26 #3
Está muy cerca de la frontera, y es precisamente por eso que Carter lo ha elegido.
Si las cosas salen mal, podrá acudir en mi ayuda rápidamente.
Además, a los BloodBro no se les ocurriría ir a buscarme en esa zona, situada no muy lejos de Arinson Arms y de Ann Arbor.
Cuando se enteren de mi fuga, pensarán que me he dirigido a un país europeo o asiático.
Con una mano temblorosa, pongo la dirección en el GPS.
Me indica un trayecto de cuatro horas y dieciséis minutos.
Ese número me parece a la vez insignificante e inmenso.
Me muerdo el interior de las mejillas para contener las nuevas lágrimas que siento asomar a mis ojos, y cojo mi nuevo pasaporte.
Le echo un vistazo antes de concentrarme en el tráfico.
Entonces lo veo por el retrovisor. Clarke. Está saliendo de la comisaría de policía y se dirige hacia su Harley con la idea de encontrarme en el apartamento.
Es demasiado. Empiezo a sollozar.
—Lo siento tanto… —susurro con voz rota.
Con un nudo en la garganta, aprieto el acelerador y conduzco hacia la salida de la ciudad.
Llego a Detroit en menos de una hora, cruzo la frontera nacional y conduzco por las carreteras de Canadá sin conseguir sofocar mi llanto.
No por no haberlo intentado. Como último recurso, decido distraerme aprendiendo mi nueva identidad.
—Me llamo Lana Drew —recito—. Soy de Nueva York.
Mis padres fallecieron antes de que cumpliera quince años.
Me crio mi abuelo, que falleció hace dos meses.
He heredado su fortuna. Una gran fortuna gracias a la que he podido adquirir un bonito apartamento.
Este coche que conduzco era suyo. Ahora ya solo tengo una vieja tía a la que nunca tuve ocasión de conocer. Vive en Texas.
¿Cómo pude creer que ponerme en la piel de Lana Drew iba a ser algo fácil? Decir en voz alta todas esas mentiras, renunciar a mi verdadera identidad, me mata un poco más.
—Me llamo Lana Drew. Soy de Nueva York. He heredado una enorme fortuna tras la muerte de mi abuelo.
Sacudo la cabeza para despejarme los ojos de las lágrimas que me dificultan la visión.
—Me llamo Lana Drew. Soy de Nueva York. Ya no tengo familia. ¡Estoy sola en el mundo!
El dolor me supera y viene acompañado de una rabia nacida de la injusticia que sufrimos mis seres queridos y yo.
Sintiendo que estoy a punto de explotar, descargo mis emociones en un violento arrebato: golpeo el volante, el salpicadero, y grito hasta desgarrarme las cuerdas vocales, hasta perforarme los tímpanos.
Si tan solo así pudiera librarme de todo mi dolor…
Llego a Hamilton poco después de las cinco de la tarde, hora a la que tiene lugar el funeral de Jesse. Espero que, dondequiera que esté, no me guarde rencor. Mis pensamientos están con él.
La ciudad pasa a mi lado, pero no me molesto en observar mi nuevo entorno. Estoy agotada, sin nada de energía. Solo quiero una cosa: llegar a mi cama, dondequiera que esté ahora, y no salir de ella durante días, incluso semanas.
Paro mi coche en un semáforo en rojo y observo distraídamente a los peatones cruzar la calle cuando, de repente, me llama la atención una chaqueta de cuero.
Me da un vuelco el corazón y tengo la esperanza irracional de ver a un miembro de mi familia, pero ese hombre es un Reapers of Death, según las letras escritas en su chaqueta.
Cuando se pone en verde, piso el acelerador.
Me meto en una rotonda y tomo la tercera salida, como indica el GPS.
El barrio en el que me meto está inmaculado.
Podría pensarse que está sacado de una revista.
No hay ni basura ni hojas muertas cubriendo las aceras, los matorrales y algunos árboles que sobreviven al invierno están podados al milímetro, y las diferentes fachadas parecen recién pintadas; en cuanto a la arquitectura de los edificios, se huele el dinero a kilómetros.
Aparco el BMW frente a un lujoso edificio, en la plaza reservada para mí, siguiendo las instrucciones que Carter me dejó por escrito.
Fiel a sí mismo, hizo las cosas a lo grande.
Esta opulencia alegraría a cualquiera; sin embargo, ahora más que nunca, soy consciente de que todo esto solo es algo material, superficial.
Lo que necesito es la certeza de saber que mi familia está a salvo.
Reúno mis últimas fuerzas y salgo del coche, saco mis pertenencias del maletero del coche y, después de cerrarlo con llave, voy hacia la puerta principal del edificio , que mantiene abierta un visitante.
Debe de pensar que soy una maleducada porque no se lo agradezco.
Mientras él se dirige hacia las escaleras, cojo el ascensor.
Pulso el botón de la sexta planta y no pienso en nada ni en nadie mientras sube. Estoy apática.
Salgo a un largo pasillo que me lleva a mi nueva casa. Cuando me paro frente a la puerta me doy de que Carter no me ha dado ninguna llave.
¿Se ha olvidado o…?
De repente, escucho un ruido al otro lado. Temo haberme equivocado de piso, o tal vez incluso de barrio, pero después de comprobarlo, estoy en el lugar correcto. Así que levanto el puño y llamo.
Espero unos segundos. Entonces la puerta de madera se abre y aparece una chica joven que reconozco.
—¡¿Charlie?! —exclamo.
—¡Avalone!
Continuará…