Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 6
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Capítulo 6

A mediados de semana, el humor de Deirdre no mejoraba.

Al contrario, después de una consulta en línea con un abogado laboralista estaba más deprimida que antes.

Mordisqueaba desganada una zanahoria mientras miraba fijamente la pantalla negra de su teléfono móvil.

Se suponía que tenía que estar rodando un anuncio en unos viñedos franceses y, después, viajar a Antigua.

No iba a estar en casa ni un solo día durante el mes siguiente, lo que le recordó que tenía un problema completamente distinto y más grande, había alquilado su piso desde el viernes y durante tres semanas.

No podía cancelarlo, necesitaba el dinero.

—Mierda —murmuró.

No podía ir a ver a sus padres. Se darían cuenta enseguida de que algo iba mal.

Lo mismo pasaría con Michelle, lo notaría al instante.

Deirdre no se sentía capaz de hablar de lo que le había pasado.

Era demasiado absurdo. Ni siquiera podía reunir pruebas a su favor. No, primero tenía que resolverlo.

Lógicamente, todas sus cuentas de la empresa habían sido bloqueadas y no podía acceder a ninguna de las cuentas que había estado gestionado anteriormente.

No es que tuviera intención de sacar algo de trabajo —que de un momento a otro había dejado de ser su responsabilidad—, pero quería ver qué había pasado. Ahora era imposible.

No podía imaginarse que Lucy la hubiera traicionado de esa manera tan despiadada.

Tal vez fue Zane, él sí podría ser capaz de algo así.

¿O había sido hackeada desde el exterior?

No encontraba respuestas a esas preguntas.

Tampoco había salido mucho más en las noticias, ningún titular escandaloso salvo penas tres o cuatro artículos pequeños que habían recogido la historia.

Para el resto del mundo, no era más que otro escándalo entre muchos, no lo suficientemente importante como para ridiculizar el fracaso de la campaña de imagen.

Por desgracia, alegrarse de ello no le servía de nada.

—¿Qué he hecho yo para merecer esto? —se quejó mientras daba otro mordisco a la zanahoria.

Pensó en su compañera. Seguramente había querido advertirle algo cuando entró en la oficina.

La buena de Lucy. Siempre había agradecido que Deirdre asumiera las fuera de la oficina y los viajes.

¿O quizás eso había llevado a Lucy a traicionarla?

¿Tendría envidia de su posición? No, eso no tenía sentido.

Lucy no parecía ser una mujer interesada en gestionar campañas de esa magnitud ni en lidiar con el estrés asociado a ellas in situ .

Al contrario, siempre había estado contenta con su parte del trabajo porque prefería la paz y la tranquilidad.

Deirdre, en cambio, se desenvolvía de maravilla en el ajetreo de los rodajes.

Tenía un don especial para ello y se le daba muy bien tratar con la gente.

Su punto fuerte era pensar con claridad, incluso en situaciones extremadamente estresantes, y encontrar soluciones originales.

Sin embargo, en cuanto a su propia vida, las cosas eran diferentes.

En ese momento, se sentía perdida, como si alguien la hubiera dejado desnuda en medio de una calle llena de gente. Estaba bloqueada, no sabía qué hacer.

Era tan injusto. ¿Había acumulado mal karma en algún momento?

¿Quién podría desearle algo malo? ¿Zane, el imbécil?

¿O alguien de la oficina que, sin que ella lo notara, envidiaba su éxito?

Tal vez. No se puede conocer bien a nadie.

De repente, dudaba de cada uno de sus colegas.

Lucy, por ejemplo, siempre había sido un poco reservada.

¿Pero maliciosa y mezquina? No, eso era una tontería.

¿Y Zane? Sí, él era imbécil, eso estaba claro.

Deirdre no pudo continuar con sus cavilaciones porque el teléfono sonó, reclamando su atención.

En la pantalla apareció un número desconocido.

Su corazón empezó a retumbar tan fuerte contra sus costillas que se sintió mareada.

¿Quién podía ser? Tenía miedo de contestar, pero sus ganas de averiguarlo eran aún mayores.

—¿Hola? —Su voz sonó débil e insegura.

—¿Deirdre? ¿Eres tú? Soy Ellie, de Kiltarff.

¿Ellie? Ni siquiera había pensado en ella. Deirdre soltó un suspiro de alivio antes de responder.

—Hola, Ellie. Me alegra oír tu voz.

—¿Estás bien? ¿Interrumpo algo?

—No —respondió Deirdre.

La respuesta servía para ambas preguntas, pero prefirió guardarse la explicación.

Seguía desorientada, perdida, incapaz de contarle a nadie el desastre en que se había convertido su vida, y mucho menos quería empezar con Ellie.

Era demasiado vergonzoso. Demasiado evidente.

Demasiado devastador. Ni siquiera era capaz de encontrar las palabras para expresar lo que este escándalo significaba para ella, aunque lo intentara.

—Michelle me dio tu número y me dijo que podría pedirte consejo. Pero no quiero entrometerme ni molestarte. Sé que estás muy ocupada.

¡Ellie no tenía ni idea! No tenía absolutamente nada que hacer. Se se levantó del sofá y percibió el pijama manchado que llevaba puesto desde hacía tres días. Unas migas cayeron al suelo. Se había dejado llevar por la autocompasión. Por suerte, Ellie no había usado una videollamada.

—No te preocupes, Ellie, siempre tengo tiempo para los amigos de Michelle. ¿Qué necesitas? —dijo, consiguiendo que su voz sonara medio normal. Solo alguien que la conociera muy bien habría notado que algo iba mal.

Ellie soltó un profundo suspiro, uno que decía más de lo que podían expresar las palabras. Parecía realmente estresada. Deirdre volvió en sí de repente, olvidando por un momento su propio desastre y concentrándose en Ellie, quien comenzó a explicarle su situación.

—Hay problemas por todas partes. Tengo que admitir que pensábamos que todo sería más fácil.

Organizamos una ceremonia de inauguración por todo lo alto, a la que asistió muchísima gente.

Pero solo una pequeña parte de los invitados reservó después.

No sé en qué estábamos pensando; supongo que creímos que todo saldría bien, que con la fiesta estaría todo hecho.

Probablemente fuimos unos ingenuos. Me preguntaba si podrías darme algunos consejos.

—¿En qué sentido? ¿Necesitas una campaña para el hotel? ¿O estás más interesada en la organización de bodas?

Aunque hacía apenas cinco minutos estaba destrozada, Deirdre se dio cuenta de que agradecía tener algo que la sacara de su bucle de autocompasión. Sin duda, era mejor ocuparse de los problemas de los demás que de los suyos propios.

—Ambas cosas —admitió Ellie con franqueza—.

No tenemos ni idea de marketing . Ni siquiera sé por dónde empezar.

Mi prometido, Kenneth, aprendió a tratar con los medios de comunicación gracias a su carrera profesional en el polo, y en su momento gestionaba sus redes sociales.

Pero nos está costando trasladar esa experiencia al proyecto del hotel.

—Crear una cuenta personal interesante es algo completamente distinto a construir la marca de un hotel. Eso está claro.

—Exactamente. Estamos desbordados. Y, para ser sincera, ahora mismo no podemos permitirnos invertir mucho dinero en contratar una agencia grande. Sé que suena mal, porque tampoco queremos aprovecharnos de ti...

—Te entiendo. Tranquila, no te ayudaría por el dinero. —Si no ganaba el caso contra su empresa, estaría en bancarrota de todas formas. Por ahora, lo que más preocupaba a Deirdre era mantenerse ocupada para no perder la cabeza.

—Cuando la situación mejore, por supuesto que te pagaremos lo que corresponda —prometió Ellie.

—Podemos resolver eso más adelante. Como te dije, no es cuestión de dinero. Me encantaría ayudarte. El castillo de Kiltarff es maravilloso; lo que habéis hecho con él es único. ¿Tienes alguna idea de lo que necesitas que organice, o prefieres que haga sugerencias desde cero?

—¡Dios mío! —Ellie dejó escapar un resoplido que sonaba a alivio y emoción—. ¿De verdad harías eso? Perdona, estoy llorando de alegría ahora mismo. ¡Eres nuestra salvadora! Había pensado en posponer la boda, pero no quiero hacerlo. Amo a Kenneth, y es importante para nosotros no esperar más.

—No pasa nada, Ellie, lo resolveremos —la tranquilizó Deirdre, dándose cuenta de lo bien que se sentía en su elemento—. ¿Qué tal si voy a Kiltarff este fin de semana y discutimos todo juntas? Estoy segura de que puedo encontrar ideas que funcionen con un presupuesto ajustado.

—No sabes el bien que me hacen tus palabras, Deirdre. Estaré encantada, y Kenneth también. Puedes quedarte en la suite , así al menos sacarás algo de tu visita.

—Aunque suena tentador pasar una noche o dos en la suite , no es necesario. Estaré encantada de ayudaros.

No podía decirle a Ellie cuánto agradecía realmente la distracción.

—Insisto. Es lo menos que puedo hacer. Además, deberías experimentar tú misma lo que ofrece nuestro hotel, ¿te parece?

Después de los días que había pasado, Deirdre no tenía fuerzas para discutir sobre su alojamiento.

Si fuera necesario, incluso dormiría en un lecho de paja.

Lo importante era escapar del carrusel de pensamientos que la atormentaba y de los opresivos confines de sus cuatro paredes en Londres.

Además, así tampoco tendría que cancelar el alquiler, al menos por ahora.

* * *

Stuart se sentía inquieto en la zona de llegadas del aeropuerto de Inverness.

¿Por qué había dejado que Michelle lo convenciera para recoger a Deirdre?

Ella le había explicado por teléfono que había tenido una urgencia en la consulta y no podía ir a recibirla, y él, sin pensarlo demasiado, se había puesto en marcha.

Ahora, mientras esperaba, se preguntaba si habría sido demasiado impulsivo.

Deirdre podría llevarse una impresión equivocada al verlo. O quizá la correcta.

«Mierda».