Capítulo 9 #3
Deirdre no pudo evitar sonreír.
«Sí, ya sabía cómo era Stuart, y eso era parte del problema».
La vergüenza se extendió por Deirdre, y sintió el calor en sus mejillas mientras enrojecían.
—Gracias —dijo tímidamente.
—¿Qué tal si vienes a cenar a casa? —sugirió Betty con entusiasmo. Luego se volvió hacia Shona—. Mamá, quizá por una vez podrías cerrar la gasolinera temprano, ¿no?
La anciana pareció meditarlo.
—Um, la verdad es que no me gusta mucho la idea, pero podría estar bien. Como excepción.
—Ni que no hubiera gente en el pueblo dispuesta a trabajar unas horas para ganar un dinero extra. Los adolescentes, por ejemplo, estarían encantados de trabajar aquí de vez en cuando para completar su paga —dijo Betty, con tono persuasivo.
—Ya estamos otra vez —refunfuñó Shona—. Me las apaño bien sola. Pero haré una excepción por Deirdre. Llamaré a Pam para ver si puede venir hoy.
Deirdre percibió una dinámica en la conversación que no terminaba de comprender.
Quedaba claro que Shona prefería estar al mando en la gasolinera y no delegar ni siquiera unas horas, aunque también estaba claro que Betty sabía cómo presionarla.
Había pensado en declinar la invitación, pero temía parecer grosera.
Además, Betty le caía bien, al igual que Shona.
—¿Estás libre esta noche? —quiso saber Betty, mirándola con curiosidad.
Deirdre asintió. No tenía planes aparte de las tareas de Ellie y Kenneth, y estas podían esperar.
—Sí, claro, me encantaría. ¿A qué hora voy?
—No antes de las ocho —intervino Shona rápidamente.
Betty la miró con resignación antes de dirigirse de nuevo a Deirdre.
—A las siete estará bien, ¿verdad, mamá?
—Sí, sí, a las siete entonces —murmuró Shona, agitando la mano.
—¿Sabes dónde vivo? —preguntó Betty.
—Er, no, todavía no.
Betty le dio las indicaciones, y Deirdre, mientras asentía, se preguntó si Betty estaría casada. Quizá divorciada.
«No sería raro».
—Nos vemos entonces. Hasta luego —dijo Deirdre antes de salir de la gasolinera.
Mientras se dirigía al castillo para su reunión con Ellie, el cielo se había ido oscureciendo y cubriendo por espesas nubes, un viento fresco soplaba desde el oeste. Las primeras gotas gruesas empezaron a caer antes de que alcanzara la entrada del hotel. Deirdre echó a correr.
Con la respiración agitada, llegó a la puerta giratoria justo cuando el aguacero empezaba a caer en todo su apogeo. Se abanicó con la mano mientras recuperaba el aliento y se dirigió hacia Ellie, que estaba en la recepción hablando por teléfono.
Cuando Ellie colgó, le sonrió y se acercó a darle un abrazo.
—Justo a tiempo, ¿eh?
Deirdre rio, todavía jadeante.
—Sí, por suerte. Aún no me acostumbro a que el tiempo aquí cambie tan rápido.
—Pero por lo demás, te sientes cómoda con nosotros, ¿verdad?
Deirdre dudó por un momento.
En realidad, había estado tan ocupada que apenas había tenido tiempo de reflexionar sobre Kiltarff.
Había una razón por la que podría sentirse incómoda, aunque no quería pensar en ella ahora.
Por otro lado, el silencio de Londres tras enviar su carta al bufete de abogados le recordó que quizá debería contactar con su inquilino.
Pero rápidamente descartó el pensamiento.
Notó que Ellie seguía esperando una respuesta, por lo que sonrió y dijo con sinceridad:
—Sí, estoy muy feliz aquí. Me gusta la vida en el pueblo mucho más de lo que imaginaba.
Esa era realmente la verdad, y Ellie, que obviamente podía leer entre líneas bastante bien, asintió con conocimiento de causa.
—Me alegra oír eso. Al principio cuesta un poco adaptarse, lo sé. Mientras no estés deseando volver a Londres lo antes posible...
—Er, no. En absoluto.
Era cierto, y el hecho de que responder le hubiera resultado tan fácil hizo que reflexionara un momento.
—Me hace feliz oír eso. Quizá seas como Michelle y te quedes para siempre —dijo Ellie, sonriendo.
Deirdre no quiso corregirla.
«Definitivamente, no viviría en Kiltarff».
Por desgracia, su futuro era completamente incierto. Antes de continuar, optó por cambiar de tema.
—¿Nos ponemos en marcha? —sugirió, sacando el móvil para consultar la lista de tareas pendientes que se había enviado por correo electrónico. Se había dejado el portátil en la casa, pero no suponía un problema, trabajar desde el móvil no era tan cómodo, pero sí suficiente.
—Por desgracia, no tengo a nadie para cubrir la recepción, así que tenemos que quedarnos cerca. Solo tenemos tres habitaciones ocupadas en este momento, y los huéspedes se han ido tras el desayuno. ¿Te apetece un café? —preguntó Ellie.
Deirdre, aunque hambrienta y sintiendo el peso de la corta noche, no quería poner en apuros a Ellie.
—Está bien, gracias. No necesito nada.
—¿De verdad que no?
Deirdre sonrió.
—No, tenemos mucho que hacer. Pongámonos a ello.
Ambas se sentaron detrás del mostrador de recepción, donde había dos sillas. Deirdre tomó la iniciativa:
—Veamos. Ya hemos decidido el lugar de la boda, ¿verdad? —bromeó.
Ellie rio suavemente.
—Sí, eso está resuelto.
—La iglesia también está reservada. El padre de Maisie se ocupará, ¿verdad? —preguntó Deirdre.
—Exactamente. Esa es la idea.
—¿Y la floristería?
—Sí, también está arreglado.
—¿Lo ves? Vamos bien. —Deirdre sonrió, haciendo una pausa antes de preguntar—. ¿Y el vestido de novia?
Ellie se movió un poco incómoda.
—No, todavía no tengo vestido.
Deirdre frunció los labios.
—Entonces ya es hora de remediarlo, ¿no crees? ¿Dónde se pueden comprar vestidos de novia por aquí?
—Em... ¿Inverness? ¿Edimburgo?
—¿Tienes alguna idea en mente? ¿Quieres ir hacia el altar como una princesa de cuento de hadas?
—¡Oh, no hagas eso! —protestó Ellie, haciendo reír a Deirdre.
—¿Quieres que echemos un vistazo juntas? Podemos buscar online primero y localizar algunas direcciones.
Ellie dudó un momento antes de hablar.
—Tengo una idea, pero temo que no esté al nivel del conde. Kenneth llevará falda escocesa, y ambos hemos convenido que yo lleve un vestido blanco. Eso es todo lo que ha dicho, porque quiere que yo elija, quiere que le sorprenda.
Deirdre sonrió ante la sinceridad de Ellie. Era evidente cuánto se amaban.
—Eso es muy romántico. Estoy segura de que Kenneth confía plenamente en ti.
—Entonces creo que son mis propias expectativas las que me bloquean. Quiero hacerlo feliz.
—Lo lograrás si tú misma te sientes bien ese día —dijo Deirdre con firmeza.
Ellie asintió, pasando la mano por su frente.
—Tienes razón. Pero a veces me siento insegura... No soy de la nobleza, y en momentos como este me siento abrumada.
Deirdre le puso una mano en el brazo para tranquilizarla.
—Todo irá bien. Vayamos de compras este fin de semana. Seguro que encontramos algo. ¿Te parece llevar a tus amigas?
Ellie sonrió.
—Es una buena idea. Me gusta lo pragmática que eres.
Deirdre tomó nota mental de que, además de buscar el vestido de novia, podrían organizar la despedida de soltera en el mismo viaje, y Edimburgo sería un lugar perfecto para ello.
Después de la cita con Ellie, planeó pasarse por casa de Maisie.
Una de las ventajas de Kiltarff era lo cerca que estaba todo.
En Londres, habría pasado medio día en el metro antes de poder tachar dos tareas de su lista.
Deirdre y Ellie trabajaron sin descanso durante varias horas.
Abordaron todas las cuestiones pendientes y dieron los primeros pasos importantes.
Kendra había proporcionado contactos para el catering , y Ellie revisaría la lista de invitados con Kenneth a última hora para poder enviar las invitaciones.
Iban tarde, pero no demasiado, lo cual era una buena noticia.
—Va a ser una gran fiesta —prometió Deirdre con una sonrisa.
Ellie la abrazó con tanta fuerza y afecto que, por un segundo, Deirdre sintió que no podría respirar.
—No sabes lo agradecidos que estamos. Y te prometo que te daremos una jugosa gratificación en cuanto el negocio empiece a funcionar.
—En realidad, no se trata del dinero —respondió Deirdre con sinceridad.
—Lo sé, pero aún así queremos hacerlo —insistió Ellie, sonriendo.
Después de despedirse, Deirdre se dirigió a casa de Maisie.
Mientras caminaba por la carretera principal, un mareo repentino la detuvo en seco.
Sintió cómo su visión se nublaba y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Se agarró a una farola y cerró los ojos, intentando estabilizarse.
A través de la niebla de su mente, oyó el sonido de un coche frenando y pasos apresurados hacia ella.
—¿Qué te pasa? —preguntó una voz masculina. Una voz demasiado familiar.
Deirdre apenas podía procesarlo, pero la sensación de unos brazos fuertes sujetándola la hizo apoyarse sin reservas. Se dejó caer en los brazos de Stuart y descansó la frente sobre su hombro mientras intentaba recuperar el control de su cuerpo.
—¿Estás borracha? —preguntó él.
La frase le golpeó como una bofetada. El momento de debilidad pasó reemplazado por una mezcla de furia e indignación.
«¡Será idiota!».
—¿Borracha? —replicó bruscamente, aunque su voz no sonó tan firme como deseaba—. ¿Qué se te ha pasado por la cabeza? ¿Qué quieres?
Captó un atisbo de preocupación en la mirada de Stuart antes de que su expresión volviera a endurecerse. O quizás se lo hubiera imaginado.
—¿Que qué quiero? Es curioso. Casi te desmayas como la Bella Durmiente. Solo quería ayudarte.
Aunque seguía algo mareada, Deirdre levantó una mano con un gesto impaciente.
—Ya has comprobado que estoy bien. Puedes seguir tu camino, donde sea que vayas. No permitas que yo te detenga.
—Claro, decir gracias sería demasiado, ¿no? —refunfuñó Stuart mientras volvía a su coche.
—¡Gracias! —gritó sarcástica—. ¡Gracias por insinuar que me entrego al alcohol a plena luz del día!
Lo vio marcharse a toda velocidad en un coche que no reconoció. Probablemente era una prueba de conducción tras una reparación.
«¿Qué más da? No me importa en absoluto».
Todavía molesta y agotada, continuó hacia la librería de Maisie. Al llegar, la librera la miró con preocupación.
—¿Qué te ha pasado? Estás pálida como un fantasma.
Deirdre sonrió débilmente.
—No tuve tiempo de maquillarme adecuadamente esta mañana.
—Y probablemente tampoco para el desayuno, ¿eh? ¿Y el almuerzo también se te ha pasado?
Deirdre se removió incómoda. Maisie había dado en el clavo con demasiada precisión.
—Algo así.
—Caray, Deirdre, te estás excediendo con el trabajo. Tienes que reponer fuerzas o acabarás desplomándote.
Deirdre no quiso contarle lo cerca que había estado de desmayarse en medio de la carretera.
—Tienes razón —admitió con un suspiro—. ¿Puedo pedirte un café? Necesito cafeína.
—El café solo no será suficiente —declaró Maisie con severidad—. Pero estás de suerte, me acaban de traer una quiche recién hecha. Todavía está caliente, así meterás algo en el estómago.
Deirdre no protestó. Estaba demasiado agotada para discutir y, además, el aroma de la quiche era irresistible.
Al probar el primer bocado, gimió de placer.
—¡Madre mía, esto está buenísimo!
Maisie sonrió con satisfacción.
—¡Ja, ja, ja. Te lo dije!
Deirdre terminó de masticar y añadió:
—Pero en realidad estoy aquí por algo completamente diferente.
Le habló entonces de sus planes para la compra del vestido de novia y la despedida de soltera de Ellie.
—Podría organizar algo para el fin de semana. ¿Puedes reunir a las chicas y ver quién viene?
—Claro, no hay problema. ¿Necesitas que hagamos algo?
—Sí, venir de ganas de pasarlo bien —bromeó Deirdre.
—Eso por descontado. —Maisie rio—. Eres increíble, ¿lo sabías?
Deirdre desvió la mirada, le incomodaban los elogios.
—Gracias, pero no soy tan especial.
—Oh, sí que lo eres. A la vista está. En un abrir y cerrar de ojos, desde de la nada, eres capaz de organizar algo especial. Tienes un talento extraordinario.
Deirdre sonrió débilmente, sin saber cómo responder. Nunca había sido capaz de encajar bien los halagos. Maisie cambió de tema mientras la observaba con curiosidad.
—¿Sabes algo ya de Londres?
—Todavía no, pero intentaré enterarme de algo hoy —respondió Deirdre con un tono más serio.
—Bueno, aunque Matt está fuera por negocios, está disponible para ti. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, gracias. Sois muy amables. No sé qué haría sin vuestro apoyo.
Al terminar, Deirdre sacó su móvil para pagar la quiche y el café, pero Maisie negó con la cabeza.
—Invita la casa. Te avisaré cuando sepa quien está disponible el fin de semana, ¿vale? Con Ava no podemos contar, aunque no podemos culparla. Está en Italia con Colin.
—¡Claro! Pero seguro que lo pasaremos bien.
—Estoy convencida de ello.
Deirdre se despidió con un gesto amable y salió de la librería-cafetería, mirando su reloj. Eran poco más de las seis. Decidió volver a la cabaña para refrescarse y cambiarse de ropa antes de la cena en casa de Betty.
No es que la ocasión requiriera un atuendo formal, pero Deirdre quería verse bien y no porque esperaba volver a ver a Stuart, aunque, también, un poco por eso. Después de casi caer al suelo en un ataque de debilidad delante de él, no quería avergonzarse esta noche. No otra vez.