Amor en el caos (The devil’s sons 3) 19
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Clarke

El despertador de Avalone me taladra los tímpanos. Cojo la almohada y me la pongo contra los oídos soltando un gruñido molesto. Esperaba que se olvidara de ponerlo. Después de todo, la decisión que tomamos el día anterior de vivir juntos es emocionante.

—¡Apaga esa dichosa alarma!

Escucho su dulce risa y entonces mi mal humor se marchita. Así es como empezarán mis días a partir de ahora.

—Lo siento, guapetón. Voy a dejarte dormir, pero necesito un conductor que acepte llevarme al campus.

Como finjo que no la escucho, salta sobre mis caderas y se pone a horcajadas sobre mí. A mis hormonas no les hace falta más para despertarse.

—Preciosa, tu culo está sobre mi… Quítate de encima, si no…

Siento que me pongo duro, y con razón: se está contoneando sobre mi entrepierna.

Desbordado por el deseo, aparto la almohada de la cara y compruebo con sorpresa que solo respira.

Con cada inspiración, sus pulmones y su abdomen se expanden, lo que altera la quietud de su cuerpo.

Se mueve de una manera apenas perceptible; no obstante, percibo ese balanceo como si me cabalgara con entusiasmo.

¿Cómo puedo ser tan sensible a su contacto?

Esbozo una sonrisa seductora y coloco las manos en su espalda baja.

—Podríamos tomarnos solo una horita para darnos mimos y luego te llevaría al campus. ¿Qué me dices?

—Para darnos mimos , ¿eh? Ni hablar, ya llego tarde.

Se levanta y recoge su ropa. Mis ojos, atraídos por su silueta, acarician la curva de sus caderas y sus largas piernas. Su cuerpo es una obra de arte que debo admirar cada día.

Avalone se aclara la garganta, reclamando una atención diferente a la que le estoy dando en este preciso momento.

—¿Puedo saber qué miras? No, no respondas. ¿Sabes qué? Mírame tanto como quieras, pero mínimo pestañea. Se te va a secar la córnea.

Me entra la risa y me apoyo sobre los codos.

—¿Qué quieres? Ya que te niegas a entregarte a mí en esta bonita mañana, debo conformarme con admirarte.

Pone los ojos en blanco y me da la espalda procurando arquearse, de manera que sus tersas nalgas queden en primer plano en mi campo de visión.

¡Esta chica me provoca!

La agarro de la muñeca y la arrastro a la cama.

Grita de sorpresa y se ríe a carcajadas cuando, tumbado encima de ella, le muerdo el hombro.

Tiene cosquillas, tantas que le cuesta recuperar el aliento.

¡Dioses benditos, qué preciosa está con las mejillas sonrosadas!

Paro de torturarla cuando está a punto de asfixiarse.

Para disculparme, esparzo besos sensuales por su garganta.

De inmediato, su respiración entrecortada se llena de deseo.

Intenta saborear mis labios, atraparlos, pero me aparto y me alejo de su alcance.

Me pongo los vaqueros, que me abrocho bajo su mirada aturdida.

—¡Gilipollas!

—¿Qué? Dijiste que llegabas tarde.

Con el paso de los años, me había convencido de que me gustaba acostarme con mujeres, hasta tal punto que encadené conquistas de una noche.

Perdí la cuenta de las habitaciones que visité, de los armarios en los que me encerré en compañía de atractivas estudiantes, e incluso de los coches que me sirvieron de zona de juegos.

En las duchas comunes de las chicas, en el recodo de un pasillo, en el césped del campus al anochecer…

El sexo formaba parte de mi vida, pero, en el fondo, lo sabía…

Sabía que no me gustaba. Era una necesidad que debía satisfacer, una tarea desagradable que debía hacer lo más rápido posible para quitármela de encima.

Durante todos esos años, no aprendí a apreciar los cuerpos de mis compañeras, mucho menos a recrearme con los gemidos que soltaban.

Se suponía que debíamos compartir el acto sexual, pero yo cerraba el corazón a todas esas mujeres, ansioso por centrarme en mi propio disfrute.

Cuando Avalone apareció en mi vida, el deseo me conmocionó.

Identificarlo como tal no fue fácil. Después de todo, no conocía ese sentimiento.

Pensé ingenuamente que lo único que me motivaba era el deseo de usarla para satisfacer mi propio placer, pero entonces pasaron los días y me di cuenta de que la deseaba ardientemente.

Quería saborear su piel, sentir sus piernas temblar alrededor de mis caderas por el orgasmo.

Luego me acosté con ella y descubrí lo que era de verdad el placer.

Un placer físico y emocional, tan intenso que te trastorna la mente y amenaza con consumirte.

Avalone es la primera mujer a la que he hecho el amor, y estoy seguro de que será la última.

Hoy ya no percibo el sexo como una necesidad apremiante que puede resultar frustrante.

Solo mis sentimientos hacia esta preciosa rubia despiertan mis instintos, y saboreo cada una de nuestras caricias, parecidas a una bendición divina.

—¡Deja de fantasear o dime qué se te pasa por la cabeza!

Tendida en la cama, me observa entre sus largas pestañas.

—¡Claro que no, se te subirían los humos a la cabeza!

Acompañé a Avalone al campus y luego la seguí hasta las duchas comunes.

Me metí con ella en una y acaricié su piel para enjabonarla.

Provocadora, me devolvió el favor con la misma sensualidad.

De vuelta en su habitación, me puse la ropa limpia que me había robado unos días o semanas antes.

Al salir del edificio nos cruzamos con Lola y no pude evitar decirle que Avalone se iba a mudar conmigo.

Fiel a sí misma, hizo una montaña de un grano de arena: gritó de alegría y afirmó que pronto llegarían la boda y luego los niños.

Me dañó los oídos y deseé que se desmayara y se callara, aunque, en el fondo, adoro a esa chica.

¿Cómo no quererla? Es una buena hermana y una amiga que vale oro para Avalone.

Como prueba, se ha alegrado y nos ha felicitado sin pensar ni un segundo en ella misma.

Después de todo, a partir de ahora estará sola en su habitación.

Dejo a la mujer que quiero delante de la puerta de su clase y vuelvo a mi moto, estacionada en el aparcamiento. Me dispongo a arrancar cuando Set aparece ante mis ojos.

—¿No se suponía que nos reuníamos en la mansión? ¿Qué haces aquí? —le pregunto.

Es al único miembro de los Devil’s Sons que he invitado al cuartel general. Avalone no debe enterarse de lo que se va a hablar durante la reunión que vamos a tener con el jefe, y temo que los otros chicos sean incapaces de mantenerse callados.

—He pasado la noche en la encantadora compañía de… ¡Mierda, no recuerdo su nombre!

Me abstengo de decir nada y lo veo subirse a su Harley.

Después nos ponemos en marcha. Durante el viaje, siento cómo se me tensan los músculos uno a uno.

Me preocupan las conclusiones a las que haya llegado Carter sobre el hombre que una vez estuvo a la cabeza de las fuerzas del orden.

¿Va a considerar que estamos en peligro, o Charlie está exagerando por la pena?

Mi mente echa humo y me hierve la sangre.

Set y yo llegamos y cruzamos los suelos de mármol de la mansión, directos al despacho. El dueño de la casa nos recibe sin ceremonias.

—Por ahora, no he encontrado nada concluyente. He rastreado los desplazamientos del jefe de policía antes de su arresto y he pirateado su servidor informático, lo que me abrió una puerta a su vida privada. No se reunió con nadie que pudiera tener algo contra ti o la banda…

El suspiro de alivio que estoy a punto de soltar se me atasca en la garganta. La mirada que el jefe me dirige no anuncia nada bueno.

—No era más que un peón bajo las órdenes de una persona mucho más influyente, eso está claro. Aparte de que él es policía y tú un criminal, no tiene ningún otro móvil. Puedo entender que quisiera atraparte, pero que llegara a matar a un ciudadano para conseguir su objetivo… eso es lo que no encaja.

—¿Ya sospechabas de la existencia de un autor intelectual?

—Sí. Es mi trabajo velar por vuestra seguridad. Las palabras que Charlie tuvo con Avalone solo confirmaron mis sospechas. Por desgracia, no tengo ninguna pista. Así que vamos a tener que empezar desde cero. ¿Quién podría guardarte rencor?

Si la situación no fuera tan delicada, me habría reído. ¿Quién puede guardarme rencor? ¡Oh, no lo sé, alrededor de doscientas personas, nada menos!

—Entre aquellos a los que he enviado al hospital y las bandas rivales con las que me he… divertido , la lista es larga. Pero no creo que ninguno de ellos pusiera en marcha tales maquinaciones para vengarse por unos cuantos golpes y provocaciones.

—Has dejado a dos o tres tipos tetrapléjicos —interviene Set—. Y tú solo también has desmantelado bandas y redes de narcotráfico.

Mierda, lo había olvidado…

Sin embargo, me mantengo en mis trece. Los Devil’s Sons son fuertes.

Ninguna banda de la zona se atrevería a atacarnos, no si tienen un poco de sentido común.

Eso sería meterse en una guerra en la que no tendrían la más mínima posibilidad de ganar.

En cuanto a mis víctimas, no me las imagino dejando su vida de lado y planeando una estratagema tan complicada con el único objetivo de hacerme pagar por mi violencia.

—No subestimes la locura de la gente, Clarke. Algunos están dispuestos a correr riesgos imprudentes para exigir justicia, o al menos lo que creen que es justicia.

Carter no se equivoca. La locura puede alterar el juicio, la percepción, y despertar obsesiones. No obstante, en esta situación, la determinación no es suficiente. El culpable tiene recursos, los suficientes para chantajear al jefe de la policía.

Carter se inclina sobre su ordenador y abre varios documentos.