Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 7
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Capítulo 7

D eirdre se tumbó en el sofá de la suite , dejando que sus piernas colgaran del respaldo.

Las ventanas estaban abiertas y el canto de los pájaros, junto al susurro de las hojas, llegaba hasta sus oídos.

Michelle se había sentado frente a ella en un sillón aún vestida con su ropa de trabajo: pantalones y polo blancos.

Ya había podido hacer balance de la situación con Ellie y Kenneth.

La pareja estaba claramente desbordada, pero, afortunadamente, Deirdre ya tenía un plan.

El único problema era que no tenía un ordenador portátil para elaborarlo correctamente, pero, por suerte, aún contaba con su móvil, que, aunque ya no tenía acceso a la información de la empresa, guardaba todos los contactos importantes del sector.

—La verdad, no pensé que volvería a verte tan pronto —bromeó Michelle, sacándola de sus pensamientos.

—Yo tampoco —admitió Deirdre con franqueza.

Probablemente su tono había sido demasiado sombrío, porque Michelle la miró con curiosidad. Sintió los ojos escrutadores de su amiga mientras se quitaba una pelusa imaginaria de los pantalones.

—¿Quieres decirme qué está pasando?

—¿Eh? ¿Qué quieres decir? —Deirdre sintió cómo el calor cubría su rostro.

No le gustaba mentir a su amiga, pero en este caso no tenía otra opción.

No podía hablar de ello, no aún. Si lo hacía se derrumbaría.

Seguía aferrándose a la esperanza de que todo se aclarara, tarde o temprano, aunque, hasta ahora, Margret no había dado señales de vida, y ya había pasado una semana.

—Recuerdo que me dijiste que estarías de viaje todo un mes. ¿Por qué estás en Escocia y no en cualquier otro lugar del mundo? —insistió Michelle.

Deirdre apretó los labios. Tenía que inventar algo, algo lo suficientemente cercano a la verdad como para no levantar sospechas.

—Estoy... mi jefe me estresa.

—¿Qué quieres decir con «mi jefe me estresa»? —preguntó Michelle, entrecerrando los ojos—. No me digas que te liaste con él y ahora te está presionando.

La idea era tan absurda que Deirdre no pudo evitar reírse.

—¡Oh, Dios mío! ¡No! Cualquier cosa menos eso. Mike no es mi tipo. —Luego intentó cambiar de tema—. Hablando de eso, ¿por qué demonios tuviste que enviar a Stuart a recogerme? Fue un poco incómodo.

—¿Incómodo? ¿Por qué? No podía escaparme, y Wallace estaba ocupado con un grupo de turistas en el lago Ness.

Pensé que tú y Stuart os llevabais bien, que incluso te alegrarías de volver a verlo.

Para ser sincera, hasta me preocupaba que fuerais directos a la cama y no me diera tiempo a verte —dijo Michelle con una sonrisa traviesa acompañada de un guiño.

Deirdre arqueó una ceja y se quedó pensando qué responder. Recordó la actitud de Stuart en el aeropuerto y el ambiente gélido durante todo el trayecto.

—Sinceramente, no sé de dónde sacaste esa idea. Le besé una vez, y eso fue todo. Se acabó la historia. No habrá repetición.

Su tono sonó definitivo. Sin embargo, no podía ignorar que su corazón latía extrañamente rápido y sus manos empezaban a sudar.

Michelle puso un dedo en su barbilla, pensativa.

—¿Pasó algo más entre vosotros? ¿Aparte del beso? ¿O sigues molesta porque aquella noche tuvo que irse de repente al lugar del accidente? Pensé que ya lo habíamos superado.

Deirdre levantó una mano para interrumpirla.

—Es agua pasada. Stuart no me interesa. Punto.

Michelle no parecía convencida. Inclinó la cabeza, observándola con atención, como si intentara leer la verdad en su rostro.

—De acuerdo. No voy a obligarte a acostarte con un amigo mío. Tal vez sea mejor que no lo hagas.

—¿Por qué?

«Mierda . No debería haber preguntado», pero no lo pensó. Su boca había reaccionado más rápido que su mente.

Algo brilló en los ojos de Michelle.

—Estás interesada en él, ¿verdad? —concluyó, dando en el clavo.

—¡No seas tonta, Michelle! Solo quería saber por qué querías disuadirme —intentó zafarse Deirdre.

—No quiero.

—Vamos, ya sabes a qué me refiero.

—Oh no, querida. Has dicho que no estás interesada, no hay nada más que decir.

Estupendo. Deirdre habría dado cualquier cosa por saber por qué Michelle tenía reservas sobre Stuart, pero no quiso insistir.

Recordó una conversación anterior en la que su amiga le había dicho que Stuart se merecía un amor de verdad.

Como a Deirdre no le interesaban los sentimientos en ese momento, tampoco necesitaba darle más vueltas.

No quería enamorarse, ni de Stuart ni de ningún otro hombre.

Eso solo le traería dolor y angustia, y ya tenía suficientes problemas en su vida.

—Y ahora dime, ¿por qué estás aquí en Escocia y no de viaje? —preguntó Michelle. Su tono no dejaba lugar a evasivas ni vaguedades.

La pregunta pilló desprevenida a Deirdre. Pensaba que el tema ya estaba zanjado.

—Ya te lo dije, mi jefe me tiene un poco estresada. O, más bien, el departamento de recursos humanos. —No era mentira, pero tampoco era toda la verdad—. He acumulado tantas vacaciones en los últimos años que me obligaron a cogerlas o las perdería.

—¿Qué? —chilló Michelle, enderezándose en su silla—. No puede ser.

Deirdre sintió cómo sus mejillas se encendían. Intentó mantener la calma, aunque sabía que no era buena ocultando sus emociones.

—No me preguntes, alguna nueva normativa. Hubiera preferido que me las pagaran, pero dicen que no podían hacerlo, y regalar mi tiempo a la empresa tampoco era una opción. ¿No dicen que me explotan porque estoy disponible todo el tiempo?

El argumento pareció calmar un poco a Michelle.

—Aun así, me parece curioso.

—Yo no hago las leyes ni las normas. ¿No te alegras de que esté aquí? —replicó Deirdre, intentando desviar la conversación y terminar con el interrogatorio.

—¡Por supuesto que me alegro! ¿Eso significa que te quedarás más tiempo que solo el fin de semana?

Deirdre no había planeado tanto tiempo. ¿Cómo iba a hacerlo? De momento vivía al día, a la espera de malas noticias o de un giro milagroso que, aunque improbable, mantenía sus esperanzas a flote.

—No puedo quedarme en el castillo mucho tiempo.

—¿Y qué planeas hacer? ¿Quedarte en Londres?

—No, ya sabes que mi presupuesto no me permite un viaje más largo. Eso no ha cambiado, y ya viajo constantemente por trabajo.

—Pero no me digas que quieres quedarte en Londres todo el tiempo. Piénsalo, estás ayudando a Ellie y Kenneth, y la mejor manera de hacerlo es estando cerca. Puedes quedarte en mi casa. ¡Tendrías paz, espacio y a mí! ¿Qué te parece? ¿A que suena genial?

Deirdre mordisqueó su labio inferior.

—Claro que me encantaría verte más de dos días, Michelle. Pero tú también estás ocupada.

«¿Escocia o los confines opresivos de su piso en Londres?», reflexionó en silencio. «Mierda».

Londres estaba descartado porque el piso estaba alquilado. Casi lo había olvidado. En realidad, no tenía otra opción, ¿verdad?

—Podría hacer una visita a mis padres —murmuró, más para sí misma que para Michelle.

—Claro que puedes hacerlo, pero por ahora te quedas aquí. ¡Decidido! El domingo te mudas temporalmente a mi casa. ¡Qué ilusión!

El entusiasmo de Michelle sorprendió a Deirdre, aunque, al mismo tiempo, sintió alivio de que alguien tomara la decisión por ella. Solo había una pega, no le apetecía encontrarse con Stuart constantemente, pero seguro que habría una forma de evitarlo, ¿verdad?

—Pero no he traido mi portátil —intervino, cambiando de tema mientras pensaba en cómo planificar una boda y una campaña publicitaria sin el equipo adecuado.

Desde luego, no podía decirle a Michelle que había tenido que entregar su ordenador. Todavía no. Aún no había procesado del todo lo que eso significaba.

—Tengo la solución, deja que yo me encargue. Tenemos varios ordenadores en la consulta. No son los últimos modelos, pero pueden conectarse a internet, y hay wifi en la casa. ¿Desde cuándo viajas sin tu portátil? Casi no te reconozco —dijo Michelle con un tono ligero, pero lleno de curiosidad.

Deirdre no sabía qué responder. Las palabras se le atascaban en la garganta, conmovida por el gesto de su amiga. Disimuladamente, se secó una lágrima con el dorso de la mano.

—¿Por qué lloras? —preguntó Michelle, de repente preocupada. Se levantó de su sillón y se sentó junto a Deirdre.

Deirdre moqueó, tratando de mantener la compostura.

—Ay, es que es tan agradable estar contigo. Te he echado tanto de menos estos últimos meses.

Eso era cierto, pero, de nuevo, no era toda la verdad. Había mucho más detrás de esas lágrimas que no estaba aún preparada para compartir. Michelle la envolvió en un fuerte abrazo.

—Yo también te he echado de menos. Ahora tenemos unas semanas para estar juntas, y vamos a aprovecharlas al máximo.

* * *

El ánimo de Stuart estaba por los suelos.

Ni siquiera el hecho de que fuera domingo y brillara el sol lograba mejorarlo.

Estaba en su casa, derribando con un mazo la pared que separaba el salón de la cocina.

Se había quitado la camisa y trabajaba en vaqueros y calzado de seguridad.

Había polvo por todas partes, pero el esfuerzo físico le sentaba bien.

El sudor le corría por la cara y la espalda.

Sintió un movimiento detrás de la ventana que lo distrajo un instante.

Probablemente fuera una ardilla o un pájaro saliendo de los arbustos.

Pero ¿desde cuándo las ardillas llevaban vestidos blancos de verano y sombreros de paja?

Antes de darse cuenta de que era Deirdre quien pasaba por la acera ya había desaparecido de su vista.

«Dios mío. Ni siquiera estoy a salvo de ella en mi propia casa».

¿O lo había imaginado? Podría ser. Tenía a esa mujer constantemente en su cabeza… era totalmente absurdo. Desgraciadamente, el hecho de que fuera una esnob de ciudad no cambiaba que pensara que estaba increíblemente buena.

Era vergonzoso cómo la sola idea de sus curvas despertaba impulsos de lujuria en su interior. Stuart apretó los dientes y golpeó la pared con el mazo, esta vez con más fuerza. La pared cedió un poco.

Para no distraerse, evitó mirar por la ventana. Al menos había algo positivo en su estado, por fin estaba progresando en las reformas de su casa. En cuanto Deirdre se fuera de Kiltarff, su mente volvería a la normalidad.

Seguramente, su frustración sexual solo se debía a que hacía tiempo que no se acostaba con una mujer.

Las últimas semanas solo las había dedicado al trabajo.

El día anterior tuvo la oportunidad de ir a Inverness, donde un amigo DJ tocaba en un club, pero prefirió quedarse en casa.

Sus amigos también habían quedado en el pub , pero Stuart quiso evitar otro encuentro con Deirdre. Por diversas razones.

Deseo sexual o no, no quería verla ni tenerla cerca, ni siquiera en su cabeza.

Aunque eso último, sin embargo, parecía ser lo más difícil.

Cuanto menos quería pensar en ella, más se encontraba imaginando cómo sería besarla otra vez.

Y algo más. Acariciarla por todas partes.

Explorar cada rincón de su cuerpo. ¿Suspiraría suavemente o gritaría de placer?

—Maldita sea —refunfuñó, bajando el mazo con frustración.

—Vaya, vaya, ¿por qué maldices así? —preguntó una voz detrás de él.

Stuart se giró sorprendido y vio a su amigo Lewis de pie en la puerta, mirándolo con curiosidad.

Llevaba una gorra de béisbol, una camisa gris y unos vaqueros desgastados.

Por su aspecto, nadie adivinaría que había hecho fortuna creando aplicaciones de juegos.

Regresó de Estados Unidos hacía algún tiempo.

Algunos decían que estaba aburrido; otros, que una mujer le había roto el corazón.

A Stuart no le interesaban los cotilleos, especialmente porque él mismo había sido tema de conversación tras ser abandonado en el altar.

Un corazón no se rompía; de hecho, el suyo seguía latiendo en su pecho; él era la prueba viviente de que una mujer podía arruinarte la vida y, aún así, podías seguir adelante.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Stuart.

—Nada, me preguntaba dónde estabas. No había nadie en el garaje, ayer no estuviste en el pub , tampoco en casa de tu abuela…

—Dios mío, ¿quién eres? ¿Mi niñera? Como puedes ver, estoy ocupado. Si no vas a ayudar, será mejor que te vayas.

—Oh, muchas gracias, ya he tenido suficientes reformas. —Lewis levantó las manos en señal de rendición y negó con la cabeza.

Había remodelado una vieja granja, equipándola con todos los avances tecnológicos cuando regresó a Kiltarff.

—Ni que lo hubieras hecho tú solo —se burló Stuart—. Contrataste a un ejército para hacerlo por ti.

—Madre mía, estás que saltas. Solo venía a preguntarte si te podrías pasar más tarde. He desarrollado algo nuevo y me gustaría que fueras el primero en probarlo. Además, tengo cerveza en la nevera.

—Lo de la cerveza suena bien —respondió Stuart, secándose el sudor de la frente—. Pero ¿por qué sigues trabajando en más productos? ¿No has ganado ya suficiente?

Lewis arqueó una ceja.

—¿Por qué reparas coches clásicos?

—Porque me gusta.

—Exactamente. Así que ven más tarde y echas un vistazo a mi creación. Pero, por favor, ven de mejor humor, porque ahora mismo estás insoportable.

Stuart sabía exactamente a qué se refería Lewis. Estaba molesto consigo mismo y con su desequilibrio emocional.

—No te preocupes, esta noche estaré de mejor humor —prometió.

—¿Sí? ¿Por qué estás tan seguro?

Porque Deirdre, con suerte, ya estaría de vuelta en Inverness o donde fuera. Aunque no podía decirlo en voz alta, por supuesto.

—Simplemente lo estoy —respondió Stuart con un encogimiento de hombros.

—Muy bien. ¿Qué piensas de que Wallace y Michelle vivan juntos ahora?

¡Madre mía! ¡Qué cambio de tema! Stuart se quedó sorprendido.

—Pues que ni siquiera lo sabía.

—Sí, Michelle limpió la casa antes de que su amiga se mudara. Yo les ayudé.

Stuart dejó caer el martillo, que, por suerte, no le golpeó el dedo gordo del pie por poco.

—¿Qué?

Lewis frunció los labios con teatralidad.

—Sí, esa fue mi reacción también. Un poco pronto para ellos, ¿no? Ahora Wallace tendrá que bajar la tapa del váter y enrollar el tubo de pasta de dientes, claro. —Lewis rio con picardía.

Stuart puso los ojos en blanco, pero no replicó nada. Lewis no necesitaba saber que a él le daba igual que Michelle y Wallace vivieran juntos. Lo que realmente le incomodaba era enterarse de que, aparentemente, Deirdre estaba planeando alargar su estancia en Kiltarff durante un tiempo.

Eso no le gustaba. En absoluto.

Su ya pésimo estado de ánimo se desplomó aún más.