15 #2
—¡Me asusté!
—¡¿Pero qué se te ha pasado por la cabeza?! —grita Jesse a pleno pulmón.
—¡Está loca! —añade Sean.
No tengo escapatoria. Me atacan uno detrás de otro, ya no sé qué hacer.
El jefe, amenazante, da un paso en mi dirección.
Mi instinto de supervivencia activa una alarma en mi interior y retrocedo para huir, pero me encuentro con un torso que reconozco de inmediato: Clarke.
Mi corazón se acelera, un sudor frío hace que me estremezca.
No me siento capaz de enfrentarlo; sin embargo, me giro, despacio, y me cruzo con su mirada d e desaprobación.
Trago saliva y me alejo de él andando hacia atrás, pero cubre cada paso que pongo entre nosotros.
—Espero que sea una cámara oculta, Avalone.
Su voz es tranquila, y eso me asusta. Lo conozco demasiado bien como para dejarme engañar por su falsa calma. Retrocedo más, hasta chocar con Carter.
Estoy rodeada y los gritos aumentan. Vienen de todas partes, resuenan en mis oídos hasta dejarme sorda.
—¡Es suficiente! —interviene Ty—. ¡El daño ya está hecho, dejad de echarle la bronca!
Su fuerte voz se impone sobre todas las demás. La paz se cierne sobre la habitación, y el silencio nunca ha sido tan agradable.
—¡No bromeaba cuando decía que la tarjeta SD estaba al alcance de la mano! —exclama Justin, divertido.
Clarke le lanza una mirada asesina mientras el jefe centra la atención en Ethan. Lo juzga severamente con la mirada, mostrando una decepción que considero injusta.
—Tú…
El cirujano, que ha llevado a Marie hasta el s ofá, le extiende una toalla húmeda sobre la frente antes de confrontar a Carter esbozando una mueca irritada.
—¡Lo pillé desprevenido! —lo defiendo—. «Es una cuestión de vida o muerte». Esas fueron las palabras exactas que usé para convencerlo. Confió en mí, soy la única culpable.
Justin se levanta del sofá, mete las manos en los bolsillos y se balancea hacia delante y hacia atrás.
—¿Te acuerdas de esa prueba que te hicimos en Canadá? Las cajas que transportabas estaban vacías, pero te hicimos creer lo contrario…
Asiento con la cabeza, sin comprender adónde quiere llegar.
—Pues bien, esa tarjeta SD no contiene ningún dato. Has pasado la segunda prueba de forma brillante. ¡Felicidades!
Creo que palidezco. Me parece normal, ya que mi corazón ha dejado de hacer su trabajo, es decir, de bombear sangre. Está en mi pecho, pero ya no late.
—¡Deja de decir gilipolleces! —se molesta Carter.
Parpadeo y le lanzo una mirada a mi padrino llena de esperanza.
—¿Es una broma?
—¡Pues claro!
Justin se ríe, y el resto de la banda lo sigue.
Suelto un largo suspiro de alivio y me llevo la mano al pecho para asegurarme de que el órgano que hay ahí funciona bien.
—¡Ethan, sácale esa jodida tarjeta SD! —exige Clarke.
—No tengo el instrumental quirúrgico, tengo que ir primero a mi apartamento.
—¡Pues mueve el culo!
Sin discutir, el médico se va de la mansión bajo mi mirada arrepentida por haberlo puesto en una posición tan comprometida. Espero que el jefe no le guarde rencor. No es responsable de la decisión que yo mismo tomé. Una decisión que, además, le impuse.
—Voy a pedir cita con un psiquiatra —me informa Carter.
—¿Qué?
—Te falta un hervor; tu padre debió de cagarla durante tu concepción.
Dicho esto, se va.
Aunque su comentario me hace poner una mueca, su partida me ofrece una escapatoria.
Sin pensarlo dos veces, pongo pies en polvorosa y desaparezco por las puertas francesas, con la esperanza de conseguir un poco de paz.
Pero la banda me pisa los talones. Los chicos no piensan dejarme escapar tan fácilmente.
—¡No tenemos ni un respiro desde que has entrado en los Devil’s Sons! —grita Clarke.
¡Ya he escuchado suficiente!
Furiosa, me doy media vuelta y señalo su torso con un dedo acusador.
—¡No he sido yo a quien han arrestado por sospecha de robo o puesto en prisión preventiva por asesinato!
—¡Buena esa! —me anima Justin.
—¡Cállate! —le gritan los chicos a coro.
Intento hacer algunos ejercicios de respiración para calmar la tormenta que hace estragos en mi interior, pero Set vuelve al ataque y echa por tierra mis esfuerzos.
—Te gusta el sadomasoquismo, ¿es eso?
—¡Cállate! —escupo entre dientes—. ¡No tenía elección, eso es todo!
—¡Siempre tenemos elección! ¡¡Esas son tus palabras!! —protesta Clarke.
Es demasiado. Loca de rabia, me planto delante de sus narices y grito aún más fuerte que él.
—¡¡Es cierto!! ¡Tenía elección! ¡Implantármela en el brazo o dársela a Bill!
Tomo una profunda bocanada de aire y luego suelto un montón de palabrotas.
Estoy a punto de perder los nervios; parece que intentan llevarme al límite.
¡Por todos los dioses, he soportado toda esta tortura por ellos!
—¿Es eso lo que hubierais querido? —continúo de malas maneras—.
¿Acabar los siete en la cárcel? Yo no, no lo habría soportado.
Así que tomé una decisión de la que no me arrepiento.
Y la repetiría un millón de veces si eso significase que conservaríais vuestra libertad.
¡De nada, chicos! ¡Es un placer haberme desmayado de dolor para salvar vuestros ingratos culos!
Ya ninguno dice nada, les he cerrado la boca. Cansada de toda esta historia, me desplomo en el sofá.
—Tienes razón en poner a estos imbéciles en su lugar —me apoya Justin, que se sienta a mi lado. Me pasa el brazo alrededor de los hombros y me atrae hacia él—. Ignorémoslos y desaparecerán.
No se molesta en bajar la voz, lo que le valió las miradas heridas de parte de sus compañeros.
Pienso en seguir su consejo cuando Marie aparece delante de mí, totalmente recuperada. Enfadada, mueve los brazos en todas direcciones mientras dice cosas en una lengua que no conozco.
—¡Hostia, tiene que estar realmente recuperada para empezar a hablar en búlgaro! —se ríe Justin.
Con los ojos como platos, la miro como si la viera por primera vez.
—¿Eres búlgara?
Con el periódico que tiene en la mano, me da un golpe seco en la cabeza.
—¡Sí! ¡Y no he dicho ni una palabra en mi lengua natal desde que Tucker incendió mi cocina!
No es que no tenga ganas de reírme, pero su mirada fulminante me desanima.
Y de repente vuelve a gritar en búlgaro lo que parecen ser reproches.
Antes de decir algo de lo que me pueda arrepentir, me levanto del sofá, rodeo a toda la tropa y me dirijo hacia mi habitación, la única estancia en la que por fin encontraré paz.
El silencio me recibe al entrar en el pasillo y me acompaña hasta mi cama.
Me tumbo sobre las sábanas, agudizando el oído.
Nada. Ni un ruido. Solo el sonido de mi respiración perturba la quietud que me rodea.
De ahora en adelante, voy a evitar a todos los que me echen la bronca. O pasan página, o los ignoraré abiertamente.
Los golpes contra la puerta ponen mis nervios a prueba.
No se habrán atrevido a seguirme hasta aquí, ¡¿verdad?!
—¡Largaos!
—Soy Justin.
Ah. Él es mi amigo.
—¡Pasa!
Se acerca con su sonrisa, que me resulta como un bálsamo calmante. El Devil’s Sons avanza hasta mi cama y se tumba a mi lado.
—No cambies nunca. Eres perfecta tal y como eres.
—Los chicos no parecen compartir tu opinión —murmuro, enfurruñada.
—Solo quieren protegerte, Avalone. Eres como una hermana pequeña para nosotros, así que, cuando te pones en peligro, les afecta.
Alzo la mirada hacia él, curiosa.
—¿Y tú no estás afectado?
—Nunca hubiera imaginado que una chica sería capaz de infligirse un dolor semejante para salvarme el pellejo. Me siento feliz de tenerte en mi vida y orgulloso de la relación que compartimos.
No necesito más para destensarme. Sonrío, conmovida por las palabras que expresan sus emociones, y luego me da un beso en la mejilla. Hablamos de banalidades —los dioses saben cuánto lo necesitaba— hasta que un invitado no bienvenido toca a la puerta.
—¡Largaos! —gritamos a coro.
—Soy Ethan.
Oh. Mierda.
—¡Entra! —exclamamos al unísono.
Nuestra sintonía hace que nos riamos.
El cirujano entra en la habitación, con los brazos llenos de material médico.
—Los chicos tienen caras largas, pero, por lo que veo, aquí os lo estáis pasando bastante bien…
—Siento mucho haberte puesto en esta situación —me disculpo de inmediato, con sinceridad.
—Contigo, mi vida es menos monótona —me tranquiliza.
Su sonrisa divertida y el guiño que me lanza hacen que me sienta aliviada. No está molesto conmigo.
Coloca su bolsa sobre mi cama y prepara el instrumental quirúrgico. Al recordar la primera cirugía y el dolor que sentí, siento náuseas. La extracción promete ser un auténtico tormento.
Gracias a los dioses, Justin no tiene intención de irse y su presencia me tranquiliza. Me levanto de la cama, cojo unas mallas y un sujetador del fondo de mi armario y luego me encierro en el cuarto de baño el tiempo necesario para cambiarme.
De vuelta en mi habitación, Ethan no pierde ni un instante. Tan pronto como me siento, me agarra el brazo y derrama alcohol etílico sobre mis puntos de sutura. Escuece, es desagradable, pero soportable.
—La herida ha cicatrizado bien. Voy a tener que abrírtela de nuevo.
Me ordena que me tumbe. Obedezco y apoyo la cabeza sobre las piernas de Justin, que me coloca un trapo en los labios con el que terminaré partiéndome los dientes de un momento a otro.
Estoy nerviosa y tengo miedo. Creo que incluso estoy aterrorizada.
No estoy lista para aguantar un dolor tan intenso, pero tengo que hacerlo.
Así que, cuando Ethan me pregunta con la mirada, le doy vía libre.
Con los guantes ya puestos, coge el instrumental.
De repente, Justin empieza a moverse nervioso debajo de mí.
Se aclara la garganta para llamar mi atención.
—Sé que es un mal momento, pero tengo que confesarte algo. Cuando estaba en la cárcel… reflexioné. No había nada más que hacer, de todas formas. Y pensé en ti. Mucho. Sé que quieres a Clarke, pero tal vez…
Me atraganto de repente y casi me asfixio, con el trapo todavía metido en la boca. Con mi brazo bueno, me lo arranco para recuperar un poco el aliento y miro a Justin con los ojos como platos.
¡Por Frigga! ¿Qué hace?