Amor en el caos (The devil’s sons 3) 20
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Clarke

Lola está ilocalizable. Llevamos veinte minutos intentando contactar con ella, pero es en vano.

Y no por no haberlo intentado. La hemos llamado, le hemos escrito un correo e incluso hemos convencido a la secretaria del director de la universidad para emitir un mensaje través de megafonía.

Por todo el campus. La pequeña morena no ha dado señales de vida y mi paciencia empieza a agotarse.

Sin ella, no tenemos ninguna posibilidad de trasladar las pertenencias de Avalone de forma discreta.

Esto tenía que ser una sorpresa. Quería que lo fuera, pero me temo que no nos queda más remedio que contárselo todo por el bien de la misión.

Cuando estoy a punto de rendirme, Sean anuncia que tiene un plan. Se pone en marcha sin compartirlo con nosotros. Curiosos, lo seguimos hasta la clase de Avalone, en la que hace una entrada memorable.

Soy el único que lo sigue; los chicos esperan sabiamente fuera.

—¿A qué debemos su visita, caballeros? —pregunta el profesor, un poco irritado por nuestra interrupción.

Unas disculpas serían necesarias. Después de todo, hemos interrumpido su clase y distraído a los estudiantes.

Pero lo ignoramos deliberadamente, sin sentirlo lo más mínimo.

Me apoyo contra la pared, con los brazos cruzados, y observo a mi compañero pasar a la acción.

Se gira en dirección al auditorio y se dirige a Avalone, oculta entre la multitud.

—¿Señorita Lopez? ¿Hija única de Claire Lopez, novia comprometida con Clarke Taylor y Devil’s Sons a tiempo completo?

Juraría notar su mirada desconfiada sobre nosotros, pero no se manifiesta. Si reza a los dioses para que renunciemos a lo que tramamos, malgasta energía.

—Muy bien, intentemos otra cosa. Señorita Ar…

La provocación de Sean da sus frutos: Avalone se pone de pie, destacando entre sus compañeros. En sus ojos verdes brillan el pánico y una pizca de exasperación. Articula en silencio: «¿Habéis perdido la cabeza?».

A su lado están Ty y Jesse, según lo acordado.

—¿Nos das las llaves de tu habitación? Las necesitamos para… Es una larga historia que te contaremos más tarde.

Entrecierra los ojos y nos mira, sin saber qué pensar. Si en algún momento temió que se tratara de una urgencia relacionada con la banda, nuestras posturas relajadas y aire distendido la tranquilizaron. Descarta un peligro inmediato y entonces se imagina que tramamos algo.

Antes de que siquiera pueda articular una palabra, la puerta del anfiteatro se entreabre y aparece la cabeza de Justin.

—¡Date prisa y coge las llaves! Set no podrá ocultar el consolador gigante mucho más tiempo.

Numerosos susurros recorren el anfiteatro; algunas risas atraviesan el alboroto, incluidas las de Ty y Jesse. Se parten de risa. Aunque Ava lone no se cree la historia, nos lanza las llaves para que nos larguemos lo más rápido posible. Atrapo su llavero y le guiño un ojo antes de dar media vuelta.

—¡Clarke! —me llama.

Me paro en seco y le lanzo una mirada por encima del hombro.

—Piensa bien lo que vas a hacer. Cuanto más grande sea la tontería, más larga será la abstinencia sexual que te impondré.

Lo mínimo que puedo decir es que no le faltan agallas. En cambio, el pudor…

Una sonrisa insolente se extiende por mis labios.

—No te preocupes, preciosa. Esta noche gritarás mi nombre.

Sus pómulos se sonrojan, y no de vergüenza. Al menos, no hasta que repara en su entorno. Se da cuenta de que es el centro de atención y no le gusta, y desaparece entre Ty y Jesse. Estos no escatiman las burlas; la llevan al límite.

Salgo del anfiteatro, con las llaves en la mano, y enseguida los chicos y yo nos dirigimos a la habitación de Avalone.

No nos sorprende encontrar a Lola tumbada en su cama, en un sueño tan profundo que ronca y babea.

Su hermano, malicioso, se agacha a su nivel.

—¡Ha empezado el Ragnarök! —grita en su oído.

La pobre chica se despierta sobresaltada. Aunque está desorientada, parece lista para pelear. Podría habernos impresionado si no se hubiera caído al suelo, con los pies enredados en las sábanas.

En una película de miedo, sería la primera en morir, no cabe duda.

Con la cara roja de rabia, se levanta a duras penas y pega a su hermano con sus escasas fuerzas.

—¿Se puede saber qué te pasa en la cabeza? ¡Podría haberme dado un infarto! Mierda, estoy segura de que me he meado encima.

Ya no llevo la cuenta del número de veces que nos hemos reído a su costa. Nunca nos hemos encondido y hoy no es una excepción. Estallamos en carcajadas.

Ella despotrica, pero espera a que recuperemos el aliento.

—¿Puedo saber qué estáis haciendo aquí? —gruñe.

—Hemos venido a buscar las cosas de Avalone.

Una sonrisa ahuyenta su irritación; hasta baila de alegría. Asistir a un espectáculo así no tiene nada de divertido; su excesivo entusiasmo logra cansarme en un tiempo récord.

—Bueno, ¿vas a ayudarnos o vas a mirar mientras nos encargamos nosotros sin mover ni un dedo?

—Sois vosotros quienes vais a mirar mientras yo me ocupo de todo. Si dobláis una esquina de sus libros, no preguntará quién es el culpable. Nos destripará a todos.

No nos lo tiene que decir dos veces. Los chicos y yo nos sentamos en las camas, con una sola idea en mente: tratar a Lola como a nuestra esclava solo por el gusto de sacarla de sus casillas.

Justo cuando me dispongo a soltarle un comentario mordaz, se planta frente a mí.

—Exijo una noche. Una última noche en compañía de Ava, antes de que me la arrebates para siempre.

—No va a ser mi prisionera. Podrá dormir fuera de casa cuando quiera.

La morena está encantada de saberlo, pero aun así no parece del todo satisfecha.

—Somos unas sentimentales. Necesitamos oficializar su marcha con una pijamada entre estas cuatro paredes, donde nació nuestra amistad.

—¿«Necesitamos»? —interviene su hermano—. Será más bien que tú lo necesitas . Avalone no es del tipo sensiblero.

—¡Bueno, vale! Yo quiero pasar la noche con ella, es muy importante para mí. Por favor, Clarke…

Su mirada es implorante, con las manos juntas en un gesto de súplica. Solo le falta una lágrima de cocodrilo y un labio tembloroso para completar la imagen.

—No tengo que darte mi aprobación, idiota. Avalone es toda tuya, si es lo que ella quiere.

Alza el puño hacia el cielo, victoriosa, y se pone a trabajar. Reúne las pertenencias de su compañera de habitación silbando una melodía alegre.

—Si esta noche duerme aquí, debo dejar un camisón, una muda para mañana y sus cosas de clase. Le prestaré mi gel, el champú y el maquillaje.

Por todos los dioses, ¿nunca deja de hablar?

—No vas a comentar cada una de tus ideas, ¿verdad? —le pregunta su hermano.

Se queda quieta y le lanza una mirada incómoda.

Sigue una batalla de miradas que se eterniza.

—¡Ya vale, Lola! No tenemos todo el día —la presiono—. Avalone termina las clases en cinco horas y media.

—¿Y tú crees que no habré terminado para entonces, imbécil? Tu chica tiene un montón de ropa y de libros, pero ¡no tienes que ser Einstein para empaquetarlo todo!

Los chicos y yo nos reímos . Siempre ha sido fácil irritarla. Un poco como a su mejor amiga, la verdad.

El sol se pone y caen algunos escasos copos de nieve cuando volvemos al campus.

Llegamos a tiempo —gracias a Lola— para recoger a Avalone, que saldrá de su última clase dentro de uno o dos minutos.

Lola nos ha acompañado al nuevo apartamento, donde ha desempaquetado todas las cosas de su amiga.

Después nos arrastró a un centro comercial para hacer «algunas compras de primera necesidad», o eso dijo.

Menos mal que tomó cartas en el asunto. Yo no habría sido capaz de elegir el champú adecuado para Avalone, su gel de ducha, su desmaquillante y todas las cosas que una chica utiliza a diario entre la amplia gama de productos.

Pero entonces Lola se dejó llevar y se transformó en una compradora compulsiva.

Llenó por lo menos ocho carros con todo tipo de cosas: plantas, dos espejos tan altos como yo, una estantería, dos pufs, veinticuatro cajas de almacenaje para organizar el vestidor, seis toallas de ducha, un surtido de mantas, tres conjuntos sexys con los que la mujer que quiero me volverá loco, y un largo etcétera.

En cuanto a los chicos y a mí, nos encargamos de las compras de primera necesidad, como legumbres, carne, especias, leche, productos de limpieza…

Todo está guardado en su sitio en nuestra nueva casa; incluso la estantería está montada y fijada contra la pared del despacho.

Libre tras un día entero de clases, Avalone se abre paso entre sus compañeros y avanza hacia nosotros, moviéndose con gracia.

Rara vez se pone joyas y accesorios; prefiere la comodidad de un vestido ligero a la belleza de la ropa formal; sin embargo, casi siempre lleva tacones altos, de aguja o cuadrados; son su seña de identidad.

Nadie los luce tan bien como ella, y me pregunto quién realza a quién.

—¿Qué habéis tramado?

Le lanzo las llaves, que atrapa con destreza.

—Nada malo. Lola nos ha ayudado amablemente a recoger todas tus cosas y llevarlas a nuestro apartamento. A cambio, me ha pedido pasar una última noche contigo.

Avalone se muerde el labio para contener una sonrisa, sin éxito.

Su alegría estalla; está radiante. Es todo lo que deseaba: verla feliz.

Hermosa como un ángel, reduce la distancia entre nosotros y apoya las manos en mi pecho.

Me pierdo en la profundidad de su mirada, alimentada por las llamas del Ragnarök, y me enamoro un poco más de ella.

¿Es eso posible? No lo sé, pero siento que mi corazón se acelera, busca la manera de alcanzar a su otra mitad para convertirse en uno.

Y entonces Avalone le muestra el camino.

Me besa con tal fervor que me derrito contra ella.

La frontera entre nuestros cuerpos se vuelve borrosa, casi inexistente, y nuestras almas se unen.

Me quedo sin aliento; me tiemblan las manos.

—Te quiero —susurra ella.

—Yo también…