Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 1
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Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6)

Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6)

Por Karin Lindberg

© inepub.com

Capítulo 1

D eirdre miraba fijamente a través de la ventanilla de la avioneta mientras esta se acercaba lentamente a la pista.

Apretó la frente contra el vidrio ovalado.

En la torre del castillo de Inverness ondeaba la bandera escocesa.

El río Ness serpenteaba grácilmente por la ciudad, y los rayos del sol arrancaban destellos dorados a la superficie del agua.

Dejó escapar un suave suspiro. Todavía le costaba asimilar que su mejor amiga, Michelle, hubiera decidido mudarse a Escocia.

Para siempre. ¡Era una locura! Estaba tan lejos, y era tan…

rural. Aunque Inverness era la ciudad más grande de las Tierras Altas, no dejaba de ser un lugar pequeño comparado con Londres.

Antes de partir había buscado información en Google y descubierto que allí apenas vivían cincuenta mil personas.

Y Kiltarff, el diminuto pueblo donde residía Michelle, era aún más pequeño.

Era increíble que Michelle hubiera cambiado la vibrante vida londinense por un lugar junto al lago Ness y, aún más sorprendente, que pareciera feliz.

Deirdre echaba mucho de menos a su amiga, pero no podía imaginarse viviendo en un sitio tan tranquilo.

Ella estaba hecha para las grandes ciudades, para la emoción de conocer gente nueva y disfrutar constantemente de nuevas experiencias.

Aun así, por Michelle, Deirdre estaba dispuesta a quedarse unos días en Escocia.

Había aplazado demasiado la visita. Desde que Michelle se había mudado a principios de año no se habían vuelto a ver, y ya estaban en junio.

Además, estaba ansiosa por conocer a Wallace, el novio de su amiga.

Aunque habían hablado por teléfono no era lo mismo que conocer a alguien en persona.

El aterrizaje en Inverness fue brusco. El avión rebotó varias veces en la pista antes de detenerse con un frenazo que hizo que Deirdre se inclinara hacia adelante en su asiento.

Puso los ojos en blanco y comenzó a recoger sus cosas.

No quería pensar que esa accidentada llegada fuera un mal augurio para el fin de semana.

Durante el corto vuelo había intentado trabajar un poco, pero hizo nada o menos.

Por una vez, dejaría el portátil guardado en la mochila durante todo el fin de semana, quería centrarse completamente en el tiempo que pasara con Michelle.

Estaba entusiasmada, pero también agotada.

El típico problema cuando sufrías un permanente jet lag : estaba cansada cuando no tocaba y despierta justo cuando debía dormir.

Puede que en Kiltarff fuera diferente. Allí habría pocas distracciones y seguro que aún menos acción.

Sonrió. Seguro que se dormiría por el aburrimiento y ni siquiera la compañía de Michelle podría evitarlo.

Moriría de hastío, eso es lo único que podía esperar de una pequeña localidad escocesa junto al lago Ness.

Mientras terminaba de recoger sus cosas, se prometió no criticar la nueva vida de Michelle en las Highlands.

Sabía que su amiga la entendería, pero no quería estropear la visita.

Ella conocía bien la causa de su aversión por los pueblos pequeños: demasiadas malas experiencias en su infancia.

Cuando era niña, su pequeño defecto de belleza probablemente también habría sido objeto de burla en una gran ciudad.

Los niños eran crueles. Muy crueles. El hueco entre sus dientes fue motivo de burlas constantes en la escuela, y ese acoso había dejado cicatrices que aún dolían.

Desde que abandonó el lugar donde nació, había preferido la vida de las metrópolis, donde la gente solía ser más tolerante con las pequeñas diferencias.

Aún tardó un rato en bajar del avión porque el resto de los pasajeros se movían demasiado despacio.

Estaba acostumbrada a volar y a viajar, a veces su trabajo la llevaba a remotos parajes.

Sin embargo, esta vez era distinto, se sentía melancólica, como si su amiga la hubiera abandonado por Escocia…

¡vaya tontería! Nunca lo admitiría, pero se sentía sola sin Michelle.

Intentó tragar para deshacerse del nudo que se le había formado en la garganta, se puso en pie, colocó la mochila color crema y sacó la pequeña maleta del compartimento que había sobre los asientos.

La moqueta del suelo del avión enmudecía el sonido de los tacones de sus zapatos mientras se dirigía en fila india hacia la salida junto a los demás pasajeros.

Por suerte, no tenía que esperar por las maletas, había preparado poco equipaje, solo de mano, por lo que pudo dirigirse directamente a la terminal.

Atravesó las puertas y, según se adentraba en la zona de llegadas, empezó a buscar a su amiga. Enseguida sus ojos encontraron los de Michelle. Una cálida sensación invadió su pecho mientras avanzaba hacia ella.

—Todavía corres más rápido con tacones de nueve centímetros que yo con zapatillas —bromeó Michelle, mientras la abrazaba con fuerza.

Deirdre cerró los ojos y dejó escapar unas lágrimas de alegría.

—Me alegra tanto verte. Siento haber tardado tanto en venir.

—Lo importante es que estás aquí ahora. ¿Te ayudo con algo?

—No te preocupes, estoy bien. ¡Qué guapa estás! Parece que el escocés te trata de maravilla.

Michelle estaba radiante y sus ojos brillaban. Su atuendo era cuestionable, aunque ya cuidaría de guardarse su opinión sobre los pantalones verdes de trekking , las botas de montaña y una simple camiseta.

—El escocés tiene nombre —la corrigió con un guiño.

Deirdre rio.

—Lo sé. Estoy deseando conocer por fin a Wallace en persona, aunque también quiero matarlo por mantenerte aquí, lejos de Londres.

—Dale una oportunidad a Kiltarff antes de juzgar. Tal vez te enamores del paisaje, como me pasó a mí.

—No creo —respondió Deirdre con rapidez, aunque de inmediato se percató de que su tono había sido un poco brusco—. Quiero decir… claro, es un lugar precioso, pero ya sabes que necesito el bullicio de la ciudad. Pubs , restaurantes, clubes y mucha gente.

Michelle negó con la cabeza, divertida.

—No intento convencerte de que es mejor que Londres. Pero ¿podrías darle una oportunidad a Escocia al menos este fin de semana? Hazlo por mí.

—Por supuesto. Escocia es fantástica. Solo espero que no tengas planeado llevarme de excursión… ¿verdad?

Michelle soltó una carcajada.

—¡Si vieras la cara que has puesto! No te preocupes, no te voy a llevar de caminata. Sería una misión suicida con esos tacones.

Deirdre sonrió aliviada mientras ambas salían hacia el aparcamiento.

En pocos minutos llegaron al coche de Michelle, cosa que en Londres les habría llevado al menos media hora. Alguna ventaja tenía que tener un aeropuerto pequeño. Michelle abrió el maletero y Deirdre lanzó su equipaje dentro.

—¡Genial! ¿Qué vamos a hacer resto de la tarde? ¿Comemos algo antes de ir a Kiltarff? —preguntó con entusiasmo.

—La verdad es que no. Wallace está cocinando para nosotras, si te parece bien.

—Claro —mintió Deirdre, que habría preferido pasar tiempo a solas con Michelle. Además, Inverness tenía más posibilidades de tener un buen pub que un pueblo junto al lago Ness.

Pese a la decepción, se obligó a relajarse. No compartía la decisión de Michelle de mudarse, pero no quería arruinar el poco tiempo que iban a pasar juntas criticando constantemente su nueva vida.

Al rodear el coche para dirigirse a la puerta del copiloto, notó algo curioso: el aire era diferente. Más fresco, más limpio. Respiró profundamente y, sin darse cuenta, parte de su tensión comenzó a desvanecerse.

Durante el trayecto hacia Kiltarff, se pusieron al día de sus vidas.

Aunque se habían llamado con frecuencia en los últimos meses, había cosas que no podían contarse por teléfono.

Deirdre disfrutaba de la intimidad que sentía con Michelle.

Hablar con ella era fácil, podía ser ella misma y confiarle cualquier cosa.

Habló sobre sus proyectos laborales y sus desastrosas citas, mientras Michelle le describía su vida con Wallace.

Deirdre se alegró por su amiga, aunque eso significara verla con menos frecuencia en el futuro. En cualquier caso, estaba segura de que su conexión seguiría intacta sin importar cuánto tiempo estuvieran separadas. Justo iba a seguir hablando cuando el coche dio una sacudida y derrapó levemente.

—¡¿Qué demonios ha sido eso?! ¿Intentas matarnos? —gritó Deirdre, alarmada.

Michelle se encogió de hombros.

—No seas dramática, anda. Un pequeño problema del motor. Ya me ha pasado cuando venía a buscarte. El coche no es precisamente nuevo.

Deirdre se dio cuenta de que había exagerado, no había pasado nada, el motor solo había renqueado un poco. Estaba más nerviosa y estresada de lo que quería admitirse.

Resopló y dirigió su mirada a través de la ventanilla para distraerse.

El paisaje había cambiado drásticamente desde que salieron de Inverness.

Ahora viajaban por una estrecha carretera rodeada de colinas ondulantes y vastos brezales.

El sol del atardecer iluminaba todo con una luz cálida y dorada.

Un halcón alzó el vuelo desde un árbol cercano.

Todo parecía más verde, más vibrante de lo que Deirdre estaba acostumbrada.

—¿Qué pasa? Estás muy callada de repente —preguntó Michelle rompiendo el silencio.

Antes de que Deirdre pudiera responder, el motor volvió a emitir un ruido extraño.

—¡Maldita sea! —exclamó Michelle, golpeando el volante.

—Deberías llevarlo a que lo revisaran —aconsejó Deirdre en vez de responder a su pregunta.

Mientras seguían avanzando, Deirdre notó que, a pesar de las casas viejas y pintorescas, había más vida en los jardines de lo que esperaba. Camas elásticas, juguetes infantiles... Había asumido que solo vivían ancianos o ermitaños en estas montañas. Quizás había subestimado el lugar.

El coche seguía haciendo ruidos cada vez más inquietantes, pero, para su alivio, por fin entraban en Kiltarff. Ya casi habían llegado, y Deirdre sintió cómo su tensión volvía.