Amor en el caos (The devil’s sons 3) 24 #2
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La boda tendrá lugar mañana a las cuatro de la tarde, y es conveniente que luzcamos nuestras mejores galas. Mi madre me dice que, por los viejos tiempos, ha invitado a Nora a unirse a nosotros. No sabía que aún estaba en la ciudad, ni que hablaba con mi madre.

Carter no aprueba la iniciativa de su cuñada; le ha pedido expresamente que anule la invitación, y yo solo puedo apoyarlo.

Aunque mi antigua mejor amiga no conoce la identidad del futuro marido, es impensable que venga a la ceremonia.

Sería el colmo de la imprudencia. A mi madre le faltan reflexión e instinto de supervivencia antes de actuar. Temo que termine matándonos a todos.

—Los reproches, después —le suelta el jefe a mi madre—. Clarke, Avalone y yo tenemos que hacerle una visita a Meyer en la cárcel.

Como va directo al grano, le lanzo una mirada de reproche por haberme ocultado la precariedad de nuestra situación. Él también me había prometido que no habría más mentiras, fueran por omisión o no. En su papel de jefe de la banda, me ignora deliberadamente y nos ordena ponernos en marcha.

Cruzamos los mismos pasillos que recorrí hace unas semanas, y nos guía el mismo guardia que me llevó hasta Clarke cuando estaba encar celado en este lugar. Hasta ayer, no pensaba volver aquí. Creía que todo esto había quedado atrás. ¡Menuda utopía!

La aprensión me atenaza el estómago. El jefe de la policía, destituido de sus funciones después de haber sido declarado culpable del asesinato de Freddie Tomson, solo quiere hablar conmigo.

Solo conmigo. No tiene ningún sentido. ¿Seguimos jugando al sórdido juego del autor intelectual sin siquiera conocer las reglas?

Paramos delante de una puerta que reconozco de haberla cruzado antes.

Una parte de mí preferiría dar media vuelta y permanecer en la ignorancia.

Tengo miedo de lo que voy a descubrir. La otra está lista para tomar las armas y defender a quienes quiero.

Y para lograrlo, debo conocer la identidad de nuestro enemigo.

Les lanzo una mirada a los dos hombres de mi vida.

No me acompañarán al interior de la sala; esperarán aquí a que recopile información.

Me dirigen sonrisas alentadoras, mientras el guardia abre la puerta y me hace un gesto para que entre.

Doy un paso dentro de la sala y la puerta se cierra tras de mí.

El jefe Meyer está ahí, esposado a la silla en la que está sentado. Su rostro está destrozado, marcado por los numerosos golpes que recibe de sus compañeros de celda. En la cárcel no gustan los polis, del mismo modo que no gustan los pederastas ni los hombres que maltratan a las mujeres.

Me seco las manos sudorosas en los vaqueros y avanzo apenas unos metros. No me siento segura. Prefiero quedarme de pie, a una distancia prudencial.

—Deberías haber venido antes.

Se inclina sobre la mesa, me observa con una seriedad que no conocía en él. ¿Se le ha caído la máscara o su alma carga el peso de sus actos?

—Diga lo que tenga que decir —exijo.

—Antes de nada, prométeme que convencerás a Charlie de que se vaya de la ciudad. Se niega a seguir a su madre y a su hermano a la otra punta del país y aquí… aquí corre un gran peligro.

Su miedo es palpable; teme por la vida de su hija. ¿Amenazaron a su familia para obligarlo a cometer el asesinato de Freddie Tomson y luego echarle la culpa a Clarke? Coincidiría con lo que me dijo Charlie.

—Le prometo hacer lo que esté en mi mano —le aseguro.

Aunque mantuviera en secreto las estratagemas de su padre, Charlie es inocente. Si un enemigo de los Devil’s Sons la amenaza, debemos protegerla.

Con los ojos desorbitados e inyectados en sangre, Meyer asiente sin discutir. Parece aliviado, pero también afectado por la locura. ¿Quién puede reprochárselo? Llevan semanas obligándolo a actuar contra su voluntad.

Se inclina sobre la mesa, como si quisiera asegurarse de que soy la única que escucha lo que va a decirme.

—Me forzaron a hacer cosas terribles para sembrar la discordia entre los Devil’s Sons —susurra—.

Tuve que ir a Worcester y empujar a esa anciana por las escaleras.

Asegurarme de que ya no fuera capaz de vivir sola…

Así me deshice de Tucker. Atacar a una persona mayor ya es bastante cruel, en mi opinión, pero decidieron que no era suficiente.

Me obligaron a ir más allá. Así que… maté a esa pobre mujer en el hospital.

Élisa Liner. Estaba dormida, inconsciente por los medicamentos, y la…

la asfixié con su propia almohada. Días después de su fallecimiento, puse en el camino de Alec a un montón de camellos.

Lo conduje por el camino de la autodestrucción…

Siento que el corazón se me encoge en el pecho y creo que estoy en estado de shock .

Mi respiración se reduce a un hilo de aire que no llega a mis pulmones; siento que mi pecho se detiene.

Desde fuera, parezco estar vacía, sin alma.

Pero por dentro reina el caos. Mis emociones están revueltas, chocan las unas con las otras.

Por todos los dioses…

—Por eso quería advertirte, Avalone. Cometí atrocidades, condené a los miembros de tu banda a una muerte segura, pero no puedo resignarme a no decirte la verdad.

Los Devil’s Sons son su objetivo. Tienes que huir antes de que te maten.

Porque es lo que te ocurrirá si te quedas con ellos. ¡Serás un daño colateral!

Tengo la sensación de haber salido de mi cuerpo.

Todo esto es demasiado para asimilarlo. Hace meses que la vida nos ha puesto obstáculo tras obstáculo, al menos, eso es lo que pensaba.

Pero todos estos duros golpes que hemos soportado no eran más que una consecuencia ineludible.

Una marcha, una muerte, un duelo difícil…

El universo no es el culpable. El culpable es un hombre, y está frente a mí.

Me habría lanzado a su cuello si no fuera consciente de la coacción bajo la que actuó.

—¿Quién? ¿Quién tiene a los Devil’s Sons como objetivo? —le pregunto con voz temblorosa.

El jefe Meyer se inclina más sobre la mesa. Se estira hacia mí, tanto como le permiten las esposas, y me hace un gesto para que me acerque, para susurrarme un secreto que solo él conoce. Teme el nombre que está a punto de pronunciar. Incluso diría que le aterra.

A pesar de la ansiedad que me causa su comportamiento temeroso, obedezco. Reduzco la distancia entre nosotros y me agacho hasta quedar a su altura. Sus labios me rozan la oreja, un desagradable escalofrío me recorre la espalda y el corazón me late sin parar.

Lo pronuncia en un susurro.

—Los BloodBro.

Palidezco. Mi alma se estremece. Se retuerce, se contorsiona y golpea mi interior buscando una salida antes de que esta sanguinaria banda la marque con su crueldad. Al no encontrar ninguna, grita. Grita desgarrándome por dentro, haciendo que mi mente se resquebraje.

Me tambaleo sobre mis piernas, sin aliento. Tengo la repentina sensación de que las paredes se ciernen sobre mí. Me siento atrapada.

—¡Huye! ¡Tienes que huir! ¡Cuando lleguen a Ann Arbor, no dejarán supervivientes! — grita el jefe Meyer sin aliento, luchando contra sus esposas.

Esta sensación de pánico que me revuelve el estómago es tal que tengo la sensación de sufrir un episodio de despersonalización.

Salgo de mi cuerpo y presencio la escena desde fuera.

Los contornos son borrosos; percibo cada movimiento a cámara lenta.

Es irreal, como un mal sueño en el que estoy encerrada.

Consigo, con un esfuerzo sobrehumano, girar sobre mis piernas. ¿Son siquiera mías? Ya nada es seguro. Divago, oscilo entre dos estados a los que no soy capaz de dar nombre.

Me lanzo hacia la puerta y la golpeo con furia. Grito, haciendo eco de mi alma, con las mejillas bañadas en lágrimas.

De repente, la superficie dura que golpeaba con los puños desaparece y caigo en los brazos de Clarke. Cuando alzo la cara hacia él, confirmo que la suya ha perdido todo el color.

—Saben que estoy viva. Vienen a por mí.

Apenas he terminado la frase, Carter me agarra del brazo y me arrastra con precipitación para que lo siga.

Me cuesta seguir su ritmo, tropiezo, pero nunca toco el suelo gracias a su firme agarre.

Sin embargo, esta vez no me reconforta. Si se queda cerca de mí, morirá.

Los BloodBro lo matarán, a él y a toda mi familia.

El aire a mi alrededor se vuelve asfixiante.

Cada palabra pronunciada por el jefe de policía vuelve a mi memoria de manera brutal.

Está equivocado, por falta de información.

Si supiera mi verdadera identidad, sabría que yo soy quien condenará a los miembros de mi banda a una muerte segura.

Sabría que son su objetivo únicamente porque se atreven a brindarme su protección.

Nunca seré un daño colateral. Soy el verdadero objetivo de la venganza de los BloodBro.

Puedo afirmar con certeza que nunca había sentido un miedo tan intenso hasta ahora.

Se parece a un veneno que se propaga de un extremo a otro de mi cuerpo a través de mis venas y arterias.

Lo sufro físicamente. Mis músculos se tensan y se atrofian, tanto que poner un pie delante del otro se convierte en un suplicio.

Salimos de la cárcel y cruzamos el aparcamiento.

Aunque vine en la moto de Clarke, para volver mi padrino me ordena que me suba a su coche.

El motor ruge y nos incorporamos a la carretera a toda velocidad.

Carter se salta cada semáforo en rojo y acelera cada vez más.

Parece estar concentrado en la carretera, pero sé que los engranajes de su cerebro giran a toda velocidad.

—Quiero que me repitas palabra por palabra tu encuentro con Meyer. ¿Te sientes capaz, Avalone?

Antes de decir nada, me lanzo sobre la guantera y cojo mis medicamentos. Mis manos tiemblan tanto que la mitad del frasco se me cae por la parte delantera del coche. Suelto una palabrota y, esforzándome por concentrarme, consigo tragar un ansiolítico.