos de la plaza —respondió ella, medio divertida, medio molesta.
Su tono, cargado de emociones, le dejó claro a Stuart que el beso había significado tanto para ella como para él. Aquello le dio esperanzas y aumentó su expectación por lo que estaba a punto de suceder.
—Además, te quiero para mí —añadió Stuart, con un tono cargado de deseo—. No quiero hacer lo que pienso hacer contigo en público. Al contrario, será muy privado...
Deirdre suspiró suavemente y le lamió el cuello con la lengua. La inesperada respuesta lo tomó por sorpresa, y un leve jadeo escapó de sus labios.
«Dios», pensó Stuart, «nunca había corrido tanto por el pueblo, y mucho menos con una mujer en brazos».
Sin embargo, el acelerado ritmo de su respiración no tenía nada que ver con el esfuerzo físico. Cuando llegaron a la casa de Deirdre, la bajó con cuidado y la puso pie frente a él.
—¿Me invitas a entrar hoy? —preguntó, con la voz áspera, mientras su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas.
Deirdre sacó una pequeña llave de su escote y sonrió con picardía.
—Por favor, insisto.
El alivio que lo inundó fue casi abrumador, pero Stuart se obligó a no pensar en sus confusas emociones, ni en lo que vendría después de esa noche.
Solo quería concentrarse en el ahora, en ella.
Mientras Deirdre jugueteaba con la cerradura, Stuart se colocó detrás de ella y le dio un tierno beso en el cuello.
Notó cómo Deirdre se estremeció, gesto que le complació enormemente.
Cuando la puerta finalmente se abrió, Deirdre lo tomó de la mano y lo llevó directamente al dormitorio.
Sin titubeos. Sin rodeos. Cada movimiento dejaba claro lo que quería de él.
El aroma único de su piel, mezclado con una pizca de perfume, lo envolvió al entrar en la habitación.
Ella se movía con una naturalidad y una elegancia que lo tenían hechizado, la cabeza alta, la espalda recta y completamente consciente de sus encantos.
Stuart la observó mientras se quitaba el vestido con una mezcla de habilidad y sensualidad, hasta que la prenda se deslizó por sus piernas, quedándose en ropa interior y tacones.
Se le había secado la boca, tuvo que hacer un esfuerzo para poder hablar.
—Eres increíblemente hermosa —susurró, sintiendo cómo la sangre abandonaba su cerebro y viajaba hacia reinos más bajos.
Deirdre se acercó a él y empezó a desabrocharle la camisa. Stuart clavó la mirada en sus ojos, levantó las manos y empezó a deshacerle el peinado. Mechón a mechón, con cada horquilla retirada, su pelo cayó sobre sus estrechos hombros. La tensión sexual no paraba de crecer.
Cuando Deirdre le hubo quitado la camisa, se agarró a su nuca para besarle de nuevo. Los labios se abrieron y las lenguas se abrieron paso. De la garganta de Stuart salió un oscuro rugido. Ni en sus fantasías más salvajes había imaginado que estar con ella fuera así.
Deirdre se apretó contra su cuerpo, mientras se frotaba contra su erección y lo volvía loco. Si no tenía cuidado, se correría como un adolescente antes de empezar. Apenas podía controlarse y aún no estaban desnudos.
—Espera —jadeó Stuart y la empujó suavemente sobre la cama.
Se puso sobre ella y empezó a cubrir de besos su cuello mientras exploraba con las manos sus curvas.
Los suaves gemidos de Deirdre lo volvían loco.
Deseaba tanto a aquella mujer que le dolía.
Le acarició los pechos hasta que ella se retorció impaciente debajo de él.
Entonces le desabrochó el sujetador y lo tiró descuidadamente a un lado.
Por fin podía dedicar atención a sus pechos sin que la tela le molestara.
Mordisqueó suavemente primero un pezón y luego el otro.
Deirdre arqueó la espalda y gimió suavemente.
Cuando empezó a juguetear con los botones de sus pantalones, él la ayudó.
Se incorporó; los malditos chinos le apretaban demasiado, aunque al mismo tiempo le vino bien para tomar distancia.
Respiró agitado mientras deslizaba los pantalones por sus caderas, seguidos por los calzoncillos.
Deirdre se había incorporado, apoyada en los antebrazos, para observarle. Dejó que su mirada se deslizara por su cuerpo, llena de aprecio y empañada de lujuria. Su polla palpitaba lujuriosamente.
—Ven aquí —susurró, llamándole con el dedo.
Stuart obedeció y enseguida cubrió de caricias la delicada piel de su escote mientras bajaba hacia la sensible zona alrededor de su ombligo y le quitaba las bragas.
Por fin yacía desnuda frente a él. Por fin la tenía donde él quería.
Le separó los muslos, se abrió camino hasta su lugar más íntimo con mil besos, y deslizó las manos bajo sus nalgas.
—¡Sí, justo así! —gimió ella cuando encontró su botón del placer con sus labios. Mientras lo rodeaba lentamente con la lengua, ella le clavó las uñas en la espalda.
Stuart intentaba controlar su respiración, le volvía loco la pasión con la que ella reaccionaba. No tardó en hacerlo cada vez más rápido, cada vez más fuerte.
—¡No pares! —jadeó.
¡Bajo ningún concepto! Quería que se corriera, que explotara bajo él y se dejara llevar. Su polla estaba dura como una roca, la lujuria inundaba su cuerpo, él también estaba a punto de correrse.
Cuando Deirdre le apartó, levantó la cabeza irritado. Su cerebro estaba tan nublado por el deseo que no se dio cuenta de lo que ella quería.
—Preservativo —murmuró y se detuvo un momento—. Necesitamos un condón. Te necesito dentro de mí, ¡ahora!
Se sintió aliviado, por un momento le preocupó haber hecho algo mal.
Aunque que no había traído preservativos, no esperaba que la velada fuera a dar ese giro.
Mierda… si se hubiera preparado mejor...
Sin embargo, se alegró cuando vio a Deirdre desaparecer en el cuarto de baño con un «ahora vuelvo».
Apenas pasaron unos segundos cuando regresó con un paquete cuadrado plateado, que le vinieron bien para respirar un poco y controlar su lujuria.
No estaba seguro de no haber llegado a correrse si la hubiera llevado al clímax con la lengua.
Solo recordarlo era suficiente para que se le cortara de nuevo la respiración.