Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—¿Dónde está tu novio? —quiso saber Deirdre. Había asumido que Wallace se uniría a ellas para desayunar.

—Todavía está dormido.

—¿De verdad? —Deirdre frunció el ceño y miró a su alrededor.

El piso no era grande, ni elegante ni moderno, pero resultaba acogedor.

La pared estaba cubierta por dibujos hechos por Wallace, se notaba su estilo particular, idiosincrásico e inconfundible.

No le sorprendía que sus dibujos estuvieran tan solicitados.

A simple vista nadie creería que aquel hombre tan grande pudiera crear ese tipo de arte.

—La salida de ayer les llevó mucho tiempo —terminó de explicar Michelle.

—¿Estuvo allí? —Deirdre quería saberlo, pero no debería haberse mostrado sorprendida... no le dio tiempo a reaccionar.

—A juzgar por la expresión de tu cara, no te dio tiempo a llegar al orgasmo antes de que Stuart se fuera, ¿verdad?

Deirdre estuvo tentada de tirar un huevo duro a la cabeza a su amiga. Debía haber supuesto que Michelle se dio cuenta de que había salido del pub con Stuart, pero aun así, no quería hablar de la noche anterior. Todavía no podía creer que se hubiera ido en cuanto sonó la llamada.

—¡Vale ya! —Y para enfatizar su mal humor, soltó un bufido indignado, que Michelle replicó con carcajada que intentó tapar con la mano.

—Lo siento, pero si estuvieras viendo lo mismo que yo, también te parecería gracioso.

—Me encanta que te rías de mis desgracias… ya podrías compadecerte un poco de mí. Por cierto, ¿qué pasó por fin con el accidente?

—Por suerte no hubo daños graves que lamentar.

Milagrosamente, la mujer solo sufrió algunos arañazos, pero el coche acabó para chatarra y tuvieron faena durante bastante tiempo.

Wallace me contó todo al llegar a casa, al amanecer.

Lo de esta noche le ha pasado factura, así que me alegro de que haya podido desahogarse conmigo y ahora esté dormido.

Deirdre sabía exactamente a qué se refería Michelle. Su amiga le había contado que Wallace había perdido a su pareja en un accidente similar hacía muchos años. Había pasado muchos años de duelo y solo fue capaz de enfrentarse a sus emociones cuando conoció a Michelle.

—Siento haber sido tan egoísta y haber pensado solo en mí —dijo Deirdre, apretando la mano de Michelle con un gesto de disculpa sincera.

—Puedo entenderte, de verdad. Desde tu perspectiva, puede ser frustrante.

Pero así funcionan las cosas aquí. Si estás de guardia, acudes cuando te llaman.

Es algo bueno y muy importante para la comunidad.

Y además, parte de los ingresos de Stuart vienen de ahí.

Tú sabes qué es eso. Seguro que más de una vez has hecho algo relacionado con tu trabajo durante una cita.

Deirdre quiso protestar, pero no encontró argumentos. En su lugar, murmuró algo ininteligible. Michelle tenía razón, pero eso no cambiaba el hecho de que estaba decepcionada por no haberse acostado con Stuart.

—Sí, bueno, alguna vez —confirmó sin entusiasmo y dio un sorbo a su café ya tibio.

—Míralo desde otra perspectiva, bastará con volver pronto a Escocia para compensarlo. Aunque, para ser sincera, aún no estoy segura de que sea buena idea acostarte con él.

—¿Por qué no? —preguntó Deirdre, levantando una ceja—. Si dos personas están de acuerdo en qué quieren y en qué no, no tiene por qué haber arrepentimientos ni falsas esperanzas.

Michelle la miró con escepticismo.

—¿Y si esas dos personas solo se están engañando? Stuart es un gran tipo. Merece un amor de verdad. Igual que tú.

Deirdre levantó las manos en un gesto defensivo.

—Para, no me líes. No intentes casarme solo porque tú hayas encontrado a tu príncipe azul. Además, me da la impresión de que Stuart no es de los que van en serio. Es un mujeriego y un poco fantasma. Si intentas atarlo, se deshace de las cuerdas en lo que dura un pestañeo.

Michelle sonrió levemente.

—Sí, da esa primera impresión.

—Y yo no quiero una segunda impresión, Michelle.

Así que, por favor, déjalo. Incluso si, hipotéticamente, hubiera algo más que solo deseo entre nosotros, el hecho de que mi vida no transcurra en Escocia sería un obstáculo.

No podría vivir. —Miró la hora en su teléfono—.

De hecho, el tiempo se me está acabando. Mi avión sale en seis horas.

Michelle suspiró.

—¡Qué lástima! ¿Volverás pronto a visitarme?

—No puedo prometerte eso, cariño. Tengo tanto que hacer que no sé ni por dónde empezar.

—Lo sé. Pero ya te echo de menos.

—Yo también. —Deirdre abrazó a Michelle, deseando que la distancia entre Londres y Kiltarff fuera más corta.

Después de desayunar, salieron a pasear por las orillas del lago Ness.

Una familia de patos cruzó el agua cerca de ellas, nadando con tranquilidad, mientras las nubes formaban espectaculares figuras en el cielo.

Deirdre tuvo que admitir que estaba impresionada por la belleza del paisaje.

La majestuosidad de la naturaleza la calmó, incluso cuando sabía que ya tenía casi un pie en el aeropuerto.

Se oía a unas palomas arrullar desde un roble, y vieron una ardilla bajar del árbol y corretar por el suelo antes de trepar de nuevo al tronco.

—¿Has visto? Qué mona —exclamó Deirdre con una sonrisa.

—Sí, son adorables, ¿verdad? Por cierto, le di tu número a Ellie, ¿te parece bien?

—Por supuesto, solo espero que se ponga en contacto conmigo. Seguro que puedo darle algunos consejos para el hotel. Ese castillo es muy especial.

—Se lo recordaré. Venga, vamos a por mi coche y te llevo a Inverness.

—No quiero irme —admitió Deirdre, suspirando—. El fin de semana contigo se me ha hecho demasiado corto.

Michelle bajó la mirada al suelo.

—Lo sé.

Caminaron juntas por el pueblo envueltas en un silencio cómodo. Volvió a perder la noción del tiempo y del espacio, porque fue al llegar al taller de Stuart cuando Deirdre se dio cuenta de dónde estaban. Una parte de ella esperaba volver a verlo. La otra prefería que no apareciera.

Después de la noche anterior, se sentía incómoda de una manera que no lograba identificar.

Estaba claro que Stuart no se había marchado porque no estuviera interesado en ella, sino porque el deber lo había llamado.

Pero la insatisfacción por la parada brusca de sus besos salvajes aún no había desaparecido.

Deirdre siguió a Michelle, mientras su corazón empezaba a latir con fuerza.

—Me mandó un mensaje diciendo que me dejó la llave en algún sitio —anunció Michelle, mientras buscaba con la mirada—. Creo que dijo que estaba en uno de los neumáticos traseros.

Deirdre se sorprendió al sentir decepción porque Stuart no iba a aparecer, parecía que poco le importaba si volvía a verla o no. Por lo general era algo que a ella no la afectaba, pero por alguna razón con él era diferente, y aún no podía explicar por qué.

—Vaya, ¿qué pasa? ¿Por ser domingo no puede venir a darte las llaves personalmente? —refunfuñó, consciente de lo ofendida que sonaba.

Deirdre nunca había sido capaz de ocultar nada a su amiga, pero tampoco quería seguir hablando de ello. Ya lo habían discutido largo y tendido durante el desayuno. Michelle la miró fijamente, con una mezcla de curiosidad y paciencia.

—¿Te das cuenta de que Stuart es el último que termina en una emergencia como la de anoche? No se puede llevar el coche hasta que todo lo demás esté hecho: primero, estabilizar al ocupante, luego la policía hace el informe y así sucesivamente.

Deirdre bajó la mirada, sintiéndose culpable, se estaba comportando como una niña a la que le han quitado la piruleta.

Si de verdad Stuart era la última persona en intervenir en una operación de rescate como esa, ¿por qué había desaparecido tan rápido?

Tal vez, después de todo, solo quería marcharse.

Un sentimiento de humillación burbujeó en su interior, recordándole lo mucho que odiaba sentirse rechazada.

«Basta», se dijo a sí misma con firmeza. No solía dar vueltas a los acontecimientos pasados, pero algo había con Stuart que la hacía replantearse todo. O tal vez sí sabía exactamente por qué: odiaba ser abandonada, odiaba no sentirse necesaria.

Aunque entendía racionalmente que la emergencia no tenía nada que ver con ella, su corazón no seguía la misma lógica. El pecho le ardía con una mezcla de decepción y rabia. Rabia consigo misma por preocuparse tanto, y rabia con Stuart por no explicarle mejor lo que pasaba.

Decidió canalizar sus emociones a través de la acción, cruzando el patio con paso firme.

Su curiosidad natural se impuso y comenzó a mirar a su alrededor.

A un lado, unos coches antiguos aparcados, cubiertos con lonas, parecían estar esperando a que alguien los devolviera a la vida.

Aunque no era una gran aficionada a los coches, la imagen le recordó a Ellie y al castillo.

Los coches clásicos eran populares en las bodas. Tal vez podría darles uso. ¿Una colaboración con el hotel, quizás? Pero, ¿quién era el dueño de los vehículos?

«No es asunto tuyo», dijo una vocecita en su cabeza, aunque su mente ya barajaba posibilidades.

—¿Deirdre, vienes? —la llamó Michelle desde la entrada, sacándola de sus pensamientos.

—Claro, ya estoy aquí —respondió rápidamente.

—¿Has encontrado algo interesante? —preguntó Michelle con una extraña sonrisa, una que Deirdre no supo interpretar del todo.

—En realidad, no —mintió, sin ganas de hablar de Stuart ni de los coches.

Lo que realmente quería era irse. Volver a Londres, a la ciudad vibrante y llena de proyectos emocionantes que la esperaban. Allí podría olvidarse de su decepción sumergiéndose en el trabajo.