Amor en el caos (The devil’s sons 3) 14
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Clarke

El día D ha llegado, el juicio empezará en unos minutos.

Me encuentro una vez más esposado al lado de mis abogados, en el banquillo de los acusados.

Frente a nosotros, el sitio que debe ocupar el juez está vacío, por ahora.

A mi derecha están reunidos los doce miembros del jurado y, a mi izquierda, el fiscal y su equipo.

Estos últimos, unos desgraciados, van a hacer todo lo posible por inculparme de un crimen que no he cometido. Solo de pensarlo aprieto los puños.

La sala se llena de espectadores que han venido a divertirse.

Mantengo los ojos fijos delante de mí hasta que los murmullos se desvanecen.

Eso solo puede significar una cosa: los Devil’s Sons han entrado.

Giro la mirada en su dirección y observo a esos arrogantes cretinos avanzar entre las filas de asientos.

Emanan tanta seguridad que cualquiera pensaría que el mundo está a sus pies.

Por sus sonrisas, me pregunto si se dan cuenta del lío en el que estoy metido.

Pero entonces veo el guiño confiado que me lanza Carter y entiendo que me van a ayudar a salir de este lío.

Han resuelto la investigación. Debería relajarme, pero noto la ausencia de Avalone y eso me preocupa.

¿Qué coño está haciendo, joder? Incluso Ty está aquí.

Mientras los chicos toman asiento en primera fila, mi abogado principal se acerca a Carter y se queda a su lado. No alcanzo a escuchar su conversación; no obstante, no me pierdo la expresión perpleja que muestra ahora el abogado que se encarga de mi defensa.

Vuelve a mi lado un segundo más tarde.

—El señor Brown desea que guardemos silencio en todo momento —dice—. Debemos limitarnos a hacer acto de presencia.

Casi me ahogo de la sorpresa. No sería la primera vez que el jefe me pide que haga algo inesperado, pero, por más que lo piense, no veo cómo guardar silencio me va a salvar el culo ahora.

Me giro hacia Carter y le pregunto con la mirada.

Como única respuesta recibo una sonrisa enigmática cuyo secreto solo conoce él.

Por Odín, no sé qué es lo que está pasando, pero promete ser un buen espectáculo.

Esta vez me relajo y, joder, ¡qué bien sienta!

A pesar de la confianza ciega que tengo en Carter, he terminado creyendo que me pudriría en la cárcel los próximos veinticinco años.

Ese tipo de pensamientos oscuros aparecieron repentinamente en mi mente de madrugada, cuando estaba encerrado en la celda, y no me dejaron durante la noche.

Ahora les agradezco a los dioses por haber dotado a los Arinson de tal inteligencia.

Una risa silenciosa me sacude los hombros. Me estiro sobre el asiento y me imagino llevando a Avalone a mi cama esta noche. Solo con pensarlo, ya me empalmo.

—Usted elige, señor Taylor. Podemos insistir en su defensa.

Miro fijamente a mi abogado sin verlo realmente. Tengo el cerebro confundido por el deseo. Tengo que parpadear varias veces para conseguir volver a la realidad.

—Ni se te ocurra. Haz lo que él dice.

Las puertas dobles de la sala de audiencia se abren y, a pesar de que esperaba ver entrar a la mujer que quiero, solo es la jueza Karson.

Vestida con la toga negra, se dirige a su sitio sin mirar a nadie.

Se toma varios minutos para organizar los documentos y entonces, por fin, se digna a observar su entorno.

Cuando sus ojos se posan en mí, le guiño un ojo.

Desvía la mirada de repente y aprieta los dientes, como de costumbre.

Sí, me he encontrado un buen número de veces en este banquillo, frente a ella.

O dentro de ella.

—¿Podemos empezar? —pregunta, llamando la atención de mi abogado y del fiscal.

Ambos hombres asienten.

Joder, ¿dónde está Avalone?

A partir de este momento nadie más puede entrar en la sala, a menos que el jefe haya sobornado a los dos agentes de policía apostados en las puertas.

La jueza se gira hacia el jurado y suelta el discurso habitual.

—¿Juráis y prometéis examinar con la más minuciosa atención los cargos que se dirijan contra Clarke Taylor, sin traicionar ni los intereses del acusado, ni los de la acusación, ni los de la víctima; no hablar con nadie hasta después de vuestra declaración; no ceder al odio, la crueldad, el miedo ni el cariño; recordar que el acusado es presuntamente inocente y que la duda debe beneficiarlo; tomar una decisión según los cargos y los medios de defensa, siguiendo vuestra conciencia y vuestra convicción íntima, con la imparcialidad y la firmeza propias de una persona honrada y libre, y mantener el secreto de las deliberaciones, incluso después del cese de vuestras funciones?

—Lo juro —responden a coro.

Durante los siguientes minutos, la secretaria judicial, Grace, lee el acta de acusación.

No la escucho, tengo demasiada curiosidad por lo que han planeado Carter y Avalone.

Son dos personas dotadas de una gran inteligencia.

Individualmente, son capaces de realizar proezas, a veces aterradoras; no me imagino de lo que serán capaces trabajando mano a mano.

—Este juicio será presidido por la honorable jueza Karson —concluye la secretaria judicial—. Doy la palabra al fiscal adjunto.

El interesado se endereza y se lanza a un monólogo aburrido, mortalmente aburrido.

Capta la mirada del jurado, esforzándose por convencerlo de que soy una persona horrible.

A continuación, se le con cede la palabra a mi abogado que, fiel a las órdenes de Carter, la rechaza.

Una ola de murmullos recorre la audiencia y la jueza se ve obligada a pedir silencio, a pesar de que ella misma está sorprendida.

El fiscal puede, por tanto, continuar. Quiere hacerme preguntas, «confrontarme con mis actos», como acaba de decir.

Solicita que me levante, luego me muestra una Biblia sobre la que tengo que jurar en nombre de Dios «decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad».

Enarco una ceja y le lanzo una mirada indiferente a la jueza.

—Jurar sobre la Biblia será la primera mentira que pronuncie. Si es absolutamente necesario, voy a tener que obedecer, pero me da miedo que ese texto sagrado empiece a arder de repente en el momento en que ponga la mano encima.

Karson pone cara de fastidio.

—Señor Taylor, sean cuales sean sus creencias, esto no es negociable. Le pido que preste juramento o añadiré «desacato al tribunal y al juzgado» al conjunto de cargos que pesan sobre usted. ¿He sido lo bastante clara?

Aprieto los dientes y obedezco. Acerco una mano al libro con desconfianza. Rozo primero la cubierta para asegurarme de que el cielo no va a caer sobre mi cabeza y luego recito el juramento.

—Juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Pasamos a la siguiente fase: me instalo en el banquillo reservado a los testigos y me interroga el fiscal adjunto. Tiene pinta de gilipollas; su apariencia arrogante compensa la poca experiencia que tiene en las salas de audiencia.

—Me acojo a la quinta enmienda —digo antes de que me repita la misma pregunta por tercera vez.

Mi falta de cooperación lo pone de los nervios. Me deleito con ello, a falta de poder saborear el impacto de mi puño en su nariz.

—Señor Taylor —interviene la jueza—, aunque se trate de un derecho constitucional, acogerse a la quinta enmienda no jugará a su favor.

Mantengo la boca cerrada.

—Que así sea. Vuelva a su asiento. Este juicio será el más rápido de mi carrera.

Dos agentes de policía me escoltan hasta el banquillo, al que me esposan.

Que mis movimientos sean limitados es, como mínimo, desa gradable, pero, gracias a los dioses, puedo estirar las piernas y ponerme cómodo.

Entonces me doy cuenta de que entre las manos de mi abogado hay un documento que no tenía antes de mi interrogatorio.

Echo un ojo por encima del hombro buscando al jefe y capto de inmediato su atención. Me dirige una sonrisita y luego articula en silencio: «¿Preparado para el espectáculo?».

Mierda, ¿qué ha tramado mientras todas las miradas estaban puestas en mí?

El abogado encargado de mi defensa se levanta sin que se lo hayan pedido. Cada uno de los pasos que da en dirección a Karson está acompañado por murmullos.

—Pido una suspensión del juicio, su señoría. Este documento, firmado por el fiscal general, debería ponerse en su conocimiento.

Contrariada por esta interrupción, la jueza se apodera rápidamente de lo que parece ser una carta y lee su contenido.

Veo cómo frunce las cejas a medida que avanza.

No consigo discernir en ella ninguna otra emoción que la confusión.

Al llegar al final, alza la mirada y la dirige hacia un espectador situado justo detrás de mí.

—¿De qué sirve todo esto, señor Brown?

Carter, que esperaba pacientemente que lo llamara, deja su asiento y se acerca al estrado con paso seguro.

—Ya que no tenemos más elección que esperar, como ordena el documento que acaba de leer, me comprometo a entretener a la audiencia.

La jueza Karson lo observa con cierto temor. Unas pocas palabras convenientemente formuladas pueden influir en las mentes más tenaces, y ella lo sabe.

Armado con una sonrisa arrogante, Carter planta cara al jurado. De él emana un carisma innato que se aprecia en su voz, sus movimientos y las expresiones de su cara. En muy poco tiempo habrá hipnotizado tanto a hombres como a mujeres.

—Clarke Taylor no volverá a la cárcel. Prefiero avisarles ya para que no les sorprenda el giro de los acontecimientos.

Pero, ya que todos nos hemos desplazado para asistir al juicio del siglo, pienso darles algo de lo que hablar durante las próximas semanas.

A menos que la señora jueza desee continuar a puerta cerrada.

De nuevo, los murmullos recorren la audiencia. Karson pide calma; casi se queda sin aliento para conseguir silencio.

—¡Vamos a continuar esta audiencia a puerta cerrada! Ruego a la defensa que me acompañe a mi despacho, así como al acusado y a sus abogados. Señor Brown, está autorizado a unirse a nosotros.