Capítulo 8
E n los últimos días, Deirdre había transformado la casa de campo en un auténtico centro de operaciones.
El salón estaba lleno de portafolios, pizarras blancas y borradores de planes estratégicos en los que podía volcar toda su creatividad.
Estaba agradecida por la distracción que el proyecto le proporcionaba y disfrutaba trabajando con Ellie y Kenneth, quienes le habían dado carta blanca.
Ambos estaban más que agradecidos por sus consejos y sugerencias.
—Tenemos que organizaros una página web —les había dicho a principios de semana—. Puedo hacerlo, pero también necesitáis un sistema de reservas, ¿verdad? ¿Lo habéis considerado?
Kenneth y Ellie intercambiaron miradas, visiblemente avergonzados por no haberlo pensado antes.
—Descargué una aplicación para hacerlo todo yo mismo —admitió Kenneth.
La pareja necesitaba apoyo en casi todos los ámbitos.
Por suerte, Deirdre no solo era multitarea, sino también muy ágil a la hora de encontrar soluciones.
Los numerosos contactos que había acumulado a lo largo de los años le estaban resultando muy útiles.
Por ejemplo, el fotógrafo que le debía un favor llegaría ese mismo día y realizaría la sesión para el hotel a un precio especial.
Además, como agradecimiento podría disfrutar de la suite del hotel durante el fin de semana, un pequeño incentivo que también ayudaba a Ellie y Kenneth.
Deirdre estaba satisfecha consigo misma y con los resultados obtenidos en su primera semana. Se colocó frente a la pizarra y marcó las casillas que decían «Imágenes profesionales para el sitio web» y el de «Folleto del hotel».
Estaba a punto de añadir otra idea a la lista cuando su móvil sonó.
Había ignorado varias llamadas de Lucy durante la semana; no quería autocompadecerse ni tener contacto con su antigua vida.
Pero al ver en la pantalla el número de la oficina de Londres del departamento de personal, sintió cómo se le helaba la sangre.
«Oh, Dios».
No quería contestar, pero tampoco podía ignorar la llamada. ¿Y si habían encontrado una solución a sus problemas? Ese pequeño rayo de esperanza era lo único que la ayudaba a no perder la cordura.
—¿Hola? —respondió con voz temblorosa.
—Hola, soy yo, Margret.
—Oh, hola.
Su corazón latía con fuerza mientras sujetaba el teléfono.
—Quería saber si ya has encontrado un abogado.
«Oh, no».
Eso no sonaba como la solución que esperaba.
—Bueno... —balbuceó Deirdre. La verdad era que no había hecho nada aparte de una consulta online . El abogado había sido claro, luchar contra una gran empresa con las pruebas en su contra era inútil.
—Por tu respuesta, supongo que aún no has leído la carta.
—¿Qué carta? —repitió Deirdre, mientras una sensación incómoda se extendía por su estómago.
Le había dado a su inquilino, un joven italiano que viajaba ocasionalmente a Londres por trabajo, una llave del buzón, pero no le había pedido que revisara su correo para evitar cualquier contacto que le recordara su situación.
Había preferido sumergirse en el nuevo proyecto para ignorar su propio dolor.
Ahora, la realidad volvía para golpearla con fuerza.
—Nuestro bufete de abogados te ha enviado una carta. Hay un plazo para que respondas, solo quería asegurarme de que lo sabías. La carta certificada fue aceptada, así que...
«Maldita sea».
Deirdre sintió náuseas.
—Er... sí, entiendo. Gracias por llamarme. ¿Alguna otra novedad?
—Lo siento, no. Hemos logrado que el escándalo sea lo menor posible, pero eso no cambia las acusaciones en tu contra.
—No, por supuesto que no. Aunque no sea culpable.
Sabía que era prácticamente imposible que todo se resolviera a su favor, pero escucharlo nuevamente de Margret fue como una bofetada.
—Bueno, hasta pronto, Deirdre. Siento no tener mejores noticias.
—No pasa nada —respondió, aunque la situación le pesaba como una losa.
Sabía que Margret no era culpable de nada, pero eso no aliviaba el impacto de sus palabras.
Después de colgar, tiró el teléfono descuidadamente a un lado.
Comenzó a pasearse inquieta por la casa, incapaz de calmar su mente.
Finalmente, reunió valor para llamar a su inquilino.
El italiano le envió una foto de la carta por Whatsapp.
Deirdre revisó las páginas en la pantalla y sintió que el aire se le escapaba.
Salió de la casa, buscando espacio para respirar, y terminó en la gasolinera.
Allí, su único objetivo era encontrar chocolate. Mucho chocolate.
Cuando se acercó a la caja con su cesta llena, Shona, la anciana encargada, le dedicó una sonrisa compasiva.
«Vaya, ¿tan obvio era que había recibido malas noticias?».
Deirdre no dijo nada. Había llegado a conocer mejor a Shona en los últimos días; sus visitas a la gasolinera solían coincidir con momentos en los que necesitaba reponer su dosis de azúcar. Le gustaba Shona, con su cálido y fuerte acento escocés.
—Esto huele a desengaño —comentó Shona mientras escaneaba los códigos de barras con el lector—. Sabes, mi nieto es soltero, podría presentártelo. Es un buen chico.
Deirdre no estaba segura de si aquello era una broma o una oferta genuina, pero tenía claro que si había algo que no necesitaba en ese momento era complicarse más la vida con un hombre.
—No, gracias, no lo necesito —respondió con una sonrisa de disculpa.
—Eso es lo que dicen todos —replicó Shona con un guiño—. Son doce libras con treinta.
Deirdre pagó con la tarjeta y cuando estaba recogiendo su botín de chocolate una mujer entró en la tienda.
—Disculpe, ¿podría ayudarme a comprobar la presión de los neumáticos? —preguntó la mujer, visiblemente avergonzada.
Shona estaba a punto de levantarse para atenderla, pero Deirdre intervino.
—Yo puedo hacerlo. Quédate aquí, Shona. Vamos, no soy una experta, pero sé cómo comprobar el aire.
La mujer sonrió agradecida y juntas se dirigieron al área de servicio. Mientras Deirdre la ayudaba con los neumáticos, se enfrascaron en una conversación ligera. Bromeó, charló y le preguntó qué era lo que tanto atraía a los turistas de Escocia.
Deirdre tomó mentalmente nota de las respuestas, afinando un poco más el concepto que tenía en mente para el folleto del hotel.
—Gracias por ayudarme —dijo finalmente la mujer, sonriendo—. No sé por qué soy tan torpe para estas cosas.
—De nada. ¡Buen viaje y que disfrute de Edimburgo!
La turista subió a su coche de alquiler y se marchó a toda velocidad. La breve distracción de la conversación amistosa se desvaneció, y la fuerza de sus problemas le golpeó de nuevo como un puñetazo en el estómago.
Respiró hondo y echó a andar, pero apenas dio dos pasos antes de detenerse. No sabía adónde ir. No quería volver a la casa en ese momento. Necesitaba aire fresco.
Un cosquilleo en la nuca la hizo girarse. Se quedó sin aliento al encontrarse con la mirada de Stuart. Al parecer, él también se dirigía a la gasolinera. Por suerte, ya había hecho sus recados y, a juzgar por el ceño fruncido de Stuart, él debía estar pensando lo mismo.
No se habían visto en toda la semana; de hecho, no le había visto desde que la llevó de Inverness a Kiltarff. Por desgracia, eso no cambiaba el hecho de que pensara en él con más frecuencia de la que le gustaría admitir.
«¡Ja! Vale, era mentira».
No dejaba de pensar en él, especialmente en la sensación de sus labios sobre los suyos. Probablemente, no era más que una táctica cruel de su cerebro para distraerla de los verdaderos problemas de su vida.
Después de la llamada con Margret, ya no podía seguir fingiendo que el juicio no era inminente.
Apartó la mirada, dio media vuelta y se alejó en dirección al lago Ness.
Seguro que encontraría un lugar bajo uno de los viejos robles donde atiborrarse de chocolate hasta sentirse enferma.
No era una solución, pero en ese momento no se le ocurría nada mejor.
Caminó durante unos minutos hasta pasar frente a una gran casa señorial.
Sabía que Maisie vivía allí con su novio Matt.
Los había conocido en su primer día en Kiltarff, durante la salida al Lantern con Michelle.
Prefería no recordar esa noche, había besado a Stuart y el recuerdo de cómo acabó aún la atormentaba.
Debería alegrarse de no haberse acostado con él, pero, lamentablemente, su cuerpo no pensaba lo mismo.
Molesta consigo misma y con el mundo, Deirdre se dejó caer bajo la sombra de un roble. Era un milagro que no hubiera turistas; desde allí se tenía una vista perfecta del lago Ness. No había bancos ni señales de visitantes frecuentes, un auténtico descubrimiento.
Al principio pensó en incluirlo en el folleto, pero luego lo descartó. No estaba dispuesta a compartir ese idilílico lugar con nadie. Era suyo.
Abrió la primera chocolatina y le dio un buen mordisco.
El recuerdo de todo lo que iba mal en su vida la inundó.
Intentó contenerse, pero las lágrimas brotaron.
Un llanto silencioso que se convirtió rápidamente en sollozos descontrolados.
Se abrazó las rodillas y hundió la cabeza entre ellas, dejando salir todo el dolor.
—Oye, perdona, ¿va todo bien? —Una voz masculina la sacó de su trance.
Deirdre levantó la vista. Matt estaba de pie frente a ella, observándola con preocupación. Llevaba zapatillas de correr, camiseta y pantalones cortos deportivos.
—Oh, Dios… —gimió, secándose los ojos apresuradamente. Le daba vergüenza que el novio de Maisie la viera en ese estado. Siempre había intentado controlar sus emociones en público. Había aprendido de adolescente que llorar solo la hacía parecer más débil.
Matt se puso en cuclillas y le apretó el hombro con suavidad.
—¿Puedo ayudarte?
Deirdre lo miró a los ojos, cálidos y compasivos, y tragó saliva con dificultad.
—Yo… no lo creo —respondió, sacudiendo la cabeza.
—Eres Deirdre, ¿verdad? Nos conocimos el otro día.
—Sí, lo sé.
Matt sonrió débilmente.
—Solo quería recordártelo por si pensabas que era un asesino en serie.