Amor en el caos (The devil’s sons 3) 23 #2
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Estoy tan entusiasmada que doy saltitos de alegría.

Le pido ayuda a Clarke y juntos sacamos la compra.

Un cuenco, una fuente de agua, pienso, comida húmeda, golosinas, una caja de arena, arena, un cepillo, un cortaúñas, varios juguetes diferentes…

Y, a unos metros, cerca del sofá, descansan al menos seis cajas más.

—¿Qué es eso?

—Un rascador para gatos. La vendedora me lo recomendó.

Joder, no hizo las cosas a medias.

Durante la media hora siguiente, lo colocamos todo.

Guío al Devil’s, sugiriéndole sitios específicos.

Trabaja más que yo, pero la culpa la tiene esta bola de pelo que se ha refugiado en mis brazos.

Nos ponemos a montar el famoso rascador de gatos y las risas no se hacen esperar.

Las instrucciones están mal explicadas; ensamblamos las piezas equivocadas y tuvimos que empezar de nuevo.

Le echo la culpa a Clarke para molestarlo y él se venga echándome un vaso de agua por encima.

Le sigue una guerra de agua que ninguno de los dos gana, dado que ambos acabamos empapados.

Terminamos de montar ya de noche. Con los ojos como platos, observamos el rascador.

Es enorme, llega a los dos metros de alto, tiene ocho columnas para rascar y por lo menos siete camitas diferentes para dormir.

Los juguetes cuelgan por todas partes y un puente conecta algunas columnas entre ellas.

—¿No había uno más pequeño? —pregunto.

—La vendedora me aseguró que esto era lo mínimo para un gato.

—Creo que se ha aprovechado de tu ingenuidad. Y de tu tarjeta de crédito…

Clarke pone una mueca molesta y no puedo contener la risa que me entra. Me río de él, y consigo que se enfade conmigo. Cuando da un paso hacia mí para infligirme no sé qué tortura, le grito que se quede quieto.

Deja suspendido un pie en el aire, bajo el que se encuentra el gatito.

—¡Joder, es tan pequeño que podría pisarlo!

—¡Más te vale que no!

Me agacho y cojo en brazos a este adorable animal. Lo mimo y lo acaricio. Me lo agradece ronroneando. Estoy encandilada.

Clarke se sienta en el sofá y me hace un gesto para que me una a él. Me siento a horcajadas sobre él y coloco al gatito sobre su pecho. Lo vemos moverse con ayuda de sus patitas. Se sube al respaldo, salta sobre los cojines.

—¿Cómo te gustaría llamar a ese meón? Te lo advierto, no quiero escuchar nada como Pantuflas, Caramelo, Tigger o Pícaro.

Arrugo los labios y contengo una sonrisa divertida. Pícaro es el nombre que le habría puesto a mi gato si mi madre hubiera cedido a mi capricho cuando era pequeña.

—Bien. ¡Empecemos, entonces, por algo más original! —propongo. No tengo que pensarlo demasiado; una idea me viene a la mente—. ¿Y por qué no Heimdall?

El Devil’s Son se ríe.

—¿Original, dices?

Ignoro su comentario y llamo a mi gatito por su nuevo nombre. Ese pequeño ingrato me desprecia; prefiere ir a la aventura. Curioso y espabilado, salta del sofá y recorre la habitación. Podría contemplarlo durante horas de lo bonito que es.

—Hablaste con Raiz en la fiesta de la Alianza. ¿De qué hablasteis? —me pregunta Clarke—. Te noté nerviosa.

Ayer, las bandas de la Alianza se reunieron en la mansión para presentar a los Blue Demons. Raiz se acercó a mí y me saludó con una reverencia que me recordó a un tiempo pasado.

«Te pareces a tu padre», me dijo.

Me sentí incómoda. No era el tipo de conversación que me gustaría tener con ese hombre en quien no tengo ninguna confianza. Indiferente a mi reacción, me confesó que durante un tiempo recorrió Estados Uni dos junto a los BloodBro. Estaba ahí cuando Mike Arinson los estafó, porque era uno de ellos.

«No guardo ningún rencor hacia tu querido padre ni hacia su descendencia. Hacia ti . Pero deseo con todas mis fuerzas ver morir a mi hermano. Y si debo sacrificarte para eso, no vacilaré», continuó.

No fueron sus palabras las que me sorprendieron, sino su sinceridad. Podría haber ido a advertir a Carter, pero, en cambio, llegué a un acuerdo con Raiz.

«Acepto mi suerte. A cambio, te pido que protejas a mi familia como si fuera la tuya», le susurré.

Una risa que me dio escalofríos sacudió sus hombros. Entonces me preguntó si no le temía a la muerte, a lo que respondí que me daría mucho más miedo si alcanzara a las personas que quiero.

«Haré todo lo que esté en mi poder para que los Devil’s Sons no te defiendan contra los BloodBro a costa de sus vidas», me prometió.

Alzo el rostro hacia Clarke y le dedico una sonrisa serena.

—Conversamos sobre el amor que le tengo a mi banda.

Han pasado tres semanas desde que Clarke y yo nos mudamos juntos. Tres semanas de amor marcadas por las risas. Solo una discusión llegó a empañar nuestro idilio perfecto.

Una noche, mientras estábamos en el Degenerate Bar , un tipo le hizo un comentario sobre mí a su amigo.

Usó el término «follable». El Devil’s oyó su conversación y se lanzó sobre él.

Por mucho que le rogué que se detuviera, no me escuchó.

Su víctima, muy herida, fue lle vada a urgencias.

Aquella noche volví al campus y dormí en mi antigua habitación, en compañía de mi mejor amiga.

Clarke vino a buscarme de madrugada. Me abrazó fuerte y me prometió esforzarse por canalizar su ira.

Mantuvo su palabra. Unos días más tarde, en la fraternidad, un estudiante borracho lo provocó.

Insistentemente. El Devil’s apretó los dientes, pero no reaccionó, así que el hombre arremetió contra mí.

Clarke solo deseaba una cosa: hundirle un puño en la cara.

Al final, solo lo zarandeó para asustarlo. Estaba orgullosa de él.

Heimdall se ha adaptado a su nuevo hogar. Es entrometido, pide caricias en mitad de la noche y hace un número considerable de tonterías. Por mi parte, lo adoro. En cuanto a mi novio, bueno, le declaró la guerra la semana pasada, después de que destrozara el apartamento en nuestra ausencia.

Habíamos salido para tomar algo con la banda, a petición de Justin.

Quiso compartir con nosotros cómo iba la relación con su padre.

El señor Coldwell no puede evitar hacerle comentarios despectivos sobre sus actividades extraescolares, pero, contra todo pronóstico, aceptó la situación.

Así que Justin se despidió con alegría de su padre y de su hermana antes de que regresaran a Pensilvania.

Con el solsticio de invierno cerca, le sugerí a Clarke poner un árbol de Yule en nuestro apartamento.

No entendía por qué, dado que ya había uno en la mansión, donde pasaríamos las fiestas.

Pero entonces, un buen día, al volver de un largo día de clases, me encontré de frente con un abeto de tres metros de alto.

El Devil’s cumplió mi deseo, a pesar de sus reservas.

Después de un agradecimiento a la altura, lo obligué a ayudarme a decorarlo.

Cubrimos sus ramas con plumas y guirnaldas de piñas.

Nuestro trabajo parecía prometedor, pero desgraciadamente, nos descuidamos y empujamos el árbol, que cayó sobre la mesa de centro.

No salió indemne de ese golpe. Se rompió y Heimdall huyó del salón, asustado por el caos.

Ponerlo todo en orden nos llevó tiempo, pero tan pronto como acabamos, volvimos a decorarlo.

Con música de fondo, le lancé a Clarke algunas decoraciones que se encargó de poner alrededor de las espinosas ramas de nuestro abeto.

Hicimos una pausa durante la cual bailamos pegados al ritmo de Hotel California , de Eagles.

Nos besamos, dimos vueltas, nos acariciamos…

Luego observamos el resultado de nuestro arduo esfuerzo, orgullosos.

Nuestro árbol era magnífico. Al menos, hasta que Heimdall se subió encima e hizo que volviera a caer.

Las decoraciones no sobrevivieron al impacto y la mayoría de las agujas se cayeron.

Loco de rabia al ver sus esfuerzos desvanecerse, Clarke se lanzó a perseguir al gato.

Corrí tras ellos por todo el apartamento para salvar a mi mascota, riéndome a carcajadas.

Una hora más tarde, nuestro árbol estaba en el contenedor que hay debajo del edificio.

Yule comenzó con la Noche de las Madres —durante la cual rendimos homenaje a las deidades femeninas— y se prolongó durante nueve noches.

Cada tarde, los Devil’s Sons se reunían en la mansión y festejábamos hasta bien entrada la noche.

Siguiendo la tradición, decoramos la mansión con ramitas de coníferas recién cortadas e hicimos arder una pira, sin olvidar la decoración del famoso árbol, que se mantuvo intacto.

Las comidas, que consistían en cerdo o jabalí, estuvieron marcadas por las bendiciones y los buenos deseos. E intercambiamos regalos. A montones.

Justin nos dio —a Clarke y mí— un vale para una sesión de tatuaje. Quiere que nos tatuemos una línea alrededor del anular de la mano izquierda.

«Una promesa de matrimonio», dijo.

A Carter casi le da un infarto y nos prohibió hacerlo.

Uno de los regalos que le di a mi novio fue el collar de su padre, que no había tenido el valor de llevar a reparar.

Lo encontré cuando limpiaba el apartamento y tomé la iniciativa de llevarlo a un joyero para devolverle la belleza de antaño.

Temía haber cruzado un límite, pero la reacción de Clarke me conmovió.

Una vez pasada la sorpresa, sus dedos acariciaron la cadena de oro.

Después me pidió que se la pusiera y me abrazó con todas sus fuerzas.

Él me regaló una montaña de libros. Mi emoción se convirtió en histeria mientras los desenvolvía uno a uno.

Todos trataban temas tan interesantes que me encerré en el baño durante media hora para leer a escondidas.

El sombrío moreno me sacó a rastras y me regañó con una severidad teñida de diversión.

También me regaló el collar más bonito haya visto jamás, con un colgante que representa el encuentro entre el sol y la luna.