Capítulo 11
S tuart se sentó con Lewis en el sofá y comenzó a jugar con él a la versión de prueba de su último prototipo.
—He oído que mañana te llevas a las chicas a Edimburgo —comentó Lewis con indiferencia, llevándose a la boca unas cuantas almendras tostadas.
Lewis podía ser un noctámbulo y un empollón, pero siempre se aseguraba de comer sano. «Un poco extraño», pensó Stuart, considerando que, cuando él jugaba, prefería las patatas fritas. No es que lo hiciera a menudo, pero... en fin, daba igual.
—Sí, pensé en hacer algo por la humanidad. ¿Por qué? ¿Prefieres encargarte tú? —Stuart no miró a su compañero, pero sabía perfectamente qué pretendía.
—No puedes negarle nada a Deirdre, ¿verdad?
Stuart se envaró. El impulso de golpear a su amigo apareció tan repentina y bruscamente que perdió la concentración y causó que cayera por un precipicio en la pantalla y perdiera una vida en el juego.
—Mierda —murmuró Stuart, maldiciendo—. ¿Acaso te gusta a ti? No creo que a Michelle le hiciera gracia que te lanzaras a por Deirdre para luego dejarla y volver a tus líos —gruñó.
Lewis se rio, lo que molestó aún más a Stuart.
—¿A Michelle o a ti?
—Tú flipas. ¿Por qué debería importarme? Esa mujer es extremadamente agotadora.
—Si no te importa, ¿por qué siempre actúas como si te hubieran pinchado con un alfiler en el culo cada vez que Deirdre está cerca o alguien menciona su nombre?
Stuart dejó el mando con una calma deliberada.
—¿Te pasa algo en el cerebro? ¿Qué llevan tus almendras? ¿Ácido prúsico? Creo que tienes alucinaciones.
—Podría ser que llevaran veneno en pequeñas cantidades, pero no, no es por las almendras.
—Genial, tío, te aseguro que consigues ponerme de los nervios —Stuart se levantó de golpe—. Tengo que irme. Como bien te has comentado, mañana me espera un día jodidamente ajetreado. Todavía no sé cómo voy a lidiar con esa pandilla de locas.
Al menos no estaba mintiendo del todo, pero lo decía más por Deirdre que por el resto.
—Tío, también podría llevarlas yo. Mi camioneta es lo suficientemente grande...
—Gracias, pero tengo el vehículo adecuado —dijo Stuart, consciente de que sonaba molesto.
«Joder, tengo que relajarme» .
Si incluso Lewis ya le estaba molestando con Deirdre, cualquiera podría notar que esa mujer le estaba volviendo loco.
Tal vez debería dejar que Lewis se encargara del viaje.
Sí, sería una buena solución antes de que dijera o hiciera algo estúpido.
Cuanto menos tiempo pasara con Deirdre, mejor.
Incluso si eso significaba arriesgarse a que Deirdre terminara en la cama con Lewis.
No le gustaba la idea. En absoluto. Sin embargo, tenía que mantenerse alejado de ella, a toda costa.
—¿Sabes qué? Me has convencido. Llévate a las damas con tu gran furgoneta.
En realidad, me estás haciendo un favor, uno muy grande.
Estoy hasta arriba de trabajo y no tengo tiempo.
Solo acepté porque mi madre y la abuela me presionaron con esas miradas que ellas saben lanzar.
Deirdre fue muy inteligente al planearlo, es capaz de manipular a la gente sin que se de cuenta.
Lewis mordisqueó unas cuantas almendras más, disfrutando cada una de las reacciones de su amigo.
—De acuerdo —fue todo lo que dijo.
—Vaya, ¿ahora te ahorras los comentarios? ¿Qué pasa? —dijo Stuart, irritado.
Lewis se encogió de hombros y sonrió.
—¿Qué más puedo decir? Ya te dije que puedo llevar a las señoritas. No me importa. Además, seguro que será divertido.
Stuart quiso decir algo, pero no lo hizo. Si hubiera soltado algo como «no te acerques a Deirdre», habría parecido más estúpido de lo que ya se sentía y Lewis asumiría que estaba celoso.
«Pero no lo estoy», se dijo Stuart, intentando convencerse.
—¡Genial! Pues entonces diviértete —gruñó. Por desgracia, sonó tan sarcástico como pretendía.
Antes de que pudiera hacer más tonterías, Stuart se despidió y dejó a Lewis solo con la versión de prueba de su nuevo juego.
* * *
—No hay correo —le había dicho antes el inquilino a Deirdre.
Eso era bueno. Muy bueno. ¿Verdad?
No estaba segura, pero tampoco tenía tiempo para pensar en ello. Estaba a punto de salir camino a Edimburgo. Aún así, llamó a Lucy para ver si había noticias, pero no contestó.
«Y una mierda».
Entonces llamó a Margret para asegurarse. La directora de recursos humanos respondió al cuarto tono, a pesar de ser sábado.
—Hola, Deirdre, ¿cómo estás? —oyó decir a Margret al otro lado de la línea.
—Estoy bien, gracias —respondió Deirdre, lo cual era cierto. Vivir y trabajar en Kiltarff había aportado a su vida una estabilidad que no había tenido en años. Dormía mucho mejor, y por las mañanas se sentía descansada y con energía suficiente para afrontar el día—. Siento llamar en sábado.
—No hay problema. La verdad es que es más inteligente si no hablamos mientras estoy en la oficina. Como puedes imaginar, tu nombre no es precisamente popular allí en este momento.
No sonó reprobador ni molesto, más bien comprensivo, lo cual agradeció Deirdre.
—¿Entonces no hay nada nuevo, Margret?
—Puedes llamarme Maggy.
—Eh, vale. Maggy, ¿alguna novedad? ¿Se ha aclarado algo?
—¿Mantienes que tú no fuiste quien hizo las filtraciones?
—¿Qué clase de pregunta es esa? —rugió Deirdre, aunque enseguida se calmó—. Lo siento. Lo repetiré de nuevo, no fui yo.
—Bueno, vale. Sabes que te creo. He estado pensando…
«Dios mío».
¡Esa mujer era un poco especialita!
—¿Y has llegado a alguna conclusión?
—Si pudieras demostrar que no fuiste tú, la situación, por supuesto, mejoraría.
«¡Oh, no!».
—Sí, pero ¿cómo lo hago?
—Hablé con unos amigos, pero me dijeron que no podían hacer nada.
Deirdre se quedó sin palabras.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué amigos?
—Bueno, soy un poco rara, ya te habrás dado cuenta.
Mi pasión, mi intimidad… —Maggy vaciló, y Deirdre rogó que no empezara a hablar de sus preferencias sexuales—.
Paso mucho tiempo en comunidades online , jugando y cosas así.
Pensé que alguien podría ayudarme, pero ninguno de mis amigos tiene esas habilidades.
Deirdre puso los ojos en blanco.
«Madre mía».
Esa mujer hablaba con acertijos, no entendía a dónde quería llegar.
—No te sigo —admitió sinceramente.
—Ya, lo siento, suelen decírmelo. A ver, Deirdre, si pudieras probar que no fuiste tú, te librarías. Decías que estabas en Escocia en ese momento.
—Sí, claro.
—Entonces bastaría con averiguar desde qué dirección IP se difundieron los documentos, los vídeos y el resto del material.
—¿Y cómo se supone que puedo hacerlo?
—¿Por casualidad no conocerás a un hacker ?
Deirdre tomó aire.
—Eh, no. Resulta que no. Si fuera así seguro que sería rica.
Maggy soltó una risita.
—Al menos te lo tomas con humor, eso es bueno. Pero en serio, creo que esa es la única opción que tienes.
—Genial —murmuró Deirdre, desanimada. ¿Dónde iba a encontrar a un nerd así?
—Ojalá tuviera mejores noticias para ti. Lo siento.
—No es culpa tuya, pero gracias de todos modos. Cuídate. Adiós, Maggy.
Deirdre colgó y tiró el móvil sobre la cama. Se sentó y dejó caer los hombros. Su situación seguía siendo desesperada. Era deprimente.
Un claxon la sacó de su enimismamiento. Se alegró por ello y decidió dejar sus problemas en segundo plano.
Se levantó de un salto, cogió sus cosas y se apresuró a salir.
Lewis la saludó desde su furgoneta con las ventanillas oscurecidas.
Ella sonrió ampliamente al entrar, le devolvió el saludo, cerró la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
Aún seguía sorprendida de que Stuart hubiera cancelado con tan poca antelación, y también un poco decepcionada. Suponía que probablemente tendría sus razones, y quizá era mejor que no estuviera allí. Por ese día, no iba a volver a pensar en Stuart, mejor se centraría en Lewis.
—¿Estás listo? ¿Te has tomado un valium para los nervios?
Lewis se rio.
—No lo necesito, no te preocupes. Me suelo llevar bien con las mujeres. Muy bien, de hecho. —Le guiñó un ojo, y Deirdre imitó su tono coqueto.
Pero no iría más allá, si bien le caía bien Lewis, hoy no se trataba de ella, hoy era el día de Ellie.
—¡Perfecto! Entonces, ¡pongámonos en marcha!
* * *
El día en Edimburgo fue todo un éxito. Encontraron el vestido perfecto para Ellie y, además, estaba disponible dentro del corto plazo que tenían. Tras eso, ya no hubo quien las detuviera; las cuatro damas se dejaron llevar.
«Lo que ocurría en Edimburgo se quedaba en Edimburgo» , pensó Deirdre divertida, aunque, en realidad, no había sucedido nada digno de mantener en secreto.
Habían comido y bebido en un pub y, luego, se habían ido a bailar y a beber hasta que no pudieron apenas tenerse en pie, tanto por el dolor en las plantas de los pies como por la borrachera.
El pobre Lewis se había ganado el cielo al soportarlas, especialmente porque no habían parado de ingerir cócteles y bebidas estimulantes.
El lunes, Deirdre todavía tenía un ligero dolor de cabeza. Se preguntaba cómo estaría el resto del grupo.
Lewis había sido el chófer perfecto. Deirdre había charlado con él durante el viaje de ida, pero apenas recordaba el regreso. Sabía que se dedicaba al desarrollo de aplicaciones de juegos, pero acababa de surgirle una idea: ¿podría él proporcionarle un contacto que la salvara?
Deirdre se levantó de un salto, llena de una nueva emoción recorriendo su cuerpo. Antes de aferrarse demasiado a esa esperanza, se recordó a sí misma que debía mantener la calma.
«Solo es una idea, una posibilidad» , pensó.
Pero aun así, era mejor que nada, lo mejor que había tenido hasta el momento.