25 #4
Tengo la sensación de que una mano invisible se desliza por mi pecho y me arranca el corazón.
Mientras Sean suelta un grito de dolor y descarga su pena destrozando cuanto está a su alcance, rodeo con los brazos el cuerpo de Jesse y lo abrazo con fuerza, suplicándole a quien sea que reanime a este hombre al que queremos tanto.
Grito pidiendo ayuda, rezo a los dioses e incluso estoy preparada para vender mi alma al diablo, si es que existe, a cambio de curar a mi amigo.
Curar… ¡No se puede curar, está muerto!
Golpeada de lleno por la realidad, lo suelto y me alejo, poniendo el máximo espacio posible entre él y yo.
Soy incapaz de enfrentarme a su muerte; me niego a aceptar que su historia termine así.
—No… ¡no! ¡No! ¡Nooo!
Mis manos. Mis manos están cubiertas de su sangre.
Me enderezo bruscamente y las limpio sobre mi cuerpo. Pero por más que froto sin parar, permanecen rojas.
Con el corazón en la garganta, doy un paso atrás con esa tonta esperanza de alejarme de mi propio cuerpo. Es entonces cuando mis pies chocan con algo. Giro sobre mí misma, bajo la mirada y descubro al oficiante muerto a mis pies. No muy lejos de él se hallan mis padres, tirados en el suelo.
—¡Mamá! —la llamo.
Su falta de respuesta me revuelve el estómago. La alcanzo a grandes zancadas y me inclino sobre ella.
—¿Mamá?
Sus ojos abiertos están fijos en un punto y extrañamente vacíos, como los de mi padre. Y sus trajes manchados de sangre, están llenos de impactos de balas. Me derrumbo a su lado, ahogando un grito desesperado. Sujeto el cuerpo inerte de mi madre entre los brazos y la zarandeo para despertarla.
—Todo va a estar bien, no te preocupes. Ethan va a cuidar de ti. —¡Ethan! —g rito por encima del hombro—. ¡Tienes que atender a mis padres! ¡Rápido, necesitan tu ayuda!
El aire apenas me llega a los pulmones. Me ahogo, pero solo es temporal. Ethan va a salvar a mi madre, luego a mi padre y pronto estaremos de vuelta en la mansión.
Me sobresalto cuando siento una mano acariciándome la espalda.
Carter se detiene detrás de mí. Su cara bañada en lágrimas está marcada por tanto dolor que tengo ganas de huir y de no volver a poner un pie en esta ciudad.
—Llama a Ethan, por favor…
Un sollozo escapa de sus labios; es el único ruido que es capaz de emitir. En cuanto a mí, asiento con la cabeza una y otra vez, sin duda para consolarme, mientras refuerzo el agarre sobre el cuerpo que acuno entre los brazos.
—Llámalo. Los va a salvar. Igual que me salvó a mí en la negociación, ¿verdad?
Vuelvo a asentir con la cabeza. Porque los va a salvar.
Los va a curar y entonces no sentiré más dolor. Así será. Todos merecemos que nuestra historia acabe bien, como en los cuentos de hadas.
De repente, mi madre tiembla contra mí. Tiene frío; me doy cuenta de que está congelada. Le pido a Carter que me dé una manta o cualquier otra cosa que pueda darle un poco de calor. Pero no espero a que se mueva; llamo al cirujano para que no perdamos ni un segundo más.
—¡Ethan! ¡Mi madre está viva! ¡Tirita!
El hombre a cargo, equipado con su mochila, aparece y se arrodilla a mi lado. Examina el rostro de mi madre mientras se pone un par de guantes y recorre su cuerpo con la mirada. Una mirada que termina en mí.
—Tu madre no tirita, Avalone —me dice mirándome fijamente.
Bajo rápidamente los ojos hacia ella y señalo su brazo izquierdo.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Mira! ¡Tiembla!
—Eres tú quien tiembla, corazón…
Sacudo la cabeza, incapaz de comprender sus palabras, y coloco a la mujer que me trajo al mundo en sus brazos para que se haga cargo de ella. Ethan la tiende en el suelo, pero, una vez más, no hace nada. Se niega a prestarle ayuda.
—¿Estás ocupado con Jesse? —le pregunto—. Cuando esté fuera de peligro, ven a ocuparte de mi madre. Puede esperar, es fuerte.
Cuando se prepara para contestarme, las puertas de la capilla se abren y la policía inunda el lugar. El alivio me invade. Suelto una risa triunfal, con el corazón más ligero.
—¡Están aquí para salvarnos! —exclamo—. ¡Vas a tener ayuda, Ethan! Habrán llamado a una ambulancia. Jesse, mis padres… Todos van a sobrevivir. ¡Tal vez incluso Nora!
—¡Avalone!
La firmeza con la que Clarke me llama me hace alzar la mirada hacia él. El dolor físico que lo atormenta es palpable. Debo tranquilizarlo, decirle que todo ha terminado, que vamos a volver todos juntos a casa, sanos y salvos.
Sin embargo, se me adelanta.
—Mira la cara de tu madre…
Estoy perpleja. No entiendo adónde quiere llegar, pero obedezco.
Mi madre me mira con los ojos muy abiertos. Carecen de la más mínima chispa de vida, pero ¿quién puede reprochárselo? Está herida. Hay un hueco entre sus dos cejas a través del cual se podría ver su cerebro si la sangre no se estancara ahí.
Ver su cerebro.
La realidad me golpea con violencia, tanto que suelto su cadáver y me pongo de pie de un salto. Este sufrimiento que siento de repente no tiene precedente. Es como si mil agujas me atravesasen todo el cuerpo, me siento abatida.
Me tambaleo, jadeando desesperadamente en busca de aire, pero el oxígeno no me llega a los pulmones. Me llevo una mano a la garganta, que araño con las uñas para ayudar a que mis vías respiratorias se abran, en vano.
Me duele.
Me duele muchísimo y no puedo expresarlo.
Todo este dolor se agita en mí interior, atrapado en mi ser. Temo que me conduzca a la locura si no consigo liberarme de él.
Asaltada por los recuerdos de mi madre llena de vida, a los que se superpone la imagen de su mirada apagada, me cubro la cara con las manos y aprieto mientras rezo a los dioses para que me concedan un instante de tregua.
Pero cometo el error de mirar el cuerpo inerte de mi padre y, entonces, suelto un grito.
Doblada en dos, me libero de todo este sufrimiento que me consume por dentro.
Lloro, sollozo, y mi alma se rompe en tantos pedazos como personas fallecidas.
Muertos… ¡Jesse!
Me lanzo entre los escombros, con la respiración entrecortada, y trato de alcanzar a ese hombre tan importante para mí. Pero ya no está en el lugar en el que lo había dejado. Recorro la capilla con la mirada, buscándolo, pero no veo nada a través del velo de mis lágrimas.
¿Podría haber sobrevivido? Esa pequeña esperanza se reduce a la nada cuando, después de enjugarme los ojos, veo a dos bomberos empujar una camilla sobre la que está tumbado el Devil’s.