Capítulo 5 #2
Cuando pasó junto a Zane, ignoró deliberadamente su mirada penetrante.
Deirdre sabía bien cuál era su problema: lo había rechazado en un intento de ligue durante una fiesta del trabajo, y desde entonces no le dirigía la palabra.
Le resultaban agotadores los hombres que llevaban su orgullo herido como si fuera un cartel luminoso durante semanas, así que prefería ignorarlo.
Al llegar a su pequeño escritorio, Lucy se giró en su silla para mirarla.
Sus espacios de trabajo estaban espalda contra espalda.
Lucy tenía el rostro redondo, las mejillas regordetas y unos ojos marrones pequeños y un poco estrechos.
Solía vestir ropa oscura, probablemente para disimular unos kilos de más.
Deirdre no la consideraba gorda en absoluto, pero era evidente que ella tenía problemas de autoestima.
Podía entenderlo, a ella misma le costó años superar sus propios complejos.
Durante su adolescencia, Deirdre había sido objeto de burlas por el hueco entre sus dientes delanteros, tanto que tuvo que cambiar de escuela.
Ese pequeño defecto, como lo llamaban otros, fue una fuente constante de inseguridad.
Tras graduarse, dejó su pueblo natal para trasladarse a la ciudad y estudiar Diseño de Medios y Ciencias de la Comunicación.
Con el tiempo, aprendió a ver ese espacio entre sus dientes como algo especial: su marca personal, lo que la hacía única.
Pero no fue un proceso fácil, de alguna manera le hizo desarrollar una especie de caparazón protector manifestado en su atención meticulosa a la moda y al maquillaje.
Deirdre no salía de casa sin estar vestida y arreglada para la ocasión.
Nunca en su vida la pillarían sacando la basura en pantalones de chándal.
No sabía de dónde provenían las inseguridades de Lucy. A menudo era un misterio para ella, a pesar de trabajar juntas. Aunque no eran las mejores amigas, habían encontrado una dinámica laboral que funcionaba.
—Hola, Deirdre. —Lucy frunció el ceño, tenía una expresión preocupada. Eso no era normal, generalmente daba la impresión de que veía a todos los demás como una amenaza o una molestia que debía mantener alejada.
—¿Pasa algo? —preguntó Deirdre mientras preparaba su ordenador y lo conectaba a la pantalla.
Lucy abrió los ojos de par en par y se inclinó hacia adelante, claramente a punto de decir algo, cuando el jefe salió disparado de su despacho y se dirigió dando zapatazos hacia Deirdre. No había otra forma de describir su manera de andar.
A Deirdre se le revolvió el estómago. Su jefe no solía ser tan dinámico.
Mike Miller, un hombre alto, delgado y de mediana edad, vestía ropa de diseñadores caros en combinaciones de colores alocadas.
Últimamente se había rapado el pelo, dejando atrás su melena fina, y ahora lucía unas gruesas gafas negras que, según él, eran modernas, pero que para Deirdre resultaban demasiado extravagantes.
Se llevaban bien, en general, porque Deirdre era una empleada de confianza que parecía no conocer el fin de la jornada laboral ni de los fines de semana.
El viaje a Escocia había sido una excepción.
Pero Mike no podía enfadarse por eso. Además, había acumulado alrededor de sesenta días de vacaciones en los últimos cuatro años, días que simplemente no había podido coger por estar demasiado ocupada con proyectos.
Deirdre amaba su trabajo —a veces demasiado— y, como quería seguir creciendo en su carrera, siempre intentaba cumplir.
—Deirdre, ven a mi despacho, por favor —gruñó Mike sin siquiera darle los buenos días. Giró sobre sus talones y se marchó rápidamente.
Arrugó el ceño, perpleja.
—¿Qué bicho le ha picado?
Lucy estaba sentada con la cabeza gacha y los ojos muy abiertos. Tomó aire como si quisiera decir algo, pero el mensaje de Mike había sido claro. Deirdre dejó el portátil y se dirigió a su despacho.
El corazón le latía con fuerza y sentía las piernas como de goma. Aunque no sabía de qué se trataba, después de la actuación de Mike estaba segura de que no serían elogios.
Cerró la puerta tras de sí, aunque no servió para hacer desaparecer la sensación de estar siendo observada. La desventaja de trabajar en una oficina abierta con un jefe literalmente sentado en una «casa de cristal» era obvia: todo estaba a la vista.
Mike estaba sentado tras su escritorio de diseño, sacando y metiendo la punta de un bolígrafo sin parar, clic, clic, clic, ¿parecía furioso?
Deirdre esperó a que la invitara a sentarse, pero como no dijo nada permaneció de pie.
Se sentía estúpida, pero intentó ocultarlo.
No obstante, no pudo evitar que las manos empezaran a sudar por los nervios.
Las cruzó delante porque no sabía qué hacer con ellas.
Cuando el silencio se volvió insoportable, preguntó:
—¿Qué puedo hacer por ti, Mike?
Mike lanzó el bolígrafo sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. Su postura era agresiva.
—¿Cómo puedes fingir que todo va bien?
Deirdre dio un paso atrás. No tenía ni idea de qué estaba hablando. Por un instante, se preguntó si estaría sufriendo un ataque de nervios.
—¿Qué quieres decir? —balbuceó.
—Primero divulgas documentos confidenciales, publicas grabaciones íntimas de nuestros clientes y luego te escondes durante el fin de semana.
¿Intentas sabotearnos deliberadamente? ¿Has empezado a trabajar para la competencia?
¡No solo has perdido el encargo más importante, sino que también has dañado nuestra reputación y nos han anulado varios contratos más!
¿Y tú te quedas aquí fingiendo que todo está bien?
Mike gritaba tanto al terminar de hablar, que las paredes parecieron temblar.
Aunque no era dura de oído, a Deirdre le costaba seguir lo que él decía.
—¿De qué está hablando? Eso no puede ser —respondió, incrédula.
Mike se levantó de un salto, haciendo girar su silla varias veces. Su mirada era hostil, casi feroz.
—Habrá consecuencias. Estás despedida. Recoge tus cosas y lárgate. Nuestros abogados se pondrán en contacto contigo. Prepárate para una demanda por daños y perjuicios. ¡Y ahora lárgate! ¡Fuera de mi vista!
—¿Pero qué ha pasado? Por favor, Mike, hablemos de ello. No he hecho nada de lo que dices. Este fin de semana he estado en Escocia y…
—¡Cállate! —la interrumpió—. Lo tenías todo organizado. Deja de mentir.
Deirdre comprendió que no podía seguir hablando con Mike.
No podía pensar con claridad y sentía la mirada del resto del personal en su espalda.
Debía tratarse de un malentendido que se aclararía en seguida.
Ella no había cometido ningún error, por lo que no debía pedir disculpas.
Seguiría adelante, aunque fuera difícil y nunca la hubieran tratado así.
Un golpe en la puerta de cristal la sobresaltó.
Margret, una compañera del departamento de recursos humanos entró.
Era como un ratón gris tras unas gruesas gafas, con hombros estrechos y una mirada en permanente alerta.
Quizás si no fuera a la oficina con ese estilo de abuela con la típica blusa blanca, daría otra impresión.
Aunque no la conocía bien, la había ayudado en alguna ocasión, pero eso no la salvaría de tener que aceptar el despido.
—Hola, Deirdre.
El pesar de lo que estaba pasando estaba escrito en su cara.
Deirdre no pudo evitarlo y saludó a Margret con una pequeña sonrisa.
Se sorprendió de ser capaz de hacerlo. No tenía sentido, debía ser el shock .
Era la primera vez que le pasaba… debía estar soñando y se despertaría en un momento.
Pensó en pellizcarse, pero ya se sentía suficientemente humillada.
—¡Fuera! —volvió a gritar Mike, y Deirdre pestañeó.
Margret pareció hacerse más pequeña de lo que ya era, o al menos tuvo esa sensación.
—Vayamos a mi oficina —sugirió Margret girándose hacia Deirdre.
La siguió sin cuestionarlo, asegurándose de mantener la cabeza y la barbilla altas. Todo el espectáculo debía ser un error que pronto se aclararía. No pensaba irse con el rabo entre las piernas, eso significaría admitir que era culpable, de hecho, no sabía aún qué había hecho mal exactamente.
—Por favor, recoge tu ordenador y tu tarjeta de acceso —pidió Margret antes de irse hacia su pasillo.
Deirdre asintió. No podía hablar, tenía la garganta seca.
A menudo había visto escenas similares en películas, pero nunca pensó que podría pasarle a ella.
Quizás se trataba de una broma pesada. Pero su esperanza desapareció cuando entró en la oficina de Margret y vio una pequeña mesa donde había una carta de renuncia y otros papeles que se suponía que debía firmar. Incluso había un bolígrafo preparado.
—Por favor, siéntate —pidió Margret—. ¿Puedo ofrecerte un vaso de agua?
—Gracias, pero no quiero nada. —Deirdre se sentó en una de las sillas.
Margret se sentó frente a ella, en el borde de la silla.
—Deirdre, lamento mucho esto —comenzó—, pero tengo que pedirte que leas los documentos que hay frente a ti con calma. Cuanto termines, necesito que me entregues tu ordenador y la tarjeta de acceso.
Cogió la primera hoja, pero no pudo concentrarse. Veía todo borroso. Levantó la vista.
—¿Sabes qué ha pasado exactamente? No tengo nada que ver con esto, de verdad, me cogí este fin de semana libre.
Margret la miró y asintió.
—No puedo decirte mucho. Lo están investigando.
Pero si me preguntas, tiene mala pinta. El viernes, a última hora, varios documentos que no deberían hacerse públicos se filtraron.
Como puedes imaginar, cualquier cosa relacionada con el medio ambiente corre como la espuma…
Nuestro cliente, bueno, excliente, se ha arruinado y ha salpicado a nuestra reputación.
Por abreviar… Y por si fuera poco, se han publicado fotos que muestran a los directores de dicha compañía pasándolo bien con… prostitutas.