22 #2
Abro la puerta del coche y salto a la acera.
Poco me falta para torcerme un tobillo. Debería haber esperado a que el coche se detuviera.
Loca de impaciencia y de alegría, doy saltitos hasta la entrada del edificio.
Clarke va despacio. Muy despacio. Le pido tres veces que se dé prisa.
Pone los ojos en blanco, con una sonrisa en los labios, y me rodea los hombros con un brazo.
Entramos en el edificio y nos dirigimos hacia las escaleras, que intento hacerle subir deprisa.
Incluso le arranco las llaves de las manos y me precipito hacia la cerradura de nuestra puerta.
Estoy tan nerviosa que no consigo abrirla.
Suelto un pequeño gemido de frustración mientras él se ríe y finge estar relajado, pero veo que bajo su apa riencia despreocupada se esconde una impaciencia que iguala a la mía.
La puerta no se me resiste mucho tiempo. Contengo la respiración y entro en el apartamento. Sobre la cómoda, en el recibidor, destaca una foto enmarcada de los Devil’s Sons conmigo. Estamos unos junto a otros, frente a la luna. Ese mismo momento se lo tatuamos a Tucker antes de su marcha.
Echo de menos a ese idiota…
Por encima del mueble se extiende un gran espejo, a través del cual me doy cuenta de que Clarke me contempla, como cautivado.
De su mirada emana un amor tan poderoso que el corazón se me acelera, hechizado.
Incluso me sorprendo enjugándome una lágrima con la manga.
Los sentimientos que este hombre tiene por mí me enternecen.
—Ven conmigo —susurra.
Desliza su mano en la mía y me guía hasta el salón.
La estancia, amueblada y decorada, me parece espectacular.
Suelto un grito de alegría y giro sobre mí misma, con los ojos resplandecientes.
Tengo ganas de hundir los dedos de los pies en la alfombra negra, extendida en el centro.
Parece suave y mullida, como las mantas dobladas sobre el sofá.
Ya me imagino pasando mis noches aquí, acurrucada contra Clarke mientras vemos una película.
Y la maravillosa lámpara de pie que realza ese rincón de relajación me vendrá genial durante mis lecturas nocturnas.
Una planta colgante, llena de vitalidad, recorre la encimera.
Encimera sobre la que me sentaré para observar a mi novio cocinar.
Cogeré una manzana del frutero cromado y llenaré ese jarrón arquitectónico de preciosas flores.
Y esas cortinas negras… las correré antes de dejarme llevar por la pasión con mi pareja.
Las perspectivas de futuro llenan mi mente, y el corazón se me hincha de felicidad.
Cojo a Clarke del brazo y lo arrastro hasta la habitación principal.
Una gran cama, dos mesitas de noche, una alfombra beis, un banco debajo de la ventana…
Descubro la decoración con mucha emoción.
Las cosas del hombre que quiero y las mías se juntan.
Todo está colocado al milímetro, gracias a los esfuerzos de Lola.
Fijado en la pared del fondo hay un espejo de una altura increíble, con el que voy a poder asegurarme de que ninguna etiqueta me sobresalga de la ropa.
Suelto una risa alegre y sigo explorando. Entro en el baño. Unas bonitas toallas blancas están extendidas en el toallero y los cajones de los muebles están llenos de productos de todo tipo que ni siquiera sé para qué sirven.
Dioses todopoderosos… Mi mejor amiga ha vaciado el pasillo de cosméticos del supermercado, y Clarke, ignorante, lo ha pagado sin rechistar.
Hablando del rey de Roma, me echa por encima del hombro como si fuera un saco de patatas. Grito de sorpresa y después me río. Dejo que me lleve a la última estancia de este fabuloso apartamento: la habitación de invitados.
Al llegar a nuestro destino, pierdo el equilibrio al bajarme y el Devil’s me sostiene contra él el tiempo necesario para estabilizarme; luego me dice que me gire. Obedezco.
Lo que primero me llama la atención es la estantería que soporta el peso de mis libros.
Los pobres estaban apilados en cajas de cartón olvidadas en una esquina de mi habitación universitaria.
Por falta de espacio. Hay dos pufs debajo de la ventana y parecen tan cómodos que da pena levantarse.
Tengo que probarlos cuanto antes. En cuanto a mis cosas de clase, están ordenadas y organizadas en el escritorio de Clarke de la misma forma que lo estaban en el mío.
Recorro la estancia con la mirada. Los latidos de mi corazón, hasta ahora frenéticos por el nerviosismo, se calman a favor de la emoción.
—Esta habitación es toda para ti —susurra el hombre de mi vida al oído—. Podrás estudiar y leer con tranquilidad aquí.
Con los ojos llenos de lágrimas, me dejo caer sobre su pecho. Me rodea la cintura con los brazos.
—Tendremos que devolver los muebles a Carter y comprar unos nuevos —continúa—. Me gustaría que los eligieras para que te sientas como en casa. También falta decoración…
No necesito ningún mueble ni decoración especial para sentirme como en casa. Clarke es mi hogar. Es todo lo que necesito.
Y yo que creía que no viviría el tiempo suficiente para conocer la felicidad de despertarme con el hombre que amo… Dioses benditos, estoy conmocionada y mi llanto lo demuestra.
Me giro hacia él con la intención de agradecérselo, pero las palabras se atropellan en mi mente y me doy cuenta de que ninguna es lo bastante fuerte para expresar mi gratitud.
Clarke besa cada una de mis lágrimas, como si las saboreara. Me susurra palabras dulces, palabras de amor que marcan mi alma de la forma más agradable posible.
—Agradezco al universo, todos los días, que te haya puesto en mi camino, Avalone.
Un escalofrío me sacude. Este hombre, que me volvía loca de rabia cuando nos conocimos, ahora hace realidad mis sueños más alocados.
Me refugio en sus brazos, deseando fundirme con él, y hundo la cabeza en su cuello. Me dejo llevar por mis emociones sin ninguna vergüenza.
—Te quiero, Clarke. Con ese verdadero amor que creías extinto.
Juraría que en este instante los latidos de su corazón se acompasaban al mío. Los notó latir a la vez, como uno solo.
Estrecha su abrazo alrededor de mi cintura y nos lleva a la habitación. Nuestra . Nos tumbamos en la cama, el uno contra el otro, y entonces, un pensamiento fugaz me atraviesa la mente.
No quiero contentarme con unas cuantas noches compartidas con Clarke hasta que la muerte venga a por mí. Quiero tener derecho a toda una vida a su lado, y tal vez sea lo suficientemente fuerte para lograrlo.
Me sorprendo al descubrir que aún tengo esperanzas.
—No sé si esto es pasajero, pero en este momento no me cuesta vislumbrar un futuro brillante para ti y… para mí.
Su torso se queda quieto; ha dejado de respirar. Aguardo una respuesta de su parte que no llega.
¿Lo he dejado en shock ?
Alzo la mirada y me encuentro con sus preciosos ojos verdes abiertos por la sorpresa. Aunque están fijos en mí, parecen desconectados de la realidad.
Mierda, le he provocado una disfunción neuronal.
De pronto, la risa más alegre que le haya oído brota de su garganta.
Clarke me da la vuelta y se coloca encima de mí.
Entonces me besa apasionadamente hasta hacerme perder la cabeza.
Sus inquietos labios se desvían; me clava los dientes en el hombro y me hace cosquillas, tanto que me río.
Empezamos a bromear, a provocaros, a empujarnos solo para acercarnos más.
En el calor del momento, mi novio se cae de la cama y me arrastra con él.
Salgo ilesa. Al menos, si ignoramos mi falta de aire. Me río tanto que me olvido de respirar.
Nos quedamos donde estamos, en el suelo, y nos calmamos poco a poco.
—¿Cómo te sientes con la muerte de Freddie? No hemos tenido tiempo de hablar de ello —le pregunto.
—Su muerte me alegra. Se lo merecía. Debería sentir compasión por la niña que aparecía en su fondo de pantalla, pero… no soy capaz. ¿Soy mala persona?
—Eres una buena persona, Clarke Taylor. No lo olvides nunca. La desgracia de unos es la felicidad de otros. Así funciona la vida.
Mi falta de prejuicios lo tranquiliza. Me dedica una sonrisa agradecida y luego sus dedos me recorren la espalda lentamente, de arriba abajo.
—Mi madre me preparaba tortitas cada fin de semana.
Me sobresalto, muy a mi pesar. No esperaba que se abriera sobre su pasado. Me gustaría animarlo a seguir, pero me sorprende al continuar por su cuenta.
—Un sábado por la mañana, me despertó un fuerte olor a quemado.
Pensé que mamá se había dejado la masa en el fuego.
Después de todo, no habría sido la primera vez…
Salí de mi habitación con la intención de avisarla.
Fue entonces cuando escuché los gritos y las súplicas de mis padres.
Sabía que no estaban discutiendo, no podía ser eso.
Sus voces delataban su miedo. Doblé la esquina del pasillo y…
desde lo alto de las escaleras, me los encontré de rodillas, con las manos detrás de la cabeza.
Mi padre me vio y me gritó que huyera. Estaba en un estado de angustia que no le había visto jamás.
Él, que normalmente era una fuerza de la naturaleza…
El corazón me latía con furia; tenía los pelos de los brazos de punta.
Presentí el peligro, aunque no comprendía absolutamente nada.
Mi mente se negaba a analizar la situación, no entendía todo lo que estaba sucediendo ante mis ojos.
Dioses benditos…
Tengo náuseas y las lágrimas me impiden ver bien.