Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 1 #2
5%

Capítulo 1 #2

Al pasar por el castillo, Michelle señaló el imponente edificio.

—El castillo pertenece a unos amigos nuestros. Han convertido una parte en hotel. Lo inauguraron hace poco, y la fiesta de apertura fue espectacular. Precisamente el tipo de evento que a ti te gusta: un baile elegante y glamuroso.

—Tengo que admitir que el castillo tiene mucho encanto —respondió Deirdre, observándolo con más detenimiento.

—Deberías ver el interior. Después de la remodelación, simplemente es magnífico. Ellie y Kenneth, los dueños, son encantadores.

—¿Por qué no vamos mañana a tomar un café? ¿O solo está abierto para los huéspedes del hotel?

Michelle sonrió, con una expresión críptica que Deirdre no supo interpretar del todo.

—Cariño, de verdad no sabes nada de la hospitalidad escocesa, ¿verdad?

—No, nada —admitió Deirdre, frunciendo el ceño—. ¿Eso significa que sí?

—Claro, podemos ir a tomar té esta misma tarde. Pero antes, tengo que pasar por el taller de Stuart para que revise el coche.

—Qué pasa, ¿conoces a todo el mundo? —preguntó Deirdre, sorprendida por la red de conexiones de Michelle.

—Algo así. Muchos son mis pacientes, pero no todos.

—Increíble. ¿Quién secuestró a mi tímida y reservada Michelle y la reemplazó por esta mujer sociable?

Ambas rieron con complicidad.

—No, en serio —continuó Deirdre, suavizando su tono—. Me alegra mucho que te sientas tan bien aquí.

Aunque aún le dolía pensar en perder a su amiga en Escocia, era reconfortante verla tan feliz. Después de todo lo que había pasado Michelle, lo merecía.

—Mira, girando a la derecha después del canal está mi casa —indicó Michelle—. Pero primero, vamos al taller de Stuart.

Michelle activó el intermitente y giró hacia una carretera más ancha. Frente a una tienda con un letrero que decía Girvan’s Hardware, se desvió por un estrecho callejón hacia un garaje.

Deirdre imaginó que el mecánico sería un hombre mayor, calvo, con barriga cervecera y un cigarrillo colgando de la comisura de los labios.

Cuando Michelle paró el coche, vio dos edificios.

Uno más moderno, pintado de azul, con un letrero que decía Garaje Conway, y otro, más antiguo, construido con piedra color arena.

En el patio, había varios coches perfectamente alineados.

También montones de neumáticos, un contenedor de basura y bidones de aceite, junto con algunos vehículos destrozados cubiertos con lonas.

Un grupo de palomas posadas en el tejado llenaban el aire con sus ruidosos arrullos.

—¿No te parecen un poco... más grandes esos bichos aquí? —preguntó Deirdre, frunciendo el ceño.

—No —respondió Michelle, divertida.

—Entonces, ¿por qué hacen tanto ruido?

Michelle esbozó una sonrisa.

—Te lo parece así porque estás acostumbrada al ruido constante de Londres que no te deja escuchar a las pocas aves que quedan.

—Puede ser —admitió Deirdre. Aunque sabía que el silencio era típico de los pueblos, no dejaba de resultarle chocante.

No pudo seguir pensando porque, en ese momento, la puerta del taller se abrió y un hombre de hombros anchos salió al exterior, iluminado por los últimos rayos del sol. Ese tipo no encajaba para nada con el cliché que Deirdre había imaginado.

Para empezar, era mucho más joven de lo que esperaba, quizá solo uno o dos años mayor que ella.

Recordó que su nombre era Stuart. Vestía un mono de trabajo remangado que dejaba al descubierto unos brazos musculosos y definidos.

Sus manos estaban sucias de grasa, evidenciando que había estado trabajando en algún motor.

Tenía el cabello rubio ligeramente largo, una mandíbula cuadrada y unos ojos azules expresivos que irradiaban confianza.

Su sonrisa era abierta y cálida, como si lo hiciera con frecuencia.

«¡Aleluya!»

Ese hombre era el sueño hecho realidad de cualquier mujer que encontrara atractivos a los que trabajaban con las manos. Y Deirdre acababa de descubrir que era una de ellas. Por lo general, se inclinaba por hombres más… ¿sofisticados? Aunque, pensándolo bien, ¿qué significaba eso exactamente?

De todos modos, ¿quién dijo que tenía que tener algo con él? Apenas estaría allí unos días. Ahora se arrepentía, era una lástima, porque era muy atractivo.

Deirdre no tenía reparos con las aventuras fugaces, disfrutaba con ellas; era una mujer moderna y no se juzgaba a sí misma por ello. Pero en cuestión de relaciones, bueno, ahí no es que tuviera un buen historial. Demasiadas mentiras y desilusiones a lo largo de sus treinta y dos años.

Sacudió la cabeza, tratando de despejar esos pensamientos, y se aseguró de no estar mirándolo con la boca abierta. No esperaba encontrar a un mecánico sexy en un pueblo perdido como Kiltarff.

—Hola, Michelle —saludó Stuart, acercándose y dándole a Michelle dos besos, con cuidado de no mancharla.

Enseguida sus ojos se dirigieron hacia Deirdre, observándola con curiosidad. Sus labios dibujaron una sonrisa cómplice, como si supiera exactamente cómo lo percibían las mujeres. Deirdre se irguió instintivamente y sostuvo su mirada, aunque no pudo evitar que su corazón latiera más rápido.

—Esta es Deirdre —dijo Michelle, presentándolos.

Stuart sacó un paño del bolsillo de su pantalón y comenzó a limpiarse las manos, sin apartar los ojos de ella. Deirdre sintió cómo se entrecortaba su respiración.

«¡Oh, por Dios. Hasta los dedos los tenía atractivos. Y estaban sucios!».

Por primera vez, se dio cuenta de lo sensual que podía ser un hombre que trabajaba con las manos. Un calor inesperado se acumuló en su abdomen. «Maldita sea» . En una escala del uno al diez, Stuart era un doce.

—Hola —balbuceó Deirdre, extendiéndole la mano casi por reflejo—. Encantada de conocerte.

—Lo mismo digo —respondió él, levantando una ceja al notar sus uñas perfectamente cuidadas.

No le gustó la expresión que cruzó fugazmente el rostro de Stuart, aunque rápidamente recuperó la sonrisa, una amplia y magnética adornada por un par de hoyuelos que le daban un aire travieso, y mostró una hilera de dientes blancos y rectosa.

La sombra de barba rubia que cubría su mandíbula lo hacía aún más atractivo.

Deirdre se dio cuenta de que no iba a estrecharle la mano y retiró la suya con discreción. Por supuesto. El aceite. No se había dado cuenta. Trató de no mostrar su incomodidad y mantuvo la compostura.

—No queremos que tu traje de diseño acabe lleno de aceite de motor, ¿verdad? —se excusó Stuart con un guiño—. Pero no tengo nada en contra de las caricias, al contrario. Puedes tocarme donde quieras.

Deirdre se quedó sin palabras. ¿Hablaba en serio? Hacía mucho tiempo que no escuchaba una insinuación tan directa.

Por desgracia, su comentario solo consiguió una cosa: que quisiera arrancarle la ropa y confirmar si realmente estaba tan bien dotado como aparentaba. Su corazón empezó a latir con fuerza, pero tenía experiencia en ocultar su nerviosismo. Respondió con una sonrisa dulce, sin decir nada.

Michelle, en cambio, reaccionó con un puñetazo en el brazo de Stuart.

—Ahórrate tus frases de ligón con mi amiga, Stuart.

Él torció los labios en una sonrisa descarada y volvió a recorrer con la mirada el cuerpo de Deirdre. Ella sintió cómo sus ojos parecían desnudarla. Sabía reconocer el interés sexual cuando lo veía, y con Stuart era más que evidente.

Dios mío. Sintió un ligero temblor en las rodillas.

Era un descarado, pero, a su vez, absolutamente irresistible.

Deirdre sabía que el vestido ajustado que llevaba realzaba sus curvas y alargaba visualmente sus piernas.

Hacía tiempo que apredió a sentirse cómoda con su apariencia, incluido el hueco entre los dientes que una vez fue motivo de burlas.

Ya no era aquella niña tímida e inocente que dejaba que los demás la humillaran.

—Deirdre —intervino Michelle—, no le hagas caso. Stuart se comporta así con todo el mundo, pero es inofensivo.

—¡Oye! —protestó Stuart, fingiendo indignación—. No con todo el mundo, solo con las mujeres tan atractivas como tu amiga.

Lanzó otra intensa mirada a Deirdre antes de volverse hacia Michelle.

—Dime, Michelle, ¿qué puedo hacer por ti? Por tu expresión, parece que no has venido solo a presentarme a tu amiga, aunque me ha encantado.

Michelle sonrió, claramente divertida.

—No, no estamos aquí por eso. De hecho, te pediría que ni te acerques a ella.

Deirdre abrió los ojos de par en par, incrédula.

—¿Hola? ¿Sabéis que sigo aquí? Puedo cuidarme sola, gracias.

Lo cierto era que no le importaría en absoluto que Stuart quisiera acercarse un poco más… mucho más. Pero se marchaba el domingo y no tenía tiempo ni ganas para complicaciones. Aunque, un poco de diversión nunca estaba de más, y, por lo que veía, Stuart prometía mucho en ese terreno.

Michelle y Stuart volvieron a mirarla. Deirdre agitó la mano con impaciencia, algo molesta por el tono protector de Michelle.

—Estamos aquí porque el coche de Michelle está fallando, suena como si el motor fuera a morir de un momento a otro.

Stuart la observó con una mezcla de sorpresa e interés, como si no esperara escuchar algo tan coherente de su parte.

Típico. Deirdre estaba acostumbrada a que los hombres asumieran que una mujer no podía ser inteligente si también se preocupaba por su apariencia.

—Sí, Stuart, hay mujeres que tienen cerebro y, además, son atractivas. Y sí, en ese orden —añadió, arqueando una ceja.

Lo miró directamente, pero no pudo descifrar qué pensaba. La sonrisa arrogante de Stuart seguía firmemente instalada en su rostro, como si fuera una máscara imposible de quitar.

La tensión entre ambos era palpable. Michelle debió notarlo porque se interpuso entre ellos, temerosa de que las palabras fueran a más.

Deirdre sabía que no era para tanto, era difícil que la situación se convirtiera en una pelea, aunque Stuart le pareciera un poco engreído, detalle, por cierto, fácil de ignorar cuando alguien tenía un aspecto tan… bueno, tan perfecto.