Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 12
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Capítulo 12

Y a se acababa la semana y Stuart estaba sentado en su oficina, navegando por sus sitios web favoritos de coches clásicos.

Había ofertas interesantes. Sentía unas ganas irresistibles de comprar más vehículos y devolverles la vida poco a poco.

Sin embargo, nunca se había parado a calcular el coste exacto ni estimar el tiempo que le tomaba cada proyecto.

Los coches antiguos eran, a menudo, una auténtica caja de Pandora.

Necesitaba verlos en persona para decidir si el esfuerzo valía la pena.

«¿Pero cuándo».

Ahora mismo estaba demasiado ocupado. A pesar de ello, hacía tiempo que albergaba ese deseo, creía que podría convertirlo en un de negocio, aunque no paraba de preguntarse qué tipo de clientela buscaría coches clásicos restaurados en un sitio como Kiltarff.

—¿Qué haces? —preguntó su madre, sacándolo bruscamente de sus pensamientos. Se apresuró a cerrar la página del navegador.

—Nada.

Nunca le había contado sus sueños. En parte, porque temía que no los aprobara.

Stuart llevaba el taller tal y como lo hicieron su abuelo y su padre, y estaba seguro de que ellos estarían felices por ver que seguía funcionando.

Sin embargo, dudaba de que fuese un negocio rentable a largo plazo.

Los coches modernos tenían cada vez más tecnología integrada, y el software necesario para repararlos solo estaba disponible en los concesionarios especializados.

Cada día era más difícil atender todos los vehículos.

Pero no quería sacar ese tema con su madre en ese momento.

Ella se sentó frente a él, en el escritorio desde donde llevaba la contabilidad.

—Espero que no estés navegando por páginas porno —dijo, sin rodeos.

Stuart puso los ojos en blanco.

—¡Mamá! Dejé esa etapa atrás hace mucho tiempo.

—¿De verdad? —replicó con una ceja levantada—. Últimamente estoy algo preocupada por ti. Te veo demasiado solo. ¿Por qué no buscas una buena chica?

—¡Mamá!

—¿Y qué pasa con Deirdre? A mí me parece simpática.

Stuart apretó los labios, sintiendo cómo la irritación se expandía por su pecho.

—Sabes perfectamente lo que opino sobre ese tema. —Se había hartado de las relaciones. Después de su experiencia con Sandra, no quería saber nada del amor.

—¿Quieres quedarte solo para siempre?

Stuart levantó las manos, frustrado.

—Te aseguro que estoy bien así.

—¿En serio?

Stuart resopló, decidido a no tener esa conversación con su madre. No otra vez.

—Tendrás que olvidarte de Sandra en algún momento.

—La olvidé hace mucho tiempo.

—¿Entonces por qué sigues solo?

—De verdad, mamá, a veces eres como un grano en el culo —refunfuñó, poniéndose de pie—. Creo que voy a dar por terminado el día y acercarme a ver a la abuela.

No tenía paciencia para explicarle que podía ser perfectamente feliz sin tener que lidiar con las complicaciones de una relación. Entendía que su madre quisiera una familia para él, pero en algún momento tendría que aceptar que esa no era una opción.

—¿No vas a ir al festival del fuego?

Stuart miró a su madre. La verdad es que no le apetecía mucho, pero no podía fallar a Wallace y Lewis. Ambos eran bomberos voluntarios, y para ellos era importante que él estuviera allí. En otro momento no habría dudado, pero la verdad es que no estaba de humor.

—Sí, claro.

—¡Pues espero que no vayas así!

Stuart miró su ropa de trabajo, cubierta de manchas de aceite.

—Dime, ¿por qué me tratas como a un niño pequeño? Es obvio que me voy a cambiar.

Su madre sonrió suavemente.

—No sé, es que te noto distraído. Como si algo te preocupara. ¿Qué es? No pueden ser problemas financieros porque estoy al día con las cuentas. ¿Tiene que ver con alguna mujer?

—Mamá, creo que te imaginas cosas.

—No te habrás enganchado a las apuestas, ¿verdad? ¿Algún sitio online ?

—No sé si estás viendo demasiadas series policíacas en Netflix, pero tu imaginación se está descontrolando.

—Stuart, ¡que te conozco! Hay algo que no me estás contando. Siento mucho si crees que no puedes hablar conmigo, pero sé cuando algo te perturba.

Su expresión preocupada le inquietó un poco, pero no podía decírselo. No era el momento. Rodeó la mesa y la abrazó.

—Mamá, por favor, no te preocupes. Todo está bien, de verdad.

No parecía muy convencida, pero sonrió de todos modos.

—Muy bien entonces. No insisto. Pero, por favor, ¡ve y diviértete! Creo que trabajas demasiado.

—Me pregunto quién me habrá inculcado eso —bromeó.

Su madre rio.

—De tal palo tal astilla, dicen.

—¿Has podido hablar con la abuela sobre el surtidor? Esto no puede seguir así.

—Ni lo intentes, sabes tan bien como yo que esa mujer es más terca que una mula.

Stuart suspiró.

—Lo sé.

—Podrías pedirle a Deirdre que hable con ella. Tengo la impresión de que esa chica sería capaz de hacer que la abuela reconsiderara su opinión. Es increíble lo que Deirdre ha conseguido en una sola semana. La abuela ha digitalizado el sistema de pedidos. ¿A que es genial?

Stuart parpadeó, sorprendido.

—¿Qué quieres decir? ¿Ya no envía faxes a los proveedores?

Betty sonrió.

—No. Ahora está todo en el ordenador, y la abuela puede hacerlo sola.

Stuart se quedó mudo por un momento.

—¿Hablarás con ella? —continuó su madre.

—¿Con la abuela?

—No, cariño, con Deirdre.

No quería. No quería pedirle nada. Cada vez que entablaba conversación con Deirdre era un caos. O terminaban peleándose… o queriendo besarse.

Era absurdo. Pero tal vez su madre tuviera razón.

Si había una sola posibilidad de que Deirdre pudiera convencer a la abuela, debía intentarlo.

Tenía que arriesgarse. A lo mejor tenía pensando acercarse al festival del fuego y allí podría hablar con ella, en un lugar público, rodeados de gente, donde la tentación de besarla sería menor… ¿verdad?

* * *

La fiesta de los bomberos había sido todo un éxito.

Durante la mañana, se había preparado un programa completo dedicado a los niños: concursos, juegos y un castillo hinchable.

Deirdre había ayudado a Michelle pintando caras y entreteniendo a los más pequeños.

Debido a la temperatura sorprendentemente alta para los estándares escoceses, decidió ir a casa a refrescarse antes de volver para la programación de la tarde.

Habría una orquesta versionando éxitos musicales que animaría a los asistentes del pueblo; Deirdre esperaba poder bailar un poco. Aunque no estaba segura de qué canciones tocarían, la idea de moverse al ritmo de la música la entusiasmaba.

Tras salir de la ducha, se paró frente al armario pensando qué ponerse.

No era una decisión fácil. Si se hubiera tratado de una salida a una discoteca, habría elegido su vestido dorado, ese que le quedaba de maravilla, pero era demasiado llamativo.

Necesitaba algo con clase, pero que no fuera excesivamente de provocativo.

Quería llevar un vestido, eso sí lo tenía seguro.

Se llevó un dedo a los labios, revisando su vestuario hasta que su mirada se detuvo en un vestido de satén verde.

«Sí, este servirá».

Sacó la percha y se lo superpuso frente al espejo. No era una prenda exagerada ni demasiado ajustada, pero sabía que el tejido se ceñiría a sus curvas como una segunda piel.

—¡Perfecto! —murmuró, y buscó ropa interior a juego.

Luego, se maquilló con cuidado y se recogió el cabello. Para terminar, sacó algunos mechones y los rizó ligeramente, dejando que cayeran sueltos alrededor de su rostro. Se sintió satisfecha con el resultado. Muy satisfecha.

Deirdre sonrió a su reflejo en el espejo, aunque una pequeña punzada de melancolía la atravesó al notar el pequeño hueco entre sus dientes delanteros.

Hoy por hoy tenía la suficiente confianza en sí misma para aceptar su «defecto», pero durante la adolescencia había sido el blanco de constantes burlas.

Recordar esos años aún dolía un poco. Con el tiempo, había aprendido que era única y que ese detalle no la definía.

Sin embargo, las bromas y el acoso que sufrió entonces habían dejado huella.

Fue mucho el tiempo durante el que creyó que aquellas palabras malintencionadas tenían algo de verdad, y le costó entender que probablemente solo fueran resultado de la envidia.

«Si pudiera hablar con mi yo adolescente, le diría: “No creas a nadie que intente hundirte. Eres única y perfecta tal como eres”».

Sabía que intentar tener siempre un aspecto perfecto era, en parte, una coraza. Una manera de asegurarse de que nadie tuviera motivos para criticarla. La verdad era que, aunque había avanzado mucho, tal vez aún no había superado del todo esa inseguridad.

—Basta de comerse la cabeza —se dijo, y metió un poco de dinero en el escote antes de salir.

Dejó el teléfono en casa y, poco después, ya iba caminando hacia el parque de bomberos con unos tacones que llamaban la atención.

Apenas había avanzado cuando un bocinazo la sorprendió.

Se dio la vuelta y soltó una carcajada al ver a Lewis en su furgoneta, detenido a unos metros de ella en la carretera.

Bajó la ventanilla, mientras sonreía ampliamente.

—¿Te llevo? —se ofreció.

—Claro. Gracias —respondió Deirdre igual de sonriente. Aunque sabía caminar con tacones altos, últimamente no los utilizaba tanto y no iba a rechazar la ayuda.

—Estás despampanante —dijo Lewis efusivo, una vez que ella subió.

—Gracias. Tú también.

Y no mentía, Lewis era muy atractivo. Llevaba su uniforme de bombero, y le quedaba bien.

«Muy bien , de hecho».

Este hombre estaba guapo con cualquier atuendo. Sin embargo, para Deirdre no era más que un buen amigo.

—¿De dónde vienes? Creía que te habías quedado en el parque de bomberos —preguntó, curiosa.

Al igual que ella, Lewis había pasado todo el día en la fiesta, mostrando a los niños los vehículos y explicándoles el equipo con más paciencia de un santo, mientras Deirdre y Michelle se encargaban de pintarles la cara.

—Tenía algo que hacer —respondió él con una sonrisa pícara, evitando dar detalles.