Capítulo 10 #2
A Deirdre se le iluminó la cara y le brillaron los ojos.
«Mierda».
El efecto de la ilusión de Deirdre fue directo a su polla, que empezó a retorcerse lujuriosamente en sus pantalones.
—Oh, eres muy amable —balbuceó Deirdre.
¿Estaba actuando o realmente se alegraba? No pudo decirlo. Era una mujer difícil de leer.
—Sí, está bien —refunfuñó Stuart, mirando su reloj de pulsera. Eran poco más de las nueve.
Pensó en Lewis. Seguro que le interesaba. Desde luego él le había echado el ojo a Deirdre. Pero su amigo era casi peor que él en cuanto a mujeres. Cuando no estaba trabajando toda la noche, dormía en la cama de la aventura de turno. ¿Se podría Deirdre enamorar de él?
—Y bueno, ¿tienes planes? —quiso saber su abuela. Su mirada era cómplice, penetrante, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
No quería que lo examinaran, no quería que nadie lo hiciera, por eso no respondió a la pregunta de la abuela.
«Cielos. ¿Cuánto más iba a durar la cena?».
Por primera vez en mucho tiempo, se alegró de que la abuela prefiriera quedarse en la gasolinera. Eso reducía la probabilidad de que algo como esta cena volviera a ocurrir en un futuro próximo.
Tras el postre, la legendaria tarta de chocolate de su madre acompañada de una copa de licor, empezó a recoger la mesa.
Mientras las tres mujeres charlaban como si fueran mejores amigas desde hacía cien años, él se ocupó de fregar los platos.
Stuart acababa de cargar el lavavajillas cuando Deirdre apareció a su lado.
Se enderezó. Tenía los ojos un poco vidriosos. Se estremeció.
«Maldita sea».
Si no fuera tan atractiva... Respiró hondo.
«Mierda».
Era imposible controlar sus impulsos con ella cerca.
—Solo quería despedirme —le explicó con una sonrisa.
¿Había olvidado que a ella no le gustaba? Eso parecía.
Stuart cerró el lavavajillas, se acercó a Deirdre y la abrazó, algo torpemente. Para su sorpresa, Deirdre no lo soltó; al contrario, se aferró a él con fuerza. ¿Se equivocaba, o había suspirado?
«Maldita sea».
Su cuerpo reaccionó de inmediato, y de una manera demasiado obvia. Debía apartarla; eso sería lo más inteligente. Pero se sentía demasiado cómodo teniéndola entre sus brazos, sintiéndola tan cerca. Y apostaría a que ella sentía lo mismo.
«Probablemente sea por el efecto del alcohol», pensó.
Y, por suerte, ese pensamiento bastó para apagar su libido. Que ella tuviera que emborracharse para soportarlo cerca, era algo que su ego no podía tolerar.
—¿Necesitas ayuda o puedes llegar a casa? —preguntó mientras daba un paso atrás.
Por supuesto, se dio cuenta de que la había ofendido, y ya se estaba arrepintiendo. Pero era mejor así, aunque no lo pareciera en ese momento.
—Soy capaz de cuidar de mí misma.
—Pues hoy no lo parecía a la hora de comer —refunfuñó.
Deirdre frunció los labios como dispuesta a rebatir, pero luego dejó caer los hombros y tras un breve suspiro se despidió.
—Lo que tú digas. Buenas noches.
«¿Qué le pasaba hoy? ¿No estaba de humor para una pelea verbal como de costumbre?».
Casi pensó que era una pena. De algún modo, disfrutaba de esas pequeñas riñas. Sin añadir nada más, salió de la cocina y se marchó.
Su madre y la abuela llevaron los últimos vasos del salón.
—Qué velada tan agradable —exclamó la madre, dándole un beso en la mejilla. Tuvo que ponerse de puntillas para alcanzarlo—. Gracias por recoger.
—Claro, sabes me encanta. Abuela, ¿quieres que te lleve a casa?
Ella ya se alejaba hacia el pasillo.
—Puedo recorrer cincuenta metros por mi cuenta, muchas gracias. Oh, mira, Deirdre ha olvidado algo. ¿Se lo podrías llevar, Stuart?
La abuela apareció en la puerta de la cocina agitando el bolso más pequeño que jamás había visto. ¿Qué cabría ahí? ¿Un sello?
—¿De verdad tengo que hacerlo? —protestó.
—No seas tan quejica —le reprendió su madre—. ¿Qué pasa? ¿No te gusta Deirdre?
—Oh, sí, le gusta. Ese es el problema. —La abuela soltó una risita.
Stuart puso los ojos en blanco. Era una conversación que no quería tener ni escuchar. Así que le arrebató el minibolso a su abuela.
—Está bien, iré a acercárselo. Buenas noches.
Stuart fue corriendo hacia la casa de Deirdre. Ella aún no había llegado cuando él la alcanzó.
—Has olvidado algo —dijo, llamando su atención para no asustarla.
Ella se dio la vuelta y, al ver el bolso que agitaba en el aire, se quedó helada.
—Oh, mierda. Qué estúpida soy.
No era la reacción que esperaba después de la escena de la cocina.
Cómo no…, pero es que esta mujer nunca se comportaba como él imaginaba.
Ese era el gran problema. Stuart se acercó a ella y le tendió el bolso.
Probablemente le pareció raro que extendiera el brazo con rigidez, pero no quería acercarse más de lo necesario. Por diversas razones.
—Gracias. Tranquilo, no te invitaré a entrar, no te preocupes. No hace falta que pongas esa cara de asco —siseó mientras rebuscaba en el minibolso hasta encontrar la llave, lo que le tomó un tiempo sorprendentemente largo.
Realmente no tenía ni idea de lo mucho que le gustaría entrar, pero se guardó el comentario y se limitó a encogerse de hombros.
—De nada.
Ninguno se movió. Cuando se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración, exhaló y comenzó a respirar con normalidad. Se estaba comportando como un idiota y eso le ponía de los nervios.
—Buenas noches, entonces.
—Espera.
—¿Qué?
«Mierda», su voz había sonado esperanzada.
—Gracias por lo del viaje a Edimburgo. Y sobre los coches clásicos para el hotel, ¿puedo llamarte mañana?
—Claro —respondió de forma cortante—. ¿Siempre estás pensando en el trabajo? ¿No desconectas? —Incluso él notó lo molesto que sonaba su tono.
Deirdre enderezó los hombros.
—Bueno, es que me gusta mi trabajo. Es una pena que a ti no te guste.
—No es eso.
—¿Entonces qué pasa? Me miras con tanto asco que tengo la impresión de que te parezco insoportable.
No tenía ni idea y, sin embargo, de algún modo, tampoco iba tan desencaminada.
Ese era su dilema. Le gustaba Deirdre, la deseaba, pero había algo en ella que le recordaba demasiado a su ex, alguien que solo pensaba en su carrera y en el dinero.
Por eso no entendía por qué Deirdre le fascinaba tanto.
Pero, claro, eso no podía decírselo. No tan directamente, al menos.
—No tienes ni idea —fue todo lo que consiguió decir antes de girar sobre sus talones y ponerse a salvo de sí mismo.
Un segundo más y habría confesado la verdad. Y la habría besado.