20 #3
Si no hubiera pensado en los BloodBro hace un instante, no me habría alterado tanto.
Pero esa maldita banda tiene el don de sacarme de quicio.
Mis emociones son tan inestables como explosivas, y Sean acaba de prenderles fuego.
Las compuertas están abiertas; la ira fluye dentro de mí.
Es violenta, devastadora, tanto que podría volverme loco si me faltara fuerza mental.
Avalone me aconsejaría aceptarla e intentar reprimirla, pero yo prefiero dejarla salir; de lo contrario, tengo miedo de ahogarme.
Aprieto el puño y pego a mi hermano de armas, que se desploma a mis pies.
—¡Renunciaste al derecho de tener una vida privada el mismo día en que te uniste a los Devil’s Sons! —grito—. Cada aspecto de tu vida nos concierne a todos. ¡Si considero que el camino que tomas nos puede perjudicar, das media vuelta sin rechistar!
Sean se roza el labio ensangrentado y hace una mueca de dolor.
—No veo cómo mi felicidad podría ser perjudicial para la banda — dice con calma.
—Limitas la felicidad al amor que se te da, pero no quieres darlo de vuelta. Ese es tu problema.
Decidido a marcharme de ahí, me doy media vuelta, pero me detengo.
A unos veinte metros de distancia, Avalone me observa.
Joder, solo me faltaba esto…
La alcanzo con grandes zancadas.
—¿No te habías ido?
—Lola estaba tan impaciente y emocionada que se ha caído de bruces después de dar unos cuantos pasos. ¿Qué ha pasado?
Me estudia con atención. No encuentro juicio ni reproche en su mirada; solo está preocupada.
Aunque sea propenso a las peleas, sabe que algo no cuadra.
Después de todo, estaba bien antes de que nos dejara.
Pero no puedo darle explicaciones. Si le menciono la razón por la que Sean y yo discutimos —o sea, Emily—, sabrá que le oculto información esencial.
En poco tiempo conseguirá hacerme confesar mis miedos sobre la cohesión de la banda y la necesidad de que estemos más unidos que nunca.
Con lo inteligente que es, llegará a la conclusión de que un nuevo peligro nos amenaza.
Pero debo ahorrarle a su corazón una nueva preocupación.
Por eso decido comportarme como un gilipollas con ella, para desviar su atención.
—Un problema interno de los Devil’s Sons. Nada que te incumba.
Enarca las cejas, incrédula, y mis palabras despiertan en ella el resentimiento que alimenté todas esas veces que la rechacé, que la alejé.
Lo siento, preciosa. Solo quiero protegerte.
—¿Debo recordarte que también formo parte de los Devil’s Sons?
—Entonces métete esto en la cabeza: soy el segundo de Carter. Si te digo que no te metas, obedeces sin hacer preguntas. Que nos acostemos no te da derecho a un trato especial.
Me da una bofetada, con una fuerza que no conocía en ella hasta ahora mismo. Era de esperar, me lo tengo bien merecido. Estoy preparado para poner la otra mejilla; hasta tal punto me arrepiento de tener que herirla.
—Tu lugar en la banda no me interesa lo más mínimo, Clarke. Pero si te diviertes mirándome por encima del hombro, ¡no dudaré en desafiarte solo para que te tragues tu arrogancia!
—¿Crees que tienes lo que hay que tener para ocupar mi puesto? ¿O que tienes más derecho que yo? Si estás en los Devil’s Sons es solo porque formas parte del mismo grupo de gente que yo: los que necesitan vivir entre la violencia y el peligro para sentirse vivos.
Esta discusión que he iniciado a regañadientes aviva mi ira. Huyo antes de perder el control de la situación.
Me subo a mi Harley, enciendo el motor y me lanzo a la carretera a toda velocidad.
Si normalmente la adrenalina me ayuda a canalizar mis emociones, esta vez no sirve de nada.
Por más que acelere, por mucho que fuerce al máximo mi moto, no siento ningún alivio.
Un conductor me pita; otro me llama insensato.
Me salto los semáforos en rojo, esquivo a un peatón y acelero de nuevo.
Me bajo delante de la mansión y subo los escalones del porche; voy directo al despacho de Carter y entro sin ser invitado. El jefe está de pie delante de una ventana, con el móvil en el oído. Gira su cara con expresión molesta hacia mí.
—Tengo que colgar, te llamo más tarde. —Finaliza la llamada—. ¿No te enseñaron a llamar?
—Mis padres fallecieron cuando entraba en la adolescencia. Nadie ha podido enseñármelo desde entonces.
Por mucho que me esfuerce por disimular la tensión que siento, el jefe deduce mi estado de ánimo, de ahí que no se pase demasiado con las reprimendas.
—Le he echado un ojo a los perfiles de cada una de las personas que has enviado al hospital.
Más de una treintena tiene antecedentes psiquiátricos y cuatro de ellos tienen antecedentes penales.
Voy a centrarme primero en esos. Si han estado en contacto con el jefe de policía, lo sabré.
En cuanto a las bandas que han tenido la desgracia de cruzarse en tu camino, no han puesto un pie en la ciudad desde hace meses.
No llamaron ni escribieron un solo correo a ningún residente de Ann Arbor.
Sigamos siendo cautelosos. Por lo que sé, el culpable bien podría haber recurrido a una paloma mensajera…
¡Mierda! No tenemos nada concluyente, y eso me cabrea. No podemos dejar que esto se alargue. Mientras nosotros damos vueltas, mi —nuestro— enemigo mueve sus fichas. No se detendrá por un error, no después de haber hecho tantos esfuerzos por meterme entre rejas.
Carter se alisa la corbata en un gesto nervioso.
—Le he hecho una pequeña visita al jefe de policía en la cárcel — continúa—. No he conseguido sacarle nada. No quiere hablar con nadie que no sea Avalone. Vamos a tener que ponerla al corriente, Clar ke. Ya sabes lo que esto significa… Podría estar en peligro.
Me cuesta asimilar las últimas noticias. La mujer que quiero puede ser el nuevo objetivo. A menos que se le haya asignado el papel de mensajera en este sórdido juego en el que hemos caído. Pase lo que pase, alguien está decidido a involucrarla.
—Primero déjame hacerle una visita de cortesía a ese desgraciado.
—Está bien. Tienes carta blanca; hazlo hablar.