Amor en el caos (The devil’s sons 3) 13 #2
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—Si quieres mi opinión, deberías preocuparte más por tus propios antecedentes penales —suelta Set—. Son tan extensos como la Biblia. Esos documentos no te abrirán las puertas del paraíso.

Aprieto los labios y contengo la risa mientras Clarke insulta a su compañero. El tono sube entre los dos amigos, pero percibo la diversión en sus voces. Entonces el guardia irrumpe en la sala lanzando varias miradas nerviosas hacia atrás, hacia el pasillo.

—Mis superiores vienen hacia aquí. ¡Tenéis que iros, y rápido!

¡No! Todo mi ser se rebela hasta que el cansancio me deja inmóvil.

Set se pone de pie de un salto y le dirige un saludo militar a Clarke.

—Nos vemos mañana en el juicio.

Me agarra del brazo, en el que tengo la tarjeta SD, y me empuja hacia la salida.

El dolor se despierta y se extiende por todo mi brazo, pero ¿qué es ese dolor al lado del que siento en el pecho?

Me sangra el corazón, devastado por tener que dejar atrás una vez más al hombre que quiero.

Mañana tiene que volver con nosotros, no soportaré esta farsa más tiempo.

Me libero del agarre de Set y me quedo quieta en el marco de la puerta, con la mirada puesta en Clarke.

—Dímelo —me suplica—. Por favor, necesito escucharlo.

La angustia que emana de su temblorosa voz me pone nerviosa. Tiene una apariencia tan vulnerable… Con los ojos resplandecientes de amor, acepto darle lo que desea.

—Te quiero, Clarke. Mucho más de lo que te puedes imaginar.

El placer que siente al escuchar mis palabras ilumina su rostro.

No creía que pudieran tener tal efecto sobre él, pero es evidente que sus músculos se relajan y sus rasgos se vuelven más suaves.

Es como si se hubiera quitado un peso de encima.

La más increíble de las sonrisas se extiende por sus labios, y después la puerta se cierra entre nosotros.

El tiempo no se detuvo durante nuestra ausencia de Ann Arbor.

Veinticuatro horas nos separan del juicio, no tenemos ni un minuto que perder.

Por eso, en cuanto llegamos a la ciudad, vamos al lugar de encuentro que habíamos fijado con Lauren, la policía que me salvó el pellejo durante el registro de la propiedad, una amiga de la señora Coldwell, la madre de Justin, de ahí la presencia de este último.

Plantado en la acera, suelta una fuerte carcajada al descubrir el estado del coche.

—¡Por Hela, estáis muertos, tíos!

Mi compañero de celda y yo no nos hacemos los listos. Salimos del coche y nos unimos a él, con el rabo entre las piernas.

—La habéis cagado a lo grande. Me daré prisa en volver a la mansión para asistir a la reacción de Carter.

Set le da un puñetazo en el hombro y después entramos en el supermercado.

Atravesamos los pasillos y nos dirigimos al almacén, donde nos espera Lauren.

Es Carter quien ha organizado esta reunión.

El propietario del lugar está relacionado con los Devil’s Sons por contrato, por lo que no ha discutido las órdenes de mi padrino.

Por la hora que es, ya debe de haber desactivado las cámaras de seguridad del establecimiento.

Ahora solo le queda montar guardia delante de la puerta que estamos a punto de cruzar para que nadie nos sorprenda en compañía de la policía.

Se juega su trabajo al aceptar reunirse con nosotros, le debemos discreción.

Entramos en la sala y me tropiezo literalmente con Lauren. Este almacén es sorprendentemente estrecho. Lo calificaría más bien como un armario de limpieza.

—Avalone, me alegro de volver a verte. Siento que nuestro reencuentro no se desarrolle en mejores condiciones.

La vez anterior no me había dedicado ninguna sonrisa. Hoy, sus labios se estiran tanto que me siento mal por sus mejillas.

—Muchas gracias por tu ayuda. Te estaremos eternamente agradecidos.

—Las celdas de la cárcel no deberían estar destinadas a vosotros. Se las reservo a violadores, pedófilos, asesinos y a hombres que pegan a sus mujeres. Cuando los haya detenido a todos, tal vez me interese por vuestro caso. Así que dime, ¿qué puedo hacer por ti?

—Hay algo que no está claro en el caso de Clarke —empieza Justin.

Compartimos nuestros últimos descubrimientos con la agente. Ella nos escucha pacientemente, entrecerrando los ojos algunas veces y mordiéndose el interior del labio otras.

—Pensamos que Bill puede ser el origen de todas estas maquinaciones.

Lauren abre los ojos de par en par y luego asiente.

—Niños, es ridículo. Bill no podría desarrollar tal estrategia. Es un hombre con valores. Tiene sentido de la justicia, como cada uno de mis compañeros.

—La destrucción de las grabaciones de las cámaras de seguridad del bar por parte de uno de vuestros técnicos informáticos, la desaparición del médico forense y de su informe… —intervengo—. ¿No te parece extraño?

Frunce el ceño, perpleja.

—Nuestro técnico informático no ha sido requerido para las grabaciones del caso de Clarke Taylor. Lo sé porque es mi marido. ¿Quién os ha contado tal cosa?

—El jefe de policía, según el informe del encargado de la investigación, que no es otro que Bill.

—¿Las únicas pruebas que podrían exonerar a vuestro amigo han sido destruidas o robadas?

Los chicos y yo asentimos, serios. Lauren se pasa una mano nerviosa por el pelo y luego por la cara.

—No sé nada sobre el caso, pero puedo investigar con discreción.

Subimos por el camino de entrada de la propiedad en completo silencio.

Set está listo para dar la vuelta y huir de la ciudad por la angustia que le comprime el pecho.

Estoy en el mismo estado que él, por lo que lo animaría a hacerlo si fuera capaz de articular palabra.

A pesar de todo, confío en que podamos esconder el Mercedes del jefe durante unas horas.

Sin embargo, cuando veo entre dos pinos a la banda reunida sobre los peldaños del porche, pierdo el optimismo.

Estamos jodidos. Nos esperan a nosotros, y sospecho que ha sido Justin quien ha reunido a todo el grupo.

Después de todo, ha conducido tan deprisa que debe de haber llegado hace ya unos minutos.

En cuanto salimos de la barrera de árboles, los Devil’s Sons empiezan a partirse el culo de risa.

Algunos están doblados por la mitad, otros ruedan por el suelo.

Carter no comparte su regocijo. Su cólera se parece a la de Surt, el gigante de fuego, enemigo de los dioses, que incendiará el Yggdrasil durante el Ragnarök.

Con los puños apretados a los costados, tiembla de la ira que no puede contener.

Aparcamos el Mercedes sobre la gravilla, a varios pasos de los chicos.

—¡Salid del coche! — espeta el jefe.

—¡No somos suicidas! —exclama Set.

—¿Sabes que no hay ningún cristal que te proteja? ¿Que puedo meter el brazo por la ventanilla y estrangularte?

Quedarnos en el coche empeora la situación. Cuanto más evitemos nuestras responsabilidades, peor será el castigo. Así que salimos de ese montón de chatarra con ruedas.

Cuando cerramos simultáneamente las puertas, el parabrisas agrietado se derrumba sobre el salpicadero en mil pedazos.

Mierda…

Las risas aumentan mientras Set y yo nos encogemos sobre nosotros mismos, dispuestos a recibir un castigo divino.

Carter nos alcanza con una lentitud aterradora.

Se pone entre nosotros, alza las manos a la altura de nuestras caras y nos pellizca las orejas haciéndonos gritar de dolor.

Con su firme agarre, tira hacia abajo, obligándonos a seguirlo.

Bajo la diversión general, nos conduce a la entrada de la mansión.

El jefe nos libera por fin; Set y yo nos masajeamos las orejas doloridas, con la mirada clavada en el suelo.

—Os fuisteis sin avisar a nadie. Os habéis puesto en peligro como idiotas. Os han metido en el calabozo y me habéis hecho transferir cerca de cien mil dólares de fianza y treinta mil de soborno. Y, para colmo, ¡habéis destruido mi Mercedes!

—¡La libertad de Clarke vale ese dinero! —me defiendo.

—¡Ninguno de vosotros vale ese dinero! ¡Podría venderos a los seis y no me embolsaría ni la mitad de lo que he perdido!

De repente, una explosión resuena en nuestros oídos. Las ventanas de la mansión estallan, una onda expansiva de gran potencia nos tira al suelo y un calor abrasador nos rodea. Luego ya no se escucha ningún ruido, salvo el crepitar de las llamas y el zumbido de nuestros dañados tímpanos.

Escucho gemidos de dolor. Tirados sobre el mármol, los Devil’s Sons y yo nos movemos con dificultad.

—Bum. El coche ha hecho bum —suelta Justin, apoyándose contra la pared.

Carter se levanta y se sacude el polvo del caro traje. Me echa una mirada tan severa que me muero de ganas de correr hacia mi cama y refugiarme bajo las sábanas.

—Tenéis suerte de seguir con vida. Unos minutos después y estaríais muertos.

A pesar de su lamentable estado, el coche iba bien y no emitía ningún ruido sospechoso. Nunca habría pensado que el motor estuviera dañado o manipulado y que nos explotaría en la cara.

Cansada, apoyo la mejilla contra el suelo de mármol. Tengo que ver a Ethan, y rápido. Creo que me he caído sobre el brazo en el que está implantada la tarjeta SD. Es más, estoy segura, ya que la sangre mancha mi jersey.

Hemos perdido un tiempo precioso en reparar los daños.

Tuvimos que llamar a los bomberos para apagar el coche incendiado, y después una empresa especializada se ha encargado de retirar el esqueleto calcinado.

Por último, han venido unos hombres a reemplazar las ventanas y otros han limpiado las piedras de las paredes exteriores de la mansión, manchadas por la explosión.

Ahora que está todo en orden, tenemos que pulir nuestra nueva estrategia para exonerar a la mano derecha de nuestro jefe.