Amor en el caos (The devil’s sons 3) 26 #2
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26 #2

Carter es un hombre ante el que nos arrodillamos sin que haya necesitado mostrarnos siquiera su parte humana.

Pero cuando emerge, cuando sus defensas ceden y muestra sus emociones, dioses benditos, podríamos condenar nuestra alma para complacerlo.

Eso es lo que estoy a punto de hacer, para que un día solo conozca la felicidad.

No retrocederé ante nada y aniquilaré a los BloodBro.

—Por favor. Te lo suplico… —solloza.

No puedo enfrentarme a su tristeza sin que me arrastre a su vez. Cuando siento emerger las lágrimas, cierro los ojos lo bastante fuerte para tragármelas.

—Sabes que es la decisión correcta —susurro.

—Ahora estás segura en Ann Arbor. No pueden arriesgarse a aparecer durante un tiempo. En el futuro, planearemos una nueva estrategia. No te vayas…

Noto en sus ojos arrugas que no estaban hace unos días. Parece haber envejecido veinte años. Por eso su cuerpo, antes fuerte y robusto, ahora tiembla, y esos temblores terminan alcanzándome.

—Me niego a poner de nuevo en peligro a mi familia. Los BloodBro dedicarán todo su tiempo a seguirme la pista, así que no deberían prestaros demasiada atención. Después de todo, es a mí a quien quieren. Vosotros solo os interpusisteis en su camino.

Carter, que se niega a ver la realidad, se endereza y da un paso hacia mí.

—Esta vez voy contigo.

—Marie y los Devil’s Sons te necesitan. Eres su líder, el hombre en el que pueden apoyarse en cualquier circunstancia. Y tienes una mujer a la que no puedes abandonar. Nos mantendremos en contacto, Carter, como estaba previsto. Y juntos, a distancia, pondremos fin al reinado de los BloodBro.

Las piernas de mi padrino flaquean. Se agarra al escritorio y, con la mirada puesta en el suelo, da rienda suelta a su dolor. Asistir a este espectáculo me rompe un poco más el corazón, como si eso fuera posible. No puedo dejarlo solo ante su tristeza, así que acorto la distancia entre nosotros.

Y juntos, abrazados, sollozamos.

Es difícil —¡dioses benditos, es muy difícil!— y tan doloroso que me pregunto si podré sobrevivir. No creo ser capaz de superar la muerte de Jesse y mi exilio, lejos de mi familia. ¿Tal vez muera de tristeza al final?

Quiero gritar a pleno pulmón para expresar todas las emociones que me atormentan.

¿Por qué este destino? ¿Qué mal hemos podido hacerles a las Nornas para que se ensañen tanto con nosotros?

He perdido la cuenta de las veces que les he rendido homenaje.

Las he apreciado a todas por igual, y así es como me lo agradecen.

—Lo siento tanto, Avalone…

La culpa que emana de él me ayuda a volver a la realidad. Debo dejar de compadecerme de mi suerte. Es mi turno de mostrarme fuerte y de respaldarlo.

Pongo las manos sobre sus hombros y capto su mirada.

—No eres responsable de la situación. No es tu culpa tuya ni error tuyo.

Mis padres se reunieron en la capilla a pesar de tus órdenes.

Representaban ese uno por ciento de imprevisibilidad humana.

Sé que te pido demasiado —continúo con sus propias palabras—, pero necesito saber que resistirás el golpe.

Empieza a reírse entre sollozos, y aprovecho para inspirar su olor, saborear su calor corporal, grabar en mi memoria cada rasgo de su rostro. Lo voy a echar muchísimo de menos.

Carter se aleja de mí y rodea el escritorio arrastrando los pies. Abre un cajón, saca un grueso sobre que mira fijamente durante un tiempo infinito. Puedo sentir cómo vacila. Pero después de tomar una gran bocanada de aire, me lo tiende.

—Contiene tus nuevos documentos de identidad, una tarjeta de crédito y un móvil irrastreable del que solo yo tengo el número.

Te he escrito un documento en el que encontrarás un párrafo entero relacionado con el pasado de tu nueva identidad, así como información diversa, como la dirección de un apartamento que he comprado recientemente.

La escritura de compraventa está a nombre de Lana Drew, el tuyo.

He aquí el apellido bajo el que responderé a partir de hoy.

Nací como Avana Arinson, he vivido como Avalone Lopez y ahora seré Lana Drew. ¿Cómo voy a salir adelante sin tener una crisis de identidad después de esto?

—Dondequiera que me envíes, no les des la dirección a los chicos, ¿vale? Ni siquiera a Clarke —le pido a regañadientes.

Carter suspira. Le preocupa la confrontación con su segundo al mando. Tendrá que anunciarle mi partida en las próximas horas, y no hay ninguna duda sobre la reacción que tendrá. Su ira será tal que destruirá cuanto encuentre a su paso. Y su tristeza… Dioses benditos, va a estar destrozado.

Mi padrino, que comparte mis pensamientos, sacude la cabeza para deshacerse de ellos.

—Quiero que continúes tus estudios, Avalone. Respeta tu régimen alimentario y ve con regularidad a tus citas médicas. Contactaré contigo cada cuatro o seis meses, a menos que haya una urgencia.

Vuelve a hurgar en los cajones de su escritorio y coge una especie de pistola de plástico equipada con una gran aguja.

Vuelve hacia mí y me ordena que me quite el abrigo y la camiseta.

Obedezco sin hacer preguntas y Carter me pincha en el interior del brazo.

Sea lo que sea que me haya inyectado, debería haberme dolido o, al menos, lo suficiente para apretar los dientes, pero ese dolor es solo una sombra en comparación con lo que me asedia desde la muerte de Jesse. Por eso no lo siento.

—Te he implantado un microchip para poder localizarte. Si crees que estás en peligro, o si el peligro es inminente, avísame con un SOS y acudiré en tu ayuda, Avalone.

Mi labio inferior empieza a temblar, no porque esas últimas palabras me asusten, sino porque estoy a punto de darle su segundo regalo de Yule, el que no me atreví a darle en su momento. Trago con dificultad y, con el corazón latiendo a mil, saco de mi mochila un montón de documentos que le entrego.

Con el ceño fruncido, mi padrino me lanza una mirada interrogativa.

—Si hubiera sido valiente, te habría pedido que firmaras cada una de estas páginas durante el solsticio de invierno —le confieso—. Pero temía que te negaras.

Intrigado a pesar de su dolor, Carter descubre la naturaleza de los documentos.

El título es suficiente para orientarlo y, entonces, la sorpresa, o debería decir el shock , lo sume en un estado de inercia hasta que sus emociones, inestables, le estallan en la cara.

Se cubre el rostro con las manos y llora sin poder recuperar el aliento.

—¿Me harías el honor de ser mi padre adoptivo, Carter?

Apenas formulo esa pregunta en voz alta, pierde un poco más el control sobre sus emociones.

Golpea el escritorio con las manos y, con los hombros hundidos, rompe a llorar.

Gemidos y sollozos se escapan de sus labios mientras las lágrimas corren por su rostro.

Este hombre, normalmente inquebrantable, no es más que una montaña rusa emocional.

¿Es buena señal? ¿Va a aceptar ser mi padre o va a negarse por respeto a la memoria de su hermano?

Sea cual sea su decisión, no podrá decepcionarme.

La petición que le hago hoy lo ha conmovido, lo sé, lo veo.

Voy a enjugarme mis propias lágrimas cuando Carter coge una pluma. Contengo la respiración y lo observo extender los documentos frente a él. Pone sus iniciales en cada hoja. Después se endereza y me dirige una mirada en la que percibo el amor desmesurado que siente por mí.

—¿Tú… has firmado? ¿Eso quiere decir que aceptas ser mi… mi…?

Llora con más intensidad mientras asiente con la cabeza una y otra vez.

—Sí. Acepto ser tu padre.

Un sentimiento de gratitud que no había sentido hasta ahora me invade.

Carter me acerca y me envuelve en un abrazo en el que el amor y el dolor se entremezclan.

Deberíamos abrir una botella de champán —y de limonada— para celebrar este acontecimiento que solo debería estar acompañado de alegría, pero no tenemos ocasión. La vida es así de cruel.

—Te quiero, Avalone.

—Yo te quiero aún más. Gracias infinitas por todo lo que has hecho por mí.

Durante los siguientes segundos, nos quedamos abrazados y nos empapamos de este lazo que nos une. Y luego, juntos, lloramos a los seres queridos que pertenecen a nuestro pasado, así como a la incertidumbre de nuestro futuro.

Me obligo a apartarme de Carter, de lo contrario, si me dejo llevar demasiado tiempo, me arriesgaría a cambiar de opinión.

Mi determinación ya se está desvaneciendo, así que rezo para que nuestra despedida termine de inmediato, pero con la esperanza de que dure para siempre.

Estoy dividida entre el corazón y la razón.

Mi padrino me coge el rostro entre las manos —el suyo está marcado por un gran dolor— y me da un beso lleno de amor en la frente. Un amor incondicional que solo un padre puede mostrar a su hija.

Mi padre.

A punto de venirme abajo, salgo corriendo y huyo lo más rápido posible. Salgo del despacho y cruzo el pasillo. Carter, a quien he dejado atrás, suelta un sonoro grito que, además de hacer que sienta un nudo en el pecho, me acompaña hasta el BMW i8.

Me siento al volante y tiro mi mochila, donde he guardado el sobre que me ha dado, al asiento del copiloto. No pierdo tiempo en ponerme el cinturón; arranco el motor y salgo de la propiedad a toda velocidad.

Tengo el corazón roto, mi alma está atormentada y me asaltan un montón de pensamientos.

Para proteger a las personas que quiero, debo huir.

Lejos, muy lejos de ellos. Me van a odiar.

Sobre todo, Clarke, que estará destrozado.

Temo que la carta que le he escrito no consiga tranquilizarlo.

Pero al menos vivirá. Y eso no tiene precio.

Con la mirada en la carretera, abro el sobre y veo mi destino. Está escrito en negrita: Hamilton, Canadá.