Capítulo 4
E l aroma de Stuart envolvía a Deirdre y le dificultaba pensar con claridad.
Estaba de pie frente a ella, con una mano apoyada en la pared junto a su cabeza.
Sus miradas se cruzaron, y las chispas casi se hicieron visibles.
La tensión entre ellos era palpable. Sin embargo, algo la detenía.
Quería besarlo, pero no allí, no delante de todo el pueblo.
—¿Hay alguna norma sobre cúando irse de una velada como esta sin parecer maleducado? —preguntó Deirdre, mirándolo con los ojos entrecerrados.
Stuart sonrió y consultó su reloj de pulsera.
—Tienes suerte. La hora de irse es ahora.
Ella le devolvió la sonrisa, mientras sentía cómo su corazón se aceleraba.
—Suerte, ¿para ti o a mí?
La frase era una estupidez, pero no se le ocurrió nada mejor en ese momento. Por fortuna, Stuart no pareció incomodarse.
—Tú decides —respondió mientras entrelazaba sus dedos con los de ella.
En vez de salir por la entrada principal, Stuart la condujo por un pasillo que pasaba junto a la cocina y conducía al patio trasero a través de una estrecha puerta.
El aire nocturno era fresco y agradable. Un búho ululaba a lo lejos, y el cielo, despejado y salpicado de estrellas, parecía calmo y eterno. Deirdre tembló ligeramente. No había traído chaqueta y le sorprendió lo rápido que podía bajar la temperatura en Escocia, aun siendo verano.
Stuart percibió su incomodidad y pasó un brazo por sus hombros.
—Te ofrecería mi ropa, pero no sé si coincide con tus gustos.
—Estoy bien —respondió ella con un tono que reveló una inesperada timidez.
Stuart notó su vacilación, se detuvo frente a ella y la miró con una mezcla de asombro y anhelo que hizo que se le secara la garganta.
Cuando levantó la vista hacia él, se perdió en sus ojos. Había algo prometedor en ellos, algo que la desarmaba. Stuart llevó una mano hacia su nuca, y el roce envió un escalofrío por toda su columna.
—Te deseo —susurró, su voz cargada de sensualidad.
Deirdre, a pesar de los altos tacones, había tenido que alzar la cabeza para sostener su mirada. Sus palabras enviaron impulsos eléctricos a cada rincón de su cuerpo. Podía sentir un calor que emanaba de él y que intensificaba el deseo de apoyarse contra su pecho. Pero no se movió.
Ella estaba acostumbrada a coger lo que quería y cuando quería, pero también sabía jugar.
Ofreció sus labios, dejándole claro que el próximo movimiento debía ser suyo.
Todo lo que Stuart tenía que hacer era inclinarse y besarla.
Quería que la tocara, lo deseaba tanto que dolía.
Estaba segura de que sería un amante increíble, alguien que sabría exactamente cómo llevarla al límite, y no podía esperar.
Pero Stuart, para su sorpresa, dio un paso atrás y volvió a pasar el brazo por sus hombros con cuidado, casi con ternura.
—Me temo que este no es un lugar adecuado —dijo por fin, con una voz más áspera de lo habitual, como si contenerse le hubiera costado un gran esfuerzo.
Deirdre sintió una punzada de decepción, aunque la tensión entre ellos no había descendido ni un ápice.
Agarrados, cual pareja de ancianos en lugar de dos casi desconocidos, caminaron en silencio por el puente del canal de Caledonia.
Al llegar frente a la casa de Michelle fue cuando Deirdre se dio cuenta de que se habían dirigido a casa de su amiga, no a la suya.
—Supongo que no hace falta preguntarte si quieres entrar —dijo ella, con la esperanza de que lo hiciera.
Esperaba que no se hubiera convertido de repente en un caballero y decidiera despedirse con un simple adiós. A pesar de la inseguridad, había sonado un poco arrogante. No se sentía tan confiada como solía, aunque no tenía ni idea de cuál era la razón.
Stuart permanecía inmóvil frente a ella, con las piernas ligeramente separadas. La luz de la luna resaltaba sus amplios hombros y su mandíbula parecía más marcada que nunca.
Deirdre esperaba un comentario lascivo, una broma. Pero en lugar de eso, Stuart la miraba fijamente, sin decir palabra. ¿Por qué no decía nada? ¿Iba a rechazar su oferta? El pánico comenzó a invadirla. Pero en ese momento él dio un paso hacia ella, aún sin tocarla.
—Si tú y yo cruzamos juntos ese umbral… —su voz, grave y profunda, hizo que a Deirdre se le erizara la piel—, no podré contenerme, Deirdre.
Escuchar su nombre en esa boca fue como un bálsamo. Lo deseaba aún más.
—Pero quiero ser sincero contigo —continuó Stuart—. No soy un hombre de hacer promesas ni de relaciones duraderas.
Aunque esas palabras eran exactamente lo que ella buscaba, sintió una punzada de pesar en el pecho. Era un sentimiento absurdo, totalmente fuera de lugar en ese momento, y lo reprimió con rapidez.
—Yo también soy así —respondió decidida.
Sacó la llave de su sujetador, la introdujo en la cerradura, abrió la puerta y lo invitó a entrar.
—Después de ti —dijo con firmeza, aliviada de que su voz ya no revelara inseguridad. No necesitó repetírselo y cerró la puerta cuando ambos estuvieron dentro.
Stuart encenció una lamparita y ella agradeció que la luz fuera tenue. La entrada quedó bañada por un cálido resplandor. Ninguno de los dos se movía, pero la tensión crepitaba en el aire como un fuego invisible. Ella se apoyó en la puerta y lo miró, con una mezcla de desafío y deseo.
La lujuria brillaba en los ojos de Stuart mientras se acercaba lentamente.
Apoyó ambas manos en la madera, una a cada lado de su cabeza, atrapándola sin rozarla.
Su aliento, cálido y tentador, le bañó la piel.
Eso era todo lo que necesitaba para intensificar el calor que se acumulaba en su abdomen.
Deirdre esperó. Quería que él diera el primer paso.
Pero, a pesar de su declaración anterior, Stuart parecía no tener prisa.
Su deliberada lentitud empezaba a volverla loca.
«Este tío quiere torturarme», pensó, abriendo los labios como si el oxígeno alrededor de ellos comenzara faltar.
«Por fin», cruzó por la mente de Deirdre cuando Stuart acercó su boca a la de ella. El primer contacto fue delicado, un roce ligero como una pluma. La besó con cuidado, como si fuera lo más preciado que hubiera tocado jamás.
Un gemido escapó de sus labios mientras sus manos se deslizaban hacia las caderas de Stuart.
Él mordisqueó suavemente su labio inferior y lo atrapó para jugar con los suyos.
Aquel beso, sensual y casi cauteloso, encendió todos los sentidos de Deirdre.
Y cuando, finalmente, sintió la presión de su lengua, perdió el control, se apretó contra el cuerpo de él y notó los duros músculos que la envolvían.
El profundo rugido que surgió de la garganta de Stuart le demostró que el deseo era mutuo, igual de intenso y abrumador.
El beso se volvió más apasionado, más hambriento.
Las manos de Deirdre ascendieron hasta su cabello y se hundieron en él con desesperación.
Las caricias de Stuart eran embriagadoras, despertaban unas sensaciones tan intensas como nunca antes había percibido.
Sus dedos seguían cada curva de su cuerpo y la hacían temblar de placer.
Incluso la fina tela del vestido le molestaba.
Quería más. Quería sentir la piel de Stuart contra la suya, sin barreras.
El tiempo dejó de existir bajo sus caricias. No sabía si habían pasado segundos, minutos o más. De lo único que era consciente era de que sus manos exploraban el contorno firme del trasero de Stuart cuando un zumbido interrumpió la magia.
Intentó ignorarlo, enfocándose en el momento, pero Stuart rompió el beso. Se pasó una mano por el cabello con un suspiro pesado y murmuró un breve:
—Perdón.
Deirdre lo miró, jadeando ligeramente, con el deseo aún quemando en su interior. Su mente, nublada por la lujuria, tardó en procesar lo que estaba pasando.
¿Había interrumpido el beso para mirar su reloj inteligente? Una ira sorda comenzó a formarse dentro de ella. No dijo nada, pero su decepción era evidente.
Stuart desvió la mirada hacia ella y, esta vez, Deirdre vio algo que no esperaba: arrepentimiento.
¿Qué significaba eso? Probablemente nada bueno. La inquietud comenzó a extenderse por su estómago.
—Tengo que irme —dijo él, finalmente, con voz áspera.
—¿Perdón? —Parpadeó varias veces, incrédula.
—Ha habido un accidente en un camino rural cerca de Invermorriston. Alguien se ha quedado atrapado en el vehículo. Los bomberos ya están en camino.
A lo lejos, una sirena rompió el silencio de la noche.
—No puedes estar hablando en serio —murmuró Deirdre, tirando de su vestido, que se había subido peligrosamente hasta sus muslos.
Stuart dio un paso hacia ella, pero al ver la expresión de su rostro, se detuvo.
—Ojalá fuera diferente, pero estoy de guardia. Si pasa algo así, no puedo rechazar el encargo. Lo siento mucho.
Su voz era sincera, y dedujo que hablaba en serio. Pero su decepción era tan profunda que no podía pensar con claridad. ¿Prefería irse a un trabajo de grúa en lugar de pasar la noche con ella? Aparentemente, sí.
—Claro. No te sientas presionado —respondió con frialdad, aunque sus palabras sonaron tan amargas como se sentía.
Deirdre abrió la puerta, permitiendo que el aire frío de la noche se colara en el pasillo. No volvió a mirarlo a los ojos.
—Lo siento mucho —repitió Stuart mientras pasaba junto a ella. Se inclinó y le dio un beso en la frente antes de salir.
Deirdre se quedó inmóvil, sorprendida por el gesto. Era demasiado íntimo, considerando lo poco que se conocían. Con rabia contenida, cerró la puerta de un golpe. El ruido retumbó en sus oídos, resonando como una burla. Se quitó los tacones con brusquedad y los dejó tirados en el pasillo.
Llena de frustración y lujuria insatisfecha, entró al baño. Se arrancó el vestido, lo dejó caer al suelo y se preparó para acostarse. Así no era como pensaba haber terminado la noche, no, en absoluto.
La mañana siguiente, mientras se sentaba con Michelle en la cocina del piso de Wallace, aún no se había recuperado del insatisfactorio final de la noche.