Capítulo 11 #2
La empleada temporal de la gasolinera había vuelto al trabajo, lo que significaba que, a partir de ahora, Deirdre tendría las mañanas libres para dedicarse por completo a la organización de la boda y el marketing del hotel.
Iba a tener el día muy ocupado, lo cual le venía bien, la ayudaba a no caer en pensamientos inútiles.
En su situación, y en este momento, no servía de nada agobiarse con qué pasaría en el futuro.
«De alguna manera, conseguiré salir adelante».
A primera hora de la tarde, Deirdre sintió que necesitaba aire fresco; su energía estaba por los suelos.
Decidió combinar lo útil con lo necesario y dar un paseo hasta el taller de Stuart.
El asunto de los coches de época para bodas y eventos aún no estaba zanjado, y quería saber si por fin Stuart estaba interesado o no.
Sin embargo, la idea de enfrentarse a él de nuevo la ponía nerviosa.
«Pero tenía que hacerlo».
Deirdre se miró al espejo. Llevaba una blusa informal combinada con unos veraniegos pantalones de lino.
Se veía bien, más despierta y vital de lo que se había sentido en meses.
A pesar de las preocupaciones que cargaba, tenía más energía que en los últimos tiempos, cuando los constantes desfases horarios y los frecuentes vuelos habían mermado su ánimo.
Para su sorpresa, apenas echaba de menos el ajetreo y el bullicio.
Quizá, después de todo, el escándalo que la había apartado de su anterior trabajo tenía algo bueno, la había obligado a tomarse un respiro.
Antes de salir de la casa, se puso un jersey sobre la blusa.
El día estaba fresco. Cuando llegó al taller, unos minutos más tarde, se sintió inquieta.
No veía a Stuart por ninguna parte. Decidió acercarse y comprobar si todavía estaba allí.
La puerta lateral del taller no estaba cerrada, así que la empujó con cuidado y entró.
El aire olía a aceite, metal, goma y motores.
En algún lugar, la música rebotaba en las paredes metálicas.
«Así que aún está aquí» , pensó.
—¿Stuart? —llamó Deirdre, y su voz sonó casi como un grito en la quietud del taller.
—¿Qué pasa? —respondió Stuart.
Salió rodando de debajo de un coche. Estaba tumbado sobre una tabla, con un destornillador en la mano y un poco de grasa en la cara. Cuando la vio, la expresión de su rostro se tensó. Sin embargo, al menos se levantó y se acercó a ella.
—Deirdre.
No fue un saludo cálido, simplemente la nombró. No parecía feliz, como si no le hiciera gracia verla. Deirdre no se sentía bienvenida, algo que tampoco le parecía nuevo tratándose de él.
—Yo… um… Quería hablar contigo del tema de los coches clásicos. Para el hotel. Tengo pendiente solucionarlo.
Él enarcó una ceja y recorrió con su mirada, lentamente, su cuerpo antes de volver a enfocarse en los ojos. A Deirdre le ardieron las mejillas.
«¡Será descarado!».
—¿No tiene Lewis ningún coche clásico en su garaje? —preguntó Stuart, con una sonrisa arrogante dibujada en sus labios.
«¿Lewis? ¿Por qué le mencionaba? ¿De qué iba esto?».
No lo entendía, pero ese comportamiento grosero la alteró.
Desgraciadamente, no hizo que desapareciera el efecto que tenía sobre ella.
Stuart estaba demasiado guapo con su mono de trabajo, las mangas remangadas, los dedos manchados de aceite y esos fuertes antebrazos que parecían cincelados a propósito.
Tampoco había que olvidarse de cómo destacaban sus anchos hombros.
«Lástima que sea tan idiota».
Se mordió el labio inferior antes de contestar.
—Creo que no. Pero si no quieres que usemos los tuyos, solo tienes que decirlo y buscaré otra solución. Estoy segura de que Ellie y Kenneth entenderán que quieras guardar tus tesoros para ti y no compartirlos.
Deirdre sabía lo que hacía al nombrar a la pareja. Stuart era un amigo leal, de eso no tenía duda.
«Con todos, menos conmigo», pensó.
No quería tomárselo como algo personal, pero era muy difícil. No, más que difícil, era imposible. Stuart solo se comportaba de forma fría y despectiva con ella, como si no la soportara. Lo que no entendía era qué había hecho para merecer ese trato.
Stuart sacó un paño del bolsillo de su pantalón y comenzó a limpiarse los dedos con calma mientras respondía:
—Estoy seguro de que encontraremos una solución.
«¿Qué se suponía que significaba eso?».
Necesitaba algo sólido, un compromiso con el que poder trabajar… o una negativa definitiva.
—¿Puedes ser un poco más específico? —Deirdre empezaba a perder la paciencia. Le resultaba casi imposible mantener la calma. Su pulso se estaba acelerando y estaba muy molesta por su comportamiento arrogante.
—De acuerdo. Tenemos que contratar un seguro y preparar un contrato como el de un coche de alquiler. De vez en cuando puedo hacer de chófer, pero como ves, tengo una empresa y, por tanto, bastantes obligaciones —explicó finalmente con calma.
—Un contrato, sí, claro.
Tras la confusión inicial, se puso muy contenta de que accediera y, sin pensar demasiado, le echó los brazos al cuello.
—¡Gracias, eres un encanto!
Cuando tomó conciencia de lo que estaba haciendo, lo soltó de golpe y lo miró. Stuart tenía las pupilas dilatadas, y su mirada estaba fija en sus labios.
«¿Eran imaginaciones suyas o respiraba más rápido?».
Desde luego, a ella sí le estaba pasando. Le costaba respirar, y él olía tan bien…
«Dios, ¿por qué de repente hace tanto calor en el taller?».
Stuart no la tocó, pero la intensidad de su mirada tuvo el mismo efecto. Lo que iba a pasar parecía tan inevitable como el amanecer tras la noche. Deirdre cerró los ojos, anticipando un beso.
—¡Buenas noches! Venía a recoger mi coche —gritó alguien detrás de ellos.
Deirdre y Stuart se sobresaltaron, y ella se apartó y bajó la mirada al suelo con rapidez, llevándose una mano a la garganta en un intento de calmar sus latidos acelerados. No solo estaba avergonzada, sino completamente aturdida por lo que había estado a punto de ocurrir.
«¿En qué demonios estaba pensando?».
En nada. En nada en absoluto. Una vez más, se había dejado llevar por sus emociones.
Era insoportable. Por más que intentaba entenderlo, no podía explicar por qué ese hombre en particular la hacía sentir tan vulnerable.
Miró a Stuart de reojo. Parecía tan sorprendido como ella, pero se recompuso con rapidez y atendió al cliente con tono profesional.
—La factura se enviará por correo electrónico, como de costumbre —explicó Stuart.
Deirdre se debatía entre quedarse o marcharse. No sabía si podría controlarse y no quería hacer el ridículo, así que optó por la huida.
—Ya hablaremos del contrato entonces, ¿de acuerdo? —consiguió decir, con una voz tan temblorosa como el resto de su cuerpo, y empezó a encaminarse hacia la salida.
—Espera un momento. ¿Tienes prisa? —preguntó Stuart.
—Yo, um… necesito ver a Lewis para comentarle una cosa.
«¿Por qué tenía que mencionar a Lewis?».
Era cierto que debía hablar con él sobre el tema de la IP, pero podría haberlo hecho el día siguiente. La expresión de Stuart se endureció y sus labios se tensaron, formando una línea recta en su boca.
—Oh, claro. Lewis. Cómo no. Ya arreglaremos lo del contrato más tarde —dijo, con una voz apagada.
El cliente miró de uno a otro, lo que aumentó la incomodidad de la situación. Deirdre, sintiéndose atrapada, se retiró rápidamente.
—Adiós —consiguió decir antes de salir con torpeza al exterior.
Deirdre se había quedado en shock tras el encuentro con Stuart. Mientras caminaba por la calle, intentó despejar su mente. No podía permitir que ese caos emocional la desviara de sus objetivos.
Sabía dónde vivía Lewis y esperaba que no se molestara por visitarle sin avisar. Desde fuera, su casa parecía un edificio del siglo pasado. Por algún motivo, se había imaginado a Lewis viviendo en un elegante loft . Pulsó el timbre y, poco después, la puerta principal se abrió con un suave zumbido.
«Automática, por supuesto».
Al entrar, enseguida se dio cuenta de que probablemente lo único que quedara de la construcción original fueran las piedras grises y sin labrar de la fachada.
En el interior, el gres del suelo y la tenue iluminación de las paredes evocaban un ambiente cálido y sofisticado.
Incluso olía ligeramente a azahar. Era sorprendente.
Las líneas limpias y modernas del mobiliario daban al antiguo edificio un carácter único, sin desentonar ni hacerlo parecer fuera de lugar.
Impresionante. Deirdre no pudo evitar admirar lo que Lewis había logrado con su hogar.
—Hola, Deirdre, ¿a qué debo el honor? —Lewis apareció por el pasillo, descalzo, con unos pantalones holgados y un jersey de cachemira gris.
Lewis era atractivo, pero, por suerte o por desgracia, su corazón no se aceleraba cuando estaba cerca de él.
Más bien afortunadamente, porque ya tenía suficiente con las reacciones que provocaba en ella un tal Stuart.
No, mejor no pensar en eso. Pero el recuerdo de la tensión en el taller seguía demasiado fresco como para deshacerse de él por completo.
—Quería preguntarte algo, si no interrumpo… —dijo finalmente.
Lewis le dio un abrazo rápido, amistoso.
—¡Tú nunca interrumpes! Pasa, por favor.
—Ya estoy dentro —bromeó, riendo.
Deirdre lo siguió por el pasillo. A los pocos metros, llegaron a una sala de estar diáfana.
Por dentro, la casa era mucho más grande de lo que le había parecido por fuera.
Probablemente porque Lewis había eliminado algunas paredes y reforzado el techo con vigas de acero, lo que daba al espacio un aire moderno y abierto.
Las persianas estaban bajadas hasta la mitad y dejaban entrar la luz justa.
En un lado de la habitación había varios monitores dispuestos sobre una gran mesa de trabajo.
En la esquina opuesta, una cocina compacta y funcional compartía espacio con un sofá y dos enormes sillones que parecían muy cómodos.
—Vaya, qué bonita es tu casa —dijo Deirdre, admirada.
—Muchas gracias. ¿Puedo ofrecerte algo?
—Oh, no, te lo agradezco. No quiero molestarte demasiado, solo quería hacerte una pregunta.
Lewis levantó una ceja, estudiándola.
—Venga, pareces un conejo en medio de la carretera deslumbrado por los faros de un coche. ¿Qué te pasa? Siéntate, anda. —Se acomodó en uno de los sillones y señaló el otro para que ella hiciera lo mismo.
Deirdre tomó asiento y miró alrededor con curiosidad.
—Dime que no tienes un robot que te traiga Coca-Cola cuando das una palmada —bromeó.
—Mmmm… de hecho, tengo algo parecido —respondió Lewis con una sonrisa.
—¡Ja, ja, ja! Qué raro, ¿es porque no te gusta la gente?
—Claro que sí, pero no quiero a nadie dando vueltas mientras trabajo. Además, muchas veces duermo hasta tarde por las mañanas. Me gusta tener mi espacio, mi paz y mi tranquilidad.
—Lo entiendo. No pretendía criticarte ni nada parecido.
—Lo sé. No me lo había tomado así.
Deirdre sonrió y, por un momento, se preguntó por qué era capaz de llevarse tan bien con todo el mundo, excepto con Stuart. Apartó ese pensamiento y se centró en la razón de su visita.
—Necesito tu ayuda.
Lewis arqueó una ceja con interés.
—Déjame adivinar. ¿Otro viaje a Edimburgo? —bromeó—. Parece que te divertiste mucho.
—Por supuesto, fue un viaje genial, aunque todavía tengo el estómago algo revuelto por todo lo que bebimos. Pero no es una petición de ese tipo. Se trata de algo completamente distinto.
Deirdre se armó de valor y le explicó a Lewis su problema, pidiéndole discreción. Logró contarle todo sin echarse a llorar, lo que consideró un progreso. Sin embargo, mientras describía la gravedad de la situación, no pudo evitar sentirse miserable.
—Creo que podemos solucionarlo —dijo Lewis una vez terminó su monólogo.
Deirdre parpadeó, incrédula.
—¿En serio?
Lewis asintió.
—Dame unos días, ¿vale?
Deirdre se sintió más ligera, como si de repente una enorme carga desapareciera de sus hombros. Aunque aún no había nada solucionado, el hecho de que pensara que podía ayudarla la permitió respirar aliviada.
—Uf, no veas el peso que me quitas de enima. Ni siquiera sé cómo agradecertelo.
Lewis levantó una mano.
—Ya lo solucionaremos a su debido tiempo… Tranquila, solo bromeo. No te pediría nada a cambio.
Deirdre se sonrojó.
—Ya bueno, ya me entiendes… te pagaré.
Lewis sonrió ampliamente.
—Te he entendido, tranquila. No necesito que me pagues, de ninguna forma.
Charlaron unos minutos más, relajados, hasta que Deirdre decidió marcharse. Mientras se dirigía a su casa, silbaba en voz baja, sintiéndose un poco más liviana por primera vez en muchos días.