Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 2
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Capítulo 2

E l rocío de la mañana brillaba en la hierba mientras el sol se elevaba por encima de los picos de las montañas, bañándolo todo con una luz dorada.

Los pájaros trinaban alegremente, y una suave brisa hacía que el susurro de las hojas en las copas de los árboles se convirtiera en un murmullo constante.

A Stuart le corría el sudor por las sienes y la espalda.

Era temprano, demasiado temprano en realidad, pero no había dormido bien y se había despertado antes de que sonara la alarma.

Tenía demasiadas cosas en la cabeza y sabía por experiencia que la mejor manera de despejarse era haciendo ejercicio.

Era sábado y, aunque tuviera mucho trabajo pendiente, la frustración no lo abandonaba.

«¡Ja! Vaya eufemismo».

El taller estaba lleno de vehículos, la gente confiaba en él y en sus habilidades.

Pero los coches modernos no eran más que montones de electrónica disfrazados de vehículos.

Reparar estos artefactos pagaba las facturas, pero eso no era lo que hacía que su corazón latiera con fuerza.

Lo que realmente lo apasionaba era otra cosa, algo que aún no se atrevía a perseguir por completo.

«¿Por qué no dar el siguiente paso?», pensó mientras tropezaba con una piedra.

Soltó una maldición, casi cayó. El tropiezo empeoró aún más si cabía su humor. Aceleró el paso, giró a la derecha y tuvo que detenrse en seco ante una inesperada visión.

Deirdre estaba en los escalones frente a la casa de Michelle con un camisón de seda color crema.

Se estaba estirando lentamente, alzando los brazos, arqueando la espalda y dejando caer la cabeza hacia atrás.

Sus ojos estaban cerrados y su cabello brillaba bajo el sol de la mañana.

La luz parecía envolverla como un halo, dándole la apariencia de una diosa.

Stuart se quedó inmóvil, clavado en la carretera como si hubiera sido convertido en piedra.

El atuendo de Deirdre no dejaba mucho a la imaginación, sus pezones se percibían claramente bajo la fina tela.

Tragó saliva y toda su sangre se dirigió a un lugar que no debía.

La visión era hipnótica. No solo tenía un cuerpo con curvas perfectas, su rostro era elegante, sus ojos expresivos y su boca tremendamente sensual.

Incluso ese pequeño espacio entre sus dientes delanteros que se apreciaba cuando sonreía le parecía encantador.

Deirdre era mucho más atractiva que cualquier actriz que pudiera recordar.

Cuando ella sintió su mirada, abrió los ojos y bajó los brazos.

Stuart intentó recomponerse, pero no lo consiguió tan rápido como hubiera querido.

Sus músculos faciales estaban tensos, y solo podía rezar para que ella no se diera cuenta del efecto que estaba teniendo en él.

Era vergonzoso sentirse como un adolescente de quince años en un cuerpo de treinta y tres.

Fingiendo una calma que realmente no tenía, se pasó una mano por el cabello húmedo de sudor y dio unos pasos hacia ella.

—Buenos días, princesa —saludó con una sonrisa que combinaba suficiencia y descaro.

Los ojos de Deirdre se abrieron ligeramente, sorprendidos, pero un instante después sonrió, como si no tuviera el menor reparo en estar semidesnuda frente a él. Incluso tenía las uñas de los pies perfectamente pintadas, algo que Stuart notó al bajar la mirada.

—¿Princesa? —repitió ella, arqueando una ceja con aire escéptico.

Stuart intentó concentrarse en su rostro, pero ese pecho que subía y bajaba con cada respiración insistía en atraer su mirada.

«No le mires los pechos», se dijo, pero era más fácil decirlo que hacerlo. ¿Por qué se exponía así a esas horas? Una sensación desconocida le recorrió el estómago. ¿Celos? No, imposible.

Stuart se aclaró la garganta y, con un tono más ligero, añadió:

—Si no te gusta princesa, tendrás que decirme cómo prefieres que te llame.

Movió las cejas, satisfecho de haber recuperado su confianza habitual. Se sentía seguro bromeando con las mujeres.

Pero Deirdre no parecía estar de humor para seguirle el juego.

—¿No me digas que eres de esas personas que se levantan temprano y, además, tienen la necesidad de hablar con todo el mundo? Es horrible.

Stuart no pudo evitar soltar una carcajada.

—¿Y tú? ¿Te has caído de la cama o es que eres sonámbula? Eso explicaría que estés en la calle tan temprano.

«Mierda. Acababa de sonar como un novio celoso».

Deirdre frunció el ceño un breve segundo antes de apretar los labios.

—Aunque no es asunto tuyo, es culpa del jet lag . Curiosamente, caí rendida en la cama y he dormido como un tronco, así que ya estoy despierta. Por cierto, ¿qué problema tienes con mi ropa? —añadió, levantando la barbilla con un aire desafiante.

«Ninguno en absoluto». Pero en lugar de decir eso, respondió con descaro:

—Todos los problemas.

Los ojos de Deirdre se abrieron de par en par, y a continuación estalló en una risa melodiosa.

—Al menos eres directo. Me gusta. Pero, a diferencia de ti, yo no suelo levantarme de buen humor.

Necesito café antes de soportar a la gente, así que ¡hasta luego!

Bueno, o no. —Levantó una mano en un gesto de despedida y se dio la vuelta, moviéndose provocativa mientras volvía a entrar en la casa.

La puerta se cerró con un golpe detrás de ella.

Stuart se quedó mirando la madera oscura durante unos segundos, incapaz de moverse. Había algo en ella que lo dejaba sin aliento, algo que iba más allá de la mera atracción sexual.

* * *

Deirdre aún tenía el pelo húmedo cuando se sentó a desayunar con Michelle. Eran poco más de las diez. Su amiga había traído cruasanes y bollos recién hechos, acompañados de mermeladas, nata y mantequilla. Disfrutaron juntas del desayuno, charlando relajadas.

—¿Has dormido algo? —preguntó Michelle, alzando una ceja mientras untaba mermelada en un cruasán.

—Como si alguien me hubiera golpeado con un mazo —admitió Deirdre con sinceridad. Aún estaba sorprendida de haberse despertado con los primeros rayos de sol atravesando las cortinas. No era normal para ella, pero había dormido de un tirón por primera vez en semanas.

Michelle sonrió con satisfacción antes de darle un mordisco a su cruasán.

—Ya ves, ya está funcionando.

—¿Qué está funcionando? —preguntó Deirdre, intrigada por el comentario. Por un momento, pensó en Stuart, pero descartó la idea de inmediato. No podía referirse a él... ¿o sí?

—La magia escocesa —respondió Michelle, riendo.

Deirdre puso los ojos en blanco.

—¿Magia escocesa? Por favor, menuda tontería.

—¡Para nada! No es ninguna tontería —replicó Michelle, todavía riendo.

—Sí, seguro. Magia escocesa. Por supuesto. —Deirdre negó con la cabeza, sonriendo de lado—. Mejor cuéntame, ¿qué vamos a hacer hoy?

—Después de desayunar vamos a dar un paseo en barco por el lago Ness. Wallace lo ha organizado para nosotras. No te marearás, ¿verdad?

—Difícilmente —respondió Deirdre con una sonrisa—. A menos que Nessie decida sacudir el barco.

—No creo que eso pase. —Michelle rio—. Luego iremos a casa de Ellie y Kenneth. Nos invitarán a sándwiches y té. Y esta noche iremos al Lantern.

—¿El Lantern?

—Es un pub que pertenece a unos amigos, Kendra y Alejandro. Ella es de Kiltarff y él, argentino. Forman un gran equipo. Esta noche es noche de pub . Seguro que te gustará. Así podrás socializar un poco y no aburrirte conmigo. —Sonrió ampliamente.

—¡Como si pudiera aburrirme contigo! Pero ese plan suena genial, estoy deseándolo.

Deirdre dio un sorbo a su café. Estaba de muy buen humor, algo poco habitual en ella a esas horas del día. Debía deberse al sueño reparador de la noche anterior… más que a la posibilidad de volver a encontrarse con Stuart.

En un principio, esa mañana, cuando había aparecido de repente, se había sobresaltado.

Lo curioso era que justo antes había estado pensando en él.

Fue extraño. Inesperado, sí, pero no inoportuno.

Aunque por otro lado, ¿por dónde iba a salir a correr?

El pueblo era diminuto. Seguro que la gente se cruzaba todo el tiempo.

Una dinámica que podía ser soportable durante un fin de semana, pero que a largo plazo volvería loca a Deirdre.

No soportaba la idea de vivir en una comunidad tan pequeña.

Por suerte, no tenía que hacerlo.

Deirdre decidió que era mejor centrarse en otras cosas agradables, como en Stuart.

Era exactamente su tipo, y parecía que ella no le era indiferente.

Le sorprendía ser capaz de recordar cada detalle de su rostro con claridad, como si lo hubiera grabado en su mente.

La imagen de Stuart esa mañana, sudoroso y con la respiración agitada, le había provocado pensamientos bastante ardientes.

¿Él también lo había sentido? Si tuviera que apostar, diría que sí.

En cualquier caso, la noche de pub sonaba como la oportunidad perfecta para volver a verlo.

Un poco de diversión sin compromiso no le haría daño, pero prefirió guardar esos pensamientos para sí misma.

No quería escuchar objeciones por parte de Michelle.

Tras el paseo en barco por el lago Ness, Deirdre sentía como si flotara.

—¡Ayuda! —exclamó al desembarcar junto a Michelle—. Creo que me habéis drogado.

Michelle se rio, mirándola con diversión.

—¡Anda ya! Estás preciosa, tus mejillas están sonrosadas. ¿Te ha gustado?

—Tengo que admitir que tu Wallace es encantador y divertido. La forma en que habla de Nessie y las viejas historias que cuenta hacen que el tour sea muy especial.

Michelle sonrió, visiblemente satisfecha.

—Sí, sabe hacer muy bien su trabajo. Pero además dibuja increíblemente bien. Desde que se ha decidido a compartirlos, hay una avalancha permanente de gente en la tienda de recuerdos porque todo el mundo quiere comprar sus ilustraciones de Nessie.

—Es fantástico.