Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

«Deja de pensar en eso», se dijo a sí misma, sacudiendo ligeramente la cabeza. Tenía las hormonas fuera de control. Eso no era normal.

«Tampoco está tan bueno».

Mentira.

Suspiró internamente, resignada. Debía controlarse, aunque una pequeña parte de ella se arrepintiera.

—Nadie lo pone en duda —concedió Michelle antes de dirigirse a su amigo—. Stuart, ¿puedes echarle un vistazo a mi coche?

Durante un segundo que pareció eterno, las miradas de Deirdre y Stuart se cruzaron de nuevo.

A ella no le pasó desapercibido el destello de deseo de sus ojos.

Respiró hondo mientras Stuart por fin se giraba hacia Michelle, y agradeció que la tarde escocesa fuera lo suficientemente fresca para compensar el calor que estaba sintiendo.

—Claro, ¿quieres dejarlo aquí? —preguntó él.

De repente, un escalofrío agradable recorrió la espalda de Deirdre. Además de ser atractivo, su voz tenía un matiz áspero y sexy . No quería imaginarlo murmurando su nombre… pero ya era demasiado tarde.

«No hay duda de que sería un buen amante», pensó, y una parte de ella deseó que el fin de semana le ofreciera la oportunidad de confirmarlo.

Pero enseguida se recordó que no había venido a Kiltarff para tener aventuras con desconocidos, sino para pasar tiempo con su amiga.

Aun así, el viaje prometía ser más emocionante de lo que había anticipado, y eso le levantó el ánimo.

—Creo que será lo mejor —respondió Michelle con una sonrisa agradecida, entregándole las llaves del coche—. Toma, las necesitarás.

—Y el equipaje de tu amiga, tendré que llevárselo a algún sitio, ¿no? —preguntó Stuart con un tono que rozaba lo impertinente—. ¿Dónde va a dormir?

Aunque la pregunta fue bastante directa, a Deirdre no le molestó.

De hecho, le halagó su interés. Le resultaba atractiva esa especie de agresividad con la que abordaba las cosas.

Si fuera una situación distinta, quizás más seria o formal, tal vez lo encontraría excesivo, pero para algo casual, le resultaba divertido.

A Deirdre siempre le habían atraído los hombres seguros de sí mismos, y Stuart era la personificación de esa confianza, pero esa sonrisa arrogante la sacaba de quicio.

Michelle respondió por ella, explicando los planes, y Deirdre añadió:

—Puedo llevar mi propio equipaje, no es mucho. Solo estaré aquí el fin de semana. Sabes que no todas las mujeres necesitamos ayuda, ¿verdad?

—Deirdre… —refunfuñó Michelle, visiblemente incómoda con su comentario mordaz.

Stuart solo se encogió de hombros con una indiferencia casi teatral.

—Lo que tú digas, Deirdre —respondió, dejando que su sonrisa se ampliara un poco más. Luego se volvió hacia Michelle, haciendo tintinear las llaves en su mano—. Le echaré un vistazo y te llamaré.

—Gracias —respondió Michelle dándole un beso en la mejilla—. Que tengas una buena noche. ¿Trabajas hasta tarde hoy? ¿Tienes mucho lío?

Stuart chasqueó la lengua, como si la respuesta fuera obvia.

—No es que tenga mucho trabajo, pero quiero quedarme. Tengo un nuevo tesorito que quiero inspeccionar. Pero primero revisaré tu coche. No puedo dejarte sin medio de transporte.

Era evidente que Stuart disfrutaba de su trabajo. Poca gente consideraría ser mecánico un sueño, pero él parecía estar exactamente donde quería estar. Esa seguridad en sí mismo, sumada a un carácter servicial, lo hacía aún más interesante para Deirdre.

Después de despedirse con un «adiós» fugaz, aceptó a regañadientes que Michelle llevara rodando su maleta. Caminaron juntas por la carretera principal y cruzaron el canal mientras el sol del atardecer se reflejaba en las tranquilas aguas del lago Ness.

La quietud del lugar era casi ensordecedora para alguien como Deirdre, acostumbrada al constante bullicio de Londres. Cada detalle, incluso el susurro de las hojas en las copas de los árboles, se sentía amplificado en el silencio. Era aterradoramente idílico.

—Si buscas una aventura, Stuart es definitivamente el hombre indicado para ti —comentó Michelle mientras cruzaban el canal—. Pero te lo advierto: no es de relaciones. Cambia de mujer tan a menudo como de pantalones.

Deirdre se rio, divertida. No le sorprendía en absoluto.

Stuart tenía una aura magnética que era imposible ignorar.

Su imagen seguía grabada en su mente: los antebrazos musculosos, el cabello ligeramente despeinado, las facciones angulosas…

Pero lo que más la había impactado era su mirada intensa, tan cargada de deseo que parecía traspasarla.

—No estoy segura de que ese Stuart pudiera soportarme —dijo, sonriendo con picardía.

—¡Buena respuesta! —rio Michelle—. Que sepas que también lo intentó conmigo cuando llegué.

A Deirdre no le gustó escuchar eso, aunque no sabía exactamente por qué. Sin embargo, no dejó que Michelle lo notara.

—No te preocupes, no le romperé el corazón a tu amigo —bromeó—. Además, me voy el domingo.

—Créeme, no llegarías al corazón de Stuart aunque te quedaras más tiempo. Pero sí podrías llegar a sus pantalones.

—Que sepas que no estoy tan desesperada —respondió Deirdre, fingiendo indignación.

—Perdona, pero he visto cómo os mirabais. Si no hubiera estado allí, seguro que os habríais arrancado la ropa.

Deirdre se sorprendió de lo obvio que había sido.

—Tu imaginación no tiene límites, ¿verdad? —replicó, tratando de restarle importancia.

Era cierto que la química con Stuart era palpable. Pero no tenía intención de casarse con él, en todo caso, solo quería pasar un buen rato.

—¿Estás segura? —insistió Michelle, interrumpiendo sus pensamientos.

Afortunadamente, habían llegado a la casa de Michelle. Era una construcción antigua, pero parecía acogedora. Las jardineras de las ventanas estaban llenas de geranios, y junto a la puerta colgaba una canasta con pensamientos morados. En el felpudo se leía: «Bienvenida».

Aunque el estilo era recargado para su gusto, Deirdre no pudo negar que el lugar tenía su encanto. «Piensa en Michelle», se recordó mientras su amiga abría la puerta y la invitaba a entrar.

Un aroma delicioso inundó sus sentidos: hierbas, ajo, tomate y carne asada. Definitivamente, el viaje iba mejorando.

Wallace estaba de pie detrás de los fogones, con una cuchara de madera en la mano, cuando las dos mujeres entraron en la casa.

Era atractivo, no tanto como Stuart, pero Deirdre entendía perfectamente lo que a Michelle le gustaba de él.

Vestía unos vaqueros que realzaban sus fuertes muslos y una sencilla camiseta blanca que se ceñía a su musculoso torso como una segunda piel.

Primero besó a Michelle, y a continuación abrazó a Deirdre como si fueran viejos amigos.

Su aftershave olía a un toque picante que le resultó agradable.

Aunque Deirdre había planeado enfadarse con él por alejar a Michelle de Londres, descubrió que era imposible.

Ya sabía que Wallace era honesto y simpático y ahora no pudo más que corroborarlo al encontrarse frente a él.

Entendía por qué Michelle se había enamorado: parecía un hombre de fiar, y era evidente que adoraba a su amiga.

—Bueno, chicas, la cena está lista. Ahora os dejo solas —anunció Wallace después de unos minutos.

—¿Qué? ¿No te quedas? —preguntó Deirdre, sorprendida. Había asumido que sería una cena para los tres.

Wallace levantó las manos, sonriendo.

—Oh, no. Prefiero no escuchar las historias de chicas. Disfrutad vuestro tiempo juntas.

—Vaya, eso es muy considerado. ¿Cómo está tu hermana, por cierto? —preguntó Deirdre.

Hacía unas semanas habían descubierto por casualidad que el cuñado de Wallace engañaba a su esposa.

El mundo era, a veces, más pequeño de lo que uno imaginaba.

Aunque Deirdre no conocía personalmente al marido de Caitlin, había empatizado con ella.

Sabía por experiencia propia lo que se sentía al ser traicionada.

Pero ella lo tenía aún más difícil: había dos hijos y una casa de por medio.

—Va tirando. Lo está llevando bien, pero claro, no es fácil —respondió Wallace con un tono claramente afectado.

—Lo entiendo perfectamente. Por favor, salúdala de mi parte y dile que siento mucho las circunstancias en las que tuvimos que conocernos.

—Estoy seguro de que pronto os veréis en persona —intervino Michelle, dándole un beso rápido a Wallace antes de empujarlo suavemente hacia la puerta.

Michelle volvió a la cocina con una sonrisa de felicidad. Sirvió un poco de vino y puso la comida en la mesa.

—¿Por qué no te sientas?

Deirdre se sintió cohibida por un instante.

Todo era muy distinto a lo que estaba acostumbrada.

Michelle parecía haber madurado de repente: tenía una relación seria, sólida, que claramente significaba todo para ella, y probablemente se casarían pronto y formarían una familia.

Michelle sería una madre maravillosa, de eso no tenía dudas.

Deirdre, por su parte, no veía nada de eso en su propio futuro.

Su vida era inestable, llena de viajes constantes y semanas enteras viviendo con solo una maleta.

De repente, sintió un nudo en la garganta .

¿Y si comenzaban a distanciarse? Una extraña sensación de vacío se instaló en su estómago.

No era envidia, estaba segura de ello, pero tampoco era capaz de reconocer lo que estaba sintiendo.

—Buen provecho, cariño. Espero que te guste. A Wallace se le da muy bien la cocina —dijo Michelle con entusiasmo, levantando su copa.

Afortunadamente, no pareció notar que Deirdre estaba un poco alterada.

—Y también la cama —añadió Deirdre con un guiño, recuperando rápidamente su ánimo habitual. Probablemente todo se debía al desfase horario y al estrés acumulado.

—Más que bien —respondió Michelle, con los ojos brillantes.

Rieron, brindaron y disfrutaron de la cena que Wallace había preparado. En un momento dado, el cansancio de Deirdre fue tal que apenas podía mantener los ojos abiertos. Michelle decidió dar por terminada la velada y la acompañó al dormitorio.

—Compartiremos cama, la casa no es muy grande.

—¿No hay más habitaciones? —preguntó Deirdre.

—Me temo que no.

—Es muy acogedora y sin duda mucho más espaciosa que la de Londres.

—Pero demasiado pequeña a largo plazo. Estamos buscando algo más grande. De hecho, ya hemos echado el ojo a una casa que nos gusta.

—Vaya, pues sí que vais rápido —comentó Deirdre, sorprendida—. Has dado un gran paso.

—Eso parece. Quizás precipitado, pero por fin siento que he llegado a donde quería, que he encontrado mi sitio.

Deirdre observó a Michelle y, por primera vez en años, fue incapaz de entender lo que su amiga sentía. Ella no tenía ni idea de lo que significaba establecerse, tener un hogar. Pero lo que sí estaba claro era que el lugar de Michelle ya no estaba a su lado, sino junto a Wallace.

—¿No quieres irte y dormir con él? —sugirió Deirdre.

Michelle negó con la cabeza.

—No digas tonterías. Me quedo aquí contigo.

Agradecía el gesto, pero no quería que Michelle se quedara. No porque no le gustara tenerla cerca, sino porque tenía que aceptar que su amiga había dado un gran paso en la vida, uno hacia adelante y ella no quería ser un obstáculo ni una carga.

—Cariño, voy a estar despierta toda la noche de todas formas. Estoy lidiando con un caso monstruoso de jet lag y tampoco te voy a dejar descansar a ti. ¿Qué tal si duermes con tu amorcito y quedamos para desayunar?

Michelle frunció el ceño.

—Qué pena.

Deirdre la abrazó con afecto.

—Si no te importa que me despierte mil veces durante la noche, puedes quedarte...

—¡Cómo me va a importar! Hace tanto que no nos vemos que sería absurdo no aprovechar la noche para estar juntas.

—Tú decides, pero te advierto que no será una noche tranquila. Si yo fuera tú, me iría con el escocés buenorro y echaría un vistazo bajo su kilt en lugar de soportar mi insomnio.

Michelle se rio, sacudiendo la cabeza.

—¡Eres incorregible!

—Anda, ve con él y nos vemos por la mañana. Incluso te doy permiso para despertarme si ves que se me hace tarde en la cama. Eso sí, considéralo un gran honor, que lo sepas.

Deirdre no era precisamente madrugadora. De hecho, nadie debía intentar hablar con ella antes de que tomara su primer café. Por las mañanas solo era capaz de gruñir, y el jet lag no hacía más que empeorar las cosas. Con tanto viaje se sentía en un estado zombi casi perpetuo.

Aunque Michelle protestó un poco más, finalmente accedió. Deirdre la convenció de que lo mejor para ambas era que pasara la noche con Wallace.

Cuando por fin se quedó sola, sintió cómo el cansancio se apoderaba de ella, pero también sabía que no se dormiría fácilmente.

Tras desmaquillarse y lavarse los dientes, se puso un fino picardías de seda y se metió en la cama con el móvil en la mano para responder algunos correos electrónicos y mensajes.

Como siempre, tenía mucho trabajo. Estaba gestionando dos campañas a distancia, pero su profesionalidad le permitía controlarlo todo. Incluso agotada era capaz de organizar cosas importantes medio dormida.

Se dedicó a escribir y revisar mensajes hasta que los textos empezaron a desdibujarse ante sus ojos. En algún momento, sintió cómo los párpados le pesaban y empezaban a cerrarse solos. El teléfono se le resbaló de las manos, y finalmente se quedó profundamente dormida.