18 #2
—Me encantaría. Pero sin un buen colchón vas a dormir mal y tendrás un humor de perros al levantarte.
Me abstengo de hacer comentarios; lo que dice es verdad. Dormir es sagrado. Necesito estar cómodo, y no es ningún secreto que no me gusta madrugar. Una vez le di una paliza a un tío que estaba gritando en el campus nada más aparecer los primeros rayos del sol.
—No te muevas, ahora vuelvo.
Me levanto y me pongo el bóxer y luego los vaqueros, bajo su mirada interrogativa.
—¿Puedo ir contigo?
—¡Claro!
Coge mi camiseta y se la pone. Gruño en señal de aprobación. Verla solo con una de mis camisetas es la cosa más sexy que he visto en mi vida.
Entrelazamos los dedos y salimos juntos del apartamento. La llevo a la planta superior, donde abro el trastero en el que guardé un colchón, almohadas y un edredón calentito.
Avalone mira de reojo, con una ceja enarcada.
—¿Estabas tan seguro? ¿Y si me hubiera negado a vivir contigo?
—Te habría secuestrado.
No estoy seguro de estar bromeando, y ella se da cuenta.
Como prueba, palidece y me llama «loco».
Tiene razón. Con ella, me vuelvo uno. De broma, le lanzo un cojín a la cabeza, que coge antes de que toque el suelo.
Me quedo impresionado. ¡No pensaba que tuviera tan buenos reflejos!
Orgullosa de sí misma, imita una reverencia y hasta se echa flores.
Para callarla, le lanzo el segundo cojín.
Por la trayectoria, me parece imposible que lo coja, pero, contra todo pronóstico, Avalone lo atrapa fácilmente.
—No intentes poner a prueba mis reflejos, Taylor, que te dejo por los suelos.
—En lo que respecta a la arrogancia, es a Tucker a quien dejas por los suelos.
Deja escapar una risa contagiosa que me saca una sonrisita.
Algún día me casaré con ella, no hay duda.
Levanto el colchón doble por encima de mi cabeza y le hago un gesto a la mujer que quiero para que se adelante. Llegamos a nuestro apartamento e instalamos nuestra cama improvisada en la habitación principal.
Cuando Avalone va a volver a por el edredón, la empujo contra la pared. Mi mirada acaricia sus facciones. Tiene una belleza impresionante, natural, y la quiero con todo mi corazón. Roza mi labio con el pulgar, se inclina hacia mí y me besa.
Con ella, ya no sé qué día es, y lo peor, es que me encanta.
De repente, se desliza bajo mi brazo y se escapa. Sale corriendo del apartamento. Confundido por el suave beso que me ha dado, me quedo atrás, pero la atrapo sin dificultad en las escaleras. Le paso el brazo alrededor de la cintura y la levanto del suelo.
Se ríe y grita mientras forcejea.
—¡¿Hasta cuándo va a durar este jaleo?!
Claramente nuestro vecino no es muy amigable. Lo oímos abrir una puerta al otro lado de la madera.
—Oh, vete a la m…
El final de mi frase muere contra la mano que Avalone me ha puesto sobre la boca. No me sorprende; imagino que quiere mantener una relación cordial con el tipo con el que nos cruzaremos en las zonas comunes.
El susodicho aparece, vestido con un albornoz.
—¿Vete a la mierda? ¡¿Es eso lo que ibas a decir?! —grita él.
Se traga su agresividad al reparar en mi complexión y mis tatuajes, o en mi rostro serio y mis puños apretados.
La hermosa rubia gesticula y se libera de mi agarre.
—Buenos días. O más bien, buenas noches. Somos sus nuevos vecinos.
—Bienvenidos.
El cincuentón da un paso atrás y nos cierra la puerta en las narices. Me alegro de que las presentaciones hayan sido rápidas. Voy al trastero y cojo el edredón mientras Avalone murmura que esto no podría haber sido peor.
— Somos sus nuevos vecinos —la imito con tono burlón.
Me da un golpe en el hombro y, cuando va a repetirlo, la bloqueo con el brazo y me la hecho al hombro como si fuera un saco de patatas. De esta forma, bajo la planta.
—Eres increíblemente fuerte.
—¿Y te das cuenta hoy?
—Lo que intento decir es que estoy a punto de perder un pulmón por la presión que ejerces sobre mis costillas.
Mierda.
La libero de inmediato y le ofrezco una sonrisa arrepentida que sello sobre sus labios. Dioses benditos, podría matar por estos besos.
Cierro la puerta de nuestro apartamento — nuestro — y sigo de cerca a Avalone hasta la habitación.
Con los ojos adormecidos, se tumba sobre el colchón.
Extiendo la manta sobre su cuerpo, me quito los vaqueros y me deslizo a su lado.
Enseguida se acurruca contra mí. Inspiro su olor, tan feliz como lo era antes del asesinato de mis padres.
—Gracias —me dice con un hilo de voz—. Nunca me había atrevido a tener esperanzas antes de conocerte.
Hundo los dedos en su pelo y se lo acaricio.
—Nuestra relación será preciosa, Avalone. Te lo prometo.
La noto sonreír contra mi cuello y me dejo acunar por los tranquilizadores latidos de su corazón.
Estoy a punto de dormirme cuando, de repente, unos pensamientos me asaltan y me mantienen despierto.
Según Charlie, su padre no tenía más opción que planearlo todo para enviarme entre rejas.
Ahora tiene que huir de la ciudad. No he mostrado mi preocupación delante de Avalone, pero está claro que estoy con la mierda hasta el cuello.
El jefe de la policía no era más que una marioneta; el hombre que mueve los hilos sigue libre.
Esta vez no he perdido el tiempo: he avisado al jefe de un peligro potencial.
Y ya se está encargando del tema.