Capítulo 5 #3
Deirdre conocía las fotos, precisamente habían sido la razón por la que esa empresa había contratado una campaña de imagen.
Nunca le había gustado ese tipo de gente, pero a veces era parte de su trabajo gestionar campañas de personas que no soportaba.
En cualquier caso, de ninguna manera era razón suficiente para crear un escándalo.
Era increíble que creyeran que había podido hacerlo.
—No he sido yo, Margret. Tienes que creerme. ¿Por qué razón iba a destruir mi carrera con esto?
Se dio cuenta de que estaba empezando a rogar, pero no podía controlarse. Afortunadamente, no era algo con lo que había que lidiar todos los días.
—Aunque todas las evidencias apuntan a ti, no creo que lo hicieras.
El estado en el que te encuentras habla a tu favor.
Pero yo no soy abogada, ni tu jefa, solo soy una empleada de recursos humanos.
No puedo hacer nada por ti. Está claro que se están intentando minimizar los daños y reducir al máximo las consecuencias, pero necesitan una cabeza de turco.
Y como todo salió de tu cuenta, te ha tocado a ti.
Deirdre sintió cómo las lágrimas pugnaban por salir. Firmó todos los documentos tras leerlos por encima.
—Por favor, mantén tus ojos y oídos abiertos.
Yo… no he hecho nada, ni siquiera me he conectado en todo el fin de semana.
La última vez que respondí un mensaje de trabajo fue el viernes y no volví a prestar atención al teléfono porque estaba visitando a una amiga en Escocia y quería pasar tiempo con ella.
¿Cuándo dices que pasó todo exactamente?
Los ojos de Margret se ensancharon y juntó las manos sobre el ordenador.
—Lo siento, pero no puedo darte más información. Los abogados se pondrán en contacto contigo. Te recomiendo que busques asesoramiento legal. —Hizo una pausa—. Solo por curiosidad, ¿alguien conoce tu contraseña?
El hecho de que Margret preguntara aquello la hacía pensar que la creía. Pero tampoco valía para nada si no podía probarlo. Su situación era desesperada.
—¡Maldita sea!
—¿Deirdre?
—Sé que no está permitido, pero Lucy y yo trabajamos juntas y me ha ayudado de vez en cuando.
Tengo acceso a su cuenta, y ella dice que estamos en el mismo equipo.
Pero no puedo descartar que otros compañeros también tengan acceso.
No sé con quién más intercambia contraseñas Lucy.
—De inmediato pensó en Zane. Él era el único al que creía capaz de querer vengarse de ella.
Pero ¿recurriría a algo así? Por otro lado, había muchos compañeros en la oficina a quienes apenas conocía.
En el fondo, podría haber sido cualquiera.
También existía la posibilidad de que alguien externo hubiera hackeado su cuenta, alguien sin relación con ella o la empresa.
Tal vez alguien que quisiera perjudicar a los clientes.
Margret exhaló suavemente.
—No suena nada bien.
Deirdre lo sabía. Apenas podía respirar, sentía como si un elefante le estuviera aplastando el pecho.
—Ni siquiera sé exactamente qué está pasando. Yo no estaba allí —repitió, tratando de controlar su voz después de darse cuenta de lo alto que había sonado—. Lo siento. Estoy tan… conmocionada.
—¿Tienes problemas con alguien? No te conozco muy bien, pero, de algún modo, no creo que hayas hecho algo así. ¿Por qué lo harías? Pero todo apunta en tu contra. Lo siento, Deirdre. Tengo las manos atadas.
Estupendo. Margret no terminaba de creerla. Deirdre se revolvió el pelo con frustración.
—Entiendo. Supongo que está todo dicho.
Se levantó y cogió su móvil.
—Tienes que dejar todos los dispositivos aquí. Lo siento.
Deirdre negó con la cabeza.
—Es mi teléfono privado. No pueden quitármelo. Esta empresa ni siquiera podía darme un móvil de empresa. Por primera vez, me alegro de ello.
La mirada de Margret se suavizó.
—De acuerdo. No puedo prometerte nada, pero mantendré los ojos y los oídos abiertos. ¿Puedo ponerme en contacto contigo si me entero de algo?
La pregunta sorprendió a Deirdre. ¿No acababa de decir que no podía hacer nada por ella?
—¡Claro! —Deirdre escribió su número en un post-it amarillo que entregó Margret.
—No puedo imaginar qué razón tendría alguien para hacer algo así.
—Yo tampoco lo sé. Quizá Greenpeace ha pirateado nuestras cuentas.
O alguien de la competencia que quiere cerrar nuestra empresa.
¡No puede ser por mí! —Era lo único que se le ocurría a Deirdre, pero sin duda era posible.
La pregunta era: ¿quién tendría interés en sabotear esa campaña?
Ella no tenía enemigos, así que no podía ser algo personal.
¿O sí? Hacía una hora habría puesto la mano en el fuego por ello, pero ahora ya no estaba tan segura. La cabeza le daba vueltas.
Margret asintió.
—Muy bien. Me temo que tendré que pedirte que abandones las oficinas y el edificio.
—¿Y mi sueldo, mis días de vacaciones? —Para Deirdre, la liquidación era una cuestión de supervivencia.
Aunque se había matado a trabajar, sus ingresos no eran especialmente altos.
Vivir en Londres era caro y nunca le sobraba nada a fin de mes.
Si el dinero no llegaba, ya podía hacer las maletas.
Ni siquiera sabía cómo iba a pagar a un abogado medianamente competente.
—Aunque Mike dijo que fuiste despedida sin previo aviso, las cosas son diferentes según la ley laboral. Eso es lo que acabas de firmar.
—Lo siento, no debí leerlo bien.
Margret asintió con simpatía.
—Te pagarán el dinero correspondiente a los días de vacaciones que te quedan.
Son setenta y tres, por cierto, que es más de lo que mencionaste.
Además, después de cuatro años en la empresa, tu plazo de preaviso es de tres meses.
Seguirás cobrando tu sueldo durante ese periodo porque no se ha demostrado que seas culpable.
Sin embargo, si pierdes el juicio, podrían presentar demandas contra ti.
Pero eso es otra cuestión y no afecta tu salario.
—Si pierdo, estoy acabada. —Deirdre sabía que era humor negro, pero no pudo evitar sonreír irónicamente.
Margret asintió.
—La cosa no pintan bien. Lo siento mucho.
—Oh, Dios, realmente espero que esto se aclare.
—Como dije, no puedo prometerte nada, pero, a diferencia de muchos otros aquí, siempre me has tratado de forma amable y como a una igual.
Solo por eso, intentaré averiguar algo para que puedas estar más tranquila.
Aún no sé cómo, pero creo que tengo una idea.
—Sonrió—. Puede que a veces parezca un poco cascarrabias, pero ser una empollona tiene sus ventajas.
Deirdre no lo habría dicho tan directamente, pero le sorprendía que Margret fuera tan autorreflexiva. Era más lista de lo que había supuesto a simple vista. Aunque era consciente de que Margret no podría hacer mucho por ella, prefirió aferrarse a ese clavo ardiendo, al menos por el momento.
—Gracias —dijo Deirdre con voz débil, estrechando torpemente la mano de Margret porque no sabía qué más hacer.
Poco después, Deirdre abandonó el edificio con la mochila extrañamente vacía sin el portátil.
—Qué fastidio —murmuró, mientras cogía el metro para volver a casa. De camino, compró un paquete familiar de helado y una botella de vino. Necesitaba tiempo para digerir el golpe.