Amor en el caos (The devil’s sons 3) 19 #3
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Son las once y media. Los muebles de mi antiguo apartamento ya están en el nuevo.

Solo es provisional, hasta que Avalone elija otros a su gusto.

Además, estos son del jefe. No estoy seguro de que le agrade esta libertad que me he tomado, pero es necesario que nuestra nueva casa sea habitable de inmediato.

Set se mudará con los chicos y ocupará la última habitación del apartamento, pero solo necesita su cama.

En resumen, nadie echará de menos estos muebles.

Recorro las estancias con la mirada, satisfecho.

En la entrada, una primera cómoda ocupa el espacio, junto a la cual florece la planta de Tucker.

Si me olvido de regarla o de hablarle, su propietario me dará una paliza.

Más allá, en medio del salón, el sofá y los dos sillones enmarcan la mesa de centro de cristal.

La lámpara de pie domina este rincón relajante.

Hemos puesto una segunda cómoda contra la pared y colgado las cortinas en las ventanas.

Hemos colocado tres taburetes debajo de la barra de la cocina abierta, la vajilla está limpia y guardada en los armarios y los electrodomésticos cubren la encimera.

De momento, la habitación de invitados está vacía, aunque la voy a usarla como despacho.

En cuanto a la habitación principal, ya se puede usar.

Las sábanas limpias están extendidas en la cama, se han limpiado las mesitas de noche y he utilizado un tercio del armario para poner ahí mi ropa.

Me gusta lo que veo. Esto está cogiendo forma y me encanta.

—Solo queda ir a buscar las cosas de Ava —me dice Justin dándome una palmada amistosa en el hombro—. ¿Y por qué no aprovechamos para hacer algunas compras?

Se deja caer sobre el sofá mientras sus palabras giran en bucle en mi mente sin que entienda su significado.

—¿Qué es lo que acabas de decir? —le pregunto.

—¿Te mudas con Avalone?

Asiento.

—En ese caso, tienes que traer sus cosas.

De repente, me doy cuenta de que su cepillo de dientes estará en el mismo vaso que el mío, que su libro favorito estará cerca de mi pistola, que sus tacones se mezclarán con mis zapatillas, y me tenso.

Justin se endereza, despacio. Me mira y abre los ojos como platos.

—¡No me digas que te vas a rajar!

Lo fulmino con la mirada. ¡Pues claro que no, no me voy a rajar! Estoy seguro de lo que quiero: despertarme cada mañana junto a Avalone y dormirme noche tras noche estrechándola contra mí. Sin embargo, un montón de preguntas pasan por mi mente, tan numerosas y esenciales que entro en pánico.

¿Y si es demasiado pronto? ¿Y si, por falta de conocimiento y experiencia en las relaciones, lo arruino todo?

—¡Por Frigga, Clarke! ¡Será mejor que no te rajes! —me advierte Set.

La preocupación, intensa, me llena las venas, y su comentario no ayuda nada.

—¡Cállate, joder! —digo con los nervios a flor de piel—. Estoy a punto de conseguir lo que más deseo en el mundo y no pienso dejar que Avalone se me escape. Pero dudo de mí mismo. Tengo derecho a hacerlo, ¿no?

Mi mejor amigo va a la nevera y saca las cervezas que le hemos comprado a Max unas horas antes. Doy largos tragos hasta vaciar la botella y me dejo caer en uno de los sillones de cuero.

Set se pone delante de mí y asume el papel de psicólogo.

—Vale, tío. ¿Qué ocurre?

—No lo sé… ¿Creéis que de verdad estoy preparado para esto? —pregunto, señalándoles la estancia con un gesto vago de la mano—. ¿Soy capaz de hacer feliz al amor de mi vida?

—Con total sinceridad, pensaba que acabarías solo como un viejo amargado —me responde Justin—. El giro de los acontecimientos no tiene precedentes, aunque no podamos hacer ninguna hipótesis sobre el futuro.

Mierda, este tipo no sabe cómo consolar a una persona angustiada.

—Ayer mismo creías que mudarte con Avalone era una buena idea. ¿Qué ha cambiado desde entonces? —me pregunta Sean.

—Nunca, en ningún momento , he creído que fuera una buena idea.

Es incluso lo contrario. Temo que nuestras personalidades explosivas acaben con los cimientos de este edificio en apenas unas semanas.

—Con nerviosismo, me paso las manos por la cara y miro a los chicos—.

Pero eso es lo que quiero, ¿vale? Quiero que estas paredes se empapen de nuestra pasión, de nuestros gritos, de nuestros gemidos de placer y de nuestras declaraciones de amor susurradas al caer la noche.

Quiero un hogar al que me apresure a volver al final del día para perderme en los brazos de la mujer que quiero.

Quiero… quiero tantas cosas que solo Avalone puede darme, tantas cosas que solo conseguiría trabajando codo a codo con ella…

El órgano de mi pecho, ese que creía demasiado lastimado para latir con fuerza, late incansablemente, animado por lo que siento hacia esa bella rubia.

Los Devil’s Sons, sorprendidos, me observan con una apariencia divertida.

—Joder. Le has dado tu corazón —susurra Sean como si fuera un secreto.

—Mi corazón, mi alma, mi existencia… Le pertenece todo a ella.

Los chicos me dedican sonrisas tontas y me pongo de mal humor de repente. No suelo desahogarme y, aunque sea mi familia, me siento vulnerable.

—Estás listo —afirma Set—. Y la harás feliz.

—¿Cómo lo sabes?

—Solo hay que escucharte hablar de ella y de los sentimientos que despierta en ti.

Contengo la respiración y me relajo, aliviado.

Dioses, antes de que apareciera Avalone en mi vida, nunca había sentido la necesidad de que me calmaran. Supongo que el amor que siento por ella es demasiado pesado para llevarlo solo.

—Entonces —empieza Justin—, ya no habrá que añadir más nombres a la lista de Tucker después del de tu querida y cariñosa novia. Tu marcador se detiene aquí, campeón.

El silencio se cierne sobre la habitación; los chicos y yo lo miramos con cierta desconfianza. Espero que no sea lo que creo; si no, Tucker está más demente de lo que pensaba.

—¿Lista? ¿Qué lista? —se atreve a preguntar Set.

—La que enumera nuestras conquistas. Hay seis columnas, una por cada miembro de los Devil’s Sons. ¿Queréis echarle un vistazo?

Me pellizco el puente de la nariz, sobrepasado por el nivel de estupidez que me rodea. Mi mejor amigo ahoga su cansancio con un trago de cerveza mientras Sean se ríe a carcajadas.

—Me pidió que llevara la cuenta, ya que él no está aquí para hacerlo… —continúa Justin.

—¿Y tú, tan demente como él, aceptaste?

Asiente distraídamente con la cabeza, concentrado en su móvil. Observo cómo desliza el dedo por la pantalla hacia abajo una y otra vez, durante lo que me parece una eternidad y me cierre la garganta.

Me remuevo en el sillón, incómodo. Me dan miedo las siguientes palabras que saldrán por su boca.

—Desde el año en que entramos Tucker y yo en la banda hasta ahora, Clarke se ha acostado con setecientas siete tías. Lo que hace una media de quince conquistar por mes… ¡Joder, colega, estuviste ocupado!

Me atraganto, al igual que mis compañeros, y siento un profundo asco hacia mí mismo.

Me he aprovechado de numerosas mujeres por mi necesidad de sexo.

No era capaz de apreciarlas por lo que valían y, sin embargo, persistía en ese camino.

De repente, la idea de que Avalone se entere del número me hace palidecer.

Me dirijo a los chicos, amenazante.

—Ella no debe enterarse de esto, ¿está claro?

—¿Quién? ¿La mujer de tu vida? No te preocupes, guardaremos el secreto de este… impresionante logro. Además, no tiene importancia. Todo eso forma parte de tu pasado —afirma Set.

—¿Cómo puedes estar seguro? —pregunta Justin—. ¡No hay que olvidar que es Clarke de quien estamos hablando!

Me pica la mano, se merece un puñetazo, pero me contengo. En cambio, le lanzo una mirada hastiada.

—¡Te he oído, hijo de puta!

—Mierda, lo siento.

¡Menudo gilipollas!

—Está loco por Avalone y ella lo completa, tanto en el plano físico como en el mental. No solo no tiene ninguna razón para buscar en otra parte, sino que, además, nunca se arriesgará a perderla.

—Y ahora —continúa Sean con la intención de que lo escuche— contrólate o «setecientos siete» se convertirá en tu nuevo apodo.

Son capaces de hacerlo, y un mal presentimiento me indica que no dudarán en chantajearme en el futuro con esta escandalosa información.

Me pongo de pie, mudo por la determinación, y doy una palmada.

—Vamos a buscar sus cosas.

La haré feliz. Soy capaz de ello.