Amor en el caos (The devil’s sons 3) 25 #5
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Un suspiro abrasador, nacido de la pena, consume mi corazón. Célula por célula, partícula por partícula, mi corazón arde y solo quedan sus cenizas. Quiero llorar, pero el dolor me deja aturdida. Quiero morir, pero las Nornas prefieren presenciar mi desesperación.

Corro hacia mi mejor amigo, que se ha ido demasiado pronto, pero unos brazos me rodean y me inmovilizan y me pegan a un pecho, el de Sean, que reconozco por su olor. Forcejeo y le suplico que me libere.

—¡Jesse! —grito a pleno pulmón.

Mi carcelero refuerza su agarre y, entonces, siento que solloza contra mí. Llora a su hermano perdido.

—¿Está muerto? —le pregunto.

No obtengo respuesta.

—Sean, ¿está muerto?

—Está muerto, Avalone… —susurra con voz rota.

Mis cuerdas vocales tiemblan y se liberan una a una bajo el lamento que suelto. Cuando mi grito se extingue, las piernas de Sean ceden y nos caemos al suelo. En brazos del otro, compartimos nuestro dolor y lloramos sin lograr calmarnos.

El ambiente se vuelve asfixiante. Me ahogo, sufro, siento que me muero… Siento tanta tristeza que podría arrancarme el corazón. Me gustaría dejar de sentir, solo por un segundo, el tiempo suficiente para recuperar el aliento, pero nada cambia.

El incendio de mi corazón se extiende al resto de mi cuerpo y pronto cada respiración que doy, cada sollozo que me tensa los músculos, se asemeja a la tortura.

—Le prometí que sobreviviría… ¡Se lo prometí! —grito, invadida por la culpa.

Siento que alguien me coge y de repente estoy en los brazos de Clarke, que se ha sentado a nuestro lado y me está abrazando.

Solo entonces soy consciente de mi alrededor.

Ty y Justin, devastados por el dolor, están en el suelo no muy lejos de nosotros.

Uno tiene temblores que aumentan a cada segundo que pasa, mientras que el otro parece vacío, desprovisto de alma.

Las lágrimas recorren silenciosamente sus mejillas.

Y luego está Set, que suelta un grito desgarrador en el que se mezclan la tristeza y la ira.

Se arrodilla y se golpea la frente contra el suelo.

Esta visión solo hace que mi malestar se intensifique.

Me siento muy aturdida y estoy a punto de vomitar.

Los policías han llenado el lugar; se mueven a nuestro alrededor.

Son muchos, y a algunos les repugna la vista de la sangre.

Según sus conversaciones, la mayoría de las muertes se han producido fuera de la capilla.

Creo entender que Raiz es el único superviviente de los Blue Demons.

De repente, veo entre el bullicio a los bomberos moviendo los cuerpos de mis padres.

Después de subirlos a las camillas, se dirigen hacia la salida.

—¡Eh! ¿Qué hacéis? —exclamo para que me oigan.

Intento escapar de los brazos de Clarke, pero refuerza su agarre alrededor de mis caderas.

—¡Son mis padres! ¡No tenéis derecho a separarme de ellos!

Los bomberos se quedan quietos y se me miran con una expresión de compasión.

—Tenemos que trasladarlos…

Siento que el pánico brota dentro de mí. Me muevo con la furia de una leona y, cuando por fin consigo liberarme del agarre de mi novio, Ty me sujeta las piernas mientras Justin me inmoviliza los brazos.

—¡No, dejadme! —grito—. ¡Se van a llevar a mis padres!

—No tienen elección —susurra Clarke en mi oreja.

—¡No les he dicho adiós! ¡No les he dicho adiós!

Forcejeo hasta la extenuación, sin conseguir llegar a mi objetivo. La ira reemplaza la tristeza y entonces manifiesto el rencor que mis padres despiertan en mí, con una voz que, espero, sea lo bastante alta para que les llegue donde sea que descansen sus almas.

—¡Os había advertido de que esta boda iba a causar problemas! ¡Deberíais haberme escuchado! ¡Jesse está muerto por vuestra culpa! ¡Está muerto! ¡Vosotros lo habéis matado!

Cada palabra me desgarra el alma. Este insoportable dolor que siento me consume. No lo soporto más, está por encima de mis fuerzas.

Fuera de mí, señalo con un dedo acusador a Raiz, que no se ha movido de su banco.

—¡Me prometiste proteger a las personas que quiero! ¡Me lo habías prometido!

—He hecho todo lo que he podido, Avalone… Lo siento.

Sacudo la cabeza, rechazando sus excusas.

Deslizo las manos por mi pelo y tiro de él con saña, queriendo transformar mi dolor en uno físico.

Pero solo es un alivio efímero. Mi alma está marcada con heridas que jamás cicatrizarán.

El sufrimiento se ha introducido dentro de mí y se aferra ferozmente a mi interior, como una sanguijuela.

—¡Cometieron una masacre! —vocifero con los ojos cerrados.

Y lloro. Lloro por todos los seres queridos que he perdido. Lloro por todo lo que me habría gustado decirles antes de que se fueran. Lloro por todo lo que me habría gustado hacer a su lado.

Entre sollozos, veo a Carter destrozar el único objeto intacto que sobrevivió al tiroteo: una corona de flores blancas que ni siquiera la san gre pudo profanar.

Pierde el control, la reduce a pedazos con la necesidad de que refleje el estado de su corazón roto.

Luego da un paso atrás, titubeando, y suelta un grito tan fuerte que los últimos trozos de vidriera que aún seguían en su sitio se desprenden y se rompen contra el suelo.