Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Deirdre decidió no insistir. No quería parecer entrometida. Justo cuando estaba a punto de cambiar de tema, llegaron al aparcamiento. Tampoco importaba, cualquier conversación pendiente podía esperar; además, si Lewis hubiera tenido alguna novedad sobre sus pesquisas, se lo habría dicho.

Para su sorpresa, él se bajó rápidamente para abrirle la puerta del copiloto y ayudarla a salir como todo un caballero. Desde allí, la música a todo volumen llenaba el aire y se respiraba el ambiente de la fiesta. Deirdre estaba deseando unirse.

—¿Qué pasa? ¿Crees que no sé cómo comportarme con una dama que lleva tacones de un metro de altura? —bromeó Lewis, sonriendo.

Deirdre rio con ganas.

—No sé… Quizá sea no estoy acostumbrada a que me cortejen así.

—Debería sentirme ofendido…, pero no lo estoy —respondió él con un guiño y le ofreció el brazo—. Puede que no nos dirijamos a un baile de cuento de hadas, pero quiero acompañarte sana y salva a través de esta grava. Nunca me perdonaría que te rompieras un tobillo mientras vas conmigo.

Deirdre echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—¡Qué gracioso! Te aseguro que no necesito ningún tipo de protección, pero gracias de todos modos.

Dicho eso, se aferró a su brazo para disfrutar del amable gesto. Justo en ese momento, sintió un hormigueo en la nuca y, como si algo invisible la guiara, giró la cabeza hacia un lado. Allí estaba Stuart, también de camino a la fiesta.

«Cómo no».

Al verlo, una mezcla de irritación con algo más la recorrió. Stuart estaba espectacular. Llevaba una camisa ajustada que acentuaba su torso y unos pantalones informales combinados con deportivas.

«¿Por qué demonios tiene este hombre ese efecto sobre mí cuando otros no me importan lo más mínimo?».

Y a juzgar por la expresión en su rostro, no estaba de buen humor. Su cara parecía una tormenta en su mayor apogeo.

—¡Hola! —llamó Lewis con naturalidad.

Stuart respondió con un gesto seco, limitándose a levantar la mano de manera rígida y hosca.

—Stuart siempre está de tan mal humor —murmuró Deirdre en dirección a Lewis.

—No tienes ni idea, ¿verdad? —Lewis soltó una risa suave mientras seguían caminando.

—¿De qué?

—Nada, nada. Debería ser Stuart quien te lo dijera. Yo no soy quien para meterme en sus cosas.

Deirdre no entendió a qué se refería Lewis, pero tampoco tuvo tiempo de pensar en ello porque ya habían llegado a la fiesta.

Decidió no mirar alrededor buscando a Stuart, aunque la tentación era fuerte.

Habían montado un pequeño escenario, y una banda animaba el ambiente.

Los bajos retumbaban en el sistema de sonido y hacían vibrar el suelo bajo sus pies.

Michelle y Wallace ya estaban allí. Su amiga se le acercó rápidamente y le puso en la mano una bebida que parecía Coca-Cola. Deirdre dio un sorbo y arrugó la nariz.

—¿Qué es esto tan fuerte?

—Coca-Cola con ron —le susurró Michelle con una sonrisa traviesa—. Menos es nada.

Deirdre no tenía idea de que la gente siguiera bebiendo eso, pero no se iba a quejar. Un manhattan o un daiquiri rosado habrían estado fuera de lugar en esa fiesta.

«Una bebida rústica encaja mucho mejor, desde luego».

Brindaron juntas, y Caitlin, la hermana de Wallace, se unió al grupo.

—¿Ya has acostado a los niños? —preguntó Michelle.

Deirdre había conocido a Caitlin en persona esa misma mañana mientras pintaba caras de niños.

Hasta ahora solo habían coincidido brevemente por videollamada, debido a ciertas cuestiones desagradables relacionadas con el matrimonio de Caitlin.

Como no habían tenido tiempo de conversar mucho, Deirdre se alegró de volver a verla.

—Mi madre los cuida esta noche para que pueda salir —respondió Caitlin, alzando su vaso hacia Deirdre y Michelle—. Pero es raro estar aquí sola. Tengo la sensación de que todo el mundo me mira con lástima.

Deirdre empatizó con ella. Caitlin había pasado por mucho. Era una mujer maravillosa que no merecía haber sido engañada.

—Yo también he venido sola —dijo Deirdre, con intención de consolarla.

Aunque, en realidad, también era un recordatorio para ella misma. Llevaba años soltera. Normalmente, iba a las fiestas con una amiga o simplemente no iba. Por suerte, Caitlin no se sintió ofendida por el comentario.

—El divorcio sigue su curso. Aún no soy oficialmente libre hasta que se finalicen las formalidades —dijo Caitlin, suspirando—.

Pero poco a poco me voy acostumbrando a ser madre soltera.

Mi ex ha resultado ser una completa decepción.

Ya no se interesa en absoluto por sus hijos.

No pensé que lo haría, pero me ha sorprendido para mal.

—Dio un sorbo a su bebida antes de continuar—.

En fin, no quiero quejarme. La vida es bella.

Sé que, con el tiempo, llegaré a alegrarme de que este matrimonio haya terminado.

Pero aún no estoy en ese punto. Todavía no.

—Quizás hoy encuentres a algún soltero atractivo que te ayude a superar la pena —bromeó Michelle con un guiño.

Caitlin agitó la mano, rechazando la idea.

—Oh, no. Prefiero que los hombres permanezcan alejados de mí de momento.

Estoy centrada en mis hijos… y en mi trabajo.

Durante años no pude trabajar porque mi exmarido no quería.

Ahora tengo que hacerlo porque se niega a pagar la manutención.

Pero no pasa nada. Me encanta mi trabajo, así que, quizás, debería agradecerle que me haya engañado.

Al menos ahora puedo volver a hacer lo que me hace feliz, aunque sea difícil compaginarlo todo.

—Eres matrona, ¿verdad? —preguntó Deirdre, recordando la conversación anterior.

—Sí, exacto. Así que, si estás embarazada, soy tu mejor aliada.

Deirdre levantó la mano, riendo.

—De momento no, de hecho, ni siquiera hay hombre a la vista.

Michelle enarcó una ceja y sonrió.

—Eso será porque no quieras.

Deirdre siguió la mirada de Michelle y vio a Stuart, de pie un poco más lejos, con una cerveza en la mano y el ceño fruncido.

«¿Pero este hombre está alguna vez de buen humor? ¡Es insoportable!».

Con un suave suspiro, Deirdre se volvió hacia Michelle y Caitlin.

—Lo que tú digas. ¿Bailamos? —sugirió, y ambas aceptaron de inmediato.

El grupo en el escenario comenzó a tocar una versión de Smoke on the Water , una de las canciones favoritas de Deirdre, y las tres se lanzaron a la pista de baile. Lo dieron todo.

Michelle y Caitlin se divertían tanto como ella. Había muy buen ambiente, y Deirdre no paró de moverse hasta quedarse sin aliento y con las plantas de los pies ardiendo.

—Necesito un descanso —anunció a las dos mientras se dirigía al puesto de bebidas para comprar agua.

Tras pagarla, se alejó unos pasos del bullicio para recuperar el aliento, con la botella en la mano.

Ya era noche cerrada, y el camino estaba iluminado con innumerables antorchas que otorgaban al lugar una atmósfera cálida y mágica.

La música, aunque sonaba amortiguada por la distancia, seguía marcando el ritmo de la fiesta.

—Hola, Deirdre —la llamó alguien.

Giró la cabeza y vio a Lewis doblando la esquina. Se había quitado la chaqueta y desabrochado el botón superior de la camisa.

—¿Sí? —respondió ella, curiosa.

—Quería hablar contigo otra vez... Tengo noticias.

El corazón de Deirdre dio un vuelco y luego pareció caer hasta la parte posterior de sus rodillas, haciendo que casi le fallaran.

—¿Buenas?

Lewis no tuvo oportunidad de responder, porque en ese momento apareció Stuart. Parecía molesto. Evidente, ¿acaso tenía otra expresión facial? Deirdre ladeó la cabeza, y su mirada chocó con la de Stuart, llena de una furia tan intensa como la que él le dirigía.

* * *

Stuart no pudo aguantar ni un segundo más.

Llevaba horas viendo a Deirdre moverse por la pista de baile, y se le hacía imposible concentrarse en sus propios asuntos.

Estaba jodido. O, más bien, él era quien lo había jodido todo.

Le parecía un milagro que pudiera mantenerse en pie sobre esos zapatos, y aún más increíble verla bailar como lo hacía.

Cuando Deirdre abandonó la pista, quiso acercarse para hablarle sobre la abuela y la gasolinera, pero para cuando fue capaz de decidirse, ella ya no estaba.

Al menos, esa era la excusa que se puso a sí mismo: que tenía que hablar con ella y por eso no podía dejar de buscarla con la mirada.

Cuando la perdió de vista, se fue en la misma dirección por la que había desaparecido, temiendo que ya estuviera camino a casa.

De ser así, habría perdido la oportunidad de tener una conversación con ella.

Pero estaba equivocado. No se dirigía a su casa. La encontró hablando con Lewis. O más bien, muy cerca de Lewis. Sus cabezas estaban juntas, demasiado íntimamente juntas.

«Un segundo más tarde y habría interrumpido lo que estuvieran haciendo».

Esa idea bastó para que la sangre le hirviera. Era una sensación insoportable.

—¡Déjala en paz! —advirtió Stuart, sin poder contenerse.

Lewis, lejos de parecer sorprendido, sonrió.

¿A qué venía eso? ¿Intentaba provocarlo?

Stuart no quería creer que su compañero tuviera algo con Deirdre, pero los celos lo dominaban.

El impulso de apartar a Lewis de Deirdre era fuerte, casi incontrolable, pero Stuart lo reprimió y se irguió, intentando mantener la compostura.

—¿Estás loco? —le espetó Deirdre, con una mezcla de incredulidad y enfado.

No podía contradecirla porque sabía que estaba haciendo el ridículo.

«Desgraciadamente».

Lewis levantó ambas manos en un gesto de rendición, sin parecer molesto ni enfadado, más bien… demasiado tranquilo.

—Será mejor que os deje resolver esto —dijo Lewis, acercándose a Stuart y dándole una palmada conciliadora en el hombro antes de marcharse.