Amor en el caos (The devil’s sons 3) 26
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No consigo aceptar que todo ha terminado, que Jesse ya no está con nosotros. Me lo encuentro, a él y a su completa indiferencia, cada noche en mis sueños, y me despierto con una sonrisa. Hasta que vuelvo a la realidad.

Apenas abro los ojos, me encuentro reviviendo mis recuerdos.

El rugido de los motores hace que un intenso pánico brote en mi interior y los disparos taladran mis tímpanos.

Le siguen la explosión de las vidrieras y el dolor ligado a los múltiples cortes que marcan mi piel.

Presencio la muerte de Nora y escucho el grito de Carter cuando descubrió los cuerpos sin vida de sus mejores amigos.

Después aparece ante mí el rostro de Jesse.

Mueve los labios, articula sus últimas palabras…

Y los ojos sin vida de mis padres se superponen a su imagen.

Grito como si me estuvieran matando, todas las mañanas, y mis cuerdas vocales se resienten. Como tengo la voz ronca, miento al decir que me duele cada vez que la uso; así nadie me reprocha que me mantenga en silencio.

Clarke me indica que está aquí golpeando la puerta de nuestra habitación y me saca de mis pensamientos.

Con una débil sonrisa, se sienta en el borde de la cama sobre la que estoy tumbada y me enseña una foto.

En cuanto la miro, me siento enferma. Cierro los ojos y aparto la mirada, con el corazón en la garganta.

Es una foto de hace apenas unas semanas; la tomaron durante una fiesta en la fraternidad. En ella estoy colgada del cuello de mi novio y estamos flanqueados por los miembros de nuestra familia, así como por los gemelos, y todos nos reímos a carcajadas de algo.

Estábamos contentos y, por encima de todo, estábamos juntos.

Tucker seguía en la ciudad.

Alec estaba bien mentalmente.

Jesse estaba vivo.

La masacre tuvo lugar hace setenta y dos horas.

La policía busca activamente a los BloodBro y controla las fronteras, pero no me hago ilusiones.

No les echarán el guante. Esos desgraciados han desaparecido.

Los Devil’s Sons y yo —o lo que queda de mí— estamos fuera de peligro.

Por ahora . Nuestros enemigos volverán con la firme intención de terminar su trabajo, eso es seguro.

Y ese día, estaré lista para recibirlos. Lo prometo. Por Jesse.

Entreabro los ojos y, llenos de rabia, miro fijamente el bello rostro de mi amigo desaparecido. Memorizo cada uno de sus rasgos para no perder jamás de vista mi objetivo: vengar su muerte.

«Eres mi alma gemela, Avalone. Iré a dondequiera que vayas».

Su voz resuena en mi mente y me atormenta a todas horas, día y noche. El dolor ligado a su muerte no disminuye; solo se intensifica conforme pasan las horas.

¿Cómo puedo sobrevivir a esta tragedia cuando me siento vacía por dentro? ¿De dónde se supone que debo sacar las fuerzas para levantarme cada mañana, sabiendo que el hombre que consideraba mi hermano no compartirá nunca más mi día a día? Se ha derramado tanta sangre…

Contamos treinta víctimas. Treinta vidas segadas por los BloodBro con el único fin de llevar a cabo la venganza cuyo objetivo soy yo.

Jesse.

Nora.

Mike Arinson.

Claire Arinson.

El oficiante.

Los Blue Demons.

Raiz es el único miembro de su banda que logró escapar de esta masacre, pero no lo calificaría de afortunado. Aunque su hermano, Danakil, le haya perdonado la vida, disfruta asesinando a la gente que lo rodea. Se asegura de que esté solo en el mundo.

—Es mi culpa, Clarke… —digo con voz rota.

De repente, sus brazos me rodean y me estrecha contra él.

Tiemblo y me arden los ojos, irritados por las lágrimas que no han parado desde la boda, normalmente acompañadas de sollozos bajo los que me ahogo.

Gracias a los dioses, he descubierto la capacidad de refugiarme en un rincón de mi mente para escapar de la realidad.

Y entonces vago como alma en pena. No soy más que una sombra de mí misma.

Este estado de letargo no me afecta solo a mí.

Cada miembro de los Devil’s Sons lo sufre.

A decir verdad, huimos unos de otros. Cada uno lleva su propio dolor y nos afecta a todos; ninguno es capaz de soportar la carga.

No tenemos ni un hombro reconfortante en el que llorar ni un apoyo que nos susurre al oído que el futuro será mejor.

Por eso, nos aislamos para no tener que ocuparnos también de los demonios de nuestros compañeros.

Pero dentro de unas horas no tendremos más remedio que reunirnos para los funerales.

Aunque Jesse tenga derecho a una preciosa ceremonia, mis padres…

ellos solo se merecen el olvido. Le pedí a Carter que quemara sus cuerpos lejos, muy lejos de Ann Arbor.

No tengo ninguna intención de rendirles un homenaje.

Sus errores provocaron la muerte de mi mejor amigo y jamás podré perdonarlos.

—No es tu culpa, Avalone.

—¡Sí, soy responsable, al igual que Claire y Mike!

Sabía perfectamente que estar a vuestro lado os pondría en su punto de mira y, aun así, no pude tomar la decisión de mantenerme alejada de la banda.

Soy precursora del caos, ¡todo ser humano con instinto de supervivencia debería huir de mí como de la peste!

Vosotros deberíais huir de mí como de la peste.

Lo siento… Si supieras cuánto lamento haber entrado en vuestras vidas…

Clarke me coge la cara entre sus grandes manos e intenta captar mi mirada, pero estoy al borde de un precipicio y solo puedo mirar fijamente el barranco mientras escucho esa vocecita que me susurra que salte.

—Te prohíbo que digas eso, Avalone. No es tu culpa ni de tus padres. Los culpables de la muerte de Jesse son los BloodBro. En cuanto a ti, solo has mejorado nuestras vidas. Eres una fuente de luz. Nuestra luz…

Oigo sus palabras, las entiendo, pero no me las creo. No las creeré ni hoy ni nunca. Tendré que vivir con esta culpa, con este sufrimiento que de ahora en adelante estará atado a mi alma.

Abrumada por la tristeza, entierro la nariz en el hueco de su cuello y lloro.

Clarke me mantiene contra él hasta que el agotamiento se cierne sobre mí y me convierte en una muñeca de trapo.

Ya no tengo fuerzas para sollozar, así que mis lágrimas se secan solas.

Incluso respirar requiere una energía que no tengo.

Si tan solo pudiera desconectar mientras duermo, dejaría de sufrir…

El Devil’s me tiende en la cama y luego traza líneas suaves sobre mi rostro con el pulgar.

—Me han citado en comisaría —me dice—. Bill tiene que tomarme declaración, y esta vez no puedo evitarlo.

Clarke lleva días posponiendo esa reunión. Se niega a dejarme sola; teme que, en su ausencia, el dolor me sobrepase.

—No te preocupes por mí —digo con voz ronca—. Ve.

Me mira un largo instante, vacilante e indeciso.

Le dedico una sonrisa que debería tranquilizarlo si no se detiene demasiado en ella.

Tomé una decisión ayer por la noche. El tipo de decisión que me rompe el corazón y que pronto romperá el suyo.

Así que aparto la mirada, a riesgo de que vea más allá de mis planes y los complique.

Me acaricia el pómulo con ternura y, cuando se prepara para alejarse, cierro los dedos alrededor de su muñeca.

Lo atraigo hacia mí, atrapo sus labios contra los míos y lo beso hasta perder el aliento.

Quiero grabar este beso en mi memoria, acordarme de él cada vez que roce mis labios.

Lo voy a necesitar para superar las pruebas que me esperan; voy a necesitar tener la certeza de que lo nuestro es para siempre, por mucha distancia que deba poner entre nosotros durante un tiempo indeterminado.

Me alejo de Clarke.

—Siempre te querré mientras mi alma viva, lo sabes, ¿verdad? — susurro—. Eres el amor de mi vida y jamás, jamás será de otra forma.

Enjuga con su manga la lágrima solitaria que recorre mi mejilla.

—Lo que compartimos es inmortal, Avalone. Estamos conectados, tú y yo, y esto es para siempre.

Me pierdo en su mirada, memorizando todos los matices, su profundidad y la sinceridad que emana de ella. Y, después de acariciar el anillo tatuado en mi dedo anular izquierdo, Clarke sale del apartamento con la idea de que me encontrará aquí más tarde.

Si él supiera…

Tan pronto como las puertas se cierran tras él, cojo un folio en blanco y un boli y le escribo una carta en la que le abro mi corazón.

Fuera, las nubes negras tapan hasta el último rayo de sol.

Está oscuro y hace frío. No debería tardar en caer un chaparrón.

Cierro la puerta del BMW i8, cuyo maletero está lleno con mis cosas, y entro en la mansión de mi padrino.

Un silencio sepulcral flota en el lugar, es como si estuviera abandonado.

Cruzo el pasillo y llego al despacho de Carter. La puerta entreabierta me ofrece una visión perfecta de sus hombros hundidos y temblorosos. Está llorando.

Todos perdimos a un ser querido el otro día.

Pero él… Después de despedirse de Élisa, le arrebataron a su hermano y a su mejor amiga, así como a su hombre de confianza con el que tenía una relación especial.

Consideraba a Jesse su hijo. Y hoy soy yo quien tiene que decir adiós.

Aunque sea lo mejor, lamento que tenga que pasar por esto. Se merece ser feliz, más que nadie.

Llamo a la puerta, sobresaltándolo. Después de echar un vistazo por encima del hombro, se apresura a enjugarse las lágrimas y se gira hacia mí, armado con una sonrisa falsa que no engaña a nadie.

Estamos rotos y, si existe una cura, no podremos conseguirla mientras nuestros enemigos sigan vivos.

No es cuestión de venganza. Volverán, lo sé.

Por eso debemos seguir nuestro plan, con la diferencia de que esta vez voy a huir sola.

—Sabes por qué vengo —le digo.

—No… No, me niego.

Mi padrino sacude la cabeza suavemente y luego enérgicamente, hasta que empieza a sollozar sin control. Se tapa los ojos, de los que escapan grandes lágrimas que caen al suelo.