11 #3
Set pisa el freno y aparca el Mercedes en el arcén de la carretera.
Salto fuera del coche, con la respiración entrecortada, y busco el aire que tan desesperadamente necesito.
Creo que nunca he estado tan desamparada como en este momento.
Desde mi incorporación a la banda, actúo siguiendo una línea de conducta muy precisa.
Hago lo que se tiene que hacer en cada momento, y eso ha funcionado bien hasta ahora.
Pero, en este caso, me encuentro frente a varios caminos, y solo uno me llevará hacia Clarke.
Si tan solo pudiera aparecer un hada madrina y aconsejarme sobre qué camino seguir…
Set cierra la puerta detrás de él y se coloca delante de mí.
—Lamento lo que he insinuado. No te pareces en nada a Mike, perdóname.
—Carter es un genio, tienes razón. Si él no encuentra la respuesta a nuestro problema, ¡se acabó!
Pero podemos ayudarlo. Podemos conseguir la información que no puede obtener por falta de tiempo.
Si tengo que ir de puerta en puerta mientras él interroga a los mafiosos en la cárcel de Macomb…
¡que así sea! Esa será mi contribución, y no tengo intención de pasarla por alto.
En cuanto al resto de tus bonitas palabras, olvidémoslas, ¿de acuerdo?
Cuando observo a los hermanos Arinson, distingo todas las características que me acercan a uno y todas las que me alejan del otro.
Por eso sus palabras me han hecho darme cuenta de una cosa: me habría encantado que Carter fuera mi padre.
Dioses benditos, lo que me habría gustado…
Solo de pensarlo, me siento culpable y pienso que soy horrible e injusta con Mike.
Después de todo, no es tan malo. Solo es un hombre que confía más en los demás que en sí mismo.
Set, que parece leer mis pensamientos, me acaricia la mejilla con la yema del pulgar.
—No tienes su ADN, pero te considera su propia hija, Avalone.
Y eres clavada a él. Piensa en cómo tomaste las riendas de la situación desde que te enteraste de que Clarke estaba en prisión provisional.
Olvida lo que te dije, ¿vale? Si hay alguien capaz de exonerarlo, esa eres tú.
Así que, dime, querida, ¿qué hacemos ahora?
Una renovada determinación brilla en sus ojos y me contagia. Me golpea tan fuerte que podría caer de rodillas solo para recuperar el aliento.
—Volvemos a casa de Tobias. Hemos sido educados, pero no hemos obtenido nada. Es hora de ser persuasivos.
Una sonrisa ambiciosa se extiende por los labios de Set. Subimos al coche y volvemos sobre nuestros pasos.
Cuando el Devil’s llama a la puerta de la casita en ruinas, esta vez lleva el arma entre los dedos apretados.
—¿Queréis parar de joderme?
Eso es todo lo que le da tiempo a decir a Tobias Fells antes de que mi compañero le pegue la pistola a la frente y ponga la expresión más cruel que haya visto en él jamás.
Ha dejado a un lado su papel de donjuán universitario, ya no es el hombre que se ríe de todos los chistes; ahora es peligroso y está decidido a conseguir lo que ha venido a buscar.
El yonqui levanta las manos, que tiemblan tanto como su labio inferior.
—¡Os lo he dicho todo! Os prometo que…
Set lo fuerza a retroceder y entramos en la casa pasando por encima de un montón de basura. No estoy ni preocupada ni aterrorizada por las medidas que tomamos. Mi conciencia está tranquila, nada podrá desviarme de nuestra misión.
Entramos en un salón con muebles deteriorados y mugrientos.
El olor a tabaco impregna las paredes, aunque aquí se han consumido muchas otras sustancias.
Una mujer demacrada y magullada cruza la puerta de la cocina, sin notar nuestra presencia hasta que le pongo la pistola en las narices.
Su grito de terror no tarda en hacer que me duelan los oídos.
—¡Sentaos! —ordena Set con una voz firme que no deja lugar a protestas.
Tobias se mea en los pantalones antes incluso de llegar al sofá, donde la pareja se refugia el uno contra el otro.
—¿Qué es lo que nos ocultas?
El Devil’s retira el seguro de su arma, para indicar a nuestros nuevos amigos que no dudaremos en usarla para conseguir respuestas.
—¡Vale, vale, mentí! ¡Freddie me llamó cuando salió de la cárcel! Me dijo que pronto podría devolverme los tres mil dólares.
Interesante .
—¿Por qué nos has mentido? —pregunto.
—Porque me prohibió contarlo. Él… ¡estaba a punto de dar un gran golpe!
Por fin una pista sólida.
—¿Qué tipo de golpe?
—¡ Pos no sé, no me quiso dar detalles!
Pego mi pistola a la frente de su mujer, lo que acentúa sus lloros, pero logra soltarle la lengua.
—Un poli de Michigan le consiguió una reducción de condena. ¡A cambio, Freddie debía hacerle un favor cuando saliera del talego! No sé cuál era el favor, jurao .
—¿Qué poli? —pregunta Set.
—¡Es de Ann Arbor! ¡Es un poli de Ann Arbor! ¡No sé nada más! ¡Os lo suplico, no me matéis!
Durante los pocos segundos en los que me distraigo por la sorpresa , la mujer huye. Atraviesa el salón a una velocidad sorprendente para su lamentable estado.
Corro tras ella, salto por encima del montón de basura que bloquea la entrada y salgo de la casa. Me quedo quieta en el porche y apunto el arma hacia ella.
—¡No te muevas o disparo! —exclamo.
Ya al otro lado de la carretera, se para en seco, con los brazos en alto. Se gira hacia mí y le hago un gesto para que vuelva adentro.
De nuevo en el sofá, oculto mi alivio. Si hubiera pedido refuerzos, dioses benditos, estaríamos en un buen lío.
Nos preparamos para continuar con nuestro interrogatorio cuando unos golpes contra la puerta hacen que me sobresaltara.
—¡Policía, abrid!
—¡Está abierto! —grita la mujer.