18
Clarke
Esa noche, la temperatura es suave. Conducir en moto resulta agradable.
Avalone acomoda su barbilla sobre mi hombro y mira fijamente la carretera.
No sabe cuál es nuestro destino ni sospecha lo que va a encontrarse, así que, en vez de sonsacarme información, espera sabiamente.
Al menos, eso es lo que aparenta. Noto brotar su nerviosismo.
Aparco justo debajo de un edificio de dos plantas. Es tan bonito que deja sin aliento, con su arquitectura victoriana. Mi acompañante baja incluso antes de que apague el motor. Hago lo mismo.
Mi corazón late demasiado rápido en mi pecho, pero no siento ni una pizca de nervios. Al menos, no lo creo. Mis emociones se asemejan a lo que se siente cuando estás a punto de alcanzar tus sueños.
La pequeña mano de Avalone se desliza en la mía y me siento completo, como si siempre hubiera tenido todo lo que quería en la vida.
La llevo hasta la puerta principal del edificio , que abro con una llave recién estrenada.
No hay ascensor y, aunque mi novia sea capaz de subir las escaleras, tengo la necesidad de estrecharla contra mí.
La levanto en brazos y suelto un suspiro de felicidad cuando su cuerpo se amolda al mío.
¿Qué me has hecho…?
Sus ojos irradian felicidad solo por un gesto cariñoso. Esta mujer solo pide amor, es cuanto necesita y, dioses, ¡eso me da ganas de regalarle el universo entero!
Llego al rellano de la primera planta y la dejo de nuevo en el suelo.
Por su mirada sé que todavía no ha entendido qué hacemos aquí.
Su inteligencia iguala su vivacidad, pero a veces pierde la perspectiva cuando los sentimientos entran en juego.
Es como si tratara de no ilusionarse, lo que no me sorprende, dada la enfermedad que carga desde hace años.
Abro la puerta, enciendo las luces del apartamento y hago pasar a Avalone al interior.
Lo primero que hace es buscar una foto en alguna pared o un objeto personal que pueda proporcionarle alguna información sobre el propietario.
No encuentra nada de eso. Entra en el gran salón que conecta con la cocina.
La ausencia de muebles no la hace reaccionar; en cambio, admira la belleza de las estancias.
No le quito ojo; quiero captar cada una de sus expresiones.
Soy su reflejo: sonrío cuando sus labios se curvan hacia arriba y mis ojos resplandecen cuando los suyos se iluminan.
Le encanta lo que ve. Hay que admitir que los techos de cinco metros de altura impresionan.
Además, escuché en una conversación que a Avalone le gustaban las molduras. Aquí está servida.
Recorre la estancia con la mirada, observa la cocina equipada y su encimera de mármol, se demora en las ventanas altas y en el balcón con flores. Gira sobre sí misma, perpleja. Esa expresión en su mirada es todo lo que quería ver.
La contemplo como el hombre enamorado que soy; después cojo su mano y la llevo hacia las puertas dobles.
La habitación principal es grande. Tiene un baño contiguo tallado en granito y un gran vestidor de madera de ébano.
Si mi apartamento actual es increíble, este es espectacular.
Y no son los materiales de lujo los que lo convierten en un lugar único.
No. Es el futuro que vislumbro con Avalone.
Aquí. Su simple presencia realza este lugar.
Es el elemento esencial, gracias al cual me siento como en casa.
Impaciente, la animo a que continúe y la guío por el pasillo. Abro cada una de las puertas —armario, aseo, bodega— y la llevo a otra habitación con ducha privada. Esta puede hacer de despacho o de biblioteca. Con lo que le gusta estudiar, seguro que le encanta.
Una vez terminado el recorrido de estos ciento veinte metros cuadraros, Avalone me mira.
—¿Dónde estamos?
Pensaba que iba a dudar, ponerme nervioso y puede que incluso cambiara de opinión por cobardía, pero no ocurre nada de eso.
Su mirada me traspasa, toca mi alma con tal fuerza que mi lobo bueno toma la delantera al malo. Amor, esperanza, libertad… es todo lo que me ofrece.
Es la mujer de mi vida.
—Si aceptas vivir conmigo, esta será nuestra casa.
El tiempo se para y mi corazón deja de latir.
No se vislumbra ninguna emoción en su precioso rostro.
Conociéndola, mis palabras resuenan en su mente brillante y poco a poco forman una idea coherente.
Sus labios se entreabren hasta formar una «o» perfecta mientras las lágri mas se acumulan en sus ojos.
Observa a su alrededor con otra perspec tiva y vuelve a mirarme.
Noto que se altera; da un paso atrás, como si temiera malinterpretar mis intenciones.
—Aquí o en cualquier otro lugar, quiero vivir contigo, Avalone.
Me regala la sonrisa más deslumbrante que haya visto, de las que cortan el aliento y por las que podría caer de rodillas. Una risa alegre sacude sus hombros como una nota de música divina. Es lo más hermoso que hay en el universo; cada persona debería tener la oportunidad de escucharla.
Asiente frenéticamente con la cabeza.
—Yo también quiero vivir contigo, Clarke. Aquí o en cualquier otro lugar.
¿Acaba de…? ¿Ha dicho que…?
Sé lo que he escuchado, pero la posibilidad de que no haya sido más que una alucinación me oprime el pecho.
—¿Eso es un…?
—¡Sí! ¡Sí, sí, sí!
Recorre los metros que nos separan y salta a mi cuello. Sus piernas me rodean la cadera, mis brazos se cierran alrededor de su cuerpo y, por fin, me doy cuenta.
Hostias… ¡Ha dicho que sí!
Hace apenas unos meses, no creía en el amor verdadero.
Lo creía extinto o, al menos, en vías de extinción.
Hoy, quiero a Avalone con todo mi ser. Los latidos de mi corazón solo son el eco de los suyos.
Sus necesidades y deseos son mis metas. Veo sus miedos como enemigos que debo eliminar.
En sus ojos vislumbro mi futuro. Es mi centro de gravedad.
Estoy preparado para mi vida a su lado. Y joder, es mi mayor orgullo.
Ella es mi mayor orgullo.
También me río, eufórico. Cuando me besa, tengo la sensación de haber llegado al Valhalla. Gimo contra sus labios, deleitándome con su deliciosa lengua.
Soy consciente de lo jodido que estoy. Nunca podré alejarme de esta mujer; es parte de mí. De algún modo, me ha arrancado el corazón, y que lo tenga entre sus manos no me asusta. Al contrario, se lo he dado con alegría, sin ninguna aprensión.
De repente, me priva de su boca y se desliza por mi cuerpo para volver a la realidad.
—¿Cuándo firmamos los papeles?
Alegre como un niño con un juguete nuevo, da saltitos en el sitio, rebosante de una energía que no conocía.
—Los papeles ya están firmados. Este apartamento es tuyo.
Con los ojos como platos, empieza a articular algo que no llega a pronunciar. Sus palabras mueren en la punta de la lengua. Creo que está en estado de shock .
—¿Mío? —acaba diciendo.
—Eres la feliz propietaria de este bien inmueble. Solo te pido que no me eches de un día para otro. Exijo dos semanas de preaviso. Así tendré tiempo de pensar una estrategia para hacer que me perdones por el error que cometa.
Mi petición la divierte tanto como la enternece. Sacude la cabeza y recupera la compostura.
—¿Me has comprado un apartamento?
—¿Por qué no?
—Está claro que todavía tienes cosas que aprender sobre las relaciones. Un hombre le regala una joya a su pareja. Una pulsera fina con un significado simbólico, por ejemplo. No un apartamento.
—Creo que me estoy convirtiendo en el mejor novio.
No aceptaré un no por respuesta. En este momento, solo ve el precio por metro cuadrado, mientras que yo solo quiero compartir con ella todas mis noches. Que sea su nombre el que aparezca en el contrato no cambia nada; cuento con pasar el resto de mis días a su lado.
—No puedo aceptarlo, Clarke. ¡No es justo, esto es una falta de equilibro, de igualdad!
—¿Quieres igualdad? ¡Muy bien! Cuando discutamos, serás tú quien duerma en el sofá.
Abandona su seriedad cuando estalla en una carcajada sincera y cálida que llega a mi corazón desde el primer instante. Pongo las manos en su cintura y la atraigo hacia mí.
—El «sí» que has pronunciado es irrevocable. No puedes volver atrás.
Me mira, en busca de un indicio de vacilación, pero solo encuentra una determinación inquebrantable mezclada con ambición.
—Está bien, acepto.
Mi corazón se hincha de amor; no sé cómo gestionar este flujo de intensas emociones.
—Solo tengo una condición —anuncia agitando un dedo debajo de mi nariz.
Me contengo para no pronunciar las palabras «todo lo que quieras». En cambio, enarco una ceja.
—Lo sé, es insolente. Me regalas un apartamento y te pido más, pero… siempre he soñado con tener un gatito. Mi madre es alérgica, así que nunca pude…
Odio a los animales. Son inútiles, invasivos y sueltan pelo por todas partes. Sin embargo, si puedo hacerla más feliz aún con un dichoso gato, pues bien, ¡que así sea!
—Vale, un gato.
Un agudo grito me daña los tímpanos, un grito entre la risa y el llanto. Es un espectáculo asombroso. Me cubre la cara y el cuerpo de besos. Besos que me hechizan tanto que pierdo el equilibrio.
Al sentir que el suelo se mueve bajo mis pies, la estrecho contra mí y me agarro al marco de la puerta.
—¿Y si estrenamos nuestro nuevo hogar? —me susurra al oído.
La sangre me baja directa al miembro y siento que me pongo duro.
No me lo tiene que decir dos veces.
Tumbado en el suelo de la cocina, admiro a la mujer desnuda acurrucada contra mí.
Hemos hecho el amor en todas las habitaciones del apartamento y me ha robado el alma sin ningún escrúpulo.
La forma en que me toca, el placer que me da…
No sabía que fuera posible desear tanto a una persona.
Me ha convertido en un hombre dependiente que solo tiene ojos para ella.
Deben de ser las dos de la madrugada, pero no estoy cansado, y todavía tengo ganas de Avalone. Su cuerpo es una jodida droga. Si fuera por mí, iríamos a por una segunda ronda, pero la noto exhausta.
—¿Qué te parece pasar la noche aquí? —jadeo contra sus labios, antes de darle un casto beso.