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—¡Su nombre! —exclama el fiscal adjunto, ya al límite de su paciencia—. ¡Quiero su nombre!
Avalone extiende una mano y se mira la manicura con indiferencia.
—Si todo se ha desarrollado como estaba previsto, una carta escrita esta misma mañana por su superior, el fiscal general, se ha entregado a la jueza.
Desea llegar a un acuerdo: el abandono de los cargos presentados contra el señor Taylor a cambio de la identidad del verdadero culpable y de las pruebas que lo incriminan.
Así que quítele esas esposas a Clarke, redactemos ese acuerdo y le daré un nombre.
Sabía que estaba exonerado, pero escucharlo a viva voz… ¡Joder, es pura felicidad!
Armado con una sonrisa de gilipollas, le muestro las esposas al guardia más cercano. Karson ordena con un seco asentimiento de cabeza que me liberen. Las esposas abandonan mis muñecas, que relajo con movimientos circulares.
Mientras el asistente del fiscal adjunto pone por escrito nuestro acuerdo, Avalone saca su portátil y pulsa una tecla. Al instante, se escucha una voz.
«¡Freddie me llamó cuando salió de la cárcel! Un poli de Michigan le consiguió una rebaja de la pena. A cambio, Freddie tenía que hacerle un favor. ¡Es de Ann Arbor! ¡Es un poli de Ann Arbor!».
—Esa voz pertenece a Tobias Fells, un amigo del difunto. Esta grabación es una prueba de la implicación de un policía de Ann Arbor en la liberación de Freddie Tomson.
—Como puede constatar, señoría, no tengo bolsillos.
En cambio, Bill Terner tenía varios en la ropa, que contienen los elementos que hemos reunido contra el señor X.
— Avalone se acerca a la mesa de Karson y coloca delante de ella un montón de documentos.
Señala uno con el dedo —. En este documento oficial relativo a la rebaja de la pena de Freddie Tomson puede ver la ausencia de la firma del alto mando.
Sin embargo, la fiscalía tenía una copia en la que figura el nombre del señor X.
El rostro de la jueza palidece en cuanto se da cuenta de la identidad del hombre que se ha ocultado tras de un seudónimo desde el inicio de esta reunión a puerta cerrada.
—Los siguientes documentos confirman la inexistencia del cartel de drogas y de su desmantelamiento, en el que habría colaborado Freddie Tomson.
Después, tenemos el contrato que firmó el señor X con la empresa CamSecure para instalar varias cámaras de seguridad en las calles de Ann Arbor.
En este otro está el justificante del pago desde la cuenta bancaria del señor X a la de la sociedad interesada.
—Avalone separa algunos papeles para resaltar otros—.
Hemos conseguido el informe de la autopsia de Freddie Tomson, que confirma que la bala que el médico forense extrajo de su cráneo pertenecía a las fuerzas del orden.
En cuanto a este documento, procede de los servidores de la comisaría de Ann Arbor.
Es un extracto del inventario del material de la policía.
Compruebe usted misma, señoría, que falta un proyectil en el cargador del señor X en comparación con el informe sobre las municiones utilizadas en intervenciones pasadas que requirieron el uso de armas de fuego.
La jueza traga con dificultad y después alza la mirada hacia el desconocido que está de pie junto a Avalone.
—¿Y usted quién es?
—El médico forense. Se retiró a un monasterio después de que el señor X lo amenazara. Este afirmó que su informe había sido destruido, pero, gracias a los dioses, el forense había hecho una copia que nos ha entregado amablemente.
Dos horas más tarde, tras múltiples intercambios, validación de pruebas y la firma del acuerdo, todos estamos de nuevo en la sala de la audiencia.
Me he vuelto a sentar en el banquillo de los acusados, con la diferencia de que ya no estoy esposado al asiento.
Esta libertad reco brada es placentera, casi tanto como la mirada de Avalone clavada fijamente en mi nuca.
La siento, y la piel se me calienta. Se ha sentado lo más cerca posible de mí, entre dos Devil’s Sons.
El público, que ha permanecido encerrado entre estas cuatro pare des durante nuestra ausencia sin poder salir de la sala, está, como mínimo, sorprendido por la falta de las esposas.
Bendito giro de los acontecimientos. Se murmuran teorías por lo bajo, se habla de sobornos…
Algunos hasta se muestran desconfiados cuando me miran; temen que les salte a la garganta de un momento a otro.
La jueza Karson, presidiendo desde su sitio, reclama el cese del murmullo golpeando el pequeño mazo de madera contra la base.
El silencio es inmediato, no se escucha ni una mosca.
Ordena la apertura de las puertas dobles de la sala, como habíamos acordado antes en privado.
Los guardias obedecen y el equipo de criminalística, un grupo de hombres armados, entra en la sala y se despliega.
Ágiles y rápidos, se colocan delante de cada salida, con lo que atrapan al asesino de Freddie Tomson.
Un escalofrío recorre la audiencia; todo a mi alrededor es alboroto y ruido.
—En vista de los documentos que me han presentado y cuya validez es indiscutible, ordeno la detención de Charles Meyer —declara la jueza con voz firme—.
Charles Meyer, está usted detenido por el asesinato de Freddie Tomson.
Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra ante un tribunal.
Tiene derecho a un abogado. Si no dispone de medios para uno, se le asignará un abogado de oficio.
Entonces lo veo, entre los espectadores. Está sudando la gota gorda, con los ojos como platos y alarmados.
¡Desgraciado de mierda!
Se pone de pie de un salto e intenta huir, pero Carter se interpone en su camino.
Charles Meyer, el jefe de policía de Ann Arbor, se queda quieto.
—La última vez que estuve frente a ti, te aseguré que te mataría si torturabas a alguno de mis hombres. Ahora sabes lo que pasa cuando intentas acusar en falso a uno de ellos.
Los puños apretados del jefe llaman mi atención.
Me enderezo, con las pupilas dilatadas, listo para deleitarme con el golpe que va a soltar.
Aunque Carter prefiere servirse de su inteligencia, la fuerza de sus puñetazos puede rivalizar con la mía.
Como prueba, cuando le asesta un derechazo al jefe de policía, desde ahora destituido de sus funciones, se derrumba al instante en el suelo. Sin conocimiento.
Charles Meyer es rodeado rápidamente y esposado por los agentes de policía.
—¡De acuerdo con la orden del fiscal general, los cargos presentados contra de Clarke Taylor quedan desestimados! —proclama la jueza Karson.