15
Al final del juicio, después de que Clarke fuera absuelto, Bill le tendió la mano.
Fue inesperado e irreal. Bajo nuestra mirada asombrada, los dos hombres intercambiaron un apretón de manos del que emanaba un respeto mutuo.
Admito que estaba emocionada, hasta que el policía le prometió a mi novio que acabaría pillándolo.
« Y esta vez tu banda no podrá hacer nada por ti » , dijo él.
Clarke soltó una sonora carcajada, un poco burlona, y contestó que este juicio le había enseñado una cosa: no hay ninguna hazaña que los Devil’s Sons no puedan realizar.
Sentados en los escalones del porche de la mansión, esperamos la llegada de nuestro segundo al mando.
Incluso Ethan está aquí para recibirlo. Carter y él tuvieron que quedase atrás para resolver los últimos trámites con la justicia.
En cuanto al médico forense, fue conducido a comisaría para tomarle testimonio.
El señor Méndez no se librará de esta. A pesar de que es el padre de Charlie, no siento la más mínima compasión por él.
Cuando descubrimos que era el culpable, fue una sorpresa para todos.
Es la personificación misma de la ley…; tenía una apariencia amable y se mostraba firme en sus convicciones, pero las apariencias engañan.
Por fin, el ruido de un motor llega a nuestros oídos. Nos ponemos de pie de un salto y temblamos de impaciencia, todos los presentes. El coche del jefe sale de la línea de árboles, rodea la fuente y se para a unos metros de nosotros.
Hasta ese momento no había podido estar quieta, pero, cuando veo a Clarke salir del Audi, me quedo petrificada y contengo el aliento.
Dioses benditos, siempre tan tremendamente sexy . Y esa apariencia arrogante… Es un pecado.
—Os habéis tomado vuestro tiempo. ¡Pensé que me pudriría en la trena!
—¿Un gracias es demasiado pedir, imbécil? —responde Set.
—No tengo intención de besaros los pies.
Bajo un escalón y después otro. Está aquí, frente a mí, pero necesito asegurarme de que es real y no una ilusión creada por mi mente.
Así que, al llegar a su altura, extiendo una mano hacia su rostro.
La palma encuentra su mejilla. Me sobresalto y rompo rápidamente el contacto, con el corazón latiéndome a mil por hora.
—¿No es un sueño?
Clarke inclina la cabeza hacia un lado, con una tierna sonrisa en los labios.
—Has hecho lo necesario para que el sueño se convierta en realidad.
El aire entra en mis pulmones, me insufla una nueva energía que derrota mis miedos, y ya no me puedo contener.
Quiero llorar, gritar, encerrarlo entre cuatro paredes para que no me deje jamás.
Quiero reír, bailar, sentir su piel desnuda bajo los dedos.
De repente, atrapo su boca con la mía. Clarke emite un gemido ronco y se deja llevar por la caricia de mi lengua.
Se deleita con todo lo que le doy y pide más.
Sus manos se deslizan por mi columna y ejercen presión sobre mi espalda baja, la sufi ciente para que mi pecho choque contra su torso.
Maltrata mis labios hinchados de deseo y luego me besa la mandíbula, el cuello…
—¡Es suficiente! —suelta Carter.
—Es un espectáculo digno de ver —contesta Sean.
—Todos sabemos que te gusta asistir a ese tipo de diversiones —le responde Set, indiferente.
Clarke y yo nos separamos a regañadientes. La mirada que me lanza es seria: solo es cuestión de tiempo. Piensa continuar lo que acabamos de empezar.
El sonrojo que me tiñe las mejillas delata la dirección en la que van mis pensamientos.
—Sea lo que sea lo que pasa por esa cabecita, tenlo presente. Pienso hacer realidad todas tus fantasías —me susurra al oído con una sonrisa hambrienta en los labios.
Con la boca seca, trago con dificultad. En este momento soy incapaz de disipar la niebla de deseo que me invade, y Clarke siente un placer perverso avivándola, provocándola.
Me roza discretamente la curva de los pechos.
—¡Mierda! ¡Están follando con la mente! —exclama Justin.
—¿Qué? ¡Claro que no! ¡Avalone, aléjate inmediatamente de Clarke! —brama mi padrino—. ¡No tendré ningún miramiento en enviarlo de vuelta a la cárcel!
Eso tiene el mérito de devolverme a la realidad.
Me alejo del Devil’s Son por miedo a que el jefe cumpla su amenaza, pero no conté con la despreocupación de Clarke.
Me acerca de nuevo hacia él, con una sonrisa, y entrelaza nuestros dedos.
Después me da un beso en la sien y nos lleva hacia el porche, hacia sus hermanos, de quienes recibe cariñosas palmadas en la espalda.
—No esperéis una ronda de abrazos o un bonito discurso de agradecimiento.
Entra en la mansión arrastrándome tras de sí.
Marie, que estaba limpiando los cristales para calmar su impaciencia, suelta un grito de alegría y se precipita a los brazos del prisionero recién liberado.
Llora, le susurra palabras incompresibles en una lengua que no conozco, le coge la cara entre las manos y lo examina por todas partes.
—Estás herido —gimotea—. ¡Ethan! ¡Ethaaan!
Clarke se libera de su agarre con suavidad.
—Estoy bien, no te preocupes. Aunque no le diré que no a una cerveza.
—Todo lo que quieras, mi niño.
—¿Puedo tomar una yo también? —mendiga Justin antes de que Marie desaparezca en la cocina.
Marie le lanza una mirada de pocos amigos y le da una colleja en la nuca.
—¿Acabas de salir de la cárcel?
—No.
—¡Entonces ve a buscarla tú mismo!
Nos reímos y nos metemos con Justin de camino al salón.
Me doy cuenta de que todo ha vuelto a la normalidad, y ese pensamiento hace que se me llenen los ojos de lágrimas.
Ya no siento ese peso que me comprimía el pecho, ni esa sensación de que el control se me escapaba de las manos sin importar lo que hiciera.
Clarke se tira en el sofá, me atrae hacia él y me lanza una profunda mirada llena de sinceridad.
—Te he echado de menos. Muchísimo.
Siento que me derrito entre sus brazos. Con los nervios a flor de piel, lo beso para ocultar lo sensible que estoy después de liberar la tensión acumulada.
—No vuelvas a asustarme así —susurro contra sus labios.
—He reflexionado estos últimos días y he llegado a la conclusión de que no podría prometerte algo así. De lo que estoy seguro es de que siempre volveré a ti.
El corazón está a punto de estallarme bajo su sinceridad.
Esta vez soy incapaz de ocultar cualquier emoción, mucho menos la lágrima que cae por mi mejilla.
Clarke la recoge con la yema del dedo y me anima a acurrucarme contra él.
Inspiro su olor y saboreo la calidez de su cuerpo, parecida a la caricia del sol.
—Toda esa mierda ya ha pasado, es hora de que la tarjeta SD vuelva conmigo —anuncia Carter.
Me enderezo rápidamente, como si me electrocutaran, y me entra un ataque de tos.
¡Dioses todopoderosos, me había olvidado de su existencia! Además, al implantármela, esperaba poder extraerla llegado el momento de manera discreta para devolvérsela al jefe sin que nadie se enterara de lo que había hecho.
—No me digas que la has perdido —se preocupa de repente mi padrino.
—¡No! No, está en un lugar seguro…
Ethan, al notar lo que está pasando, se levanta rápidamente del sofá. Todas las miradas se dirigen hacia él mientras me mira con miedo. Se acaba de dar cuenta de dónde lo he metido, y lo mínimo que puedo decir es que estamos los dos en un buen lío.
—¿Y si esperamos unos días, solo para recuperarnos? —intento aplazarlo.
—Este asunto quedará atrás definitivamente cuando me devuelvas la tarjeta SD.
Daría lo que fuera por desaparecer en este momento. Tengo miedo de haber agotado la paciencia de Carter con el Mercedes destrozado. Me va a matar y, esta vez, los Devil’s Sons lo ayudarán.
—Está al alcance de la mano —confieso con la garganta cerrada.
Carter frunce el ceño, con una arruga de enfado en la frente.
—¡Avalone, te había pedido expresamente que la escondieras bien! Espero que no esté en alguna parte de la mansión, porque si alguien…
—¡No, nadie la ha encontrado! —lo tranquilizo—. La guardé cerca. Es decir, ahora lo está, pero…
Me interrumpo, incapaz de seguir mientras me embarga el miedo. Y el rostro pálido de Ethan no me ayuda a tranquilizarme. Parece que está a punto de vomitar.
—No te la habrás tragado, ¿verdad? —pregunta Justin.
—¡Pues claro que no, no soy tonta!
Escépticos, los chicos me miran como si me creyeran capaz de algo así. Después de todo, no se equivocan. Me la habría tragado si no fuera por el riesgo de que la tarjeta SD fuera carcomida por los jugos gástricos de mi estómago.
—No tenemos toda la noche —se impacienta Carter—. Dime dónde está.
—No sabía dónde esconderla y Bill me seguía de cerca, así que… se podría decir que…
Es ahora o nunca. Tengo que dejar de darle vueltas y coger el toro por los cuernos; de lo contrario, me estancaré en esta penosa situación.
Tomo una gran bocanada de aire y contengo la respiración, luego me subo la manga de la chaqueta.
Me arranco la venda de un tirón y dejo al descubierto la herida suturada del tríceps.
Todas las miradas se posan en la forma rectangular que deforma mi piel y el silencio se apodera de la habitación. No es agradable. Es pesado, asfixiante.
—¡Oh, mierda, se ha implantado la tarjeta SD en el brazo! —exclama Justin, llevándose las manos a la cabeza.
Las miradas, sorprendidas y cabreadas a la vez, van de mi brazo derecho a mi rostro. Y luego está el aura asesina que emana de Clarke…
—¡¿Que has hecho qué?! —grita Carter.
—Odín todopoderoso… —susurra Marie, extrañamente pálida.
Mareada, la anciana se tambalea sobre sus delgadas piernas. Pone los ojos en blanco y luego se desploma en el suelo, inconsciente.
¡Dioses benditos, le ha dado un patatús! ¿Cómo voy a salir de esta?
Ethan se arrodilla a su lado y se asegura de que no se ha herido en la caída. Y justo cuando avanzo para socorrerla, el jefe se interpone en mi camino.
—¡¡No me digas que tienes la tarjeta debajo de la piel!!
La situación está fuera de control. Debería haber presentado el problema de otra manera o, al menos, haberlos preparado mentalmente.