12
Nos arrojan al calabozo como si fuéramos basura.
Sí, al calabozo.
Un brazalete electrónico adornaba el fino tobillo de la mujer de Tobias Fells. No podía poner un pie fuera de su casa sin que la policía fuera alertada. Desgraciadamente para nosotros, había un coche patrullando a dos calles.
Estamos sentados uno al lado del otro en un asiento tan incómodo como si estuviéramos encima de un montón de piedras.
Set y yo miramos fijamente los barrotes y reflexionamos sobre cómo hemos llegado a este punto de nuestras vidas.
Nunca había sido arrestada. Es mi primera vez, y lo menos que se puede decir, es que no he hecho las cosas a medias: ¡amenaza con arma de fuego!
La situación es cómica. Teníamos que liberar a uno de los nuestros, pero, en lugar de eso, nos encontramos en la misma situación que él.
Esposada y harta, una risa nace de mi abdomen, tan incontrolable que sobrepasa la barrera de mis labios.
Set me sigue con suavidad, pero después se deja llevar y se ríe a carcajada limpia.
Los minutos se alargan y somos incapaces de recuperar el control.
Nuestros cuerpos se doblan bajo las contracciones; mi compañero se ríe hasta acabar tirado en el suelo.
Es desesperante, pero tan liberador que resulta agradable.
Entonces nos dejamos llevar hasta que ya no queda ni una brizna de energía en el cuerpo.
—Tendremos que llamar a Carter para que nos saque de aquí —sus piro—. No creo que exagere al decir que nos va a perforar el cráneo para castigarnos por haber sido tan imprudentes.
¡Joder, ni siquiera lo habíamos avisado de nuestra pequeña escapada! Cree que estamos en la mansión, en Ann Arbor.
Por la mueca de asco, Set debe de haberse imaginado al jefe haciendo un agujero en nuestro cráneo. Como somos unos gallinas, decidimos por unanimidad retrasar la confrontación solo un rato, para prepararnos mentalmente.
—Lo que hemos descubierto hoy cambia las reglas del juego —susurra el Devil’s.
—Solo nos lo puede confirmar el jefe. Todo depende de la información que haya obtenido de los mafiosos.
Consumida por la impaciencia, me armo de valor y despego el culo del banco. Introduzco una moneda en la caja metálica a la que está unido al teléfono de la celda, y después marco el número de mi padrino.
Contengo el aliento hasta que descuelga.
—Sí, ¿hola?
—Soy Avalone.
—¿Avalone? —me responde, bastante sorprendido—. ¿Dónde está tu móvil? ¿Va todo bien?
Trago con dificultad y busco apoyo en la mirada de Set, pero sigue riéndose.
Vaya, debería haber dejado que llamase él a Carter… Al menos se habría partido el culo de risa, eso seguro.
—No lo tengo conmigo. ¿Qué has podido sonsacarles a los mafiosos? ¿Crees que son responsables de la muerte de Freddie Tomson?
—No hay mafiosos.
—¿Perdón?
—No hay mafiosos, Avalone. Todo este lío no es más que una puesta en escena. Freddie no ayudó a desmantelar ningún cartel de droga.
La información que hemos obtenido de Tobias Fells ya me había puesto la mosca detrás de la oreja, pero aun así consigo quedarme de piedra. Pongo dos dedos sobre mis párpados y me restriego los ojos en un gesto ansioso.
—¿Estás seguro?
—Me esperaban en la prisión de Macomb. Había una sala puesta a mi disposición para interrogar a nuestros primeros sospechosos con total discreción.
Sin embargo, cuando llegué y tuvieron que traerme a los hombres por los que me había desplazado, el director del lugar se vio en un apuro.
Me explicó que, en los registros, el nombre de los prisioneros estaba efectivamente escrito.
Pero nunca llegaron a recibir a esos criminales.
Hasta ahora, ni siquiera habían escuchado hablar de ellos.
Un error, me dijo. Tuvo la amabilidad de dejarme acceder a su ordenador, en el que pude constatar la presencia de una huella, el vestigio de un hackeo del sistema informático.
El trabajo del hacker es bueno. Llegar hasta él llevará tiempo, y no lo tenemos.
Pero he aprovechado para revisar los artículos online del desmantelamiento de ese cartel de droga.
Son falsos y con fechas anteriores. Una vez más, un trabajo excelente que me engañó la primera vez que los consulté, ayer mismo.
No había ningún puto mafioso, Avalone. Esa historia es totalmente inventada, pura ficción.
En cuanto a los documentos oficiales de la reducción de la condena de Freddie Tomson en los que figura el nombre de la susodicha red de drogas, no están firmados por nadie.
Alguien se ha tomado muchas molestias para sacar a ese desgraciado de la cárcel, y esa persona desea mantenerse en el anonimato.
No sé dónde nos estamos metiendo, pero esto apesta a ilegalidad por todas partes.
¡Por Odín todopoderoso! Aunque tuviera la pieza que falta del rompecabezas, creo que esta historia sobrepasa mi entendimiento. Se han confirmado mis sospechas, y no es motivo de alegría.
—Yo también tengo novedades. Presta atención.
Freddie Tomson nació y vivió en Indiana.
En 2009, se trasladó a Chelsea, en Michigan, con su novia de entonces, en su caravana.
Unas simples vacaciones de enamorados. Durante ese viaje, asesinó a los padres de Clarke y se pasó los siguientes diez años en la cárcel.
Hasta aquí me sigues. Set y yo estamos en Indianápolis.
Le hemos hecho una visita a Tobias Fells, un amigo de nuestro querido y dulce difunto señor Tomson.
Freddie lo contactó hace algunas semanas.
Le habría confesado que había obtenido una reducción de condena gracias a un poli de Ann Arbor, a cambio de un favor que debía hacerle cuando saliera de prisión.
Ann Arbor, Carter. Cuando sabemos que Freddie no tiene ninguna otra relación con Michigan que el doble asesinato que cometió allí y Clarke…
Mi padrino reprime una maldición. Casi lo escucho rechinar los dientes y pisar el acelerador del coche que conduce de regreso de Macomb.
—Tomson no era más que un simple peón en este asunto y lo han sacrificado como tal. El rey que intentan conseguir en el tablero es Clarke.
Freddie estaba destinado al matadero. Se le ofreció una semilibertad y lo enviaron a Ann Arbor, al bar situado cerca del edificio de los chi cos.
El Devil’s Son debería haberlo matado por venganza, es lo que se esperaba de él.
Pero se abstuvo, así que la persona responsable de todas esas maquinaciones terminó el trabajo, para que todas las sospechas recayeran hacia el hombre que amo.
—Nos vemos en la mansión.
—¡Espera! —lo detengo antes de que cuelgue—. Set y yo hemos tenido, cómo lo diría…, un pequeño contratiempo.
—¿Qué ocurre?
—¿Podrías, por casualidad, hacer una transferencia de noventa mil dólares a la comisaría de Indianápolis?
Por amenaza a mano armada, la sanción es de cuarenta y cinco mil dólares por persona.
Lo que es, en mi opinión, ligeramente desproporcionado en relación con el contexto.
Si los policías nos hubieran escuchado, podríamos haberles explicado los pormenores.
Pero, después de pensarlo mejor, dudo que nuestras excusas hubieran jugado en nuestro favor.
El silencio al otro lado de la línea es largo e inquietante. Me encojo sobre mí misma y me siento tentada de cortar la llamada.
—Por la barba de Odín, ¡¿qué habéis hecho?! —grita.
Alejo el auricular de mi oído, que pita, y después intento endilgárselo a Set, pero él se niega categóricamente. Le sigue un encarnizado combate que termino perdiendo. Le saco el dedo corazón y retomo la conversación con mi padrino.
—Nada grave, te lo aseguro. Necesitamos ese dinero para salir del calabozo. Y que ejerzas tu autoridad con no sé quién. Se supone que compareceremos ante el juez mañana a primera hora. Pero, según los rumores de la comisaría, nos arriesgamos a tres años de prisión. Es algo rutinario para ti, ¿no?
—¿Qué habéis hecho, Avalone? —repite con un tono tajante.
Debería haber llamado a mi padre. Ahora que lo pienso, eso habría sido más sensato.
—Tobias Fells se mostró poco cooperativo. Un yonqui agresivo, ya sabes lo que significa. Hemos tenido que ser persuasivos. Lo que quiero decir con eso es que deslizamos las manos por detrás de nuestros vaqueros y cogimos la culata de las pistolas y…
—¡Es culpa de Avalone! —grita Set desde el banco.
Abro los ojos como platos y me giro hacia él, con la clara sensación de que acaba de arrojarme a los lobos para salvarse el pellejo.
¡Cabrón!
—¡No es verdad! —le grito al jefe—. ¡Él me obligó a sacar la pistola! Yo sabía que era una mala idea, intenté hacerlo entrar en razón.
—¡Deja de mentir! Me negué a venir a Indiana, ¡Avalone me trajo aquí a la fuerza!
—¿Estás de coña? ¡No inviertas los papeles! Me fui a dormir, muerta de cansancio, y me he despertado en el coche, de camino a Indianápolis.
El Devil’s Son intenta quitarme el teléfono para defender su causa ante el jefe, por lo que los golpes vuelan en todas direcciones. Lo muerdo, me lame la cara; le tiro del pelo, presiona un dedo contra mis costillas… Nos peleamos hasta que Carter nos ordena dejar de comportarnos como críos.
Empujo a mi compañero de celda y vuelvo a colocar el auricular en el oído.
—¿Habéis perdido la cabeza?
—¡Por Tyr, las cosas no se van a resolver a gritos! —me molesto—. Enciéndete un cigarro, sírvete un vaso de bourbon y respira.
—Cierra la boca, ¡¿vale?!
Después de gritos, argumentos, contraargumentos, explicaciones breves y nuevas crisis, colgamos. Set y yo solo tenemos que esperar a que la magia de Carter Brown intervenga.
—Me espero lo peor —digo al final.
—Espera a que volvamos a la mansión…
Es cierto, hay muchas posibilidades de que el jefe nos quite las ganas de vivir. Pero un problema detrás de otro. De momento, tengo que arreglar cuentas.
—¡Pedazo de cobarde!
Me lanzo sobre el Devil’s Son y retomamos nuestra pelea donde la habíamos dejado.
Salimos de la comisaría a las ocho de la tarde.
Sospecho que Carter nos ha hecho esperar antes de tomar medidas.
Un castigo muy gracioso por su parte. Especialmente porque, durante ese tiempo, mi compañero ha conseguido tres bonitos arañazos en la cara, mientras que yo he acabado con la piel impregnada de saliva y el pelo enredado como un nido de pájaros.
El taxi que hemos cogido para llegar a nuestro coche se niega a entrar en los suburbios de la ciudad. Nos deja en la acera y continuamos el camino a pie. Pensábamos que ser arrojados a una celda sería lo peor que nos podía pasar hoy, pero nos equivocábamos.
El tiempo se detiene y la sangre deja de circular por mis venas.
Shock , incredulidad, terror y, finalmente, ira.
Set y yo gritamos un montón de palabrotas.
El Mercedes, valorado en varios cientos de miles de dólares, está pintado con spray de un rojo chillón. Pero si solo fuera eso… Han arrancado los retrovisores, las ventanillas están rotas y han pintado los asientos de cuero.
—Por Loki… ¡Carter me va a matar! Y a ti te va a desheredar.
No consigo ni tragar de lo cerrada que tengo la garganta por la aprensión.
—Es tarde. ¿Y si volvemos mañana por la mañana?
—Sí —asiento—. Será mejor que busquemos un hotel para pasar la noche. No es seguro coger la carretera estando los dos cansados.
Conmocionados, nos acercamos a las puertas del destrozado coche. Limpiamos primero el cristal esparcido por los asientos y después nos sentamos, a pesar de que la pintura todavía está húmeda. Podemos decir adiós a nuestra ropa.
El motor arranca con un ronroneo reconfortante.
Al menos el coche funciona.
—¡Somos unos cobardes, joder!
—Tenemos motivos para serlo. ¿Has visto las pintas de este coche?
En ese mismo momento, Carter me llama. Intercambio una mirada cargada de angustia con Set, y acepto la llamada.
—Hemos salido. Muchas gracias.
—Veremos si me lo agradecéis cuando estéis de vuelta —suelta mi padrino, en quien persiste la ira.
Me restriego la nuca con una mano temblorosa antes de continuar.
—De hecho, vamos a pasar la noche en un hotel. Se hace tarde y estamos exhaustos.
—¡No me toméis por gilipollas y volved inmediatamente!
—¿Hola? No te escucho. Estamos pasando por un túnel. Pshhhhhhhkrkptsssshh. Volvemos mañana, no te preocupes por nosotros.
Y con eso, cuelgo.