23
Sentados en la cama, Clarke y yo estamos frente a frente. Le lanzo una mirada severa mientras intenta manipularme con una sonrisa encantadora. Lucho con todas mis fuerzas para no caer en su trampa, pero mi determinación ya está flaqueando.
¡Jodido Devil’s!
Hace apenas unos minutos, nos despertábamos abrazados el uno al otro.
Tranquilos. En paz. Pero algo me ha parecido extraño, anormal: no escuché a mi novio quejarse del despertador.
Entonces me di cuenta de que no había sonado.
Ya es pasada la una de la tarde y me he perdido todas mis clases de la mañana.
—¡Has apagado mi alarma! —lo acuso.
Pone cara de ofendido y se lleva las manos al corazón.
—No me eches la culpa a mí. ¡Es que no la has escuchado!
Alzo una ceja, en un gesto insinuante. No soy ingenua y no me creo ni su actuación ni su descarada mentira.
—Clarke… —le advierto.
—¡Bueno, vale! Puede que haya apagado tu alarma poco después de que te durmieras. Estabas molida, necesitabas dormir…
—¡Pedazo de imbécil!
Le lanzo la almohada a la cara, salto de la cama y corro al cuarto de baño. Me ducho a toda velocidad. Mis padres se van hoy mismo a Canadá y les había prometido comer con ellos en casa de Carter. Seguramente estén esperándome.
Mientras me cepillo los dientes, entro en mi vestidor en busca de un conjunto para el día. Qué sorpresa encontrar ropa interior sexy que no es mía. Clarke, que me observa desde la habitación, se ríe. Me dice que fue idea de Lola.
¡Esta chica está loca!
Es entonces cuando la diversión abandona los ojos del atractivo moreno y sus pensamientos derivan hacia el deseo. Son tan ruidosos que juraría escucharlos.
Me saco el cepillo de dientes de la boca y lo apunto con él.
—Si no hubieras apagado mi despertador, podría haberme puesto uno de esos conjuntos provocativos y haber dejado que me lo quitaras. Por desgracia, has cambiado nuestro wyrd . Solo puedes culparte a ti mismo.
El gruñido de frustración que suelta me divierte. Se deja caer en la cama y se tapa la cara con la almohada. Vuelvo al cuarto de baño, con los brazos llenos de ropa, y me enjuago la boca.
—¿Te llevo? —me pregunta Clarke a través de la puerta.
—Descansa.
Con los dientes limpios, me pongo los vaqueros, un jersey de cuello alto, los botines de tacón cuadrado de doce centímetros y, por último, me abrocho el cinturón de mi largo abrigo beis alrededor de la cintura. De vuelta en la habitación, le doy un beso a Clarke y le pido las llaves del BMW i8.
—¿Vas a conducir?
—No, voy a ir a casa de mi padrino en patines.
Se ríe y solo puedo sonreír al escuchar esa dulce melodía.
—Están en la cómoda de la entrada —me dice.
Antes de que me aleje, me da una palmadita en el culo. Le lanzo un beso y voy a la puerta principal.
—¡Conduce despacio! ¡Ha nevado toda la noche!
—¿Nadie te ha dicho que mi segundo nombre es Schumacher? —le suelto, bromista.
—Sí, y desde 2013 está en un estado letárgico.
—Es un piloto de carreras que se cayó esquiando. No se puede ser bueno en todo…
Clarke se ríe o se ahoga, no estoy segura.
Debo confesar que mi humor negro está alcanzando límites inesperados y mi conciencia me recuerda que mantenga la calma.
No debería bromear sobre este tema. Aunque nunca he sido muy aficionada a las carreras de Fórmula 1, el accidente del piloto me impactó mucho en su momento.
Es una trágica historia. Demuestra lo rápido que puede cambiar la vida.
Aparco el coche muy cerca de la fuente de mármol y observo la camioneta aparcada no muy lejos de ahí. No la reconozco.
¿A quién puede pertenecer?
Salgo del coche cuando Stefan, el padre de Justin, abre la puerta de la mansión y sale.
Baja los escalones del porche a gran velocidad.
Habrá tenido una reunión con Carter sobre la incorporación de su hijo a los Devil’s Sons, y lo menos que se puede decir es que está furioso.
Tal vez incluso más que ayer. El pobre Justin debió de pasarlas canutas en la cena de anoche.
El hombre repara en mi presencia, pero decide ignorarme. Cuando está a punto de subir a su coche, lo llamo.
—¡Señor Coldwell!
Se gira en mi dirección y me lanza una mirada llena de desprecio.
—¡No malgastes tu saliva, jamás aceptaré que mi hijo forme parte de una organización criminal! ¡Malditos delincuentes!
Este señor no es muy amable… Aunque vista la situación, se entiende.
—Tengo saliva de sobra. Puedo malgastar un poco.
Créame, tengo para dar y tomar. Antes de que se uniera a los Devil’s Sons, ¿cómo se comportaba Justin?
Era violento, impulsivo e irresponsable, ¿verdad?
Y desde que se unió a la banda seguramente notó su evolución.
¿No está orgulloso de su transformación?
¿No está orgulloso del hombre en el que se ha convertido?
—¡Ya no lo estoy! —exclama.
¡Dioses benditos, qué cabezota!
—¡Está cegado por la moralidad; se niega a considerar la idea de que esta banda le haya hecho bien a su hijo!
Junto a los Devil’s Sons, Justin ha aprendido lo que es el respeto, ya sea hacia una figura de autoridad o hacia sus compañeros.
Ha aprendido a tener obligaciones, a asumir el peso de las responsabilidades.
Ahora ya sabe cómo canalizar la ira nacida del divorcio de sus padres.
Porque sí, de eso se trata. Tras sus frecuentes discusiones con Eva, ¡obligó a su hijo a elegir!
Él se negó y entonces usted hizo gala de una severidad injustificada hacia él.
Incluso diría que fue cruel. Después del divorcio, se negó a seguir a Justin y a su madre a Ypsilanti por orgullo, y su familia se dividió.
Su hijo lo vivió como un abandono; sufrió por ello.
¿Y quién lo ayudó a superar esa adversidad?
¿Usted? Desde luego que no. Fue Carter quien asumió el papel de padre.
Le dio una nueva familia como compensación por la que le fue arrebatada.
Lo devolvió al buen camino y le enseñó todo lo que un padre le enseña a su hijo.
Sí, formar parte de esta banda es rozar el peligro.
Sí, nuestras actividades son cuestionables.
No obstante, Justin no renunciará a los Devil’s Sons, que han estado ahí para él cuando usted no lo estuvo.
Tiene que aceptarlo. Su hijo se merece que deje a un lado algunos principios, pero eso lo sabría si hubiera hecho el esfuerzo de conocerlo.
Es hora de enmendar sus errores. Tiéndale la mano; no lo lamentará.
Durante mi sermón, el señor Coldwell experimentó diferentes emociones.
Algunas me hicieron temer haber ido demasiado lejos; otras me animaron a continuar.
Ahora, su rostro solo refleja incertidumbre.
Está mirando al vacío, y tengo la esperanza de que esté replanteándose la situación.
Al final, me da la espalda y se mete en su camioneta sin una palabra ni una mirada.
Después de una buena comida en compañía de mis padres, Carter y yo nos despedimos de ellos. Los abrazamos, e hicimos que estos duraran, pero la verdad es que ninguno de los dos sintió pena o nostalgia con su marcha. Fue una despedida extrañamente formal.
—Solo nos queda esperar que sigan al pie de la letra tus consejos —le susurré al jefe.
—Tienen que ser prudentes a diario; se trata de la seguridad de todos —afirmó Carter.
Ya estoy de vuelta en mi nuevo apartamento. A estas alturas, he abandonado la idea de asistir a mi última clase del día. Además, confieso que el mensaje de Clarke diciéndome que tenía una sorpresa para mí me convenció.
Clarke no me ha oído entrar; está apoyado en la barandilla del balcón con un cigarrillo en la mano.
Me acerco de puntillas con la idea de sorprenderlo, pero, de repente, algo me roza el tobillo derecho.
Suelto un grito de sorpresa y salto hacia atrás, con el corazón a mil.
Es entonces cuando encuentro a mis pies un gatito blanco de cola negra.
Suelto un nuevo grito, diferente del anterior.
Este expresa mi alegría, como las lágrimas que se acumulan en mis ojos.
Miro a Clarke, que me contempla a través del ventanal entreabierto. Su sonrisa, igual de grande que la mía, me demuestra una vez más que mi felicidad es la suya.
—¿Te acordabas de esa tonta condición que se me ocurrió en un arranque de emoción?
—Pues claro que sí.
Por todos los dioses, ¡lo quiero tanto!
Me arrodillo y cojo la bola de pelo entre las manos.
Su maullido es adorable; hace que me derrita.
Lo acerco delicadamente contra mi pecho y doy un respingo cuando empieza a ronronear.
No pensaba que un animalillo tan pequeño fuera capaz de hacer tanto ruido.
Incluso siento las vibraciones que produce el sonido.
Acaricio su suave pelaje. Es tan agradable para él como para mí. Cierra los ojos y se arrima más a mis dedos. Estoy maravillada.
Cuando Clarke entra al salón, dejo al gatito suavemente en el suelo y me lanzo a su cuello. Lo cubro de besos llenos de gratitud. Lo asalto, pero no se queja. Nunca. Me abraza, acepta todo lo que tengo para ofrecerle.
—Gracias, gracias, gracias… Te quiero, te quiero, te quiero…
Se aleja de mí y adopta una expresión que parece seria, implacable.
—Es tu gato; eres tú quien se ocupará de él. ¿Lo entiendes?
—Sí, claro como el agua.
—Bien. Se meó en el suelo hace diez minutos. Te dejo limpiarlo.
Suelto una carcajada y le doy una palmada afectuosa en el brazo. Después descubro la escena del crimen y me apresuro a fregar el suelo. Esta tarea, por más ingrata que sea, solo me hace más feliz.
¡Tengo un gato! ¡El pis que estoy limpiando lo demuestra!
Una vez que el parqué está como nuevo, guardo los productos de limpieza y husmeo en las bolsas de plástico que abarrotan la encimera de la cocina. Están llenas de un montón de cosas para el bienestar y la supervivencia del gatito.