16
Entro en el apartamento de los chicos, invadida por la nostalgia.
Tengo la impresión de que ha pasado un siglo desde la última vez que pasé la noche aquí, rodeada por los brazos del hombre al que quiero.
Me siento a la vez loca de alegría y llena de miedo.
Me temo que pronto estallará una discusión entre Clarke y yo; es la única forma de que podamos olvidar esta historia y volver a nuestra vida normal.
Me siento en el sofá, con los rasgos marcados por el dolor.
—¿Te duele? —se preocupa Set.
—Oh, ya sabes, un golpe de bisturí por aquí, otro por allá… El pan de cada día, diría yo.
Disimula su sonrisa ante la mirada fulminante que nos lanza el segundo de la banda.
—Ahora en serio —continúa Set—. Estás pálida, deberías tomarte tus…
Sus palabras mueren en sus labios cuando Clarke me pone delante un vaso de agua y dos pastillas. Imagino que una es para el dolor y la otra para la infección.
—No vuelvas a hacer una tontería parecida, ¿de acuerdo?
—Recibido. La próxima vez me decantaré por el muslo.
Me tapo la boca con las manos, sorprendida por lo que acabo de decir.
Debería pensar antes de hablar; eso me evitaría problemas.
—Y todavía encuentras algo con lo que bromear… —se irrita Clarke, condescendiente.
Y de repente estamos de nuevo en guerra.
Me trago mi enfado, decidida a no entrar en el conflicto.
—Me voy a duchar.
Salgo del salón. Solo tengo que esperar a que se calme durante mi ausencia.
Llego a su habitación cuando me doy cuenta de que me he olvidado la mochila en la entrada. Regreso discretamente y recojo mis cosas sin que los chicos se den cuenta de mi presencia.
—Detente, tío. Ha soportado esa agonía por nosotros, por amor. No puedes reprochárselo.
—Claro que sí… me voy a quedar calladito. ¡Hubiera preferido quedarme en la cárcel antes que presenciar esto!
Se me resbala la mochila de entre los dedos. Su impacto contra el suelo llama la atención de los Devil’s Sons. Justo después, la mirada de Clarke se llena de culpabilidad.
Da un paso en mi dirección, pero yo extiendo la mano frente a mí en un gesto de rechazo. Sus palabras se me han clavado en el corazón y, dioses benditos, duelen…
Recojo mi mochila y me doy la vuelta, tambaleante.
—¡Avalone, espera!
Acelero el paso. Estoy demasiado agitada para enfrentarme a él.
Entro precipitadamente en su habitación y después en el cuarto de baño. Cierro con fuerza la puerta detrás de mí y echo el pestillo con mano temblorosa. Me tiembla todo el cuerpo, y sus palabras dan vueltas en mi mente.
«Habría preferido quedarme en la cárcel antes que presenciar eso ».
—¡Ábreme!
Su presencia al otro lado de la puerta no hace más que avivar mi dolor.
Necesito espacio, necesito que me deje sola. Quiero poder llorar en paz, sin tener que taparme la boca para ahogar los gemidos del dolor que me ha causado.
—¡Abre! —se impacienta.
Ante mi falta de cooperación, Clarke golpea la puerta con el puño. Me sobresalto y me alejo al fondo del baño, con lágrimas en los ojos. Intento contenerlas, hago un esfuerzo colosal, pero una lágrima se desliza por mi mejilla. Me la enjugo con rabia.
He llorado muy poco durante mi corta vida.
Aunque no fue por falta de ocasiones; he tenido que soportar una gran cantidad de malas noticias a lo largo de los años.
Pero mi corona de plástico —y después, la imaginaria—siempre destacó orgullosa en lo alto de mi cabeza.
Me infundía la fuerza necesaria para superar las pruebas de la vida sin flaquear.
Pero, últimamente, he perdido todo el control.
Es como si… como si me sintiera con la confianza suficiente para dar rienda suelta a mis emociones. Y eso me aterroriza.
—Por favor, ábreme, preciosa…
Normalmente habría admitido la derrota frente a su tono implorante, pero esta noche estoy demasiado cabreada por mis propias debilidades.
¿Cómo pueden afectarme las palabras de semejante imbécil? ¡No se merece mis lágrimas, eso sí que no!
—¡Vete a la mierda, Clarke!
Su puño entra en contacto con la puerta violentamente y la madera se agrieta. Con el siguiente golpe, su brazo la atravesará.
—¡Abre la puerta o la echo abajo!
—¿No querías que te enseñara a ser un buen novio? Nueva lección: debes respetar los deseos y las necesidades de tu pareja. Por el momento , no quiero hablar contigo, ¡así que vete!
Espero que descargue su frustración destruyendo todo a su alrededor, pero solo me llega el silencio. Clarke se ha ido. Esperaba sentirme algo más tranquila, pero me doy cuenta de que ni siquiera su partida puede calmar la oleada de emociones que me destrozan el corazón.
Con el labio temblando, lleno la bañera.
Como en noches anteriores, me aseguro de que mi venda se mantenga seca cuando me meto en el agua.
Y luego libro una batalla contra mis propios sentimientos, que finalmente logro dominar.
Aunque siento el pecho oprimido, mis mejillas están secas y mi vista está despejada de ese brillante velo que forman las lágrimas acumuladas.
Siento el peso ilusorio pero familiar de mi corona de plástico sobre mi cabeza.
No sabría decir qué hora es cuando, ahogando unos gemidos lastimeros, me pongo la camiseta de Clarke que me hace las veces de pijama desde hace un tiempo.
El más mínimo movimiento de mi tríceps es doloroso, a pesar de la delicadeza con la que me muevo.
Sin aliento, apoyo las manos en el lavabo y observo mi reflejo en el espejo, sin un interés real.
Intento desesperadamente retrasar mi enfrentamiento con Clarke.
Estos últimos días me han agotado, ya no tengo fuerzas para pelearme.
Casi me pregunto si no preferiría dormir sola en la habitación de Tucker.
No. Pues claro que no.
Salgo del cuarto de baño y abro los ojos, sorprendida al descubrir el hueco que el puño de Clarke ha hecho en la madera. Luego mi mirada se desliza hacia el culpable, sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados encima de las rodillas.
Me mira fijamente.
—No lo decía en serio, Avalone. No quiero estar en ninguna otra parte que no sea aquí, contigo…
Cierro los ojos, con el corazón herido. Escucho sus palabras y los dioses saben cuánto quiero creerlo. Sin embargo, la duda me carcome.
—¿Te has vuelto loco? —le pregunto.
Frunce el ceño y luego inclina la cabeza hacia un lado.
—¿Qué?
—Una vez me dijiste que solo un loco podría cansarse de mí. Así que… ¿te has vuelto loco, Clarke?
Juraría ver el desconcierto dilatar sus pupilas, al punto de engullir el verde de sus iris.
—¡No! ¡Dioses benditos, no!
Se pone de pie, irritado porque pueda sugerirlo si quiera y preocupado ante la idea de que pudiera creerlo.
—¡Nunca te abandonaré, Avalone! ¡Jamás! No estoy loco, ¿vale? No te imaginas…
—Entonces, ¿por qué no haces ningún esfuerzo? ¿Por qué sigues centrado en lo de la tarjeta SD, en lugar de… no lo sé, hacerme el amor?
Se tensa y da un paso atrás, como si quisiera establecer una distancia de seguridad entre nosotros.
—¿Hacerte el amor? ¿Por qué piensas que te voy a tocar y arriesgarme a hacerte daño unas horas después de que te hayan extraído un cuerpo extraño del brazo?
Sus palabras no tienen la intención de hacerme daño. Y a pesar de que demuestran su consideración, las asimilo como un rechazo.
—Es tu comportamiento el que me hace daño, Clarke.
Aprieta los dientes y desvía la mirada, pero creo que está molesto consigo mismo. Mi sospecha se confirma cuando se acerca con una apariencia afligida.
—Eso no es lo que quiero, Avalone. Yo… no soporto las muecas de dolor en tu rostro, tus gritos, y mucho menos soporto verte herida. ¡Saber que estás sufriendo me mata por dentro! ¡Me cuesta mucho controlarlo!
—¿Qué es lo que no consigues controlar?
De repente se enfurruña y tensa la mandíbula.
—Háblame…
Levanta las manos en señal de rendición y retrocede. Pero no cuenta con mi determinación. Quiero saberlo, no le permitiré huir.
Me interpongo en su camino. De esta forma, entre la puerta y él, no tiene ninguna escapatoria.
—¿Qué es lo que no consigues controlar, Clarke? —repito, alzando la voz.
—¡El amor que siento por ti!
Retrocedo, golpeada por la intensidad de su confesión, y choco contra la puerta. Me late el corazón a mil por hora y siento que podría desmayarme.
Clarke se pasa las manos por el pelo y por la cara, luego me lanza una mirada de desaprobación, como si me culpara por provocarle tal sentimiento.
—Te quiero, Avalone. ¡Te quiero tanto que a veces me pregunto si es humanamente posible quererte hasta este punto! Pero entonces te miro y tengo la certeza de que lo que siento por ti será incluso más fuerte mañana.
He olvidado cómo respirar; incluso creo haber perdido algunas funciones cognitivas.
Sus palabras… Por todos los dioses, sus palabras… son cautivado ras, exquisitas. Siento que me desmorono de una manera agradable.
—¡Nunca he querido sentir esto! ¿Recuerdas la conversación que tuvimos al borde de la piscina, en la fraternidad?
Creía que el verdadero amor había muerto, reemplazado por algo mediocre y efímero.
Pero ahora soy incapaz de vivir sin ti. Te has convertido en mi razón de ser.
Te has apoderado de mi corazón, Avalone, y no me has dejado otra opción que enamorarme perdidamente de ti.
Abro la boca, pero no sale ni un sonido.
Estoy conmocionada, febril y, joder, podría desmayarme de la emoción.
Y la mirada que Clarke me lanza… Está furioso.
Soy la responsable de sus tormentos, así es como me ve ahora mismo.
Pero entonces su expresión se suaviza a medida que sus sentimientos se imponen sobre su rencor.
—No te cantaré ninguna canción de amor, nunca te escribiré cartas y no gritaré a los cuatro vientos lo mucho que te quiero.
En cambio, te seguiré hasta las llamas del Ragnarök, haré arder y sangrar el mundo si me lo pidieras y siempre serás mi prioridad.
Siempre . Porque ya nada más importa cuando se trata de ti, Avalone.
Por Frigga.
Me dejo consumir por las palabras del hombre del que estoy locamente enamorada.
Tienen tanto poder sobre mí que me olvido de dónde estoy.
Los sentimientos que profesamos el uno por el otro son tan intensos que dudo que nos hagan bien, pero por nada del mundo renunciaría a nuestra relación.
Prefiero que nos quememos las alas juntos, en vez de que nos las cortemos antes de haber alzado el vuelo.
—Algún día, me casaré contigo… —susurro con certeza.
Clarke me devora con una mirada tan ardiente e intensa como una estrella.
Acorta la distancia entre nosotros y, entonces, nuestros labios se encuentran.
Una ola de calor me recorre la piel y un violento deseo estalla en mi bajo vientre.
Nuestras bocas, insaciables, libran una batalla, intentan imponer su territorio.
No somos más que avidez, posesividad e ímpetu.
Le quito la camiseta con prisas, y él desgarra la mía. Las prendas y la ropa interior no son más que un lejano recuerdo.
«¡Te quiero tanto que a veces me pregunto si es humanamente posible quererte hasta este punto!».
Gimo ante el simple recuerdo de su declaración.
De repente, el brazo me duele y, a pesar de todo mi esfuerzo por contenerme, hago una mueca contra los labios de Clarke.
Espero que haga caso omiso a este momento de debilidad, pero es en vano.
Como si lo hubiera electrocutado, rompe todo contacto y se aleja tambaleándose.
Su respiración es entrecortada y sus ojos están abiertos como platos por el miedo.
—¡Lo siento! No te quería hacer daño. ¡Joder, lo siento!
Se pasa los dedos por el pelo y tira de él.
Luego me da la espalda, apoya los antebrazos contra la pared y baja la cabeza.
Al verlo así, mi corazón se contrae. Hace tiempo comprendí que, si se mostraba tan protector hacia mí, era debido a sus traumas.
Sus padres forcejearon hasta su último aliento.
Gritaron, sufrieron. Y sucumbieron. Tengo que hacer que recuerde que el sufrimiento no conduce necesariamente a la muerte.
La mayor parte del tiempo, las personas se curan de sus heridas.
—Clarke…
—No me pidas eso, Avalone. Me niego a anteponer nuestro placer a tu salud.
Me acerco a él con pasos silenciosos y recorro con las manos sus voluminosos músculos, que se contraen ante mi contacto.
—Me siento más viva que nunca cuando me besas, cuando me miras con deseo, cuando adulas mi cuerpo como solo tú sabes hacer.
—No quiero…
—Por favor… Lo necesito. Te necesito a ti.
Deja caer los brazos a los costados. Lentamente, se gira hacia mí y me examina el rostro, buscando alguna señal de dolor. Tiene miedo. Le aterra la idea de hacerme daño.
Cojo su mano y la coloco sobre mi venda.
—No me duele.
Agarro su otra mano y la guio hacia mi pecho.
—Puedes tocarme.
Retrocedo y me aseguro de que me sigue hasta la cama, sobre la que me acuesto, y luego lo atraigo hacia mí.
Se mantiene apoyado sobre las manos, de forma que no tenemos ningún contacto físico.
Acuno su rostro y rozo sus labios con mi lengua, antes de besarlo de forma tierna.
Se destensa poco a poco y su cuerpo se hunde sobre el mío.
—Si te hago daño…
—Si me duele, te avisaré, lo prometo.
Le tiro del pelo para que deje expuesto el cuello, que me apresuro a saborear. Lo lamo, lo mordisqueo, lo beso.
Cuando se le escapa un gemido gutural, yo sonrío contra su piel.
—Te quiero —jadeo—. Como nunca he querido a nadie.
De repente, noto cómo se acelera su ritmo cardíaco, y es la melodía más hermosa que jamás haya escuchado.
Con los iris negros y llenos de emoción, me contempla unos largos segundos antes de asaltar mi boca.
El beso es apasionado, con una sensualidad que hace que me maree.
Con delicadeza, explora mi cuerpo. Le rodeo la espalda con las piernas y lo atraigo más hacia mí, para demostrarle que no soy de cristal.
Él gruñe, tanto de frustración como de placer.
Placer que no deja de crecer. Hemos avivado una brasa que solo pedía convertirse en una llama ardiente.
Cuando Clarke entra en mí, gemimos a la vez.
Es… dioses, no tengo palabras.
Capta mi mirada, comparte a través de ese contacto visual sus sentimientos más fuertes y después retrocede para penetrarme mejor.
—Eres lo más importante que tengo. Si supieras cuánto te quiero, Avalone…
Creo que lloro de nuevo, pero esta vez es solo de felicidad.
Clarke se queda quieto al descubrir mis mejillas húmedas. Sus temores lo llevan a comprobar mi herida, así que le sonrío tiernamente y le coloco una mano en el pecho.
—Soy feliz, Clarke.
Sus pulmones se hinchan, al igual que su corazón.
No se cree capaz de hacer feliz a los demás.
Algunos días, incluso duda de la existencia de su propia conciencia.
Se sacrifica por aquellos que quiere, con la certeza de que ellos merecen vivir más que él.
Pienso repetirle día tras día lo feliz que me hace y, sobre todo, cuánto lo necesito en mi vida.
Él también es lo más importante que tengo.