21 #3
—Vais a ir a Lansing a firmar un tratado de paz con los Blue Demons. Los invitaréis a la fiesta de la Alianza que se celebrará aquí mismo esta noche. Salís ahora. Ty, vas con ellos.
Mi compañero de viaje asiente, con los ojos llenos de gratitud. Carter comprende que necesita distraerse después de las tragedias que ha sufrido su familia. ¿Y qué mejor que volver a las andadas por un tiempo?
Salimos de la mansión sin ninguna otra explicación. El jefe debió de preparar a los chicos para este encuentro, igual que se aseguró de nuestra seguridad en territorio enemigo, estoy convencida.
Una tarde, mientras ayudaba a organizar el funeral de Élisa, me dijo algo que me dejó marcada: «Solo puedo garantizar la seguridad de mis hombres al noventa y ocho por ciento.
Ese porcentaje representa mi trabajo, que consiste en estudiar todas las constantes y luego controlar las variables o, al menos, determinar sus posibles evoluciones.
Por lo tanto, debo entrenar a los miembros de la banda para que puedan reaccionar ante todas las eventualidades.
Debo instruirlos, tanto sobre nuestros enemigos como sobre nuestros aliados.
El conocimiento es lo que nos mantiene con vida.
En cuanto al dos por ciento que queda… siempre se me escapará, y debemos esperar lo peor.
Uno corresponde al error. El mío o el de mis hombres.
Podemos cometer un fallo; no somos infalibles.
El otro lo asocio a la imprevisibilidad de la naturaleza humana.
Sé ser prudente, persuasivo e inteligente, pero no puedo leer la mente de las personas con las que nos encontramos».
Clarke, sentado en su moto, me tiende mi chaqueta de cuero con el emblema de los Devil’s Sons. No protesto; hace un frío que pela. ¡Menuda sorpresa descubrir que tiene un forro polar! Debe de ser un nuevo modelo, diseñado para ayudarnos a afrontar las bajas temperaturas de Michigan.
—¿Está lejos de aquí? —pregunto.
—A una hora por carretera, pero a nosotros solo nos llevará media hora —responde Jesse.
—Cálmate, cabeza huevo. ¡Quiero llegar de una sola pieza!
—¿Qué? ¿No confías en Clarke? —pregunta Set, divertido.
El resentimiento me puede.
—No diré nada que pueda molestar al segundo de Carter —respondo.
El aludido me fulmina con la mirada, pero no le da más vueltas.
Sabe que se pasó de la raya y, a pesar de que sigo enfadada, eso me alivia.
No me gusta discutir con él. Y aunque a veces pueda herirme, no lo hace queriendo.
Mi novio no sabe controlar sus emociones; debo aceptarlo.
Nadie es perfecto, todos tenemos nuestros defectos.
Si reconoce sus errores e intenta mejorar, podré perdonarlo fácilmente.
Me subo detrás de él y paso los brazos alrededor de su cintura. Arrancamos los motores, salimos de la mansión y aceleramos a toda velocidad por la carretera.
Como predijo Jesse, el trayecto no dura más de media hora. Dejamos las motos delante del pub de los Blue Demons y nos dirigimos hacia la entrada. Solo sé lo que dijo Carter, así que voy a observar y cerrar la boca.
Clarke, a la cabeza, empuja las dobles puertas batientes del pub.
Se asegura de que lo sigo de cerca antes de entrar.
Las conversaciones se apagan a medida que los dueños —nueve hombres en total, de unos cincuenta años— advierten nuestra presencia.
Uno de ellos, el que lle va un escudo con la palabra «jefe» bordada, se bebe media botella de whisky a morro sin quintarnos el ojo de encima.
De repente, golpea la botella contra la barra.
El cristal se rompe y se hiere la mano; la mano con la que coge el arma y nos apunta.
Se me hiela la sangre; mis traumas me hacen revivir el día de la negociación, cuando me dispararon.
—¡Deja de bromear y baja el arma, imbécil! —le suelta Clarke.
El tipo empieza a reírse de tal manera que parece que tiene un ataque de asma, y luego guarda el arma bajo la cinturilla de sus vaqueros.
¿Bromeaba? ¡Yo no lo he encontrado para nada gracioso!
Reduce la distancia entre nosotros a grandes zancadas y se planta delante de mí.
Me observa con atención con su único ojo.
No sé por qué razón mantiene el otro cerrado.
Siento que un profundo malestar se apodera de mí; no me gusta la forma en la que me observa, como si tasara el valor de una piedra preciosa.
—Carter me ha hablado mucho de ti. Me has costado caro, pero estoy seguro de que lograremos grandes hazañas juntos. ¡Bienvenida a los Blue Demons, preciosa!
—¡¿Perdón?! —exclamo, con el pecho oprimido por la angustia.
Suelta una risa que lo hace parecer un loco.
Dioses benditos, este tipo no está bien de la cabeza. Quiero volver a casa…
—¡Es broma, es broma! Tu jefe no te ha vendido. Una pena… Yo soy Raizaqueen. Puedes llamarme Raiz, si quieres.
Coge mi mano con un movimiento rápido y gira la palma hacia arriba. Se inclina, atento, y recorre con el dedo sus líneas. Un escalofrío desagradable me sube por la espalda. Intento liberarme de su agarre, pero aprieta aún más.